hay que dedicar horas al estudio...en los medios de comunicación se está llevando a cabo una guerra a muerte...y podríamos quedar entre las víctimas
Muchas son las noticias que llegan a las personas que están suscritas a medios de prensa electrónica, y por lo tanto es alta la exposición a criterios sesgados y al peligro de ser manipulados en la formación de opinión, ya que muchos de los puntos de vista expresados por los redactores de las mismas, dependiendo de su orientación política y de si están o no están apuntados a una forma particular de interpretar la realidad, se expresan –claro está- bajo una “intencionalidad” bastante evidente para quienes tratamos de ser un poco más analíticos y no dejarnos llevar por corrientes específicas de pensamiento.
Entre las últimas noticiasrecibidas destacó una proveniente de Chile (no faltaba más) en la que se reseñaba que “la tasa de exportaciones de América Latina y el Caribe volverá a crecer este año, en especial gracias a la demanda de China. Pero el actual modelo "primario" de los envíos puede derivar en un esquema de dependencia con ese gigante y la propia región asiática, alertó la Cepal”.Y agregaba un comentario adicional en el sentido de que "claramente la relación comercial de la región con China puede transformarse en un centro-periferia. Nosotros somos sus proveedores de materias primas, sin mayor valor agregado, y ellos nos devuelven los productos elaborados", dijo a la agencia IPS Claudia Casal, investigadora del no gubernamental Centro de Estudios Nacionales de Desarrollo Alternativos (Cenda), de Chile.
Entre los desafíos, especifica, "es particularmente importante evitar que el creciente comercio entre ambas regiones reproduzca y refuerce un patrón de comercio de tipo centro-periferia en que Asia (y China en particular) aparecería como un nuevo centro y los países de la región como la nueva periferia".
Y continuaba indicando la noticia que “según la Cepal, China podría desplazar a la Unión Europea como segundo socio comercial de la región a mediados de esta década. El gigante asiático ya es el primer destino de las exportaciones de Brasil y Chile, el segundo de Argentina, Costa Rica, Cuba y Perú, y el tercero de Venezuela. En 2008, China fue la segunda fuente de importaciones de Brasil, Chile, Colombia, Perú, y Cuba, y tercera de Argentina, Costa Rica, México y Venezuela”.
Lo que no indica la noticia es que el principal receptor de exportaciones latinoamericanas: los Estados Unidos de América, ha sido durante decenios el centro y nosotros la periferia, manteniendo un esquema de dependencia que ha estado muy bien hasta ahora, pero que al tener aparentemente una competencia evidente de China y de los países asiáticos en general, se sacan los argumentos que utilizó la izquierda en su contra durante esos mismos decenios, pero esta vez para atacar a quien se atreve a competir con el imperio.
Sentidos y contrasentidos en la manipulación de información intencionadamente. Durante muchísimos años se atacó desde la izquierda y los grupos nacionalistas latinoamericanos a los Estados Unidos por ser el centro económico del hemisferio, y de someternos a los países latinoamericanos al vasallaje de la periferia, de donde se llevaban las materias primas para devolvérnoslas como productos elaborados. Y resultaba que en esas épocas eso estaba bien, ¡muy bien! Pero ahora, cuando China replica el modelo en su beneficio, resulta que está mal ¡muy mal! Y para ello la CEPAL y los centros de investigación y producción de estudios económicos y sociales de nuestros países, que no sabemos quién los financia, lanzan gritos al cielo, se rasgan las vestiduras y cubren su cabeza de cenizas.
Por esta razón es que debemos estar alertados sobre estos manejos turbios de datos e informaciones, de interpretaciones de hechos y fenómenos, porque a los grandes capitales norteamericanos y las transnacionales que cobijan sus “vergüenzas” con rayas y estrellas, manipulan también los medios de comunicación en su propio beneficio, tergiversando la historia para los desmemoriados que somos la mayoría de quienes vivimos acá, en la periferia.
Para tener las ideas clara es indispensable recordar algo con respecto de este fenómeno. Daniel Yerguin y Josepeh Stalislaw., en su obra“The Commanding Heights” (Cap.9) señalaban hace algún tiempo que el tradicional enfoque estatista en América Latina estuvo muy influido por lo que se conoce como la teoría de la dependencia. Esta racionalizaba el control del estadoa través de altas barreras proteccionistas, una economía cerrada y un menosprecio general por el papel del mercado. Y desde aproximadamente fines de los años 40 hasta los años 80, disfrutó un dominio absoluto.
Al mismo tiempo, en consonancia con la época, la “seguridad nacional” se convirtió en una justificación para que los gobiernos se hicieran cargo de los “sectores estratégicos” de la economía con el presunto objetivo de satisfacer las necesidades del país y no las de los inversionistas extranjeros. En Occidente, después de la II Guerra Mundial, el cambio hacia un mayor control estatal se vio impulsado tanto por el desarrollo del estado del bienestar social y el intervencionismo keynesiasno como por el prestigio del marxismo y de la Unión Soviética. Otro factor que también motivó a los economistas latinoamericanos y a sus gobiernos fue el anti-americanismo, la antipatía hacia las grandes empresas norteamericanas que se percibían como explotadoras en América Latina.
Los teóricos de la dependencia rechazaban los beneficios del comercio mundial. A fines de los años 40, los elementos esenciales de su concepción eran expuestos y promovidos por Comisión Económica Para América Latina (CEPAL) de Naciones Unidas y, muy especialmente, por el economista argentino Raúl Prebisch, que dirigió la comisión de 1948 a 1962. Prebisch empezó su carrera como “un firme creyente en las teorías neo-clásicas”. Pero, según dijo, “la primera gran crisis del capitalismo” – la Gran Depresión – me hizo plantearme serias dudas en relación con esas ideas”.
Prebisch y sus colegas de la CEPAL propusieron una versión internacional de la inevitabilidad de la lucha de clases. Alegaron que la economía mundial estaba dividida entre el “centro” industrial – Estados Unidos y Europa Occidental – y la “periferia” productora de materias primas. Los términos de intercambio siempre trabajarían en contra de la periferia, lo que significaba que el centro explotaría constantemente a la periferia. Los ricos se harían más ricos y los pobres más pobres. Según esta concepción, el comercio internacional no era una forma de elevar el nivel de vida sino más bien una forma de robo y explotación que las naciones industriales y sus corporaciones multinacionales perpetraban sobre los pueblos en vías de desarrollo. Estas ideas se convirtieron en artículos de fe en las universidades latinoamericanas.
¿Qué hacer? La periferia debía de romper ese ciclo siniestro y tomar su propio camino. En vez de exportar materias primas e importar productos manufacturados, estos países debían de desplazarse lo más rápidamente posible hacia lo que llamó la industrialización de “substitución de importaciones’’. Esto se podría lograr rompiendo los vínculos con el comercio mundial mediante altas tarifas y otras formas de proteccionismo.
La lógica de la infancia de una industria se convirtió en la lógica de toda la industria. Las monedas fueron sobrevaloradas, lo que abarataba las importaciones de los equipos necesarios para la industrialización. Todas las demás importaciones fueron severamente racionadas mediante permisos y licencias. Las monedas sobrevaloradas también desalentaban las exportaciones agrícolas y de otras materias primas al aumentar sus precios y destruir su competitividad. Los precios nacionales eran controlados y manipulados, y los subsidios se multiplicaron. Muchas industrias y actividades fueron nacionalizadas. Una verdadera jungla de controles y regulaciones proliferó por toda la economía. La forma de hacer dinero era aprender a navegar por el laberinto burocrático y no servir al mercado. En general, lo que guiaba la economía eran las decisiones políticas y burocráticas, y no las señales y el feedback del mercado.
Hasta los años 70, este enfoque pareció funcionar. El ingreso real per cápita casi se duplicó entre 1950 y 1970. En el mismo período, el papel del estado siguió ampliándose así como las empresas estatales. Se subieron las tarifas y otras barreras al comercio. La crítica más popular de la época era que los gobiernos no estaban haciendo lo suficiente, y que se debían de acercar al modelo de una economía centralmente planificada como la de la Unión Soviética y la Europa del este. La profunda debilidad del sistema permanecía fundamentalmente oculta – hasta principios de los años 80.
La crisis de la deuda golpeó muy duro a América Latina. Los préstamos habían sido enormes. Entre 1975 y 1982, la deuda externa de América Latina casi se cuadruplicó, pasando de $45,200 millones a $176,400 millones. Si se suman los préstamos a corto plazo y los créditos del Fondo Monetario Internacional, en 1982 la deuda era de $333,000 millones.
Y, sin embargo, nadie le prestaba mucha atención hasta agosto de 1982, cuando México se vio al borde de la mora. Lo que siguió fue una doble bancarrota: financiera e intelectual. Las ideas que habían conformado el sistema económico de América Latina habían fracasado y los países latinoamericanos ya no podían financiarse. La dependencia los había llevado a la bancarrota. Los años que vinieron, en los que América Latina luchaba por reconformar su economía, fueron calificados como “la década perdida”. Y con razón. En 1990, el ingreso per cápita era menor que en 1980.
Con el pasar de los años, se tuvo que reconocer la enorme debilidad intrínseca del viejo sistema. Las empresas industriales – tanto privadas como estatales - que había alentado esa forma de pensar eran ineficientes debido al proteccionismo, la falta de competencia y el aislamiento de la innovación tecnológica. En su mayor parte, no priorizaba la calidad ni la cantidad del servicio. La agricultura sufrió mucho. Los déficits presupuestarios crecieron enormemente. Con una inflación generalizada y muy difícil de desarraigar, los ahorros familiares fueron arrasados. Por consiguiente, la gente no se podía retirar. La inflación creció niveles increíbles, empujada por los déficits y por una política monetaria relajada. Las economías nacionales perdieron los beneficios del comercio internacional y, como es lógico, no hubo ninguna mejora en la desigualdad social.
Desde la crisis de la deuda a principios de los 80, América Latina ha experimentado una serie de transformaciones radicales de índole económica, política, social y cultural. Este fenómeno puede denominarse «cambio de paradigma» por el gran alcance que ha tenido la transformación ideológica, sobre todo entre los gobiernos y sus asesores. Se puede afirmar que el paradigma anterior duró desde comienzos de los 30 hasta mediados de los 80, y que de manera similar se desarrolló como respuesta a una crisis económica.
Como puede apreciarse por lo señalado por los autores citados se caracterizó por una mayor participación del Estado en el manejo de la economía y por el intento de reducir los vínculos con la cada vez más amplia economía mundial y promover la industrialización. Este paradigma hizo que se multiplicaran masivamente diversas teorías estructuralistas y de dependencia, con la intención de interpretar sucesos que ya habían ocurrido.
Las políticas neoliberales aplicadas en casi toda América Latina durante las dos últimas décadas, marcaron el inicio de una nueva era de desarrollo; podría aludirse a esta fase como de globalización, posterior a otra de sustitución de importaciones. Este ciclo no era en absoluto inevitable, dado que es resultado de encarnizadas luchas entre diferentes fuerzas sociales del sistema mundial en general, y en el seno de América Latina en particular. Esta globalización revela la aparente derrota del proyecto socialista y el aparente triunfo del capitalismo.
Aunque el neoliberalismo puede anotarse algunos éxitos, especialmente en lo que respecta a su capacidad para consolidarse como fuerza ideológica dominante entre los formuladores de políticas, hasta ahora ha demostrado ser incapaz de resolver los problemas endémicos de vulnerabilidad ante fuerzas externas, exclusión social y pobreza que tiene América Latina, agravando más bien algunos de ellos.
Dada la crisis del socialismo y el fracaso neoliberal respecto de lo social, es menester un paradigma alternativo de desarrollo que pueda atacar los problemas citados. Tal alternativa debe basarse en la contribución latinoamericana a la teoría del desarrollo, a saber, esencialmente la teoría de la dependencia y el estructuralismo.
El estructuralismo y la corriente estructuralista dentro de la teoría de la dependencia trataron de reformar el capitalismo a nivel nacional e internacional, mientras que la versión neomarxista de la dependencia luchó por derrocar el capitalismo: se consideraba al socialismo como el único sistema capaz de solucionar los problemas del subdesarrollo. En vista del colapso del sistema socialista en Europa del Este y dada la transición que inició China de una economía planificada a una de mercado, a la alternativa socialista de la dependencia le resulta imposible tener buena acogida en el mundo menos desarrollado, considerándose así la corriente estructuralista que apunta hacia la reforma del sistema capitalista como una opción más factible entre aquellos que buscaban una alternativa con respecto al modelo neoliberal existente.
Queda por verse en qué medida un proceso de desarrollo alterno estructuralista dentro del capitalismo es capaz de enfrentar los problemas del subdesarrollo: aunque a juzgar por intentos estructuralistas previos el panorama no luce tan prometedor tampoco. Parece que a lo sumo la mayoría de los países latinoamericanos puede aspirar a alcanzar tasas de crecimiento similares a las del periodo de sustitución de importaciones de la posguerra, aunque impulsadas esta vez principalmente por un viraje hacia las exportaciones no tradicionales y no por el mercado interno como lo imponía esta corriente.
La conclusión tiende a ser que aunque hayan aumentado las exportaciones y el crecimiento económico, ello no ha sido suficiente para reducir de manera significativa la desigualdad de ingresos, ni los niveles de pobreza extrema, pese a que la pobreza absoluta se ha reducido en comparación con lo elevada que era en la década perdida de los 80.
Ni el estructuralismo ni la teoría de la dependencia previeron el rápido crecimiento del comercio mundial en el periodo de posguerra. Esto ha adquirido una nueva dimensión en la actual fase de globalización, con su compresión en el tiempo y en el espacio, y el ímpetu que ha recibido más recientemente la economía mundial con la reducción de las barreras fronterizas al movimiento de bienes, servicios y capitales, creándose así nuevas oportunidades para el comercio internacional y las inversiones extranjeras.
Las fuerzas de la globalización han reducido aún más las posibilidades de maniobrar a través de políticas nacionales de desarrollo en comparación con el periodo de sustitución de importaciones, confirmándose así uno de los principios claves de la teoría de la dependencia. El poder de los mercados internacionales rige con más fuerza todavía que en el pasado y los Estados deben tomar en cuenta estas presiones de los mercados globales aún más que antes: de lo contrario podrían verse afectados por un retiro masivo de capitales foráneos –como los casos de Chile y México durante las crisis financieras de 1982/1983 y 1994/1995–, por la cólera de las instituciones financieras internacionales y por las dificultades con los inversionistas y firmas también internacionales.
Mientras tanto, los procesos reforzadores de la globalización y liberalización han abierto nuevas oportunidades de exportación para las economías de América Latina y han atraído cantidades cada vez mayores de inversiones foráneas. En algunos países latinoamericanos las exportaciones han impreso un nuevo dinamismo a la economía nacional. Este impulso del comercio mundial ha sido subestimado por los estructuralistas, y fue considerado como algo con consecuencias negativas por algunos autores de la dependencia. Pese a la justificación de algunos de estos temores, han permitido una mayor y mejor atención al tema de las políticas estatales internas y de las fuerzas sociales y de clase que las configuran, así como también al poder de los mercados internos de la periferia.
En consecuencia, queda mucho por analizar, mucho a que dedicar horas de estudio, y mantener fría la cabeza, pues en los medios de comunicación se está llevando a cabo una guerra a muerte entre las diversas corrientes de pensamiento, y nosotros podremos quedar entre las víctimas de algo que ni se ha estudiado lo suficiente, ni mucha gente entiende.
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#1.- Gracias por la lección de historia.
Gustavo Adolfo Reyes|04-09-2010 01:45
Artículo sesudo, que deberé leer más despacio. Tiene razón el articulista que se nos olvida la historia de Latinoamérica, y de las majaderías del presente.
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