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Siete notas sobre Espartaco, una película para la historia
En contra de lo que se suele creer, los grandes títulos del cine político (de izquierdas), pierden influencia con el paso del tiempo.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 8-10-2008 a las 10:55 | 4547 lecturas | 2 comentarios
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Antes del Spartacus (USA, 1960), de Stanley Kubrick-Kirk Douglas hubieron otros Espartaco en el cine, y también los hubo después, pero aunque pudieran ser mejores, ninguno causó tanto impacto ni tuvo tanta trascendencia…

        En contra de lo que se suele creer, los grandes títulos del cine político (de izquierdas), pierden influencia con el paso del tiempo. Es posible pues, que los jóvenes que la vean en la pequeña pantalla, aunque sea con todos los atractivos y añadidos de la edición especial en DVD, difícilmente se podrán hacer una idea de lo que significó para la juventud que la descubrió en aquellas salas oscuras con una pantalla gigante…Seguro que la inmensa mayoría no sabían de quien hablaba, y que solos unos pocos tuvieran una vaga idea del personaje, pero desde entonces, Espartaco quedaría como sinónimo de una lucha contra la esclavitud cuya primera batalla se libro en Roma, en tanto que la segunda no llegaría hasta el siglo XIX, y de hecho todavía continúa…

        Se puede  hablar de Espartaco desde muchos ángulos, de la historia verdadera, de sus versiones literarias o artísticas…La misma película permite numerosas discusiones en centros en enseñanza, entidades ciudadanas y por supuesto, en sindicatos. No en vano el nombre Espartaco está ligado a algunas grandes batallas del proletariado, a numerosos diarios y revistas, y a personas que tomaron el nombre de aquel esclavo que dijo NO, e hizo temblar Roma. Un gesto que sigue vivo         

    1. Sipnosis. La película se inicia con una panorámica  sobre  unas canteras al tiempo que se  escucha una voz  en  «off»  que  dice:  «En  Tracia una esclava da luz a un niño que a los 13 años es vendido.  Ese niño es ya un hombre  que trabaja en  las minas «soñando  con la  abolición de la esclavitud». Desde el primer momento quedan patentes la humanidad y la rebeldía del esclavo que muerde a un guardián que antes  ha golpeado a otro  esclavo exhausto.  Cuando  está  sufriendo  un  terrible castigo aparece su salvador,  Léntulo Batiato (magnífico Peter Ustinov)  pensando que alguien tan airado podría ser añadirlo a su escuela de  gladiadores de  Capua.  Allí no hay lugar ni para el  amor  (las esclavas son una recompensa  otorgada)  ni para la amistad entre  personas que en cualquier momento deberán enfrentarse a muerte,  esto  es  lo  que ocurre  cuando el banquero  Craso (Laurence Olivier)  con  otros  romanos  ociosos,  en  especial  dos  depravadas aristócratas romanas sedientas de  sangre  y  emociones  fuertes (Nina Foch  y Joanna  Barnes).  Éstas  escogen  a  Espartaco  por  su mirada insolente  así como al musculoso etíope Draba (el inolvidable  «El sargento  negro» de John Ford, Woody Strode),  un  gigante negro que antes  de  cumplir  la  orden fatídica de matar a Espartaco, prefiere revolverse  contra la tribuna de los patricios. El negro  Druba es, muy significativamente, el  primer  rebelde, el primero que prefiere enfrentarse a los poderosos antes que acabar con alguien que solo le había hecho una pregunta amable. 

      Semejante hecho,  más las  vejaciones  constante que sufren tanto él  como  Varinia,  finalmente  vendida a  Craso  para su desesperación (Jean Simons),  llevan  a Espartaco a  revolverse y a matar  al antiguo gladiador,  y  ahora odioso  instructor  Marcelo (Charles  MacGraw). Su muerte enciende una revuelta con solo 7O gladiadores.  Esta primera parte de la  película  resulta ser la  más rigurosa históricamente y  la más convincente dramáticamente. En poco tiempo el "espartakismo"  se extiende por toda Italia, y el  pequeño grupo se  convierte en  un ejército-comunidad (socialista, obviamente)  que  se  distingue por su  sencillez,  la  variedad  y el ropaje  multicolor.  Su  funcionamiento  es  asambleario,  y Espartaco aparece  como  un  «tribuno  del  pueblo»,  como  alguien  sediento de conocimientos, capaz de asimilar todo lo que contribuya a la libertad, y lleno de amor por otra esclava, que es también una mujer extraordinaria que llega entre los primeros liberados. 

      Mientras que unos quieren atravesar Los Alpes,  otros apoyan a Espartaco que –falseando la historia- convence a todos de emprender  una  marcha  militar  liberadora  hasta Brindisi,  aunque antes se  refugian  en el    Vesubio donde derrotan a Glauber (John Dall),  que cumple así una propuesta  envenenada de Graco (Charles  Laughton),  el representante del partido  «plebeyo» frente a Craso.  Su  llegada triunfal  a Brindisi donde  descubren que Tigranes (Herbert  Lom),  el pirata  fenicio  al  que  han  contratado  con los tesoros arrebatados a los romanos,  les ha traicionado al llegar  a un acuerdo con Craso que conoce mejor que nadie el lenguaje del oro.  Al final, acorralado por un ejército muy superior, Espartaco  es  derrotado en  una batalla que ha  quedado    como la más conseguida de la  historia del  «peplum».  Espartaco será el último de los  6.000  crucificados en la Vía Apía  aunque antes de morir  (en el final  más optimista de toda la filmografía de Kubrick, y contrario al planteamiento de  Trumbo  que pensaba que alguien como  él  solo podía morir  con la  espada  en  la  mano)  tiene  ocasión  de  ver  como su compañera,  Varinia,  camina hacia la libertad  junto con su  hijo.

        En algunos momentos una voz en «off» subraya el  contenido de la película con frases  como:  «El  sacrificio  de  Espartaco se  convirtió  en el triunfo de la humanidad», «Un hombre dijo NO y tembló Roma. Eso fue lo maravilloso.  Al  gritar  un  hombre  NO,  diez mil  voces  se alzaron gritando NO».  En el mismo sentido se pronuncia Espartaco cuando se le interroga a la  hora  de  la  derrota,  antes había proclamado  que el esclavo –nunca mejor dicho- solo tiene que perder sus cadenas,  y entonces  responde que el hecho de ser sido libros y de haber luchado por ello,  ya era  más que suficiente para justificar su rebelión. Toda esta historia transcurre en un metraje  --casi «standard»- de más de  tres horas que  fueron rigurosamente vigiladas  por la censura norteamericana,  muy pendiente de un filme considerado como «marxista» que enaltecía  la  revolución.   

      2. La censura. Los censores encontraron algo extraño en la escena del baño  entre el  protofascista  Craso  y  el  sensible  Antoninus (Tony Curtis), y aconsejó cambios en unos diálogos en los que Craso proclama que su apetito incluye «caracoles  y otras»  porque «ningún apetito es inmoral»,  una clara alusión homosexual  a la  que  Antoninus responde con  la  fuga. La película quedará  registrada  como  un  título específico dentro del «peplum»  en el  que marcó  la  «mayoría  de  edad». Llaman  la atención algunos diálogos  entre los representantes  de los patricios y de los plebeyos, las maniobras de la política romana y del papel del senado  que recuerdan las  de  «Tormenta  sobre Washington», con sus agudas reflexiones sobre las luchas por el poder en sus  vertientes cesarista y republicana al  tiempo que queda  patente la marginación  de la gran mayoría del pueblo,  la utilización de las personas  como propiedad de los poderosos y los recursos  dentro  de  la política.  En resumen, un cuadro que retrata con vigor una  Roma  histórica  vulgarizada  por el cine. Espartaco además apuntaba claramente reflexiones más o menos directa –ya no hemos referido a la esclavitud en los Estados unidos-  sobre el presente, no en vano se  trata de  una parábola  histórica  cuyas  pistas  son múltiples,  empezando claro está    por el insólito dato de que «los de abajo» tenían toda la razón. De hecho, puede considerarse como una de las pocas excepciones en las que Hollywood  glorifica tan rotundamente  una revolución. Algunos analistas han visto también una corriente homosexual en relación entre Lentulo y Marcelo. 

        Algunas de las escenas censuradas fueron incorporadas a revisiones ulteriores como un atractivo más. 

          3. La producción.  Aunque en la historia del ”peplum” Espartaco (1960) no es, ni mucho menos la mejor película ni tan siquiera cinematográficamente más importante, su impacto popular es equivalente a la de las mayores.

            Como producto es muy inferior a otros quizás menos conocidos o recordados. Opero su calidad es muy inferior a hitos como Cabiria o Sansón o Dalila, que contienen una mayor calidad fílmica y fueron más importantes para la evolución del género, empero resulta que, por una suma de factores muy heterogéneos, sobre todo su connotación emancipadora, le ha otorgado un peso muy por encima de su categoría crítica, que cuenta con no pocos detractores. Estos factores hacen que sobre ningún otro “peplum” se haya escrito tanto ni tan variado. Así,  Espartaco  se ha convertido en  una cita obligatoria en todos los –numerosos- estudios monográficos sobre Stanley Kubrick,  quien adquirió ulteriormente un controvertido prestigio de “autor”, sino de “genio” y para el que esta película fue un punto de inflexión decisivo: sin Espartaco al menos habría tardado más en poder realizar proyectos de riesgos como Lolita, en la que aparece una broma sobre el personaje cuando hace decir con ironía a Clare Quilty-Peter Sellers: “Soy Espartaco: liberadme”, por no hablar de “2.0001”. Aparte de contar con un reparto “de primera”, ha resultado también  que algunos de sus protagonistas como Kirk Douglas (“El hijo del trapero”, Ed. B, BCN, 1988) o Laurence Olivier (“Laurence Olivier: confesiones de un actor” ( Planeta, BCN, 1984), serían autores de sendas y muy valoradas autobiografías, esto sin contar otros posibles títulos como la biografía de Charles Laughton.

        No dejaba tampoco de  resultar significativo que el punto de partida fuese una novela  de  Howard  Fast, escrita de principios de  los años  cincuenta, en la época  de  restauración  conservadora    conocida    impropiamente  como maccarthismo y que cayó en manos de  Kirk Douglas,. quien acababa de demostrar su talento como    productor con Los vikingos  (1960), asumió el reto desde su propia productora, la Byrna con el apoyo de la Universal que impuso a Anthony Mann en contra de  los deseos  de  Douglas que previamente había  tratado con  David  Lean (que no se consideró idóneo) y con Laurence Olivier (que se le creyó demasiado).  Finalmente fue  Mann  quien inició  el  rodaje en España con las  secuencias de las canteras y de la escuela de Capua  en cooperación con el gran Yakima Canutt. Sin embargo,  a  los  quince  días  Douglas  prescindió  de  sus servicios,  lo que no impidió que algunos críticos  le atribuyeran a Mann algunas de las mejores escenas. 

      Entre otras cosas, el despido dejó claro quien era en realidad el verdadero “anima mater” del proyecto,  hasta el punto que Kubrick declaró que la  suya  fue una de las tantas  voces que Douglas escuchaba.  Su gestación no fue nada fácil, tanto fue así que  se cumplió el plazo  de  los derechos  que  acabó  prorrogando  gracias  a  un nuevo acuerdo con Fast según el cual éste    escribía el  guión, un disparate ya que el famoso escritor comunista no tenía ni idea de tal oficio… 

        4. El guionista. Fue este último descubrimiento el que al  parecer que llevó a    Douglas a buscar  a otro  «rojo» perseguido, Dalton Trumbo,  un auténtico «apestado»  para el fuerte «lobby» derechista de Hollywood,. Trumbo por cierto,  acababa  de  ganar el  Oscar  al mejor guionista con el seudónimo de «Robert Rich»  por la simpática parábola animalista  The brave  (1959). Dalton tenía fama de trabajar rápido, más remedio que aceptar, posicionamientos que acabaron la proscripción de los «blacklisted». 

      Al  margen de este episodio histórico,  la adaptación del guión conoció un serio conflicto entre Trumbo y  Kubrick. Contradiciendo  los  testimonios (entre ellos, del propio Kubrick) que lo convierten en un  mero asalariado de Douglas, Stanley Kubrick declaró que había  efectuado      diversas  críticas  al  guión, y declaró que «la película  lo  tenía todo  menos  una  buena historia». «Nada  más lejos,    en  efecto,  del  acendrado  cinismo  nihilista de Kubrick que el  ingenuo idealismo liberal  de  Trumbo»,  escribió José Luis Guerner.  Otro  crítico destaca «...el rótulo altamente emocional de «izquierdista» con el que se designa a Trumbo se remonta a la época de Roosevelt y  el  «New  Deal».  El  resultado...está  determinado de antemano».  Sin embargo,  conviene recordar    que Kubrick acababa de realizar «Senderos de gloria»,  una película no muy  lejana  del «izquierdismo»  de Trumbo. No obstante, resulta evidente que éste demostró ser mucho más que un «ingenuo idealista liberal»    de otras  películas. Su guión  operaba no pocas  modificaciones.  También  acentuó el  protagonismo de Espartaco con el natural beneplácito de Douglas,  ya mayorcito (42  años)  para el papel de un esclavo que sobrevive en unas canteras en las que el término medio de  vida no sobrepasaba los diez años. 

      Ulteriormente, Kubrick ya encumbrado,  renegó de esta película, que emprendió a los 32 años, cuando no había ganado todavía un solo dólar en la industria,  y que sería justo  la  que  le  permitiría  emprender  una  de  las    carreras  más personales - y controvertidas -  del cine contemporáneo.  Acababa de ser expulsado  del  rodaje  del “western” al servicio de  Marlon Brando “El rostro impenetrable”, que acabó dirigiendo el mismo actor, y se encontró con una superproducción con un presupuesto de millones de dólares, con un elenco de auténtico lujo - al que la publicidad realzaba con sus rostros inscritos en unas  monedas que con un  tamaña  de  dos metros aproximadamente  apabullaba  al  público que pasaba  por los  cines de estreno -,  con un equipo de  producción que llegaba  a 10.500 personas (incluidos los 8.000  soldados españoles de extras)...Hoy nadie duda de que muchas  escenas claves le pertenecen.  No obstante, el conflicto estaba servido, aunque todavía escasamente conocido, Kubrick era ya todo un carácter, y los conflictos con Douglas  fueron  constantes.    

      5. Una película “revolucionaria”. Su propia historia como película, Espartaco cuenta con dos episodios que forman parte ya de las leyendas del cine, uno fue liberar a Dalton Trumbo  de las bochornosas “listas negras”, el otro diálogo entre Craso y Antoninus sobre los gustos sexuales ambivalentes extraído en el primer montaje, y que sirvió luego para darle más color a su reestreno. Está también su esfuerzo en la reconstrucción histórica, muy valorado entre los profesores de historia, de manera que al menos dos ensayos sobre la relación entre el cine y la historia le dedican sendos capítulos a la película. Javier Coma también la incluye tanto en su “Diccionario” sobre cien películas míticas  como en el que dedica al cine de aventuras. Pero sin duda lo más importante de Espartaco es que resultó una película “revolucionaria”, un salto en la maduración temática del género, dos factores que conectaron plenamente con el clima de radicalización izquierdista ya presente en la hora de su rodaje, y claramente confirmada en la segunda mitad de la época. Un tiempo en el que numerosos espectadores jóvenes ya la  había integrado como una particular “cult movies” para numerosos inconformistas que eran muchachos en la época.

        A todo esto, no deja de resultar muy sintomático que después de más de veinte siglos de haber protagonizado la más conocida (pero en absoluto la única, ni tan siquiera la más importante) revuelta de esclavos y campesinos pobres contra Roma, desde –geográfica y socialmente- el propio corazón de esta, el nombre de Espartaco siguiera evocando tantas connotaciones subversivas. Era un nombre que, por decirlo de alguna manera, sonaba a “comunismo” o a “anarquismo”, y ciertamente, no faltaban motivos. Aparte de que al primer partido comunista alemán se le ocurrió llamarse “Liga Espartakista” siguiendo las indicaciones de sus míticos fundadores, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, o que las Olimpiadas antifascistas de los años treinta se llamaran “espartakiadas” y que entre sus miembros se formaran las primeras Brigadas Internacionales contra el militar-fascismo en España. O más sencillamente que en la prensa obrerista de todo el mundo se utilizaba a Espartaco como un apodo muy común, y su leyenda evocada como ejemplo de que una lucha, aunque en su momento parece tropezar con todos los inconvenientes posibles, comenzando por los drástico límites objetivos de unas condiciones históricas que aceptan la esclavitud como “natural” (como hoy se aceptan los abismos del “Tercer Mundo”, y ayer se aceptaba condiciones obreras como las descritas en las novelas de Zola o Dickens).

      Es esta conexión la que explica su excepcionalidad que en sus anteriores (o ulteriores) evocaciones fílmicas se rebajara o se eliminara su perfil subversivo. Por otro lado, la esclavitud seguía  (sigue) siendo  una realidad vigente en grandes zonas del planeta en pleno siglo XX.  Desde este punto de vista, se puede decir que este “Espartaco” contribuyó en no poca medida a registrar su insurrección, y a convertirla en un referente más amplio que el “comunista” para hacerlo partícipe en un concepto más amplio de antecedente en la lucha por los Derechos Humanos.  

        6. Un mito liberador. Esto lo consiguió esta película que surgió en el primer momento que la historia la hizo posible, y que universalizó el referente hasta el extremo de que después, cualquier noticia sobre el trabajo en las canteras o en las minas, las informaciones y exposiciones sobre la vida de los gladiadores, o cualquier otra revuelta contra la esclavitud adquieran desde el primer momento la palabra “Espartaco” como una puerta que ayuda a la gente a acceder a temas más o menos reservados a los “especialistas”.  Una excepción que permitió otras como la inclusión de un discurso antiesclavista y tercermundista en La caída del Imperio Romano, o la realización de costosas superproducciones que cantan gestas libertadoras.

        La propia producción de Espartaco  es un capítulo de historia del cine cuyo rodaje comenzó en 1960, después de que en el cine se habían dado innumerables vueltas entorno al drama de la esclavitud, esta película por sí misma aparecía como una clara ruptura temática con una tradición “cristiana” de la que Qvo  Vadis o The robe pueden resultar  buenos ejemplos, en la que los esclavos no necesitaban su libertad como individuos, ni la esclavitud derogada, bastaba con tener fe en un más allá que los liberaría de las cadenas y en el que serían iguales que los patricios que los trataban (casi) como un igual. A diferencia del gladiador griego Demetrius (Víctor Mature recién salido del Sanson de DeMille), este esclavo tracio no  salvaba  su  alma  inmortal  sino que se rebelaba en  armas contra  un «sistema»  que  --como  todos-  se creía incuestionable, no en vano, no seria hasta al cabo de veinte siglos que  esta revuelta acabó superando el círculo ignominioso que había atado sobre su cuello unánimemente tanto historiadores como intelectuales romanos.

          Cabe recordar que en Roma el pueblo romano lo empleaba para asustar a los niños traviesos, mientras que, por ejemplo, Cicerón  también lo emplea como un insulto contra Marco Antonio. Así es que, no  será hasta  el siglo XVIII, cuando aparecen las primeras denuncias contra toda clase de esclavismos que lo que evoca su nombre cobrará una connotación emancipadora, y no será hasta un siglo después que aparecieron voces como las de Karl Marx  que lo consideran con todas sus contradicciones, como  un precursor que, dos mil años antes de que la Iglesia se manifestara inequívocamente sobre la cuestión,  «planteó»    un  objetivo  cuando  no  se  daban  las  condiciones para resolverlo».  «Espartaco es (...)  el personaje más espléndido de toda la historia  antigua.  Gran  general (!no  como  Garibaldi¡), carácter noble,  auténtico representante del antiguo proletariado”.    No deja de resultar singular que su revuelta acabara oscureciendo las demás, y que, a pesar de que en su desarrollo no respondió a ningún esquema idealistas –no partía de ninguna repulsa a la esclavitud en general, ni parece que imaginara ningún mundo alternativo, conoció duros conflictos internos, y no desdeñó ni el pillaje ni la crueldad cuando la necesitaron.  

        7 La década de los 68.  Al antecedente subversivo del personaje histórico habría que añadirle otras connotaciones que explican que la producción del filme concitara todo tipo de inquietudes en la censura. En 1960 ya se anunciaban el impulso de las marchas por los “derechos civiles”. Aunque fuesen de una manera invisible, las cadenas continuaron existiendo a través de la existencia de un racismo que contaba en muchos Estados con leyes muy similares a la del “apartheid” sudafricano. 

      El actor-productor declaró que era una mierda con talento, y  le  acusó de haberse querido apropiar del guión de Trumbo, dándole su nombre.  Pero  la      sangre  no  llegó  al  río,  seguramente  porque Douglas consideró que con un cambio era suficiente en una producción ya de por sí  bastante  dificultosa, en la que, aparte  de  los    ya  señalados,  habría que añadirles los existentes con una operación quirúrgica de Jean  Simons, una enfermedad de Douglas,  más un  accidente  de Tony Curtis, quien por una gentileza de Douglas consiguió interpretar un personaje que no aparecía en la novela (y que de alguna manera subrayaba la relación entre la poesía y la cultura con la revolución que haría las delicias a los partidarios de la “unión entre las fuerzas del trabajo y de la cultura”), haciendo además un “guiño” sobre “Los vikingos”,  donde era Tony Curtis el que mataba a Douglas, mientras que en Espartaco pasaba justo al revés…Desde Espartaco, el cine trató el asunto de la esclavitud con mayor seriedad que lo había hecho hasta el momento.

      Al final de la década, los muchachos que “se lo habían pasado pipa” viendo la película, la imitaron cuando salieron por millares y millares gritando por las calles de Paris, “!Nous somme tous de juifs allemande¡”, rememorando una de las escenas finales de la película, y en respuesta al tétrico funcionario estalinista llamado George Marchais que había tratado a “Daniel el rojo” como “judío alemán”…Y aquí no acaba la historia.  

 
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Comentarios (2)

#1.- La liga espartaquista alemana

CUARTA INTERNACIONAL|08-10-2008 13:49

Tal es el mito liberador de Espartaco que la organización, en la que militaban los dirigentes que protagonizaron la revuelta de 1919  (posteriormente asesinados por el gobierno ), en Alemania: Karl Liebneckt y Rosa Luxemburgo se llamaba Liga Espartaquista.

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#4.- espartaco

triple h|14-10-2008 15:05

es una basura

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