Si el presidente fuese honrado…
Cuando está frente a un micrófono parece que el presidente Correa no puede contenerse. -Tome en cuenta la palabra, parece- porque en verdad sí se contiene. En un aparente e incontrolable rebosamiento de palabras simula hablar con franqueza, pero ojo, no lo hace, no habla con sinceridad. No digo que miente, digo que no dice todo lo que debería, aunque para muchos es lo mismo que mentir.
Así lo viene haciendo desde que participó en su segunda elección. Expuso muchos planes que el pueblo aceptó como válidos, pero ocultó decir a los trabajadores que suprimiría legítimas conquistas laborales que él llama privilegios, cuando en verdad son beneficios que apenas les sirven a los obreros para, en algunos casos, completar la canasta básica; Nunca les advirtió que iba a desbaratar sus sindicatos.
A los estudiantes les ocultó su afán de querer someter a la universidad proponiendo una ley antidemocrática.
Es cierto que el 282 de la Constitución prohíbe la privatización del agua. Además señala que el Estado regulará el uso y manejo del agua. No es, como supone el presidente, que el ejecutivo controlará el agua; dice el Estado, y el estado son los municipios, los consejos provinciales, las juntas parroquiales, el poder ciudadano. “El poder lo tienes tú” dice a los ecuatorianos en sus campañas publicitarias, pero se opone a que las comunidades campesinas controlen y administren el agua.
Nos habló de la participación ciudadana, de la ampliación de la democracia; y entendemos que democracia es la participación de todos, es debatir las opiniones de todos, pero cuando los sectores sociales y los gremios opinan diferente, sale el presidente a infamarlos. Así actuaban los gobiernos del pasado, los que se creían predestinados a garantizar la felicidad de los ecuatorianos. Ellos se proclamaban, como ahora lo hace el presidente Correa, como los insuperables dueños de la última sabiduría, de la única verdad.
Nunca dijo en campaña que iba a reducir los ingresos de los maestros y a utilizar la excusa de la evaluación para despedirlos. Se precia de haber reducido la deuda externa, pero disimula el negocio con Petrochina que significa una reiteración del endeudamiento, con otra cara, pero endeudamiento al fin.
Ocultó sus objetivos de entregar la riqueza minera a las grandes compañías y dejar sin trabajo a los mineros artesanales. Nos ocultó sus intenciones de pagar la deuda externa, mientras en campaña decía que ésta era ilegal, ilegítima e inmoral. Habla de lo malo que fue el neoliberalismo pero sigue aplicando medidas de ese tipo. Ataca a las transnacionales en público, pero en secreto pacta con ellas.
Condena a las mafias que crearon la AGD; que permitieron el asalto petrolero; que feriaron los fondos públicos; pero esconde que la izquierda revolucionaria, el MPD mantuvo una oposición tenaz a esos atracos y en vez de darle la razón histórica, lo sataniza.
Promociona su revolución ciudadana como la última oportunidad de realizar los cambios en paz, alimentado ilusiones de lograr transformaciones profundas y duraderas en el marco de este sistema político y le oculta al pueblo la alternativa de una auténtica revolución.
Correa se proclama socialista pero no lo es. No es ni revolucionario ni de izquierda. Por el contario, su gestión desprestigia al legítimo socialismo y si algo está haciendo por la revolución es retrasarla.     
Ser socialista va mucho más lejos de desarmar los cuerpos de espionaje, de rescatar la Base de Manta y cerrar la oficina del FMI.
El socialista de verdad, el propio,  enfrenta a sus indiscutibles enemigos: el imperialismo y las oligarquías, y no al pueblo. El socialista no tiene un discurso para el exterior y otro para las fuerzas revolucionarias que impulsan el cambo. El verdadero socialista no encarcela a los jóvenes ni se mancha las manos con la sangre del pueblo.
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