Y ni que decir tiene, lo fue especialmente en la España estrechamente provinciana del franquismo, en la que se decía que "nunca pasaba nada" y si pasaba, ya se sabía, ver, oir y callar.
Lo más habitual en el pueblo llano eran  los "chismorreos" del lugar, las sumas de pequeñas anécdotas, las biografías, las vicisitudes y los dramas familiares. Todo se sumaba al gran almacén de los datos locales con los que se componía un aprendizaje en el "saber estar" en el pueblo, en un saber a que atenerte, y en el caso de la infancia  es un aprendizaje que a lo largo de una vida se conforma como una  "primera vez" . Puedo decir que, casi todo lo que me ha ocurrido después tiene una referencia inicial en esta infancia, un tiempo en el que se insinúan dilemas que luego será decisivos, por ejemplo el existente entre tradición y/o ruptura, entre la rutina y la búsqueda de nuevos horizontes, etc. El cine coexistió con una continuidad que "mamó" de la cultura oral, de los abuelos que eran los oráculos, de las "batallitas" tan injustamente menospreciadas y que, cuando tienes más vivido que por vivir, tienes la tentación de reproducir aunque ya la Tele y otros "avances" ya no permiten estos lujos. Pero también aquí el cine se erigió en un refuerzo ya que, como en las relaciones, en el cine lo que más importa es saber contar una historia, tener cosas que decir, que contar, darles un cuerpo, saber oír...El cine era una puerta a un mundo que sólo podía ser mejor, un incentivo psicológico que en mi caso, como presunto patito feo, me impulsaba en ocasiones hacia un estado casi mágico que mucho tiempo después supe que se llamaba "Dêjà vu".
Se trataba de un momento especial de excitación mental que desesperaba de mi natural abulia para salir de mí, mirarme desde otro tiempo u otro lugar imaginario, desde una perspectiva desconocida. En aquellos precisos y fugaces momentos, sentía como real, y que instaba a abandonar tanta bobería, algo me invitaba a asumir una energía superior desde la cual podía pensar apasionadamente sobre mi lugar en el aquel extraño mundo en el que me sentía como Pulgarcito en el vientre del buey. Entender razones y reconocer recursos que hasta entonces permanecían ocultos. Llegar a través del imaginario ardiente hasta un no lugar en el que tenía una respuesta brillante y agresivo frente a todo lo que me apesadumbraba. Primordialmente mi natural tendencia a la inocencia, a carecer "del maldad", en definitiva a no aprender a ser malo. No olvidaré nunca que este dilema entre ser bueno y más bien tonto, o malo y listo se me planteó con una claridad angustiosa viendo una olvidada película "infantil" alemana, Corazón de piedra, obra de Paul Verhoeven (1901), que nada tiene que ver con el actual cineasta holandés, y autor de Instinto básico o Robocop, y del que actualmente no habla ninguna enciclopedia (si acaso lo señalan como padre de Michael Verhoeven), sin embargo, este título fue recuperado en un ciclo de joyas olvidadas en el Festival de San Sebastián, para perderse de nuevo.
Está claro que se trataba de una adaptación del esquema de la genial obra de Stevenson, El Dr. Jekyll y Mr Hyde que tan buenas adaptaciones y variaciones ha ofrecido el cine. El mismo niño que era bueno se convirtió en mal. Esto ocurría en un bosque umbrío que recordaba el de pinturas como las de Brueguel o El Bosco en una atmósfera en que lo bueno y lo malo, como en la vida se confunden. Cuando era bueno  su corazón era de oro, y al tiempo que producía la felicidad de los suyos y de los necesitados, también producía la envidia de los que no podían ser como él, ni entendían su aptitud. Entre estos últimos existía una bruja que, engañando al pobre niño, le quitó su corazón de oro para incrustarle ahora uno de piedra. Con tal corazón, el niño no podía por menos que actuar como alguien que se quiere imponer sobre los demás, disfrutar de los mayores privilegios y menospreciar a los más débiles, igual que hacían los niños que se mofaban de los más débiles y que hacían la vida a uno, al que tildaban de marica. Esta segunda parte resultaba dura, porque además, el pobre niño no podía hacer otra cosa más que seguir los impulsos de su duro corazón. No recuerdo como acabo, pero presumo que bien, pero en la vida las cosas eran más turbias, y ser inocente significaba que podían abusar de ti.
Hubieron muchos títulos que me deslumbraron y de los que nunca he vuelto a saber. Así por ejemplo, solamente en un diccionario francés para volver a encontrar la pista de una especie de neowestern protagonizado por un hermosísimo caballo negro, llamado Tormenta para saber que su título original fue Red Canyon (1949), comprobar que sus intérpretes eran la monísima Ann Blyth acompañada por un cuadro de actores compuesto por Howard Duft, George Brent, Edgar Buchanan, el gran John MacIntire, célebre por algunas frases como la que precede al The End de el mundo en sus manos, y aquella de "!Siempre nos quedará el Mississipi¡", y la fordiana Jane Darwell. La dirigió el prolífico George Sherman, que nunca tuvo problemas con aquella máxima de los productores: no me importa que sea buena o mala, pero quiero que la acabes pronto. Que esta no se encuentre entre las recordadas no es de extrañar, casi todas lo fueron, sin embargo, a los niños no nos importaban estos detalles, ni recordamos muy bien que pasaba en aquel rancho, pero cuando hablo del caballo hay alguno que exclama, ª!Ojúuu¡". Aquel día todos salimos de la sesión infantil al galope, y en los día siguientes llamaba, ¡Ehhe Tormenta¡, a nuestras cañas o palos de escoba, y hasta relinchábamos. Raramente se habla de los caballos en el cine, pero a mi una con caballos me gusta más,  sin ellos el cine de aventuras o el western, no serían lo mismo. Hasta las películas más aburridas, si cuentan con algunas escenas de galopadas, ya nos producían  satisfacción.     
Pero, a lo que iba. Esta publicidad resultaba primordial para abrir el apetito y luego para rememorar porque entonces no teníamos posibilidades de reestrenos. Los prospectos eran una parte más del atractivo inherente a las salas de  cine que llegaron a convertirse en centros de atención por las hileras de carteles que se desplegaban a lo largo y a lo ancho de sus paredes anunciando próximos estrenos. Todavía pasarían muchos antes de que en el pueblo la gente se preocupara en echar las llaves a las puertas, las casas permanecían por lo general abierta, por lo menos a lo largo del día, y lo mismo ocurría en muchos establecimientos. Por lo tanto, bastaba con empujar un poco las puertas del cine cuando se encontraban encajadas, y pasar al interior para descubrir un nuevo cartel, y repasar los que todavía permanecían anunciados. Nadie me advirtió que algo así no se podía hacer, de hecho, sí alguna vez tropezaba con algunos de los empleados, normalmente ni se fijaban en mí. Al entrar me sentía como en la Iglesia, muy pequeño, y como antes me había embobado contemplando la majestuosa bóveda y las imágenes pías, ahora miraba con idéntica atención cada cartel, tratando de imaginar como sería tal o cual película, una ilusión sugerida por una referencia anterior, así por ejemplo sí era del Oeste y con Alan Ladd, pensaba  automáticamente en Raíces profundas y si era de romanos, en Victor Mature en Demetrius y los gladiadores, y que hoy me parece más mala que el pecado. 
Por lo tanto, una vez dentro, con una cierta penumbra porque se trataba de hall amplios y las luces no se encendían nunca sin necesidad (en ninguna parte), podía mirar, mirar y mirar. Ya había empezado por la calle, observando con detalle las carteleras, con su carteles grandes, algunos tan descomunales como el que anunciaba Scaramouche, que representaba a Stewart Granger vestido de arlequín bajando por una cortina, o a un ya otoñal Errol Flynn del mismo tamaño vestido de escocés con una espada en El señor de Balantry (1950). Dado por otro lado que  la calle de los cines estaba a medio camino entre el bar de papá y casa, raro era pues el día que no repetía el gesto devoto de repasar los carteles. Fueron tantas veces que algunos se fijaron para siempre en mi memoria. Por ejemplo, recuerdo un hermoso desplegable sobre Alejandro el Magno en el que aparecía Filipo de Macedonia (Fredrich March), con varias flechas clavadas en el cuerpo como un San Sebastián, y podía sumar ejemplos pero temo aburrirte.    Algo muy similar sucedía con los llamados "prospectos". Estos también crearon una adicción, y por aquel tiempo eran uno de los objetos más comunes que intercambiaban los niños, aunque luego fueron desplazados por los "cromos" con los futbolistas, que fue, lamentablemente, lo que a mí me ocurrió durante un tiempo.
Algunos de ellos me parecieron tan atractivos que no se apartan de mi memoria. Me bastó ver el de El halcón y la flecha con su arco medieval, sus colores claros y luminosos   y Burt Lancaster sonriendo como "Dardo" que tenía algo de Guillermo Tell, para suspirar durante años por alcanzar a ver la película, lo que pude hacer en el cine, y una y otra vez en la TV, siempre con entusiasmo, incluso ideológico. Me llamaron especialmente la atención los de formato adecuado al título, una moda que tuvo una cierta presencia a principios de la década, recuerdo especialmente una prospecto con la forma de un platillo volante que anunciaba La guerra de los mundos (1952), una de ciencia-ficción que nos aterrorizó de verdad con sus rayos lasser que cuando disparaban sobre las personas, la hacían desaparecer, algo perfectamente creíble y natural para nuestras mentes, otra, Tomawack (USA, 1954), tenía el formato de la famosa hacha de los indios.
Esta fascinación explica que entre todas las maletas que he tenido a lo largo mi vida, ninguna otra ha permanecido en mi memoria como la que mi tío Jesús. enamorado de títulos que consideraba míticos,  se agenció para su "mili", y que se convirtió en un objeto familiar, que nos hizo una buen servicio ya que incluso nos acompañó en el "salto" inmigratorio desde el pueblo a Barcelona. Era una maleta de mala madera y pintada una y otra vez, un trasto que hoy sería considerado como un signo de pobreza. Pero en su interior brillaba lo que mi tío había pegado con trozos pequeño de pan mojado: un "collage" de "prospectos". Durante años pude mirar hasta casi gastarlos. Cierro los ojos y los puedo citarlos casi todos de memoria. Estaban Un día en Nueva York con el trío masculino (Gene Kelly, Frank Sinatra, Jules Mushin), y el femenino (Betty Garrett, Vera Ellen y Ann Miller), asomando sus cabezas por una esquina con un fondo de dicha capital;  César y Cleopatra (1945) con la escena en que un laureado César (Claude Rains) habla con Cleopatra (Vivien Leigh) en presencia de un exótico Apolodoro (Stewart Granger); El negro que tenía el alma blanca, con Hugo del Carril, y a la que yo siempre asociaba con la entonces celebérrima canción de Antonio Machin, Angelitos negros; El milagro de las campanas (1948) con las sonrisas beatíficas de Fred MacMurray, Frank Sinatra, !que hacía de cura el muy golfo¡ y la sublime Alida Valli; Jezabel con Bette Davis con un vestido escarlata, etcétera, imágenes que por sí misma me hacían anhelar verlas en la pantalla, y entonces, aunque no me gustaran, tenerles un cierto cariño por formar parte de aquella modesta maleta que tan buen servicio rindió. También aparecía John Wayne con una camisa roja y una gorra de marinero, y las manos ensangrentadas después de una pelea en La venganza del bergantín.
En los años sesenta, todo esto no era ya más que un lejano recuerdo.  Cuando volví al pueblo después del exilio parisino, únicamente había una sola cartelera, y por los días que pude contar, bastante lamentable. En visitas subsiguientes, hasta este local ya había cerrado. En los lugares de las fábricas de sueños se habían construido parkings, pisos, como en otras partes montaron ruinosos bingos, o locales lúdicos donde los chicos se fagocitan virtualmente matando enemigos o corriendo a toda velocidad. Esto ocurrió en todas partes, y el cine se hizo eco de ellos en películas como la realizada por Ettore Scola, Splendor, con Marcelo Mastroianni, Massimo Troisi y Marina Vlady, que vale más por la sinceridad de la evocación que por otra cosa, pero que sirve como testimonio. En otra,  Vicios de verano (Italia, 1978), un carnicero interpretado por el sin par Alberto Sordi, trata de aprovechar unas ocasionales vacaciones con su señora, llevándola al cine para recordar los tiempos en que se conocieron, pero ya nada era como antes, y lo que le ofrecen es basura, una exageración quizás, pero no tanto.  Seguramente la explicación es también había cambiado el público, los viejos espectadores habían dimitido.
Concluyo con unas notas sobre unas declaraciones recientes de Fernando Trueba, en las que decía: "Antes, cuando los niños queríamos visitar otros mundos, nos íbamos al cine. Ahora tienen la Play Station, !qué pena¡". Pues sí, que pena, pinta, pena. Lástima de cine, con todo el potencial que contiene para distraer, disfrutar, aprender y debatir, sobre todo si se pasa del espectador pasivo al espectador activo, y no digamos sí se trabaja un instrumento tan participativo como lo puede ser un cine-club, hoy asequible en la entidad más modesta, en el pueblo más desconectado, en el barrio más marginal...
| Paypal (seguro y permite diferentes formas de pago) | |
| Microdonación de 2 euros | Donación de importe libre |
#1
09-01-2009 17:58
¿En este artículo también se censurarán los comentarios que no estén de acuerdo con la posición política del autor?
Valoración: -21
| Avisar provocación
#2.- No es lo mismo comentar que insultar
pg-a|09-01-2009 22:04
  Sí todo el mundo hiciera su comentario sobre los artículos, no habrían problemas ni censuras ni nada parecido. Pero la verdad es que, muchas veces,
los insultos superan los comentarios. Tanto es así que a veces se impone cerrar o simplemente abrir la puerta, porque los insultos lo ensucian todo...Eso resulta patente con el amigo Carlos Rivero Collado, y también en el mío. A él le vienen del lumpem de Miami, a mi de lo que queda del estalinismo más zafio.
  atentamente
Valoración: 27
| Avisar provocación
#3.- Así se hace!!!
J. London|10-01-2009 00:28
Muy bien Pepe, muy bueno!!! Que conste que yo también apoyo a esos pesados de amigos tuyos, de la IA o como se llame. Pero los artículos tuyos que me emocionan son estos, hombre. Murieron todos los viejos cines, ¿pero ha muerto la capacidad de soñar? Seguro que no. Todavía hay valientes y rebeldes y soñadores, vivos y en nuestra propia época, desde los hermanitos Cohen, hasta el viejo Clint, por no hablar de muchísimos hindúes, chinos como Ang Lee y otros.
Es en ese mundo de los sueños, el del Mito, en el imaginario, en el que vivimos nuestra vida real. Ya se que como materialista y tal me dirás que no, pero, pero es en esa capacidad de soñar en la que nacen los impulsos generosos, incluso la valentía de rebelarse contra lo inevitable. Seguramente el viejo Don León estaría de acuerdo. Sergio Leone seguro que sí, y ya es suficiente. Cuídate Pepe, y no te emociones mucho con eso de la política partidista, aunque eso sí, aprecio muchísimo tu buena fe. Yo también la comparto, aunque prefiera no creerme nada.
Valoración: -2
| Avisar provocación
#5
Miguel López Alarcón|10-01-2009 02:26
Compañero Pepe Gutiérrez, ya que que no pude hacer ningun comentario  a tu artículo de anteayer (8/1/2009)  bajo el título; "El crimen de Coyoacán en el cine",  puesto que sorprendentemente la inserción de comentarios estaba desactivada.
Te lo hago ahora.  Desconozco, por supuesto, si  llegó a tus manos, un libro públicado en versión castellana, en 1979, bajo el título, "Cómo la GPU asesinó a Trotsky".
Ese libro  se compone  de mútiples  evidencias probadas, a base de documentación sobradamente verificada. Entre muchas evidencias, existe una que te la destaco por su enorme importancia y trascendencia para el movimiento trotskysta internacional.
¡Agarraté para que no te caigas!. Joseph Hansen, uno de los líderes,  a finales de  los años 30,  del SWP americano, responsable de la seguridad de la casa de Trotsky, en Coyoacán.  Está probado que fue un agente doble, de la GPU y de la FBI, al mismo tiempo. 
Éste, Joseph Hansen, siendo el máximo responsable de la seguridad de León Trotsky, permitió que Ramón Mercader entrara en la casa del lider bolchevique  hasta en  diez  ocasiones,  antes de perpetrar el asesinato, hasta el punto de que el mismo día, 20 de agosto de 1940 (en pleno verano)  el asesino entró tranquilamente con ¡una gabardina! en el brazo, bajo la cual ocutaba el piolet asesino.
Valoración: -20
| Avisar provocación
#6.- una obra desacreditada
pg-a|10-01-2009 07:51
  Tengo el libro citado, producto de lo peor de lo peor que ha producido el movimiento "trotskista": el liderado por el británico Gerry Healy, que tuvo tiempo de ver como su relativamente importante tinglado quedaba en evidencia. En esta época, su delirio sobre la "inflitración" de la GPU en la IV Internacional era el principal tema de agitación del grupo afín creado aquí, la Liga Obrera Comunista.  Voceaban su períodico,  Prensa Obrera, con tales acusaciones. Cuando se  permitió el acceso de los "papeles de Trotsky" en Harvard, fueron a buscar las pruebas "definitivas", y lo que encontaron  fue muy diferente. Había habido un "tanteo" con el FBI  consentido por el propio  Trotsky para tratar de averiguar datos que  Hoovere tenía a la mano...Josep Hansen y el otro acusado, George Novack, filósofo e historiador editado en Fontamara, murieron como habían vivido: como unos revolucionarios sin más beneficio que sus logros militantes...
Sobre Hansen se puede consultar las memorias de Tariq Ali...
    Ha sido un placer
Valoración: 26
| Avisar provocación