La sala de la Audiencia Nacional encargada de juzgar los atentados del 11-M dictó sentencia el pasado 31 de octubre, condenando a 20 de los 28 acusados a partir de una exposición de hechos probados que, de modo inequívoco, establece entre otros aspectos la autoría del atentado, una célula integrista vinculada con las redes del terrorismo internacional, y la procedencia de los explosivos, robados por delincuentes comunes en instalaciones mineras asturianas.
No por repugnante era menos previsible que los partidarios de la "teoría de la conspiración", el relato alternativo del 11-M propagado desde la ultraderecha política y mediática, iban a insistir en su estrategia de ruido y niebla aún después de la lectura de la sentencia. ¿Cómo? Ignorando una parte de su contenido y falseando el resto, conforme a una lógica perversa que la propia sentencia describe: "Se aísla un dato -se descontextualiza- y se pretende dar la falsa impresión de que cualquier conclusión pende exclusivamente de él, obviando así la obligación de la valoración conjunta de los datos". Y todo ello, para insinuar que "una mano desconocida, como parte de un plan maquiavélico más amplio, ideó y ejecutó los atentados".
Ahora que la autoría material y la ejecutoria de los atentados están definitivamente resueltas, la exculpación de "El Egipcio" como inductor es el dato descontextualizado en que se amparan, para persistir en su desvarío, los mismos que no han tenido el menor escrúpulo en insinuar la complicidad policial en la comisión de los atentados y la falsificación de pruebas, acusaron al Gobierno y al resto de fuerzas políticas de manipular la Comisión parlamentaria, han martirizado al juez instructor y a la fiscal del caso y han pretendido boicotear el proceso mediante la impresentable actuación de varias acusaciones particulares. "La sentencia", afirma el incansable Jiménez Losantos, "arroja más sombras que luces", porque "la masacre no ha sido cosa de Al Qaeda, ni causada por la guerra de Iraq, ni siquiera participada por ETA, aunque eso nunca se haya investigado en serio". ¿Quién ha sido, entonces? ¿Acaso las "cloacas del Estado", como machaconamente insinúa Luis del Pino?
El tribunal, con las pruebas existentes, no ha logrado identificar a "El Egipcio" como inductor del 11-M. Pero, ¿desaparecen por ello de la sentencia las conexiones probadas de los condenados con Al Qaeda y otros grupos terroristas integristas? No. ¿Desaparece la propaganda fundamentalista con referencias a la guerra de Iraq que poseían los suicidas de Leganés? No. ¿Ha aparecido, en cambio, algún indicio de la implicación de actores distintos a estas tramas fundamentalistas a los que haya que investigar? No. ¿Se ha determinado como falsa alguna de las pruebas aportadas por las fuerzas de seguridad? No. Entonces, ¿en qué se apoyan los conspiranoicos? Sobre todo, en su desesperada urgencia, a tres meses de las elecciones, por convertir en verdades las mentiras con que el núcleo duro de la "presidencia imperial" de José María Aznar intentó preservar a toda costa el poder entre el 11 y el 14 de marzo de 2004. Las mentiras con las que han intentado socavar el trabajo de policías y periodistas, de la Comisión parlamentaria, de los instructores y ahora del tribunal sentenciador. Las mentiras que, a pesar de las sensacionales exclusivas de la COPE y El Mundo, la animación callejera de los Peones Negros y las extrañas preguntas del PP en el Congreso, no han dado a los neoconservadores españoles los óptimos resultados que dieron las mentiras sobre las armas de destrucción masiva de Sadam y su complicidad en el 11-S a sus hermanos mayores de la Casa Blanca.
"Tras el 11-M", decía hace poco Naomi Klein, "España demostró que tras una crisis, un desastre, el pueblo puede decidir cómo quiere reaccionar. En EEUU se produjo una regresión y un recorte de libertades civiles en función del aumento de la seguridad. En España, por el contrario, se reaccionó defendiendo la democracia". Exactamente eso fue lo que hicimos los españoles en marzo de 2004. Y lo que seguiremos haciendo. Los conspiranoicos deberían empezar a tenerlo presente.
Jónatham F. Moriche, noviembre de 2007
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