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Sístole y diástole de la libertad
Las autoridades alertan de todo menos acerca de los excesos de la comida y de los excesos del sexo.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 13-1-2010 a las 11:04 | 937 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/sistole-diastole-de-libertad
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  Y de éste sólo les preocupa que la juventud se ponga el condón. No tiene esta sociedad capaci­dad para parir y tener muchos hijos españoles autóctonos, de “ori­gen”. Es demasiado egoísta y además está espoleada por el ansia de consumo. Esto re­quiere cuantiosos recursos... Serán los hijos de los inmigrantes, tan controvertidos, quie­nes tendrán que equilibrar la población. Los “españoles” han caído en una trampa por las causas económicas siempre presentes en todos los procesos demográficos del capitalismo atroz

  Los países que participaron en las dos guerras mundiales y llevan al­gunos siglos disfrutando de las libertades formales, ya saben qué han de hacer con su sexualidad. Todo lo tienen controlado. Las ma­dres jóvenes no suelen ser tan jóvenes como aquí, y tanto ellas como las demás no tienen significativos problemas tanto para serlo como para evitar serlo. Pero la socie­dad española, tras la liberación de la tiranía franquista, deambula em­briagada por la libertad y cree que sólo existe la libertad positiva; es decir, sólo valora la que va asociada al decir, al hacer y al follar, no al abste­nerse de hacer, al callar y al contenerse. Pero es la mujer la que al fi­nal paga las con­secuencias de ese dejarse llevar. No actúa en ella de­masiado el ins­tinto para eludir las graves consecuencias de una ma­drugada de placer. Y no actúa, por diversos factores tanto de carácter psicoló­gico como sociológico y económico que sí están presentes en las sociedades con experiencia a que me refiero. Por ello luego se en­cuentra abocada a hacer frente a situaciones delicadas y dramáticas debidas en buena medida a los entorpecimientos laborales, sanita­rios y de toda índole propiciados por tantos custodios de la moral nacionalcatolicista repartidos por las autonomías más reza­gadas. Esto está preparando unos efectos en el carác­ter de las futuras ge­neraciones cuyos resultados finales, naturalmente, aún están por ver.

  Lo mismo que los hombres no vuelven a su origen cuando éste fue humilde, España se resiste a no ser un país vulgar. Pero sus mu­chos ge­nios no han conseguido calar el espíritu de sus gentes. El catoli­cismo exacerbado lo secuestró hace mucho y aún persiste. Y ahora, sin cilicios ni bridas que lo refrene, España no sabe cómo administrar la libertad, y abusa de ella. No quiere ser como Austria, como Holanda, como Dinamarca o tantos otros países de la Vieja Europa. Pero ni es un país moralmente moderno ni es tradicional. Toda su tradición en conjunto se ciñe a la famosa Fiesta allá donde no ha sido felizmente extirpada.

  Sin categoría, sin nivel y sin madurez al no haber partici­pado de las grandes tragedias que asolaron a los distintos paí­ses europeos a lo largo de la Historia que han terminado hermanándolos, pretende ser la niña mimada que no concibe la libertad nega­tiva, la que im­plica refreno y autolimitación que sí han aprendido esos países.  Por eso los pue­blos peninsulares e insulares de la pe­riferia que no tuvie­ron prota­gonismo ni fueron Conquistadores, viven lejos y ajenos a la tradicionalmente caciquil y despótica gobernación del Centro. Por eso prefieren igno­rar a esa España sin personalidad propia pese al modernismo, y desdibujada por la renuencia de los arzobispos que siguen teniendo tanta influencia en ella como en los peores tiempos franquistas. Por eso esos pueblos más fenicios e industriosos que charlatanes, la apartan de sus planes y de sus emblemas. Sólo esto, pero todo esto, cobrará sentido y se com­prenderá mejor cuando Es­paña vire al Estado Fe­deral, contra el viento y marea de los na­cio­nalistas del Centro y sus escuderos.         

 
 
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