VAMPIROS EN ELCREPÚSCULO
Esta es la hora crepuscular del mundo de los vampiros. Hasta hace nada les salían redondas las cuentas de la ración de energía que aseguraba su opulencia y les hacía creer en su eternidad. Lo que no era tan seguro, sin embargo, era el sistema por el que se nutrían de sus víctimas, a pesar de tener en su nómina a cientos de miles de economistas, ideólogos, clérigos, contables de doble fondo, capataces, señores de la porra y demás gentes del servicio en su amplia acepción: cocineras, limpiadoras, chóferes, jardineros, y etc. etc.etc.
El sistema funcionó siempre a trancas y barrancas, pero se complicaron las cosas cuando los vampiros terminaron por ser demasiados, demasiado poderosos   y demasiado glotones, lo que contribuyó a romper el equilibrio precario con que inicialmente organizaron el mundo a su medida. Un mundo, por cierto, sostenido en la codicia reglada de las leyes del mercado de energía, incluida la humana, en el aprovisionamiento de energía de bajo coste y alto rendimiento -también incluida la humana- y en una bonanza climática que ellos mismos se encargaron de destruir merced a su modus vivendi y a la defensa de sus principios: YO, YO, YO. Así que ahora se encuentran en un doble crepúsculo: el de su falta de luz, y el de un mundo que se les desmorona por no haber sabido entender las leyes de la vida y en su lugar pretendido vivir clavando sus colmillos en un mundo de siervos, que a su vez se desmorona en medio del caos económico y social que ellos mismos provocaron y trajo este crepúsculo.
Cuando las personas más sensibles, que son las niñas y niños, por este orden, preguntan con miedo a sus mayores si existen de verdad los vampiros, hay que decirles que sí, que existen, y que están entre nosotros desde que el género humano tiene memoria de sí mismo. Que existen desde que las gentes perdimos el norte y dejamos de considerarnos como iguales para pretender ser superiores y tener ventajas sobre otros; que existen desde que, a consecuencia de este desvarío que condujo al cainismo, se perdió el sentido de la justicia y esta se convirtió en derechos de quita y pon y cuando el sentido de la libertad se convirtió en goce de pocos que regulaban la esclavitud de muchos.
Pero conviene aclararles que no se trata de los pastores masais, o de los llamados vampiros, esa especie de murciélago austral que hace lo mismo con el ganado.No;esos practican un vampirismo de supervivencia. Los peligrosos son los que practican el vampirismo de la opulencia. Suelen ocupar un alto lugar en la escala social. Algunos tienen títulos como el Drácula de la leyenda y aún más altos. No muerden en la yugular, porque hay otras maneras mucho más eficaces de robar energía al prójimo. Todos ellos poseyeron esclavos, y cuando llegó el crepúsculo del esclavismo se disfrazaron de liberales, de capitalistas, de neoliberales y hasta de revolucionarios de poca monta y siguieron rodeados por sirvientes hasta la fecha.
En China o en Japón; en las naciones europeas, en sus colonias y luego en sus neocolonias, estos individuos siempre vivieron y viven de la energía que proporciona la explotación del trabajo ajeno y la explotación de los recursos de la Tierra. Pero no crean que termina aquí la especie, pues para funcionar sin sobresaltos necesitan establecer jerarquías de sirvientes con derecho a chupar -en muchísimo menos grado, y por escalas rigurosamente establecidas-la energía vital de los servidores del más bajo nivel. Son sus subalternos en todos los órdenes y categorías sociales, y tienen colocados sus puestos de mando siempre cerca del amo.  A su vez, otros se hallan en la siguiente línea descendente, y así, hasta llegar, como en aquel episodio de Chaplin en el Gran Dictador, al último de la fila que no tiene a quien mandar y le toca jugarse la vida. Este es la víctima. De él se alimentan todos los de la escala ascendente y cuanto más arriba, oh, extraña paradoja, aun estando más lejos de sus fuentes de aprovisionamiento más energía chupan, pues que los sirvientes, aun siendo también víctimas y dar su energía al amo, también son cómplices y consideran natural y hasta honroso dar al amo cuanto demande, incluido el jugarse la propia vida hasta perderla, si así se le pide, en los campos de Marte.
Entre tanto, los grandes vampiros jamás se juegan la vida, jamás trabajan y por supuesto jamás permiten a sus hijos ir confraternizar con el sirviente, no vaya a comprenderlo y a sentir compasión y ponerse de su lado perdiendo su sentido de clase como ya pasó con otros hijos de vampiros al ver cómo desfallecen sus víctimas en las sangrientas minas, en las extenuantes explotaciones agrícolas, en las venenosas industrias, en las tediosas y neurotizantes oficinas de esto y aquello; en los grises y despersonalizadores cuarteles, en las sombrías iglesias. Y todo para el derroche de sus mayores. Así que los vampiros de primer grado procuran educar a sus hijos en afamados colegios para pequeños aprendices de vampiros de primer grado, lejos del populacho, de las multitudes que un día le servirán con su energía.
Los vampiros de primer grado, para dar ejemplo, nunca viajan en autobús; tienen aviones privados con lanzamísiles; pisan alfombras rojas en todas partes y allá donde van son recibidos con bandas sonoras y honores y otros primeros vampiros complacidos por poder mostrar sus logros. Allá donde van, son servidos sin otro mérito por su parte que el de ser vampiros de primera y pertenecer al club. Como las leyes civiles y eclesiásticas les apoyan, viven tranquilos en la confianza de que esas leyes precisamente las hacen sus servidores, y que otros servidores de menor grado ya se encargarán de aplicarlas del modo más conveniente para asegurar su posición y su suministro de energía en sentido inversamente proporcional al que la produce. Y no solamente se trata de energía material, sino de la que realmente sostiene a los vampiros: de la energía de la envidia, la ambición, el miedo, el odio, que los siervos admiran en sus señores, y que por su parte imitan en cuanto pueden. Así que las raíces del árbol humanidad están podridas mayormente  y sólo dan frutos falsos.
Así es como se alteraron las leyes de la vida y de ese modo se inició lentamente a lo largo de la historia el camino del crepúsculo en que ahora se halla sumida esta civilización. Y tras el crepúsculo, la noche. Esto es lo que habrá de suceder, porque las leyes de la vida acaban siempre por imponerse sobre lo antinatural. Y el mundo artificioso y cruel creado por los vampiros, sus cómplices y las víctimas que les siguen convencidos de que son ejemplos a imitar, este mundo, se hunde a ojos vistas, y a pesar de todos los esfuerzos, esta sociedad crepuscular nunca volverá atrás, porque el día nunca retrocede y ha llegado a su límite: la noche.
Nuestra esperanza es que hay algo que nunca falla: tras la noche siempre hay un nuevo día y los vampiros esta vez ya no podrán regresar a buscar a sus víctimas: este es su último crepúsculo. También el de sus imitadores. ¿Es usted, tal vez, uno de ellos?
TEST“SALIR DE DUDAS”
-Si su respuesta es Si todos los casos, mírese en el espejo. Está ante un aprendiz de vampiro en la escala de 1 a 10, y puede ser potencialmente peligroso, en esa escala, para la civilización (y para sus familiares, amigos y compañeros de trabajo, no digamos).
-Si su respuesta es No en todos los casos, es usted esa clase de persona que sirve de soporte al porvenir de la humanidad, y con muchos como usted la sociedad de los vampiros ya habría desaparecido hace milenios. Enhorabuena.
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