Aunque no fue muy masivo, el grupo Acción Comunista reunió a un buen plantel de militantes que tuvieron un papel destacado  tanto en la teoría como en los movimientos. El pasado día 20 hubo un encuentro de medio centenar que lo fuimos, y que de alguna manera, lo seguimos siendo. Me recuerdo, en aquel tiempo, como pletórico. La actividad parecía como si me hubiera liberado de complejos. Hasta me dio por escribir. En aquellos días, comencé a redactar, con unas dificultades increíbles, un texto por cuenta propia sobre el Deutscher que titulé La lucha contra el estalinismo. Lo repartimos entre los más próximos en copias del papel cebolla. Lo firmé como Andrés Cruz, el seudónimo que había utilizado Trotsky para sus trabajos sobre España. Buscaba entonces una opción trotskiana, pero el POUM no se veía por ninguna parte. La sección de la Cuarta Internacional no era más que un crudo montaje posadista.
Un día tuvimos una reunión con ellos. Antes de empezar, uno de los participantes me dijo sin bromear: «Ese Mandel está un poco loco». Y cuando le pregunté por qué, me respondió: «Porque no cree en la inevitabilidad de la guerra termonuclear». Algo había que hacer y Vidal tenía la solución. Teníamos que ingresar en el grupo animado por la revista Acción Comunista (AC), que se había conformado en París, en 1965. El núcleo constituyente estaba conformado por gente diversa, todos ellos provenientes de la izquierda del FLP —Antonio Ubierna, José M. Riaño—, de las JSR —Jesús Santos— y del PCE —Carlos Semprún, alias Lorenzo Torres—. A mí el primer número de AC me pareció lo más avanzado que había leído hasta entonces, incluido el Ruedo Ibérico en el que se publicó un elaborado trabajo de Fernando Claudín sobre Las dos vías de la revolución española. Con el Claudín tuvimos un intenso debate en la cumbre de La Emisora, al final de la cual, un conocido dirigente del PSUC me preguntó abiertamente «sí yo era trotskysta». Sí «trotskismo —le respondí— significaba la denuncia de la burocracia y la defensa de la revolución por encima de los pactos con la burguesía, lo era». La verdad era que, interiormente, yo no me lo acababa de creer.
Hasta entonces, las relaciones con la gente del partido o del FLP fueron bastante abiertas. Hacíamos un grupo en el Centro, en las salas de Arte y Ensayo, o en los actos legales; incluso, nos íbamos de copas. Después, las cosas cambiaron en buena medida y la etiqueta empezó a funcionar. Claro que nunca fueron como en los años treinta; ni mucho menos. Y cuando Vidal nos advertía sobre que nos podía pasar como a Nin, a Trotsky o a Kurt Landau, nos los tomábamos un poco en broma, por más que nuestro singular camarada, en momentos de delirio, anunciaba, ufanamente, que a él no le cogerían como a Nin. En momentos así, era cuando a mí me visitaba un sentimiento extraño; como si atravesara otra dimensión y penetrara en una realidad que percibía como algo un tanto fantasmagórico. Tenía vértigo ante todo lo que estaba haciendo. Como quien dice, hacía dos días que el autobús me trajo del pueblo. En casa, todavía me tenían como a un niño. La mayor parte de las cosas de la vida me resultaban un misterio. Había noches que no podía dormir, pero al día siguiente, la actividad me ponía otra vez en funcionamiento.                             
Uno de los innumerables debates que nos absorbían en aquellos tiempos, en los que las hipótesis tenían más peso que la acción concreta organizada, rondaba entorno a una pregunta fundamental: «¿Qué era lo que se requería para ser un revolucionario?». Aunque no estaba claro que lo fuéramos, aparecía como lo más importante, como lo más interesante posible si no querías acabar «como todo el mundo». Eran horas y horas de conversaciones durante las cuales aparecían citas del Che o de cualquier otro grande de nuestro Partenón. Citas que añadían matices, y más matices, a un esquema que, como buen amante de la explicación didáctica, me gustaba condensar y puntualizar en un primero, segundo, etcétera. Lo primero —insistía— pasaba por poseer una sensibilidad especial. Un sentimiento que, como proclamaba el Che, no te permitía permanecer inmutable ni ante el dolor ni ante la injusticia. Algo que no era totalmente espontáneo, sino que se derivaba de una cierta toma de conciencia, de una manera de percibir una realidad negativa que no se admitía como inevitable, como algo tan natural como la lluvia o el viento. Pero la sensibilidad no era suficiente, se necesitaba también ese carácter y energía que mostraba Pedra peleando por una pequeña cuestión como si estuviese en una barricada.
En este punto, servidor solía citar a Wiston Churchill, aunque dejando claras las distancias con el personaje —un reaccionario imperialista de mucho cuidado—. Citaba una frase suya en la que afirmaba que, sin carácter para aplicarlas, todas las demás virtudes se quedaban en el aire. También era, no menos imprescindible, una relación «consciente» con la clase obrera y el conocimiento directo de la situación de la clase mayoritaria y más oprimida. Añadía que para conjugar seriamente todo esto, se imponía el estudio, el conocimiento cultural, algo que los de las juventudes trasladaban a la dirección del partido, que tenía «miles de ojos», según gustaban de citar de Pablo Neruda. Para nosotros, por el contrario, la historia demostraba que el partido podía equivocarse. De hecho, se equivocaba. Por lo tanto, la teoría era, ante todo, una actitud de responsabilidad personal intransferible. Por mucho partido que hubiese, la cultura, entendida como una manera independiente y seria de ver las cosas, era una condición básica, al menos, para no equivocarse demasiado.
Al rondarme estos pensamientos, me descubría capaz de crear sesudos argumentos, de teorizar críticas y proyectos. Sobre todo, de exponerlo oralmente con una soltura que hasta a mí me resultaba sorprendente. Una capacidad que pronto me iba a llevar a jugar un papel de tribuno popular en todas las —a veces masivas— asambleas de Comisiones a la que asistía. Y, por supuesto, en todos los forums de debate. Esta exigencia llegó hasta el extremo que, cuando no intervenía, surgían mis compañeros más próximos —en particular Vidal, siempre vigilante— para animarme a explicar lo que habíamos hablado o para contestar algo que «no podía quedar así». A esta capacidad de «piquito de oro» se le sumaba la de ilustrado autodidacta. Éste era un auténtico título de honor al que contribuían, vivamente, todos mis amigos. Pedra lo repetía siempre que podía. También a un servidor le gustaba utilizarlo anunciando, con dudosa modestia, una exagerada procedencia agraria, amén de la condición emigrante y, por supuesto, proletaria. No faltaba, a veces, quien puntualizaba, diciendo: «Muy bien, pero lo que se dice autodidactas lo somos todos». Entonces, se imponía aclarar que, en mi caso se trataba de alguien que emergía de un contexto básicamente analfabeto, que a los trabajadores no se nos permitía el acceso a la cultura, etcétera.
En algún momento, Arturo, mi camarada más intelectual, empezó a llamarme entre la ignorancia general, «Martin Eden», título de una novela autobiográfica de Jack London, del que yo ya conocía La llamada de la selva. El nombre sintetizaba el elemento de confianza en mí mismo, algo que mi fuero interno reclamaba urgente y totalmente necesario para sostener el arquetipo que estaba aprendiendo a interpretar con un entusiasmo no exento de altibajos.
Obtuve algo semejante a una reválida en un seminario sobre la Historia del Socialismo, que los sábados por la noche realizamos en un lóbrego despacho, lleno de libros y de insignias religiosas, en la Iglesia de Sant Ramón. Nos lo impartió, Arturo —Alfons Barceló—, un economista marxista mallorquín que acababa de regresar de París donde había participado en la constitución de la revista Acción Comunista. Con la asistencia de una docena de jóvenes del barrio —Juan, Enrique Morera, José Luis, Mario, Germán Pedra, Carmen Picher y otros cuyos nombres acabé olvidando—, el seminario se prolongó durante varios meses. Desde el primer día —los socialistas utópicos—, reproduje el método de leerme todo lo relacionado con el tema, por lo que a la hora de la discusión, al final terminaba acaparando la mayoría de intervenciones. Robando escenas —como en el cine— al propio Arturo, que no tenía ningún complejo en este sentido, todo lo contrario. Arturo se sentía visiblemente a gusto, no debía ser muy común tropezar con una cantera de jóvenes obreros con tantas ganas en aprender, y orientó sus pausadas exposiciones como meras introducciones a la discusión.
En los últimos días, después de haber repasado las tres primeras internacionales y los capítulos obligados como el anarquismo y la revolución rusa, me tocó poner el broche introduciendo y presidiendo la discusión de los dos últimos capítulos referidos, respectivamente, a la Guerra Civil española y a la izquierda comunista o trotskismo. Después de las controversias, teníamos un epílogo hasta altas horas de la noche en los sótanos del bar Gendra, en Collblanch, que era la guarida de los políticos del Centro de La Florida. Allá, se podía discutir sin miedo, siempre que estuviéramos solos. A veces, formábamos grupos de entre 15 y 20 tertulianos que discutíamos sobre partido sí, partido no. Y si era que sí, ¿qué partido? Y la lista de discusiones continuaba sobre reforma o revolución, marxismo o anarquismo, comunismo oficial o trotskismo. En más de una ocasión, me encontré metiendo cuchara en tres o cuatro discusiones a la vez, como si fuese un ajedrecista que mueve, alternativamente, las piezas en varias mesas, porque con una no tiene suficiente.
El seminario nos dejó tan buen paladar que, de manera sistemática, lo tratamos de reproducir a la menor ocasión, pero sin los resultados apetecidos. Solamente suscitó las expectativas soñadas la noche que montamos una charla sobre China, charla que pude ofrecer gracias a la lectura de China: el otro comunismo, de K. S. Karol (Siglo XXI, 1967). Lo curioso del caso es que mi línea de argumentación fue, como cabía ya esperar, claramente trotskiana. O sea, en clave de revolución democrática que transcrece en socialista y en denuncia del sectarismo y la burocracia. Entre los asistentes, los había del «provincial», militantes con cierta personalidad como Rius, un universitario muy conocido en la ciudad, que, apenas unas semanas después, aparecería blandiendo la bandera prochina adoptada por su flamante CC en una reunión de un fin de semana, proclamando que el «marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse-Tung» era, al fin, la verdad definitiva.
Una verdad que aparecía apoyada por una ingente cantidad de folletos de todas clases publicados en Pekín o en Tirana, capital de una radio alternativa —a la Pirenaica—, cuyas emisiones en castellano eran delirantes, ya que venían a decir que todo lo que se movía en España —o todo lo que decían que se movía— estaba guiado por el PCE —marxista-leninista—, del que no teníamos el gusto de conocer ni a un sólo miembro. Acababa de llegar la gran ola maoísta, que, insospechadamente, atrajo a todos los comunistas disidentes. Nuestro grupo trotskista comenzó a parecer más exótico todavía, más desarmado, si cabe. Entre otras cosas, porque nuestras fuentes de documentación no aparecían como el maná, sino que había que buscarlas, bien en lengua francesa, bien en las publicaciones de los años treinta o en todo lo publicado por los grupos disidentes del Estado. Dos filones sobre los que Vidal ejercía un extraño dominio y gracias al cual teníamos acceso a las fuentes más variadas.
Defensores de la libre discusión y de la libertad de escuelas que nos había enseñado Pedra, nuestro grupo encontró en esta manera de actuar un ejemplo clarividente de la razón de nuestro rechazo al estalinismo. Nos sentíamos muy diferentes a los componentes de la «tropa» del partido, de todos aquellos hombres y mujeres a los que nunca dejamos de respetar y apreciar. Gente, a veces, con un historial impresionante como Pura, por la que no mostraban interés en desarrollar culturalmente. Sí acaso, todo lo contrario. Creíamos que a Carrillo lo único que le interesaba era mantenerlos con sus limitaciones de obreros y de campesinos. Su información era alimentada por un rudimentario ABC, en el que el partido siempre tenía la razón. Por lo mismo, los demás grupos creaban la división y en la URSS se estaba construyendo el socialismo. Esto, con una justicia tan rigurosa que mandaba al paredón a los corruptos. Una verdad de la que nos querían convencer con recortes de diarios burgueses, etcétera. Pero nosotros desconfiábamos casi tanto de las informaciones soviéticas como de los diarios burgueses más reaccionarios.
Algunas veces, los debates llegaron a ser públicos gracias a un cierto ambiente de liberalización cuyo principal exponente eran las revistas Triunfo, Siglo XX, Promos, Presencia, etcétera y las editoriales. Quizás, el más sonado fue el que organizamos bajo el amparo del Centro social de La Florida, no sin muestras de recelo y de temor entre sus socios opudeístas, que los había, y bastante repulsivos. Comprendió —algo inaudito hasta entonces— el anuncio de una Conferencia pública con mí nombre inscrito en unos cuantos carteles, que se situaron por los aledaños del local; nombre, además, repetido como firma de un artículo que apareció en el recién creado boletín del local del Centro.
Los pocos lectores avisados de entonces podían, perfectamente, distinguir entre sus líneas el sello trotskysta. Conviene recordar que la conferencia coincidió con el 50 aniversario de la Revolución de Octubre (1917-1967), una efemérides que había dado pie a la edición de los primeros libros —¿Cuándo amanecerá, tovarich?, obra de Jean-Pierre Ollivier, en Plaza; Rusia en revolución, de Lionel Kolchan, en Alianza; un breviario de la Historia de la Rusia soviética, de E.H. Carr, que Juan García Dies, a la sazón militante del FLP, publicó en Guadarrama— más objetivos y a una multitud de artículos en la prensa diaria y semanal, en los que las descalificaciones compusieron la nota discordante. Sin embargo, mi guía básica no fue otra que el discurso de Trotsky ante las Juventudes Socialistas de Copenhague, que venía a ser una vibrante síntesis de su Historia de la revolución rusa escrita un poco antes en su exilio en Prinkipo y traducida por Nin en los años treinta.
Aquel fue uno de mis días de plenitud. Me sentía seguro con mis lecturas, con mis compañeros más próximos. Enrique Morera incluso invitó a antiguos alumnos del Instituto COPEN, recordándoles mis diatribas con el cura y, a pesar del pánico escénico, todo salió a pedir de boca. En una exposición extrañamente reposada, fui desgranando la suma de premisas que dieron lugar a la Gran Revolución: el atraso de Rusia, la incapacidad de la burguesía para hacer su revolución, el ensayo general de 1905, las discrepancias entre mencheviques y bolcheviques, la matanza de 1912, el significado de la «Gran Guerra», la lucha entre socialpatriotas e internacionalistas, las frustraciones de la revolución de febrero a la hora de imponer la paz, la reforma agraria y el derecho de las nacionalidades, el papel de los bolcheviques, el protagonismo de Lenin y de Trotsky, y todo lo que vino después: la Guerra Civil, la destrucción de la base social de la revolución, el aislamiento, la enfermedad y la muerte de Lenin, y la contrarrevolución burocrática.
Al final, la impresión de la sala me llegó como un aliento de seguridad y de conocimiento que me animó a ofrecer unas respuestas que fueron un sólido complemento a la charla. Hasta hubo alguien que preguntó sobre las diferencias entre Hegel y Marx. A la hora de la discusión, se abrieron varios frentes. Uno lo representó, naturalmente, Pedra enarbolando Macknó y Kronstandt sin anudar matices, dos temas que relativizamos y que disculpamos. No fue como él decía. Otro frente fue Antonio Morera, la cabeza pensante de las Juventudes y rival en las confrontaciones que, en contra de lo que solía ocurrir, nunca afectaron a unas buenas relaciones personales. Con su sello de militante de fe íntegra, Antonio negó toda la parte antiestalinista. A él le habían dicho que Lenin y Stalin defendieron el «socialismo en un solo país», y Trotsky, la «revolución permanente», la guerra incesante y, como no se sometió a las reglas del partido, ocurrió lo que ocurrió. También negó  entonces Antonio todos los defectos que yo atribuía a la burocracia, en la URSS. Desde su punto de vista allí se castigaba a los enemigos de la propiedad socializada, a los restos de la contrarrevolución. En la URSS –siguió- el pueblo sabía leer, La juventud obrera iba a la Universidad,  la educación que se impartía era a favor del pueblo, etc.
Curiosamente, una de las mejores observaciones críticas llegó de un socio habitual del Centro que siempre lucía una boina muy carlista y un bigote a lo Zumalacárregui. Con tono respetuoso, el señor hizo una disquisición muy precisa sobre el doble significado de las palabras y preguntó a Antonio si en la URSS, aunque se publicaran tantos libros como se decía, se podía en realidad leer y escribir libremente. La respuesta de la gente del partido fue afirmativa; lo podían hacer los amigos del pueblo, había libertad, pero para los amigos del pueblo. Pedra y nosotros respondimos que no, que se perseguía a los discrepantes, que éstos eran tratados, a veces, peor que en la época zarista, un argumento perfectamente constatable en el Deutscher que a mí me quedó muy grabado.
Pero no siempre las cosas eran tan sencillas. Arturo decía que yo tendía a retraerme a mi wilaya, a mi región particular, como los argelinos durante la guerra de independencia. Fuera de mi ámbito de activista, mi actuación resultaba mucho más irregular y cuando me daba cuenta de que volaba mucho más bajo de lo que se me exigía, los nervios y la misma dinámica parlanchina acababan imponiéndose, por lo que, al final, necesitaba un tiempo para recuperarme de una recaída en la inseguridad.    Fue lo que ocurrió en más de una y de dos ocasiones. Llegué a coger miedo. Sin embargo, no resultó ningún obstáculo para pedir la palabra, mecánicamente, en cualquier reunión, ya que dentro de mí, se gestaba una necesidad compulsiva por romper el silencio. Como cuando ingresé en un grupo tan exiguo como AC, que sólo contaba con dos centros de implantación, La Florida y la Sagrada Familia. Cuando me escogieron como el portavoz del grupo, mi situación en este terreno comenzó a mostrar sus contradicciones. Porque si bien me sentía a gusto con mi evolución y mi papel de líder reconocido, nunca había dejado de dudar de mis capacidades, y este sentimiento, siempre presente, se exacerbaba en la medida en que se esperaba más de mí y asumía más responsabilidades. Unas responsabilidades encaminadas nada más y nada menos que a la construcción del partido de la revolución.
En numerosas ocasiones, cuando las dudas sobre mi capacidad o sobre lo que estaba haciendo se hicieron agobiantes, llegué a escabullir el bulto con los pretextos más pintorescos. Seguramente, el ejemplo más patente fue cuando, para mi sorpresa, me convertí en el candidato para un seminario que AC organizaba, con otro grupo afín: las efímeras Fuerzas Socialistas Federadas (FSF), que tenía una cierta implantación universitaria. Se habían estado discutiendo candidaturas para una charla en la Universidad sobre la guerra y la revolución española, y el representante de AC no fue otro que Vidal. Éste, con su tozudez habitual, acabó imponiendo mi nombre por encima del de Alfons Balcells, un historiador joven, pero con bastante prestigio. No en vano, ya había publicado en Nova Terra un estudio sobre El sindicalisme a Barcelona centrado sobre el período del Noi de Sucre, sobre el que Pedra contaba tantas historias. Vidal insistía en que Balcells podría saber muchísimo más, pero que lo importante era explicar el porqué y el cómo de la Revolución, las ideas de Trotsky y la denuncia del estalinismo.
Con este argumento creyó convencerme. Pero el domingo de la charla, me puse enfermo. Se aplazó, pero en el siguiente, no supe muy bien cómo excusarme. Entonces, me inventé unas vigilancias policíacas irrisorias. Me llovieron críticas por un escaqueo que era evidente, pero Vidal consiguió, todavía, una tercera oportunidad. Aquel domingo, un camarada de confianza vino a buscarme a casa con su coche. Creo que estaba ya dispuesto a ir, pero veía a Balcells y a los universitarios dispuestos a hacerme un examen, y me escabullí pretextando no sé qué. El caso es que acabé en el cine del barrio viendo un rollo de Matt Helm siguiendo el anzuelo de Ann-Margret en su plenitud.
Que no estaba, ni podía estarlo, a la altura de las circunstancias lo vino a demostrar, por si hiciese falta, todo lo ocurrido entorno a la caída de la gente del partido y de la comisión del barrio a principios de mayo de 1968. Desde hacía ya cierto tiempo, la comisión que reunía a gente de diferentes barrios próximos conocía una dura disputa entre los radicales —entre los que se contaban también algunos cristianos de izquierdas como Luis Troyano y militantes del «Provincial»—, y la gente del partido, que no aceptaba que un trosko fuese el representante del sector. Los de AC estábamos por el apoyo de una tendencia que iba surgiendo en el seno de Comisiones y, con todas las contradicciones y las dificultades imaginables, tratábamos de radicalizar las concentraciones y las manifestaciones pacíficas. Criticábamos la moderación del «carrillismo», así como sus métodos para copar las organizaciones de base.
Recuerdo que una de las canciones que repetíamos en las excursiones o en las salidas nocturnas decía más o menos: «¡Cuchillo!, ¡cuchara!, ¡que viva el Che Guevara! ¡Cuchara!, !cuchillo!, ¡que viva Ho Chin Minch! ¡Cuchillo!, ¡cuchara!, ¡que viva Mao Tse-Tung! ¡Cuchara!, ¡cuchillo!, ¡que se muera Carrillo!» La crisis estalló justo en el momento en que defendimos la creación de unas Comisiones Obreras Juveniles distanciadas de las prácticas de las Comisiones existentes «dominadas por el partido». En el barrio, la correlación de fuerzas nos daba una mayoría relativa que me escogió como representante en las reuniones de las coordinadoras. Esta elección coincidió con la llegada a la zona de un militante del PCE, oriundo de Jaén y llamado, singularmente, Zinóviev Linares. Por supuesto, ignoraba el destino del compañero de Lenin al que su padre debió de admirar mucho para ponerle su nombre. Zinóviev no tenía ningún problema a la hora de argumentar cualquier cosa. Tampoco, en levantar acusaciones infamantes contra los adversarios. En este caso contra mí, para que el portavoz fuera otro. No sabía si el cargo me pesaba más de la cuenta, aunque sólo fuese porque, entre otras cosas, significaba tempranear miserablemente los domingos y cambiar los turnos para garantizar algunas asistencias nocturnas, o si porque, muchas veces, no sabía qué decir en las reuniones. Todo esto, más los malos momentos, provocaron más de una inasistencia, que, inmediatamente, aparecía como la noticia de la comisión. Otra acusación de Zinóviev era que yo hablaba mucho, pero, a la hora de la verdad, no daba la cara, sobre todo en las manifestaciones, un tiempo en el que verse o no verse era perfectamente natural. Estas acusaciones inducían a aumentar la tensión del ambiente.
A mí tendían a sacarme de quicio y me llevaban, crispadamente, a tratar de demostrar su falsedad. No fueron pocas las ocasiones en las que las discusiones acababan en insultos. Sobre todo, cuando intervenía Vidal, que carecía de la flema necesaria. Todo aquel asunto coincidió con el Primero de Mayo del 68, que fue, por muchos motivos, especial. En mi casa, las discusiones estaban al rojo vivo y papá se había propuesto no dejarme salir. Se estaba haciendo ya tarde cuando mi hermana mayor me sugirió una fórmula genial. Podía acompañar a mis tres hermanas, quienes para su temprana edad y su educación mostraban un alto grado de complicidad a pesar d su extrema juventud,  hasta el cine Rivoli, y recogerlas cuatro horas después, a la salida. Con el tiempo en contra, corrí al lugar de la concentración de la mani, pero ésta ya estaba desarbolada, de manera que me paseé, vanamente, por el lugar, sin encontrar a nadie conocido. Este atraso no fue desaprovechado. Zinóviev y los suyos cargaron de nuevo por más que, según mis amigos, la manifestación prácticamente ni llegó a arrancar.
Aquel domingo, al entrar en la iglesia, algunos percibimos la presencia de uno de aquellos secretas, con su gabardina del Corte Inglés y su mirada esquiva, simulando la lectura de un diario. Como la reunión resultó confusa e intempestiva, no hubo manera de llegar a ningún acuerdo. Al final, la resolución sobre la polémica representación se pospuso para la semana siguiente. «El domingo que viene, sí, ¡pero en el campo!», insistimos de nuevo en el argumento de la presencia de la bofia. Pero el campo no les gustaba. Quizás, porque era un problema para sus adeptos menos jóvenes e insistieron en que nos dejáramos de excusas. Tenía que ser allí mismo. Estaban convencidos de que lo del policía era una mera maniobra. Finalmente, cada grupo quedó en citas opuestas.  El domingo siguiente, nosotros realizamos nuestra reunión transcurrió perdidos entre la maleza. Pero a ellos, a pesar de que eran más experimentados, los cogieron a todos. Naturalmente, también a Antonio Morera y en su casa, pescaron, de paso, a su hermano Enrique, que volvía de lo nuestro, por lo que la redada acabó alcanzándonos. A Enrique lo maltrataron brutalmente para que diera un nombre. En sus cuentas, entramos Juan o yo, pero lo escogió a él. Juan recibió la consiguiente paliza y pasó un tiempo en la cárcel. El resultado global fue, obviamente, un mal rollo. Primero, porque las garras de la represión se manifestaron contundentemente y luego, por la elección. Estaba claro que si mi familia lloraba y temblaba, la suya también. Es más, ellos conocieron más directamente el precio de la victoria franquista.
Los reproches, más o menos abiertos, me provocaron el natural malestar. Tenía en mente la historia del joven Trotsky, que se entregó a la policía cuando ésta detuvo a los obreros de su grupo. Pero servidor estaba muy lejos de semejante capacidad de sacrificio. También los del partido levantaron el dedo acusador. A ellos les tocó la cárcel y la tortura. Para algunos, padres de familia y gente muy castigada, aquello fue una reedición de anteriores calvarios. Una tarde, dos o tres meses después, el compañero de Pura, de Bellvitgue, a instigación de Avelino, otro compañero de celda, me enseñó sus espaldas a modo de ilustración. No me desmayé de milagro. Las tenía cubierta de llagas. Le habían golpeado y quemado cigarrillos en ella. Yo que sé. Durante algunos días tuve pesadillas al respecto. Curiosamente todas ellas tenían una cierta homogeneidad. Me espantaba el duelo familiar. Todos lloraban desconsoladamente. También contemplaba directamente la destrucción de mis libros. Me veía peleando con los «sociales» vestidos con sus gabardinas regalo de El Corte Inglés, gritando, «¡Este no, este no!”. Como si se tratase de parte de mis carnes o algo así, y la verdad es que por algunos de ellos tenía una verdadera devoción.
El mayo del 68 francés, nos cayó que ni pintado. Cargó de nuevo nuestras pilas. Nos habíamos formados mirando la situación del mundo a través de revistas y de diarios. Estábamos al día de todas las historias. Del desastre de la clase obrera y del comunismo en Indonesia en 1965. Sabíamos quién era Lumumba  y quienes lo mataron. Leíamos todo lo que nos caía en las manos de las guerrillas latinoamericanas. Seguimos, día a días, las revueltas de los gettos negros insertos en el «corazón del monstruo» y nos entusiasmamos con el Black Power. Teníamos en la mente un mapa bastante completo de cómo marchaba la guerra en Vietnam y saludamos la fulgurante entrada del Vietcong en Hanoi, desbordando a los odiosos norteamericanos. Conocíamos, en detalle, los infórmenes del Tribunal Russell, en el que distinguíamos a amigos lejanos como Sartre, Deutscher, Lelio Basso, Lázaro Cárdenas y Peter Weiss. Al poco de leer dicho informe —publicado en Ariel, si no me equivoco—, fui a ver La jauría humana (1966), de Arthur Penn, y en el momento en que maltratan a un negro, salté gritando «¡Yanquis asesinos!»,  para finalmente acabar   de patitas en la calle.
Una de nuestras señas de identidad fue creer que la Revolución no había muerto en Europa. Estábamos al tanto de las actividades de los jóvenes radicalizados en Japón, los Zengakuren, con sus espectaculares manifestaciones. De Italia, nos llegaban traducciones de los magníficos Quardernis Rossi y sufrimos en las propias carnes que el colectivo juvenil Falcemartello se convirtiera al maoísmo y que saliera a la calle gritando «¡Viva Stalin! y ¡Viva Beria!», una involución muy singular –iniciada en parte con el culto a Fidel-  que me causaba pavor. En Alemania, las Juventudes Socialistas habían pasado de Brandt a Rosa Luxemburgo. Leíamos textos de la Internacional Situacionista como De la miseria sexual, etcétera. Recuerdo que, para el Primero de mayo, los de AC participamos en un debate con líderes del FLP. Uno de ellos, el más preparado, vino, al parecer, expresamente de Madrid con el propósito de convencernos. La cuestión crucial fue la actualidad o el anacronismo de la revolución socialista. El madrileño citaba a André Gorz —cuyo libro Estrategia obrera bajo el neocapitalismo había dado a conocer Nova Terra— y a Lelio Basso —que acababa de fundar el Partido Socialista de Unificación Proletaria (PSIUP)—. Ambos eran teóricos de las «reformas revolucionarias» y yo, como portavoz, citaba a los clásicos marxistas: a Ernest Mandel, a Hugo Blanco.
Recuerdo muy bien el tono escéptico del líder felipista cuando argumenté que la revolución socialista seguía siendo un objetivo irrenunciable y perfectamente posible. Cuando llegó la huelga general, con barricadas y ocupación de empresas, venía, pues, a resultar una confirmación de un sueño emancipador que ya se consideraba desfasado. Se argumentaba, en este sentido, que la capacidad integradora mostrada por el neocapitalismo con su Estado providencial había asimilado a los partidos de la izquierda tradicional, y decíamos que esto era cierto. Pero lo que no descartábamos era la aparición de nuevas formaciones rupturistas. Por entonces, entre Vidal y yo habíamos publicados, al menos, dos números de Vanguardia comunista, una revista a imagen y semejanza de nuestro referente francés de la JCR. Algunos de sus textos fueron traducciones de su revista, del mismo nombre.
Vidal tenía a la hora de escribir, las mismas dificultades que para hablar. Redactaba artículos muy breves en los que todo se daba por supuesto y se defendía bromeando despectivamente sobre los discrepantes. A mí me ocurría todo lo contrario. Los artículos me salían larguísimos y me extraviaba en las explicaciones. Daban la sensación de que quería convencer hasta a la gente más apartada. Después, el trabajo de síntesis me volvía loco. Aquello era impublicable y, posiblemente, ilegible. Finalmente, intervenía Arturo, que nos dejaba hacer, aun sin coincidir mucho con nuestras concepciones, y llegábamos a una suerte de término medio. Los artículos de Vidal se ampliaban y los míos se acortaban. Me sentí muy bien releyendo la nota introductoria de la publicación que se presentaba como AC «del interior». En ella, proclamaba la necesidad de recomponer todas las tradiciones del «proletariado militante», en especial, la marxista revolucionaria, sintetizada por la Primera Internacional, por el ala izquierda de la Internacional Socialista, por la Tercera de los tiempos de Lenin y Trotsky, y por líderes revolucionarios del momento —naturalmente, el Che y Fidel—, por los grupos de jóvenes como Zengakuren, por las JCR, pero como más próximos, Ernest Mandel y Hugo Blanco.
Después del mayo del 68, nuestras inclinaciones trotskianas se hicieron todavía más potentes. Entonces, empezamos a trabajar en una tendencia que quería convertir AC en la «sección española» de la Cuarta Internacional. Esto hizo que las discusiones con el resto del grupo se hicieran más duras. También ocurrió que, aunque hacíamos frente común, mis relaciones con Vidal comenzaron a tensarse. Coincidía con él en el objetivo, pero no en los métodos. Llegó un momento en que empecé a situarme al margen o, incluso, en contra, y esto lo ponía fuera de sí. No había manera de despegarse de la discusión. Sus inclinaciones, que antes acogíamos con benevolencia, se fueron manifestando más acentuadas. Discutía atribuyéndose un rigor que no poseía y denotamos un indicio de cinismo en su pasión. A veces, le descubrimos in fraganti, atribuyendo una cita a un autor que no correspondía o que, en otro momento, la había atribuido a otro. En su vida particular, además, había algo que no funcionaba. Hacía mucho tiempo que no asistía a las clases de la Universidad y tampoco trabajaba ni lo intentaba. Para colmo, se quedó cojo a raíz de un accidente, y durante casi un mes no tuvimos noticias suyas. Un día, me contó que se había quedado recientemente huérfano de padre, pero en realidad nunca llegamos a conocer realmente su historia. Un par de veces, pasé por su casa de La Verneda y me sorprendió comprobar que allí no vivía nadie. Todo tenía varios dedos de polvo.
También nos fueron resultando extrañas sus constantes exigencias alimenticias. Se quejaba de que pasaba verdaderas ganas de comer y no desaprovechaba ninguna ocasión para autoinvitarse. En más de una ocasión me dio la impresión de que nos engañaba, de que se quedaba con mi dinero extra de un día de trabajo festivo en Fresquería, asegurándome, por ejemplo, que durante el fin de semana se había entrevistado en Madrid con partidarios de la Cuarta, con datos sobre los que no aportaba más que su palabra. Cuando lo comentaba con Juan, éste se reía y me decía: «Tú eres tonto, ¡te está tomando el pelo! ». El caso es que el malestar con Vidal llegó a afectar a la totalidad del grupo, que se fue descomponiendo a ojos vista. El entusiasmo de los primeros tiempos había dejado paso a la desgana. Ahora, las reuniones nunca eran completas, las excusas se sucedían, Enrique Morera —que era nuestra gran promesa— se apartó y los demás se fueron quedando en un estadio intermedio, hasta que llegó un momento en que la situación exigía un cambio de tercio, algo que servidor barruntaba durante días hasta que llegaba el momento, entonces ya había aprendido a sacar fuerza de flaquezas y actuar como el guión exigía, y si no era así luego me sentía bastante mal.
Mi última colaboración con Vidal fue la edición de un nuevo boletín que se llamó Espartaco, en clave de homenaje luxemburgiano. Se denominaba «órgano del colectivo por la creación de la sección española de la Cuarta Internacional». Su editorial repetía los argumentos de Vanguardia Comunista sobre la tradición revolucionaria, concluyendo, ahora abiertamente, que la «condensación más consecuente» de estas tradiciones y programas era la Cuarta Internacional. También se reproducía un artículo de Avant-Garde sobre el PCF y un resumen del libro sobre la huelga de Bandas con el título de Dos, tres, muchas Bandas. Según Vidal, en el empeño participaban igualmente dos líderes muy significativos de la juventud radicalizada. El Trotskyn, que se parecía mucho a una foto de Trotsky de 1903 y que había representado a las Comisiones juveniles de Tarrasa, y el Leninito, un universitario que le quedó el nombre porque le llamaban «el pequeño Lenin». Sin embargo, al margen de algunas discusiones en la que ambos mostraron su aprobación genérica del proyecto, nunca llegamos a tener una reunión los cuatro juntos.
En aquel momento, lo de la Cuarta me llegó a parecer lo prioritario y comenzamos a hablar de un viaje a París para entrevistarnos con Alain Krivine o Pierre Frank. Más tarde, este proyecto cobró un nuevo sentido cuando se me ocurrió cortar el nudo gordiano de varios problemas. Uno tenía que ver con las previsibles consecuencias de una detención, esta vez en Magoria. Allí, yo conocía gente del FSF e intervenía en debates y asambleas —en Magoria, traté a Paco Candel, del que llegué a leerlo todo, quien estaba en una onda muy posibilista y no tenía ningún interés por nuestras paridas—. Entre los detenidos tenía un amigo del Provincial, Fede, con el que intercambiaba discusiones y papeles. Uno de los detenidos me informó al salir de que mi apodo —el Pecas— había surgido varias veces por medio. A él mismo le habían hostiado para que me identificara. Ocurrió también que, por las mismas fechas, en medio de una manifestación de Comisiones, me desvié, en un momento dado, del grupo que gritaba corriendo por unas calles adyacentes, momento que aprovechó un individuo desconocido para decirme muy exaltado: «¡Oye ven, ven que aquí en el portal tenemos un compañero herido!, ¡tenemos que ayudarle!». Aunque mi primera reacción fue seguirle, sospeché, justamente antes de pasar el portal, lo peor, y opté por correr con todas mis fuerzas. Sorprendido, el pájaro corrió gritando a unos metros de mí para que los guardias más próximos me cogieran. Pero entonces las carreras del fútbol todavía me hacían casi volar, y les gané en el “sprint”.
Con todo esto hice mis cuentas y até cabos. En septiembre, debía incorporarme al servicio militar en Ceuta y sabía que podían encerrarme en unas sórdidas mazmorras —que imaginaba como las del conde de Montecristo—, en un lugar que Vidal decía que llamaban Monte Hacho. Una corriente de pánico se insertó en mi cuerpo.  Por otro lado, en mi fuero interno no creía que se pudiera acabar con la dictadura por mucho tiempo. Estaba pendiente, además, el asunto de romper de una vez con la atosigante presión familiar. La conclusión final no fue difícil, el camino hacia París pasaba a ser un exilio completo. Un nuevo comienzo. Una vez tomada la decisión, lo organicé todo con una precisión de película, aunque, como de costumbre, hablé más de la cuenta con mis conocidos. De hecho, presumí lo mío de una acción que presentaba como la propia de un revolucionario consecuente, capaz, incluso, de marchar a las guerrillas. Un mediodía, me despedí de la abuela y de mamá pretextando una excursión de fin de semana. Cuando me encontré con Arturo, que era el organizador del viaje, pude decirle: «Ya le dicho adiós a mi wilaya».
  (*) El texto es parte de un capítulo de mi libro Memorias de un bolchevique andaluz (Ed. El Viejo Topo, Barcelona).
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#2.- No menos sectas que las estalinistas...
Espartaquista|23-12-2008 14:06
PCE (m-l), PCE, PCE (r), MCE, PTE, ORT, UCE, OICE, Bandera Roja, PCPE, PCOE, etc. Las polémicas en torno a Hoxha, la teoría de los tres mundos, Lin Piao, la banda de los cuatro, el socialimperialismo.....
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#4
Parrilla|23-12-2008 14:15
Buena respuesta espartaquista.
Que harto estoy de los seres superiores.
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#5
23-12-2008 14:17
También falta la parte de los maoistas en los gobiernos del pp, y de tamames haciendo de camarera del neoliberalismo de la UE
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#6.- Espera Parrilla...
Espartaquista|23-12-2008 14:43
Que todavía no hemos hablado de las luchas cainitas de Lister- Carrillo, el discreto silencio de Pasionaria, el mal rollo de Gallego-Lister a pesar de ser los dos "prosoviéticos", el rollo de Albania que estaba peleada con China y la URSS (y se consideraba el único país socialista del mundo). Y todavía hay más siglas... el PTE-UC de Carrillo, el PCT, la Organización Comunista "Octubre", la Unión de Lucha (marxista-leninista), un PCE que se llama igual que el PCE oficial pero es un grupo maoista. Y no hablemos ya de los estalinistas nacionalistas (UPG, HASI, PSAN, MPAIAC). Hay un mitin de UPG donde se decía que la libertad del pueblo gallego "la traerían los tanques soviéticos". Un culebrón de padre y muy señor mío.
De todas formas la confusión que tenía "Acción Comunista" no era pequeña, ni tampoco las fracciones de la IV Internacional. Las ilusiones de Mandel en Gorvachov y Yelsin (no solo de Mandel sino de otras corrientes trotskistas que los consideraban como un potencial "antiburocrático") no son ninguna leyenda urbana, están escritas. Los mil retruécanos teóricos para justificar el "Estado Obrero Degenerado".
Es a partir de ahí, que empecé a alejarme del trotskismo y a interesarme por la "Izquierda comunista", el "consejismo" y el "luxemburguismo"
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#7.- Un escrito grande, muy grande.
José André Lôpez Gonçâlez|23-12-2008 14:55
Estimado camarada Pepe, muy emocionante escrito que ya había leído en tus "Memorias...". Creo que trataste en tu libro de hilar la historia -ciertamente un poco vieja para las nuevas generaciones- de los pensadores revolucionarios como Sacristán, Mandel y el, desgraciadamente olvidado, Alfóns Barceló de quien recuerdo haber leído: Filosofía de la economía, editado por Icaria y un libro que debiera volverse a editar: Mercado, ética y economía, también en Icaria (lamentablemente todo esto creo que está descatalogado. Una pena), digo que creo que has tratado -y ello te honra- de ligar a las nuevas generaciones con las viejas (los dos nos estamos haciendo bastante viejos, ¿verdad?, pero aún nos quedan resuellos para contiuar el viejo combate, aunque siempre renovado) para que no se pierda el eco de los pasos.
Un apunte, respecto a lo de "crímenes de guerra en Vietnám), el libro,  si no me engaño, fue editado por Aguilar, traducida al español por Manuel Aguilar, obra  en parte escrita por Bertrand Russell. Inicialmente apareció en Londres en George Allen and Unwin Ltd., 1967.
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#9.- que gracia me hace...
Andreu|23-12-2008 15:16
Troskismo lucha contra la burocracia?, pero si troski no sabia ni donde iba, que si con los mencheviques, que si con los bolcheviques, y para colmo no los reconoció en españa a los troskistas en la republica porque decia eran un desastre político, y aún este habla así, viva el marxismo-leninismo, y haber lo que avanzais de una vez porque me parece que solo valeis pa escribir y encima mentiras.
Viva el comunismo.
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#10
23-12-2008 15:40
Al final, Kaos tendrá que poner mesas separadas para las diferentes "familias"  de la izquierda. O cambiar de arriba abajo la organización de los debates (tipo foro, por ejemplo) para que, en la medida que lo permite este medio, cada uno sea responsable de lo que escribe y lo haga con más respeto. Entre tanto insulto e intervenciones desfasadas no hay debate real.
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#11.- Comentando lo que "comenta" Miguel
José André Lôpez Gonçâlez|23-12-2008 15:59
El comentarista usa de varias figuras del lenguaje y las emplea correctamente:
1.- La Hipérbole o Exageración: Solo escupes sangre hacia el comunismo internacional.
2.- La Anáfora: de la política que nunca, nunca, nunca,
3.- La Alegoría: la verdad siempre va a su sitio.
4.- La Enumeración Caótica o  Presentación sucesiva de realidades no vinculadas entre sí: cuando las cosas vayan bien, entonces cambiarás de posiciones para decir que eres el más comunista y el más revolucionario, pero todos sabremos lo que eres.
5.-La sinécdoque, o tomar la parte por el todo: no hace más que daño al comunismo.
Lástima que, como el personaje de Jean-Baptiste Poquelin hable en prosa sin saber que lo habla.
¡Enfin! ¡Qué le vamos a hacer!
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#12
23-12-2008 17:37
tus articulos no hay quien los lea, menudo coñazo de articulos, un poco de brevedad
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#13.- Acción Comunista, en sus orígenes
pg-a|23-12-2008 17:41
  Este texto solame net son unos recuerdos personales, no pretenden ser otra cosa. Tratan de reflejar a un sector del sesentayochismo, que aquí surgió sin escuela, con muy pocos maestros. Para mí lo fueron Alfons Barceló. y luego en París, Pedro de la Poza,  alias Jesús Santos, seudónimo derivado del hecho prodigioso de haber hecho la carrera de ciencias en la España de los años cuarenta. Por lo tanto, no abarca el periodo ulterior, el  que sigue al mayo del 68, la revolución de los claveles de Portugal (con su tentación armada), y pro supuesto, tampoco la fase de unificación con el POUM, que trato en el último capítulo del libro Memorias poumista, el dedicado a Antonio Ubierna y a Pelai Pagès...Ahora se trataría de recuperar esta historia, por ejemplo escanear la colección de la revista. No quisiera terminar sin feliciar al camarad "esparquista" por haber subido al Olimpo, y desde allí contemplar todas nuestras miserias.
    Ah, el libro de Russell lo leí en catalán en la editorial Edició de Materials, por otro lado, seguro que Alfons estaría encantado en hablar de una reedición.
      Saludos anticapitalistas
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#16.- Solo un breve mas sobre Acción Comunista
JM Delgado|23-12-2008 22:30
El hecho es que pese a las simpatias por Totsky, relativas, AC era para nada leninista, se abominaba y se distinguía al Lenin del ¿Qué hacer?, del Lenin, de El estado y la revolución, en mi opinión los trotkistas se fueron desgajando gota a gota como Ubierna y otros, los últimos en pasarse a la LCR fué un pequeñisimo núcleo universitario en Sevilla en 1978, no obstante los militantes que nos pasamos al POUM justo en el mismo proceso escisionista fuimos el frente obrero entero, y NO precisamente por nuestras posiciones leninistas-trotskistas como por la irritación que nos producía el sesgo intelectualista, que nosotros veíamos en esceso oscilante, algo errático, y sobre todo porque la tentación de agruparnos bajo las gloriosas e históricas siglas del POUM se nos antojaban irresistible, algo que a la mayoría se les antojaba inactual, añejo, muy en sintonía con la percepción de las nuevas generaciones de militantes, universitarios - ¡sesentaiochistas al cabo! -  particularmente bajo el franquismo, cortada de la generación que luchó en la guerra civil contra el franquismo, ¡los obreros siempre nos hemos llevado mejor con la caspa! (entiéndase en clave irónica, por favor). Pese a los cantos de sirenas de el mandelismo actual algunos perseveramos en el pensamiento de Rosa Luxemburgo.
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#18.- la universitat de la vida
Pere|24-12-2008 03:01
Segur que t'haguessin vacilat a la Universitat amb el Balcells -mira com ha acabat-
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#19.- Comunismo o caos
Orgullo Comunista|24-12-2008 03:50
Otra heregia "antistalisnista". Esta vez paso de contestar, date por contestado en otros artículos donde no has sabido refutar lo que se te ha planteado.
¡Fuera intoxicadores de nuestro movimiento!
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#20.- A ESPARTAQUISTA
TYY|24-12-2008 11:58
DEFINIR A HASI COMO ESTALITISTA ES NO TENER NI IDEA.
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#21
RESPUESTA AL 15|24-12-2008 12:08
No entiendo bien si te quejas de la aportación que realizan a lo ya escrito en la Wiki o de que borren el añadido. Me encantaría que respondieras JM Delgado.
Luis
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#23.- Respuesta a 21
JM Delgado|24-12-2008 14:49
Te respondo, 21:
No se incluyeron estos párrafos que aporté:
"de hecho poseía mas rasgos luxemburguista-consejista."
"La revista "Acción Comunista" (que fue el origen de la organización) estaba influida, al igual que el colectivo del mismo nombre, por la llamada "nueva izquierda anglosajona", por la norteamericana Studies on the Left y por la británica New Left Review, ya hasta cierto punto acompañó al editor y conocido cientifico social de esta última, Perry Anderson, en la legitimación revolucionaria de Rosa Luxemburgo y, hasta el final, de Antonio Gramsci, de cuyas tesis respecto de las tareas de la revolución socialista en Occidente participó hasta cierto punto (particularmente del concepto de hegemonia y del "bloque histórico revolucionario") desde 1978 hasta su extinción, sin abandonar cierto luxemburguismo matizado por la coyuntura del fracaso de la Ruptura con el régimen franquista."
"los resultados electorales de las candidaturas auspiciadas desde la izquierda de la izquierda en las primera elecciones generales de junio de 1977 así lo reflejaba, asimismo influyó la clara adscripción bolchevique-leninista del POUM, rechazable para la mayoría de AC." 
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#24.- Respuesta a 21 (II)
JM Delgado|24-12-2008 14:54
Al margen de que me parece poco "enciclopédico" algunos de los comentarios, líneas, de lo actualmente incluído, particularmente banal y representativo de una actitud, mirada pro-institucional, me parece este:
"El número de militantes que ingresó en el POUM fue marginal, porque para la mayoría de sus militantes era evidente que ni AC, ni el POUM, tenían futuro como instrumentos transformadores de la realidad." Lo que sin duda es falso.
o este: 
"En el preludio de la transición, se unieron a AC militantes de otros grupúsculos."
o este: 
"había algunos obreros  (tanto en Sevilla como en Barna existía una importante y representativa presencia obrera) y bastantes intelectuales que actualmente gozan de gran prestigio y de reconocimiento, tanto en el mundo de la investigación biológica, en la docencia universitaria (catedráticos), en el mundo del arte (artistas, críticos y gestores), en el mundo editorial, en el urbanismo, en la abogacía, en la psiquiatría, etc." ¿Y a quien coño le importa que gocen de gran prestigio esos ex-militantes? ¿lo han iniciado en AC? ¿les sirvió en ese caso de trampolín académico?
Es evidente que existe en la entrada "Acción Comunista" la aportación sesgada de alguién que estuvo o pasó por allí y que hoy está en las antipodas, en las instituciones, o en el cinismo acorazado de supuesta madurez del que ha encontrado manera de sobrevivir o reconciliarse con el CAPITALISMO.
Para 21: ¿puede firmar con tu nombre, por favor? Gracias. JM
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#25.- wikipedia
Pere|24-12-2008 18:59
i a banda de tirar-vos els plats pel cap perque no us poseu d'acord els exmlitants d'AC passeu de diferencies personals i us poseu d'acord, i en lloc de discutir aqui a Kaos, discutiu a la wiki i elaboreu un article millor?
-si poguessiu fer la versio catalana s'agrairia doncs els parlants son menys (uns 290 milions menys)-
ja que pel poc que posa a la wiki i pel que expliqueu aqui tots plegats, l'experiencia sembla prou interessant, com a miniim pels que quan va morir el jefe encara anavem amb pantalons curts
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#26.- ¿Catalanizar AC?
JM Delgado|25-12-2008 14:56
No tengo diferencias personales con nadie, para nada con PGA, a quien respeto fraternalmente mas acá de diferencias politicas, a lo que me opongo es:
  1).- A "troskistizar" lo que pudo representar AC.
  2).- A que determinados EX bien instalados en el Capitalismo, algunos voceros neoliberales como Carlos Semprún y OTROS cuyo nombre me reservo por ahora, definan desde su poltrona burguesa actual lo que llegó a ser aquella organización.
  c).- A que pueda ser "recuperada" por el nacionalismo pequeñoburgué catalán. La sensibilidad pro-autodeterminista de AC era mas bien escasa, el famoso derecho de los cojones era una especie de "maria" o coletilla remanente a la que casi nadie de los militanres tomaba en consideración. 
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#27.- enfi
Pere|25-12-2008 17:16
bon nadal
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#28.- RESPUESTA A PERE
Uno de la Banda|26-12-2008 19:07
Me he ido a una librería catalana a que me tradujeran el texto de Pere porque pensaba que yo no entendía algún contenido oscuro que le hace decir a JM Delgado a que AC pueda ser recuperada por el nacionalismo pequeñoburgués catalán. Resulta que no hay ningún término explicitamente nacionalista catalán en el texto de Pere, al margen de que lo sea o no lo sea.
Pere,  soy el que he escrito el post 21. Pienso que no he dicho nada personal, aunque cada uno recordamos AC desde el prisma de nuestra experiencia personal. Me ha llamado la atención la hoz y el martillo que preside el artículo de esta página. Te diré Pere que en Acción Comunista, la hoz y el martillo fue un icono que apenas se empleó en su propaganda, por lo menos en la revista Acción Comunista y en el periódico Voz Obrera y en otra serie de documentos. Había más tendencia a utilizar como símbolo el puño cerrado. De todas maneras no éramos excesivamente iconográficos. Recuerdo que en la candidatura del FUT, cuando emitieron los espacios electorales, detrás de la persona que hablaba en representación de Acción Comunista, aparecía una bandera roja con un puño.
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#29.- RESPUESTA A PERE (II)
Uno de la Banda|26-12-2008 19:09
Respecto al troskismo, aseguro rotundamente que Acción Comunista no tenía por objetivo integrarse, ni refundar la cuarta internacional. Lo que si ocurría es que no éramos sectarios con los troskistas y que, tanto ellos como nosotros, como OIC, o como alguna otra organización, éramos anticapitalistas y pensábamos que la lucha antifranquista había desde el ámbito de la lucha de clases. En este sentido, Acción Comunista conectaba con la tradición del POUM cuando se planteaba que la mejor forma de luchar contra los sublevados fascistas era persiguiendo la revolución proletaria. También se parecía al POUM primigenio en que había distintas corrientes, distintas sensibilidades. En AC se podía encontrar perfectamente a gusto un troskista como alguien con ún espíritu libertario. AC fue un grupo muy abierto, que en sus estatutos reconocía el derecho de tendencia, incluso el de fracción, pero, sinceramente, el trosquismo en AC pudo tener cierta importancia entre algunos de sus fundadores, pero quedó muy diluido en el desarrollo de la Banda.
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#30.- RESPUESTA A PERE (III)
Uno de la Banda|26-12-2008 19:11
Creo sinceramente que los troskistas estaban muy bien representados en la LCR y sus sucesivas escisiones (LC fundamentalmente). Creo que los troskistas del estado español había que buscarlos en la LCR, LC, etc. y no en AC. Este es un sambenito que tiene sus orígenes en el desgraciado  librito que escribió Antonio Ubierna titulado ¿Qué es el troskismo?  y que supuso el fin de la presencia de Ubierna en AC. En este librito de divulgación, Ubierna nombraba a AC entre los grupos troskistas. Pero, repito, la presencia de troskistas en AC era marginal (personalmente no conocí a ningún militante que se declarara troskista, aunque pudo haberlos). Personalmente conocí a Ubierna (vivió en mi casa una temporada)  que, curiosamente nunca le oí decir que fuera troskista, aunque no digo que no lo fuera, ni tampoco le oí nada de que hubiera que ingresar, ni refundar la cuarta internacional. Es más, cuando salió de AC se relacionó con el POUM y no ingresó en la LCR o similar.
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#31.- RESPUESTA A PERE (III)
Uno de la Banda|26-12-2008 19:12
Siempre he dicho que tuve mucha suerte militando en AC por varios motivos; el primero de todos, por las personas con las que me relacioné, desde el súper-racional Alfons Barceló (puro seny), hasta aquellos más alternativos como los añorados Carlos Castilla, Juán Manuel Bonet, Quico Rivas, o más sesudos como Paco López. El segundo porque mientras que los maoístas estaban obnubilados con China, pude leer como se comportaba realmente la guardia roja. Recuerdo un artículo de Lorenzo Torres (Carlos Semprún) sobre la revolución cultural, que fue una auténtica primicia y que tardaría en divulgarse décadas porque la mayoría de la izquierda era mojigata o autoritaria o mojigatamente autoritaria y cómplice: se adelantó treinta años a Balzac y la costurera china. O los textos sobre la nueva izquierda y otros asuntos del gran pensador intelectual que es Pedro de la Llosa (Ángel Castaño, Jesús Santos, Maligno López) cuyas últimas publicaciones son “La razón y la sinrazón: introducción a una historia social del librepensamiento”; “Diatriba contra algunos tópicos españoles”; “La alquimia y la química, lo sublime y lo terrenal: preludios y fugas de una ciencia”; “El espectro de Demócrito: atomismo, disidencia y libertad de pensar en los orígenes de la ciencia moderna.”
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#32.- RESPUESTA A PERE (V)
Uno de la Banda|26-12-2008 19:14
También me alegro porque supe que los países comunistas eran dictaduras puras y duras que había que combatir. Entre los militantes de AC corrió como la pólvora la Carta abierta al Partido Obrero Unificado Polaco, de Karol Nodzelewski y Jacek Kuron. Me gustaron las dosis de situacionismo que rodeaba nuestra acción: “La revolución es la fiesta de los oprimidos” ponía en la pancarta de AC en la fiesta del FUT de fin de campaña. Me gustó militar por la capacidad de cambiar, de evolucionar desde posturas antisindicales (boicot a las elecciones sindicales) a trabajar en los comités de empresas pero siempre con ideas autogestionarias y consejistas.
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