Y de éste sólo les preocupa que la juventud se ponga el condón. No tiene esta sociedad capacidad para parir y tener muchos hijos españoles autóctonos, de “origen”. Es demasiado egoísta y además está espoleada por el ansia de consumo. Esto requiere cuantiosos recursos... Serán los hijos de los inmigrantes, tan controvertidos, quienes tendrán que equilibrar la población. Los “españoles” han caído en una trampa por las causas económicas siempre presentes en todos los procesos demográficos del capitalismo atroz
  Los países que participaron en las dos guerras mundiales y llevan algunos siglos disfrutando de las libertades formales, ya saben qué han de hacer con su sexualidad. Todo lo tienen controlado. Las madres jóvenes no suelen ser tan jóvenes como aquí, y tanto ellas como las demás no tienen significativos problemas tanto para serlo como para evitar serlo. Pero la sociedad española, tras la liberación de la tiranía franquista, deambula embriagada por la libertad y cree que sólo existe la libertad positiva; es decir, sólo valora la que va asociada al decir, al hacer y al follar, no al abstenerse de hacer, al callar y al contenerse. Pero es la mujer la que al final paga las consecuencias de ese dejarse llevar. No actúa en ella demasiado el instinto para eludir las graves consecuencias de una madrugada de placer. Y no actúa, por diversos factores tanto de carácter psicológico como sociológico y económico que sí están presentes en las sociedades con experiencia a que me refiero. Por ello luego se encuentra abocada a hacer frente a situaciones delicadas y dramáticas debidas en buena medida a los entorpecimientos laborales, sanitarios y de toda índole propiciados por tantos custodios de la moral nacionalcatolicista repartidos por las autonomías más rezagadas. Esto está preparando unos efectos en el carácter de las futuras generaciones cuyos resultados finales, naturalmente, aún están por ver.
  Lo mismo que los hombres no vuelven a su origen cuando éste fue humilde, España se resiste a no ser un país vulgar. Pero sus muchos genios no han conseguido calar el espíritu de sus gentes. El catolicismo exacerbado lo secuestró hace mucho y aún persiste. Y ahora, sin cilicios ni bridas que lo refrene, España no sabe cómo administrar la libertad, y abusa de ella. No quiere ser como Austria, como Holanda, como Dinamarca o tantos otros países de la Vieja Europa. Pero ni es un país moralmente moderno ni es tradicional. Toda su tradición en conjunto se ciñe a la famosa Fiesta allá donde no ha sido felizmente extirpada.
  Sin categoría, sin nivel y sin madurez al no haber participado de las grandes tragedias que asolaron a los distintos países europeos a lo largo de la Historia que han terminado hermanándolos, pretende ser la niña mimada que no concibe la libertad negativa, la que implica refreno y autolimitación que sí han aprendido esos países.  Por eso los pueblos peninsulares e insulares de la periferia que no tuvieron protagonismo ni fueron Conquistadores, viven lejos y ajenos a la tradicionalmente caciquil y despótica gobernación del Centro. Por eso prefieren ignorar a esa España sin personalidad propia pese al modernismo, y desdibujada por la renuencia de los arzobispos que siguen teniendo tanta influencia en ella como en los peores tiempos franquistas. Por eso esos pueblos más fenicios e industriosos que charlatanes, la apartan de sus planes y de sus emblemas. Sólo esto, pero todo esto, cobrará sentido y se comprenderá mejor cuando España vire al Estado Federal, contra el viento y marea de los nacionalistas del Centro y sus escuderos.         
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