Sólo hay dos posibilidades de vencer. Una, confiando en que, como dice el taoísmo arcaico (no confundir con el daoísmo) que el agua es más fuerte que la roca, y en que la lucha persistente, sin tregua ni respiro, termine erosionando la fuerza que nos bloquea. Otra, que el enemigo, habida cuenta sus luchas intestinas, su voracidad capaz de llevarse por delante a sus propios socios, termine destruyéndose a sí mismo como el Imperio Romano acabó en manos de los bárbaros y el soviético acabó minado por la fatiga, la ingenuidad y la ambición de unos cuantos dirigentes espoleada por el acoso y derribo a que le sometió el yanqui. A fin de cuentas, todo lo colosal acaba destruido no desde fuera sino por dentro.
  Estas son las opciones sujetas al paso del tiempo contado en décadas. Pero entre tanto las fuerzas económicas, las fuerzas armadas, la cerrazón y la ambición desmedida de los que se adueñan del poder político e institucional desde el poder económico que ya tienen, hace de todo punto imposible la aventura de la rebelión. A menos que surjan populistas de izquierda real, estilo Chávez, dispuestos a hacer frente sin temor al capital, a los capitalistas, a sus armas demoledoras, a la red mafiosa del dinero conchabada a policías y el poder espiritual del Vaticano, todo seguirá más o menos como hasta ahora manejado por los capitalistas y su tremenda aptitud para la mentira, la maniobra y la práctica de sus yugos.
  Sé que esto  pueda resultar  una exposición derrotista. Pero no creo que sea propio de nuestro talante hacer como ellos que son capaces de engañarse y engañarnos sin el menor escrúpulo. Por consiguiente, sabiendo que por los métodos empleados hasta ahora de participación del poder "democrático" no tenemos nada que hacer, nos llevará a la búsqueda de otras medidas y argucias aunque ello suponga volver a la clandestinidad, al panfleto y a la octavilla. Como si esto no fuera un país democrático -que no lo es- sino una dictadura encubierta -que lo es- del dinero, de la banca, de los medios, de las policías y de la Conferencia Episcopal. Desde dentro y a pecho descubierto, no hay nada que hacer.
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