SALINGER
Salinger se fue y ocurrió lo impensable: el mundo empeoró. No es que se multiplicara el miedo a lo que no entendemos, aumentaran las muertes de inocentes en las guerras y más jóvenes soldados quedaran sin posibilidad de vivir a plenitud. No me refiero a la repetición de esos horrores, sino al olvido de lo que somos: una sopa cuántica. Salinger, a su manera, nos lo dio a conocer con su obra y con su persistente encierro.
Gurdjieff receta el recuerdo de sí (self-remembering), como contrapeso a ese olvido. Una receta demasiado complicada e indigesta, por lo efectiva. Asegura la inexistencia del pecado, la caída y toda la manipulación milenaria que les sigue. Sin pecado no hay pecador ni iglesia salvadora, no hay misa, escuela dominical ni lavado de cerebros, vírgenes húmedas y paraísos. No hay un ser castigador sino leyes que violamos consciente o inconscientemente. Actuamos así por un profundo olvido de nuestra naturaleza.
La física cuántica ha confirmado lo que somos. Para Gurdjieff y sus seguidores, convertirnos conscientemente en lo que somos es la única disolución del hombre de la caverna que todavía nos habita, y por consiguiente, del final del odio, de las guerras (de la guerra personal, como la de Holden, el protagonista de “El guardián del trigal”), de la religión como la conocemos. En un futuro bastante lejano la palabra dios quedará sustituida por el término absolutamente populista de sopa cuántica.
Salinger previó que nos demoraríamos bastante en asumirnos como sopa aunque la ciencia ya lo hubiera proclamado. Decidió, entonces, recordarnos el asunto desde su reclusión, aseverando que estaba en este mundo sin pertenecer a él (sino a la sopa). Su pertenencia a este mundo, sin embargo, está de hecho probada por su legado, pero en esa contradicción fundamental hay una visión profunda. Y otro legado no literario (sopero).
Primero, en la infancia, Hucleberry Finn y Tom Sawyer definieron lo que para mí iba ser literatura. Durante mi adolescencia, Holden estableció la manera en que me acercaría a los textos, para disfrutarlos y reinterpretarlos a través de los que escribiría después. El ejercicio intelectual per se carecía de atractivo. Sólo la visión, la conexión emocional (sopera) con un personaje, con una historia, harían posible el disfrute de la lectura y su reinterpretación, su inmersión en el proceso creativo personal. Su recreación. Una autoridad de la talla de Humberto Eco lo ha asegurado: no se escriben libros nuevos.
Holden, el adolescente cuyo sueño era cuidar a los niños mientras jugaban en un trigal, era también el rebelde, el traicionado, el afanado en saber, y encarnaba de manera perfecta al adolescente de antes y de siempre. Esa preciosa, indescriptible energía del aquí y ahora, destruida por el tiempo, el dolor y las frustraciones a las cuales nos apegamos sin sentido.
Holden sigue atrayendo a los jóvenes de cualquier cultura, pruebas sobran. Salinger no merece la citación de cifras de venta, de traducciones ni de los estudios que su obra ha suscitado (ni de las demandas con que intentó protegerla). Las cifras se vuelven sombrías, son insignificantes y hasta irrisorias cuando se trata de describir la influencia de un autor en/y por encima del campo literario. Que las cifras sean enormes en este caso, es sólo un accidente feliz, regocijante para sus admiradores.
Leí la historia de Holden en mi adolescencia, con apuro porque era un libro prestado. Me reencontré con él en mi madurez, cuando una excelente profesora y amiga lo citó. Una mujer mayor que había redescubierto el frescor de su propia adolescencia a través del personaje. Mi amiga adoraba la frase «Eso me mató», que Holden nunca se ahorraba durante cada ocasión en que la realidad lo impresionaba con su dolor, su desconcierto, además de su belleza y su misterio. El personaje parecía estar siempre maravillado ante la vida, y continuaba receptivo, sensible a ella, aun con sus máscaras y ropajes infinitos.
La frase de inmediato pasó a formar parte de una complicidad mantenida con mi amiga desde aquella tarde en que me regaló un ejemplar de “El guardián del trigal”. Cuando padecíamos situaciones como las de Holden, nos mirábamos, y luego, entre personas de confianza repetíamos nuestro sutra. Una especie de vacuna contra el odio, de limpieza sin hierbas ni santero ni santo.
Gurdjieff, georgiano (de la Georgia pre-URSS), que no era escritor (aunque escribió), cuyo escaso domino del ruso y del inglés no lo callaba en presencia de sus seguidores rusos, ingleses y norteamericanos, ¿qué puede tener en común con Salinger? En apariencia, muy poco: sólo haber dado con la prueba adelantada de que somos una sopa cuántica.
Y con respecto a mí, el hecho de que al (re)leerlos a ambos todavía me hacen repetir con la misma intensidad y maravilla de Holden: Eso me mató.
Ernesto González, escritor cubano residente en Chicago, publica artículos en revistas locales y electrónicas, ha enseñado español en la East-West University y en la escuela Cultural Exchange, y fue asesor de la prueba nacional de español de Riverside Publishing. Sus novelas están disponibles en amazon.com (EEUU) y lulu.com (Europa y Latinoamérica), y pueden ojearse en Google Books
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