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Venezuela: mucho más que una reforma
Salvar el proceso revolucionario y ampliar a todo nivel la participación popular es hacer concretamente el Socialismo del siglo XXI, lo otro es reeditar, con mascaradas, el del XX
Armando Chaguaceda | Para Kaos en la Red | 9-11-2007 a las 23:15 | 1488 lecturas | 9 comentarios
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Los actuales son tiempos de reflexión y propuesta, pero no de cenáculos catárticos o capillas complacientes, sino de compromiso militante. Las coyunturas continentales impulsan un debate en el que el socialismo, como superación positiva del capitalismo, debe seguir significando la supresión de todas las formas de explotación y alienación humanas, mediante un orden y modelos sociales racionales, ajenos a la lógica mercantilizadora hasta hoy dominante. De ahí que apostar a la sociedad postcapitalista es abogar por el creciente control de la economía y administración por los ciudadanos, la extensión paulatina de esferas de autoorganización, donde ocupen un espacio actividades basadas en la cooperación y el voluntariado, y donde la democracia popular vigile los necesarios márgenes concedidos al plan y al mercado. Es, como todos sabemos, avanzar en la paulatina y compleja socialización de la propiedad, el saber y el poder.

Desde hace algún tiempo sentí la tentación de escribir estas líneas. El texto matriz -que abarcaba algunas de las ideas que a continuación expongo- fue entregado a los colegas marxistas españoles durante la pasada Feria del Libro de la Habana para su posible publicación dentro de un dossier sobre el proceso venezolano. Se trataba de poner en discusión un grupo de ideas generadas desde la experiencia cubana en la observación de una revolución hermana y confrontarla con la rica vivencia de nuestros compañeros de El Militante. Hasta la fecha no he recibido respuesta del asunto ni de los camaradas. Ahora lo comparto en este espacio de Kaos, devenido tribuna de los que apuestan por la defensa y perfeccionamiento del socialismo a nivel mundial.

Las ideas que comparto vienen acompañadas por acusación de “jacobinismo”, que pródigamente me endilgó un colega venezolano a raíz de mi defensa de la Revolución Bolivariana y también por las constantes preocupaciones de varios colegas respecto a los riesgos que presenta dicho proceso. Mucha agua ha llovido desde que en abril del 2002 nos reunimos un grupo de amigos en cierto parque de la Habana Vieja, ante la estatua del libertador, para realizar un acto de reflexión y compromiso con el pueblo venezolano en medio de los difíciles e inciertos momentos del golpe de estado. El proceso ha resistido sucesivamente una terrible paralización económica en 2003, un referendo revocatorio y varios ejercicios electorales, fortaleciéndose y relegitimándose de manera impresionante. Además los proyectos integracionistas latinoamericanos, condición sine qua non para sostener los planes de independencia política, desarrollo económico y justicia social que nuestros pueblos reclaman, han recibido un valioso impulso por parte de las autoridades de Caracas.

Ahora sin embargo se presenta una coyuntura especial cuando, ante los desafíos internos y externos, el líder venezolano habla de la necesidad de avanzar hacia el partido único de las fuerzas de izquierda y, simultáneamente, se plantea la posibilidad de una modificación constitucional que permita su reelección ilimitada. Es en esta coyuntura cuando el desenlace de las elecciones presidenciales del 3 de diciembre hace posible una continuidad del gobierno de Chávez y la consolidación a medio plazo del proceso, lo que me incita a esbozar algunas reflexiones. Estas comparten la sinceridad de quien, pese a seguir de cerca los acontecimientos no se considera un experto en los asuntos venezolanos, y acaso combinan la objetividad de la mirada distante y las limitaciones de la lejanía física. Apuestan por la necesidad de un mayor compromiso crítico con la Revolución y se presentan como ideas claras, alejadas de la cavilación esotérica, y abiertas al debate sano, auténtico y enriquecedor.

Sin dudas se precisa en Venezuela de una transformación socioeconómica profunda, del aliento a la naciente cultura democrática participativa y el fomento de un verdadero liderazgo colectivo. Y el desafío venezolano no es ya solo el de superar los marcos del sistema capitalista y las coyunturas de la lucha interna y el acoso foráneo desde que se declara la intención de avanzar por una senda socialista: se precisa el estudio de las experiencias anticapitalistas del siglo XX y de sus sobrevivientes como Cuba, China, Vietnam, Corea. Y hacerlo rehuyendo los lugares comunes de la teoría liberal tanto como las añoranzas apologéticas del los estalinistas.

El llamado socialismo del siglo XXI fracasará si no revisita y trasciende las carencias de los intentos anteriores hasta esclarecer si se constituye en una reedición del viejo modelo o si efectivamente superará dialécticamente la herencia del sobredimensionamiento estatista, el centralismo burocrático y la parálisis del control y participación populares. La revolución bolivariana no esta obligada a estatizar hasta el absurdo la economía, puede continuar ensayando formas autogestoras y cogestoras, defender la idea de un pluralismo de izquierda como factor positivo y no como una mera coyuntura derivada de las últimas elecciones parlamentarias. Cuba y Chile, por diversas razones, no pudieron gozar de esas condiciones, lo cual favoreció las tendencias burocratizantes de la primera y la derrota fascista de la segunda.

Alguien puede suponer que la historia no se repite, pero en ese caso lo invitaría a revisitar la tozudez con que Clío se ha presentado, para bien o mal, en el último siglo: la repetición de formulas estalinistas (con o sin violencia) que han hipotecado el imaginario y praxis auténticamente marxistas, leninistas y socialistas, a despecho del heroísmo y sacrificio de muchísima gente. Y creo que la línea roja que marcará la capacidad autorreguladora del proyecto revolucionario venezolano- y su potencial legitimador- se pasará si, al unísono, se suprime -monopartidismo mediante- la diversidad organizada entre los revolucionarios y se consagra el ejercicio ilimitado del poder presidencial. Exploramos, alrededor de ambos tópicos, algunas ideas.

El problema de la reelección presidencial ilimitada.

“Es que una facción quiere a toda costa levantar a su caudillo a la presidencia definitiva de la república (…) Hace falta la última de las revoluciones, aquella que no haga presidente a su caudillo”
José Martí, “Alea Jacta Est” en “El Federalista”, Ciudad México, 7/12/1876.

Existen dogmas en nuestras teorías y praxis políticas al enfrentar el problema de la relación entre un liderazgo carismático y fuerte, por un lado, y una participación ciudadana democrática e institucionalizada del otro. Como posiciones extremas frecuentemente sus tesis se presuponen, compartiendo un fundamentalismo ideológico y teórico. Una reducen las revoluciones sociales al ejercicio de un poder providencial, caudillista y subyugador de multitudes, que fija a los ciudadanos en una eterna infancia y dice actuar en nombre de sus intereses y reclamos. No importa que su retórica hable de la necesidad de educar, informar o dejar participar (el verbo es elocuente) al pueblo, porque su lógica real transcurre sobre un largo monólogo, más o menos atado-según las circunstancias- al compromiso originario de bienestar popular.

De otra parte el desconocimiento del papel de las personalidades en la historia, especialmente de aquellas que, antes de acceder al poder, demuestran una trayectoria de raigambre ética y entrega a causas nobles, propicia visiones exageradamente despersonalizadas de los procesos políticos. Se presenta la institucionalidad democrática como un asunto exclusivamente procedimental y organizativo, ajeno a lo imaginarios, experiencias y pasiones de la gente, las mismas que pueden, en un momento dado, ser encarnadas por determinadas figuras públicas. A fin de cuenta las grandes transformaciones sociales no detonan porque un grupo de ciudadanos aprendan el ABC del marxismo o la cultura del empowerment neoliberal sino porque estas personas hallan en el marco de los múltiples escenarios posibles, la forma de discriminar entre las opciones probables aquella que resulta deseable para sus convicciones y esperanzas.

Esta clarísimo lo que ha pasado en Venezuela. Que el descrédito de una democracia burguesa que contó con la suficiente sustentación material como para funcionar mejor de lo que lo hizo, se expresó en el empobrecimiento de amplias franjas de la población, en una polarización social y fractura política impresionantes y en el descrédito de virtualmente todas las organizaciones políticas establecidas. Solo en ese contexto podía triunfar en 1998 la heterogénea alianza liderada por Chávez, portando su predica antineoliberal y redistributiva. No es extraño ante esos dos problemas (la erosión de los partidos y la pobreza acumulada) que el factor caudillo se repita incluso dentro de la llamada "oposición democrática". Si aplicamos su propio rasero de crítica, el asistencialismo rentista, el histrionismo carismático y las imágenes y mensajes de fuerza son perfectamente identificables en la ejecutoria del gobernador zuliano Manuel Rosales. Así pues parecería que el caudillismo continua siendo elemento protagónico en la cultura política de nuestro continente, trascendiendo fronteras ideológicas y referentes clasistas, y con el habría que contar en cualquier formulación previsible.

En un debate reciente con colegas venezolanos, antes del revocatorio, estos manejaban una rara teoría basada en dos puntos: a) si Chávez ganaba el proceso de concentración de poder se fortalecía y se aniquilaba paulatinamente la izquierda no estatista y caudillista, b) si Rosales ganaba las fuerzas populares (el movimiento comunitario y autogestor) impedirían el desmontaje de los planes asistenciales y salvarían la vitalidad del socialismo auténtico. Por eso llamaban a abstenerse de votar por ambos candidatos o hacerlo contra Chávez. Sin embargo, aunque asumía la potencial racionalidad del primer presupuesto, todo el tiempo aposté por la reelección de Chávez ya que su derrota significaría el fin de los programas sociales y la naciente activación de la organización y conciencia democráticas populares, al devenir ambas seguras víctima de la contraofensiva neoliberal y la desmoralización que la victoria de Rosales supondría. La historia de Cuba ha probado los errores de purismos y extremismos de izquierda que, al no distinguir entre lo menos malo y lo peor, abren el paso a la arremetida de dictaduras (virtuales o reales) de la burguesía.

Pero una cosa es desear tácticamente la elección de una figura aglutinadora y otra aplaudir gustosos su entronización, extendiéndole un cheque en blanco. Convengamos que impedir la reelección continua de un ejecutivo legítimo de exitoso desempeño puede parecer un dogma jurídico. Pero la realidad es tozuda y este error podría eliminarse en menos tiempo y costo que el de consumar una cuasi-monarquía amparada por la ley. ¿No es más probable que el ejercicio continuo de ese poder personal, alrededor del cual se articularán paulatinamente-como la historia demuestra- callados grupos de intereses, “fieles intérpretes de las ideas del líder”, y círculos de servidores displicentes, impida por mecanismos diversos la emergencia de sustitutos?

¿Y si la revolución es verdadera el actual entusiasmo popular no se abonaría, en pocos años, con hornadas de nuevos líderes capaces de sustituir al actual presidente? ¿Como piensa subsanarse una reconocida debilidad del actual proceso, la excesiva dependencia del mismo a la figura de Chávez, si se aniquila la posibilidad de un alto en el camino en el que el propio mandatario y su equipo puedan esperar su turno reflexionando serenamente, mientras la nación deposita su confianza en otro gabinete socialista que continúe las líneas directrices del cambio social imprimiéndoles su sello propio? ¿Será esta centralización y personalización el liderazgo político el colofón de un proceso que en los últimos años ha visto la compleja y paulatina salida o reubicación de figuras de probada experiencia y trayectoria (Aristóbulo Istúriz, Raúl Isaías Baduel, José Vicente Rangel, Alí Rodríguez Araque), la expansión dentro de la dirigencia ( a todo nivel) de una retórica casi idéntica a la del presidente, lo que bien pudiera estar evidenciando el encumbramiento de oportunistas, el mimetismo, la simulación y la orfandad de discursos propios, típicos de ciertas burocracias socialistas?

Se podrá decir que la figura de la reelección es común en numerosos sistemas políticos occidentales. Ahora acaso tomaremos a conveniencia aquellos modelos institucionales que esencialmente cuestionamos? ¿Es nuestro modelo un sistema donde las alternancias de élites burguesas y la participación popular limitada y asimétrica se ofrecen como sinónimo de democracia?

Además sabemos que el espíritu de la ley es letra muerta si la participación no encarna en instituciones y comportamientos activos, que se inserta en un sistema de relaciones. La burguesía logro eso muy bien: impidió que una fracción de la clase usurpe permanentemente el poder en perjuicio de la clase toda, desestabilizando al sistema. ¿Que contrapeso efectivo tendrá una presidencia con controles expeditos de la renta petrolera y sin limites temporales ni institucionales a su ejercicio? ¿Un parlamento con acotada legitimidad (ante el bajo por ciento de votación que lo eligió) que dispensa al presidente casi todos los poderes que pide, donde parecen oírse cada vez más declaraciones entusiastas de incondicionalidad y menos ejercicios de compromiso critico, de fiscalización y espíritu autónomo, donde se confunda la unidad revolucionaria con monolitismo?

Tal vez hagan falta más preguntas….y respuestas. No hace falta suponer perversión originaria en las figuras o en los pueblos. No, los líderes históricos, hombres valientes y entregados a una causa colectiva de inicio incierto, pueden imponerse con tenacidad y astucia en medio de batallas asimétrica contra las fuerzas del capital y vencer. Sus pueblos ven en ellos ejemplos y guías para transformaciones impostergables, se disponen a darles toda su confianza y energía y cimentarán una devoción capaz de perdurar más allá de años y errores. Y esa combinación de fe y sacrificio cosechará éxitos en numerosas esferas en las etapas donde no florecen aún los espíritu de monarcas y siervos. Pero será precisamente la anulación de los mecanismos de auto limitación, rotación y transferencia de poderes y verdadero control y participación populares los que se vengan, con el paso de los años, asesinando a la propia revolución convirtiéndola en mero régimen, en un proceso complejo, dilatado y doloroso. Y los que acaban por convencer a los líderes de su carácter infalible, excepcional e irremplazable.

El problema del partido unido (o único?)


”Si el partido preponderante es militar o aristocrático, exigirá probablemente una monarquía que al principio será limitada y constitucional, y después inevitablemente declinará en absoluta”

Simón Bolívar, Carta de Jamaica.


Una cosa es alcanzar instancias unificadoras de la fuerzas revolucionarias (frentes o partidos que reconozcan tendencias estables y ordenadas o que apliquen realmente la discusión de plataformas alternativas en los congresos, combinándolas con el control popular del funcionariado en el cabal sentido del centralismo democrático), otra que estas asuman muy puntualmente posturas de unanimidad orgánica ante ciertos temas esenciales, y otra que se abra la puerta a la instauración del unanimismo, práctica grosera que sustituye el análisis colectivo por la decisión a priori y desde arriba de los temas cardinales consagrándola con la payasada formal de una votación. Si el escenario se reduce a esa polarización funesta entre burgueses y burócratas el pueblo venezolano habrá perdido la oportunidad de instaurar, en un país con inmensas potencialidades de todo tipo, la experiencia de una promisoria democracia socialista.

Aquellos que supongan que el monopartidismo (a nivel del sistema político nacional o al interior de la izquierda) eliminará mágicamente los síntomas de desorganización y corrupción que se perciben en ciertos segmentos políticos del oficialismo podrían sufrir un fiasco. Posiblemente lo que ocurra será un ordenamiento de los privilegios y el empleo controlado de la entusiasta fiscalización popular para moderar expresiones de corrupción típicamente burguesas, heredadas de la Cuarta República. La lucha de los dos aparatos bien puede saldarse con la asimilación de los restos del viejo dentro de las estructuras y cánones de la nueva burocracia “bolivariana” en gestación.

Podrías decirme que no se habla de instaurar un sistema político monopartidista sino de la integración de las fuerzas revolucionarias en contra de un bloque de la derecha. En ese caso tendría la inmensa duda y preocupación de aceptar que el debate interno de los revolucionarios se reduzca constantemente, acosado por las coyunturas y los pretextos emanados de la confrontación y que, tristemente la única oposición posible sea la de un diálogo a gritos (o a balas) entre una clase media asustada y encabezada por una oligarquía antinacional y contrarrevolucionaria y las fuerzas populares dirigidas por una burocracia en ascenso.

No creo que carezcamos, en el sentido estricto que alude un prestigioso colega cubano, de una teoría de la dominación en el socialismo. Lo que existen son olvidos “oportunos” y lamentables de las experiencias opresivas vividas e investigadas en los regímenes anticapitalistas históricos. Me aventuro a conjeturar que la dominación1 en el socialismo puede adoptar varias formas concretas, siendo las fundamentales: el dominio de la clase obrera y sus aliados- vía expropiación económica y la supresión del viejo aparato político militar- sobre la burguesía desplazada; de la clase trabajadora-compulsión social mediante- sobre cada uno de los miembros de dicha clase; y de la burocracia sobre los trabajadores, ejerciéndola en su nombre. Y en ese marco asoma una vez más la sombra siniestra de la herencia estalinista.

Ese modelo, deformación simplificada y brutal del leninismo cuaja ante la ausencia de frenos legales, organizativos y culturales al proceder totalitario. El leninismo- en tanto pensamiento de y desde el nuevo poder anticapitalista- resulta un proyecto a medio construir, inacabado justo cuando empezaba una reflexión crítica de su ejecutoria anterior. Por eso puede juzgarse por lo que magistralmente anticipó- la organización y triunfo de la Revolución Rusa-, por lo que esperó alcanzar- sus utopías tipo “El estado y la revolución”-, por sus rectificaciones postreras -la NEP y los últimos trabajos-, pero también por lo que estructuralmente creó: un tipo de institucionalidad y discurso político sui generis, concentrador del poder y donde los fines nobles siempre se encontraron asediados por las coyunturas y medios, donde todo dependía de la ética, flexibilidad y compromiso originarios de un valioso grupo dirigente que pronto sucumbiría ante los nocivos efectos del monopolio político. Ni que decir tiene que rasgos cruciales del estalinismo se universalizaron, despojándose de su manto de crímenes masivos, para sobrevivir en las experiencias de socialismo de estado posteriores a la muerte del déspota.

Este pensamiento se erige como fundamento ideológico de regimenes constantemente necesitados de afirmar constantemente la noción de masa para, definiéndo a los sujetos formalmente como ciudadanos, vaciarlos de sentido convirtiéndolos efectivamente en súbditos. Como el ciudadano es un concepto que interrelaciona activamente al sujeto con sus agencias de socialización, donde el individuo y el colectivo se presuponen, el énfasis estalinista en la orientación verticalista del flujo de ideas e iniciativas anula, como regla, la existencia de verdaderos espacios de iniciativa ciudadana. Cínicamente, es un régimen en el que se privatizan los logros (las geniales ideas son siempre del líder) y se socializan los costos: los errores son de todos, incluso de aquellas masas que no participan fundamentalmente en las decisiones y sólo son convocadas para ejecutar.

Recordemos que el estalinismo no fue una expresión puntual de violencia generalizada, un producto de la cultura rusa, ni un lamentable accidente histórico: es todo un modo de concebir y organizar las relaciones sociales en una sociedad diferente al capitalismo clásico, ante el abandono-conciente o no- de los fines humanistas del proyecto revolucionario, por parte de un grupo dirigente -y su base clientelar- que funda su poder en el culto desmedido al caudillo. Poder que ignora o relativiza la importancia de elementos como la moralidad, el derecho y el ejercicio de la opinión en el proceso de transición socialista. Que al subordinar todo al predominio de su propia visión de la acción y transformación revolucionaria oculta que con medios perversos no se alcanzan fines virtuosos. Modelo que, pese las denuncias públicas del XX Congreso, nunca fue desmontado completamente ni en el diseño institucional ni en ciertos dogmas ideológico-organizativos, renunciando solo a aquellas prácticas impopulares, salvajes y deleznables que amenazaban la gobernabilidad de la propia burocracia.

Esta experiencia comienza en la construcción de un proyecto de sociedad sin explotación burguesa del trabajo asalariado y cristaliza en un régimen político que, aunque mantiene cierta redistribución básica y universal de parte de la riqueza creada, erige nuevo tipo de relaciones de dominación. Puede incluir la violencia física descarnada, formas de represión más sutiles y puntuales o combinar ambas, adaptándose a las matrices culturales del patriarcado premoderno europeo, asiático o latinoamericano. Y vale la pena alertar sobre su acechanza precisamente cuando su sombra amenazante aún no parece atrapar a multitudes juveniles y entusiastas, cuando el líder supremo -aún no declarado infalible y omnipresente- comparte su protagonismo tanto con veteranos curtidos, cuya trayectoria le precede, como con muchos contemporáneos tan mortales y legítimos como él, cuando no se ha consagrado su monopolio de la opinión publica y la producción simbólica.2

Cuando se prolonga demasiado la segunda forma se encuentra se agudizan los rasgos de la fase senil del régimen y lo más probable es que le suceda una restauración capitalista (conversión masiva de la burocracia) o un difícil proceso de reformas, entorpecido por la falta de cultura democrática, la resistencia de los funcionarios y el acoso imperialista. Mientras más demore en llegar el momento del cambio, más dependerá de la iniciativa de arriba y menos entusiasmo suscitará en una población conservadora y cansada, acostumbrada a recibir y simular, carente de esperanzas y espíritu cívico. Mientras más tempranamente se le ataje, más vivo permanecerá en ese pueblo el espíritu de la revolución, el rechazo al capitalismo y la creencia en un futuro socialista.

Por todo ello la presencia del liderazgo de Chávez y de cualquier forma organizativo-institucional no deben tener más importancia que la de ser facilitadores de la transformación popular, importantes y defendibles sin dudas, pero medio al fin. No se puede dar la razón al discurso hipócrita del liberalismo, regalándole el altar tantas veces profanado de la democracia, reeditando la experiencia del socialismo tradicional. Y que las experiencias de participación popular, movimientos sociales y autonomía ciudadana no sean simples tácticas o compañeros de viaje, útiles en la lucha contra la burguesía y posteriormente sacrificables en la consolidación del nuevo poder personalista y burocrático.

.“Mi deseo es que todas las partes del Gobierno y la Administración adquieran el grado de vigor que únicamente puede mantener el equilibrio, no solo entre los miembros que compone el gobierno, sino entre las diferentes facciones de que se compone nuestra sociedad”
Simón Bolívar, Congreso de Angostura, 18/2/1819.


Los revolucionarios venezolanos (pueblo trabajador, estudiantes, mujeres, jubilados, desempleados, sectores medios progresistas, etc) no debe dejarse confundir: fueron sus mejores hijos los que sacaron a su líder de las manos golpistas, los que han echado adelante las empresas recuperadas y autogestionadas, los que organizan e integran los movimientos populares en los cerros caraqueños y en zonas rurales, los que han dado repetidas muestra de civismo plural y revolucionario en las sucesivas elecciones. Por tanto hay potencial de gente entusiasta, habilidosa y, como les gusta decir, arrecha. No necesitan fomentar caudillos infalibles ni permitir que, en medio de la euforia y las urgencias, el ansia de aceleración y fortaleza hipotequen su futuro. Debemos recordar que el liderazgo carismático, al generar una cultura del adocenamiento, del mimetismo oportunista y de la mediocridad generalizada, sienta las bases para la asunción del poder por una clase política que paulatinamente se aleja de la legitimidad y los compromisos originarios de la generación fundadora, lo que se une a la paulatina erosión de la cultura política autónoma (incluso en las propias filas de las organizaciones partidistas) y la carencia de mecanismos de efectiva protección jurídica de las conquistas y derechos populares, más allá del capricho de los gobernantes.

Obviamente el fortalecimiento de algunas instancias de participación popular (los llamados Consejos Comunales), la eventual ratificación legal de formas no capitalistas de propiedad y mejoras concretas en materia de derechos sociales y laborales pueden ser contenidos promisorios de los cambios. Pero pensemos que de nada vale una marea de participación aislada en pequeños charcos, enfocada en sus problemas parroquiales, cuya integración horizontal y vertical se articule alrededor de un liderazgo personal cada vez más poderoso, carente de frenos y alabado por los nuevos burócratas bolivarianos.

Si se degradan las instancias de control popular del poder (que puede ser mediante el ejercicio de la opinión pública, la acotación de los períodos de gobierno y la existencia de libertades inviolables e instancias de participación que las representen) será otra cosa lo que se construya en Venezuela. Y alcanzarían una cumbre los cambios visibles en una retórica y culturas políticas mal llamadas bolivarianas, donde la grosería, la descalificación personal y la denuncia constante de “la mano imperialista” sustituyen la “batalla de ideas”. Es decir la afrenta no contra los enemigos de clase sino contra aquellos compañeros probados que se atrevan a disentir no ya del rumbo estratégico del socialismo sino de las tácticas políticas que el poder escoge para prevalecer.

Los intelectuales progresistas venezolanos3 tienen ante sí un enorme reto. Aquellos que han sabido ganar nuestra admiración al permanecer fieles al pensamiento progresista latinoamericano en los peores años de orgía neoliberal, en los predios de una academia elitista y corruptora, tendrán que asumir un papel ante la actual coyuntura. Lo que esta en juego es su propia existencia como gremio creador, animado por un pensamiento propio, que asume el pensamiento socialista como elección y no como imposición (o al menos como única postura públicamente declarable) y elige no dejar en manos de ninguna autoridad o institución la prerrogativa de pensar la realidad en que vive, de sancionar los modos y fronteras del ejercicio libre del pensamiento comprometido y la opinión pública.

Para ello es importante sensibilizarse, compartir y tender puentes hacía aquellos sectores populares que, de forma masiva, se socializan y educan políticamente en los procesos y centros promovidos por la revolución (como la Universidad Bolivariana), toda vez que allí encontramos un inmenso potencial de sano activismo y compromiso susceptible de manipularse por oscuros personajes que siempre tendrán a mano un discurso antiintelectualista, simplificador y pseudoradical, para garantizar el establecimiento del mayor control y desmovilización social posibles. En ese camino de luchas aprender colectivamente de nuestros respectivos valores, ideales, percepciones y vivencias es la única forma de construir una alianza revolucionaria entre los sectores de las clases trabajadora y media empeñados en trascender la cultura de la marginalidad, la corrupción y el clientelismo, imaginando un futuro socialista para la patria de Bolívar.

Lo verdaderamente estratégico es impedir desde ahora la sacralización de lo coyuntural (liderazgos unipersonales y partidos unificadores) y su conversión en principio (el mesianismo y el monolitismo), es preservarnos del potencial cerco y clausura de los imprescindibles espacios institucionales y normativos del pluralismo socialista, por parte de posturas extremas que justifiquen el fortalecimiento exclusivo del gobierno en detrimento de otras fuerzas y organizaciones populares.

Urge evitar la conocida perversión de homologar el antagonismo con los enemigos de clase con la necesaria confrontación de ideas que debe existir dentro de cualquier comunidad humana viva, legítima y actuante. Debemos acompañar a una revolución bolivariana, latinoamericana y socialista (y no meramente al chavismo) en esta hora decisiva de la transformación regional, desde el ejercicio de posturas que combinen la pasión necesaria –aquella que se levanta por sobre nuestros vicios y cansancios-, la madurez responsable y una noción nada incondicional del compromiso. Y que luego no vengan los que ahora palmotean acríticamente y sin mesura en Aporrea, Rebelión y tantas otras páginas de nuestra izquierda ante cada gesto del presidente, a renegar vergonzantemente de su “amor venezolano” si finalmente el poder consigue devorar al proyecto en medio de su silencio cómplice.

Hace pocos días el mentado colega me preguntaba si no temía decepcionarme por el ulterior devenir del proceso venezolano, ante lo que me describía como una embriaguez general bolivariana en el seno de la intelectualidad izquierdista, similar a la que una vez viviera esta con Cuba. En mi caso, le contesté, la respuesta es negativa, y se basa en el hecho de no haber asumido nunca una posición neutra, que ignorase la tremenda herencia de corrupción, caudillismo, ignorancia y privilegios que pesa sobre el proceso venezolano, del mismo modo en que expreso públicamente mis disensos sobre la realidad de una Cuba no capitalista a la que, aún con sus propios problemas y deformaciones, persisto en defender su derecho a una renovación socialista. Y me apoyo, adicionalmente, en la necesidad concientizada de no dejarnos arrastrar por el ecepticisimo, de que las heridas de “amores” anteriores no pueden conducirnos a un descreimiento y el cinismo genéticos, actitudes típicas de un buen número de intelectuales.

Además, a mi conocido le recordé otros asuntos. Por ejemplo, si acaso podríamos valorar como decente la actitud de un amplio segmento de la clase media (a la que obviamente mi conocido pertenece) que ostentado y defendido por tantos años patrones de consumo primermundistas, coexistiendo con la miseria más indigna, sin hacer nada serio para su reversión? No tienen esos sectores ningún rubor al sostener ahora una retórica democrática junto a tan egoísta y antinacional postura? Acaso es sotenible la defensa de un proyecto burgués de país que condenó al subdesarrollo y la incultura al 80 % de la población de un territorio tan rico?

Hay que implicarse, justo ahora, en la pelea. Pocas luchas ofrecen tantas esperanzas y dudas como la venezolana, y casi no encuentro otro lugar donde las correlaciones de fuerzas, el potencial de recursos y el arsenal simbólico ofrezcan mejor escenario para la batalla por el triunfo mundial del socialismo y la derrota de la declinante hegemonía estadounidense. Si el proceso bolivariano deviene burocrático y autoritario, aun cuando redistribuya interna y regionalmente su riqueza y sostenga la retórica antiimperialista, esto será una derrota para todos los revolucionarios honestos.

Por eso encerrarnos cómodamente en las torres de marfil de la precisión aséptica, paralizando nuestras acciones y compromiso ante deformaciones actuales y potenciales, nos impediría ver los millones de historias mínimas, hermosas y cotidianas, de seres humanos que se han convertido (acaso por primera vez) en protagonistas de crecimiento personal, educándose, sanándose, participando. La expansión de la burocracia y el autoritarismo, típicas de aquellos procesos revolucionarios que logran trascender sus primeros pasos, suelen darse en el mismo tiempo histórico en que muchas demandas de equidad, educación y justicia van siendo saldadas.

Hay momentos cruciales en la historia donde la gente de a pie, al devenir protagonistas de su historia, harían bien en meditar en manos de quienes, por cuanto tiempo y en que modalidades depositan el poder efectivo del cual son los legítimos dueños, so pena de no recuperarlo jamás.

Necesitamos que los pueblos preserven su espíritu e institucionalidad democráticos para, en condiciones sociales cualitativamente superiores, avanzar por la senda de su definitiva emancipación socialista. Y para ese desafío, desde ahora y para entonces, también debemos estar preparados.


San José, Costa Rica. 9.11.07 (estancia temporal)

Notas:

1.          Aquí habría que introducir una diferenciación entre dominación y poder toda vez que en el socialismo no debería haber dominación. Porque entre otras cosas dominación significa cosificación de unos sujetos por otros. En este sentido la diferenciación entre dominación y poder es útil. Agradezco en este y otros tópicos las valoraciones de colegas como Yanet Martínez y Gabriela Miranda.

2.          Cuando aún no ha podido manipular caprichosamente la vieja historia y las nuevas generaciones, organizando sus hordas de Guardias Rojos y sus rituales.

3.          Intelectuales entre los que destacan nombres como Edgardo Lander, Margarita López Maya y Luis Britto, entre otros

 
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Comentarios (9)

Baduel y la 'contrareforma' INCONSTITUCIONAL

el berraco|11-11-2007 13:53

-¿Las diferencias con el gobierno se circunscriben a la reforma?

-Me remito a mis palabras cuando entregué el Ministerio de la Defensa. Allí dije que el nuevo modelo teórico-político debía ser profundamente democrático y planteé que debíamos deslindarnos de la ortodoxia maxista (...) Ese día expuse al país mis inquietudes de hacia dónde se debía llevar a la nación. No tengo la intención de hacer un dogma, porque me han tildado de alacrán, conservador, cumplidor de leyes (...) Pero debemos conjugar el texto constitucional con la práctica, porque si no es letra muerta.

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....y sigue la utopía...

carlos carlos|12-11-2007 08:25

al autor del artículo quiero exponerle mi tesis, sencillamente y en un lenguaje claro y directo. el presidente venezolano sabe perfectamente que sólo la institucionalización de su reelección indefinida mantendrá con vida a "su revolución", claro está que con el paso de los años la necesidad de reelección se existingirá junto con estas, pues sencillamente en algún momento dejará de haberlas. no debe usted olvidar que el presidente de venezuela tiene, en materia de control total sobre una sociedad,  uno de los mas afortunados  asesoramientos que se puedan tener: el de los cubanos (soy cubano). de no haber reelecciones indefinidas, ese proyecto, que sólo es la repartición irresponsable de riquezas pasajeras, desaparecerá después de haber empobrecido a la mayor parte de la población venezolana y haber vuelto a conducir a varios pueblos latinoamericanos a un callejón sin salida. no debe olvidarse que el presidente venezolano ha llegado al poder precisamente como resultado de la democracia en venezuela, por lo que pretender la legitimación de su poder eterno, impidiendo la llegada de otros al mismo, es profundamente ingrato de su parte. no le quepa a usted la menor duda, que el actual gobierno venezolano no ganará méritos para ser reelecto varias veces, sólo se podrá mantener en el poder si alcanza el control absoluto de la sociedad. el actual gobierno venezolano creará cada día más pobreza...continuará

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continuación de ....y sigue la utopía...

carlos carlos|12-11-2007 08:27

y esas ..."millones de historias mínimas, hermosas y cotidianas, de seres humanos que se han convertido (acaso por primera vez) en protagonistas de crecimiento personal, educándose, sanándose, participando"...abandonarán venezuela emigrando a otros lugares donde se pueda respirar, desesperados, casi liquidados  y asfixiados por el estado paternal. la venezuela de hoy, debiera primero fortalecerse económicamente, para tratar después de exportar su modelo, lo que tal vez no fuese necesario de resultar exitoso este, pues sería copiado y no habría que vendérselo a nadie. pero la venezuela de hoy, que no es otra cosa que el pequeño y mediocre cerebro de su presidente, se desgasta satisfaciendo autovanidades y tirando el dinero por la ventana, descuidando a su pueblo y combatiendo la creatividad y la libertad....continúa...

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final de ....y sigue la utopía...

carlos carlos|12-11-2007 08:29

estoy con usted y contra la reelección, pero le invito a pensar profundamente sobre la siguiente y genial sencillez: trabajamos para no morir, o lo que es lo mismo, el que no trabaja no come, despersonalizar (estatalizando) la propiedad y pretender seguir dándole de comer a todos, no funciona, es invitar a la gente a no trabajar, demostrado por la historia. olvide usted el socialismo, eso sólo siginifica empobrecimiento y malaeducación de la sociedad, la creación de trabajo y riqueza (es decir, eso que llaman capitalismo) es lo único verdaderamente social. el estado, si quiere controlar determinados resortes económicos, debe ganárselos con su gestión (comprarlos con su dinero), si es un estado fuerte lo logrará y mantendrá estos resortes mientras le funcione...y cuando no, los venderá, pues el estado no ha de ser sino una empresa mas, aquella que se encarga de mantener el orden, para que funcionen todas las demás.

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errata

Escolastico Pacheco|13-11-2007 14:38

Fe de errata en el titulo:

Debio decir: "VENEZUELA: Mucho mas que una destimbalacion"

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Desde Italia

Dino|14-11-2007 02:12

Alguien me explica el tema de las seis oras, como se plantea, si hay debate, y eso, por favor.

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A Dino

Raul|14-11-2007 02:29

Sei ore del lavoro quotidiano, d'ora in poi...

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El principal propósito

Raul|14-11-2007 03:07

El propósito fundamental de estos "Populismos" es abarcar,colonizar,expropiar usando doctrinas insalvables, pero  "compradas" por los pobres.....que esperanzadoramente creen en ellas......

La pobreza aumentará, ya que su estructura "vive de los pobres" jamás  disminuirlos, sino, terminaria su objetivo.....

Las justificaciones de pobrezas, están escritas.."ayudar a los más pobres"....se  extienden,(sin resolver ningún problema interno, al contrario, la pobreza los fortalece) para quizás un día ser continentes..(Su sueño)

No traen  tecnologías frescas, nuevos métodos de producción, sino inculcar  doctrinas ancianas y obsoletas,odios al Imperialismo, al Capitalismo usado a modo de "anestesia general informativa"...a la vez que cerrarán todas las vias de comunicación con el exterior......Ellos serán La Prensa, los que te curen las heridas, los que te transporten,los que te eduquen.

¿A cambio de qué? 

A cambio de obediencia total, de mansedumbre general....

¿Que beneficios les traen a sus "Lideres"?

Establecerse en el poder "de por vida"...garantizando así a sus grupos cercanos y familiares....garantizando e indemnizandolos de por vida.....en un sistema en el que vivirán como reyes..... 

Para el caso Venezuela.....si deseas ser parte de su "Elite"...este es el "momento histórico" de unirte a su "Banda" a atacar civiles, universitarios, a tomar empresas privadas por la fuerza........Una vez consolidado y establecido todo su Régimen...ya será muy dificil....formar parte de su "Elite"..

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Tienes toda la razón: los populismos se basan en aumentar la pobreza

Cthuluth|15-11-2007 19:42

La pobreza aumentará, ya que su estructura "vive de los pobres" jamás  disminuirlos, sino, terminaria su objetivo.....

Las justificaciones de pobrezas, están escritas.."ayudar a los más pobres"....se  extienden,(sin resolver ningún problema interno, al contrario, la pobreza los fortalece) para quizás un día ser continentes..(Su sueño)

Efectivamente, Castro a venido haciendo lo mismo de manera que todos son pobres en Cuba y todos malviven de las limosnas del estado, limosnas cada vez más miseras.

Chavez está llevando a Venezuela a la miseria. Está arruinando su sector industrial y agricola. Cada vez se produce menos. No le importa comprar cada vez más alimentos a los EEUU.

El socialismo marxista no se podrá implantar hasta que el país haya alcanzado su nivel de miseria adecuado. En cuanto llegue este momento se vivirá exclusivamente del petróleo, que al estar controlado por Chavez, se convertirá en el monarca más poderoso del mundo. Vamos transformará la sociedad Venezolana en una Arabia Saudi.

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