Los seres humanos, siempre tan sofisticados,  manejamos un amplio abanico de herramientas de dominación entre las que tampoco hemos prescindido de la violencia. Hemos inventado, por ejemplo, la guerra, la tortura, los abusos, la violación, o la violencia “doméstica” según se trate de aplicar estos procedimientos para imponernos a un pueblo entero, a alguien particular, a menores, o a todas las mujeres. 
Por ejemplo, “si te meto una Hostia te incrusto el anillo en la cara” es una expresión impositiva y violenta que mucho y muchas, aunque no se atrevan a reconocerlo, han oído a su padre, mientras que “antes de que estés con otro te meto el cuchillo jamonero por el coño y te parto en canal” lo dicen ciertos “hombres” a “sus mujeres” cuando estas se niegan a permanecer como una más de entre sus propiedades. 
Pero las guerras y la violencia machista sólo son una mínima parte del problema, una herramienta más para esclavizar, por la fuerza, a un colectivo al que también se intenta persuadir mediante coacciones, abusos, humillaciones, ninguneos, ataques a la imagen, etc, y un interminable número de convincentes técnicas de captación diseñadas para que las víctimas respeten voluntariamente el orden discriminatorio, clasista o machista en cada caso, que le quiere ser impuesto. 
Nos encontramos así con un mundo heredado, fatalmente repartido, donde cada día se acentúan más las diferencias entre ricos y pobres, y si no hacemos algo para evitarlo, se perpetúan las existentes entre hombres y mujeres.  
Muchos tenemos claro que es necesaria una reforma fiscal que grave los impuestos directos, obteniendo así recursos para ofrecer unos servicios públicos completos y de calidad, o como popularmente se ha dicho, que quite a los ricos para que no haya pobres, y acabando así con la discriminación clasista.  
¿Pero como acabar con la discriminación machista? ¿Cómo redistribuir el poder entre hombres y mujeres acabando a su vez con el uso de la violencia doméstica como estrategia? ¿Cómo acabar con las  perpetuación del predominio masculino sobre la esfera pública? ¿Cómo redistribuir el poder corrigiendo estructuras heredadas tras  siglos de “comedura de coco”? ¿Cómo superar el tópico de las “incomparables” cualidades” presumibles en el hombre frente a las incuantificables carencias” supuestas en la mujer?¿Como convencer a tu amigo, tu compañero, tu hijo, tu padre, o tu hermano que no por haber heredado el poder tiene más derecho que tú a ostentarlo? .  
La izquierda feminista de hoy exige herramientas redistributivas que vayan más allá de la tímida ley de igualdad de género que, mucho ruido y pocas nueces, presume de aportar unas soluciones que no da, y denuncia la ineficacia de la una Ley Integral Contra la Violencia de Género que lejos de abordar la raíz del problema se limita a poco más que a aumentar las penas de los maltratadores.  
Si nos preocupa que cada dos días o tres días una mujer muera a manos de su pareja, en nuestro país, recordemos que esas muertes son el inevitable daño colateral del ejercicio sistemático de la violencia contra las mujeres, como una herramienta más de sometimiento a un sistema discriminatorio, e injusto, sobre el que hay que actuar.  
Son necesarios mecanismos eficaces que corrijan el desequilibrio de participación en todos los ámbitos de poder, leyes que aceleren el proceso por el cual mujeres y hombres tengan las mismas oportunidades reales hasta participar en la toma de decisiones. Violencia machista es igual a discriminación, y la igualdad es un derecho que, como todos, hay que conquistar y mantener, sin esperar que las soluciones caigan del cielo. 
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