El comité de salud pública de Lebrija lo presidió Juan Miguel Cárdenas, obrero agricultor, representante de los segadores en huelga.
Este levantamiento no se produjo de forma aislada y hostil hacia el cantonalismo ya que al lado de Cárdenas se encontraba el obrero y concejal José Ruiz, que encabezó el federalismo lebrijano en la década posterior.
Pueblos como Coria del Río sufrieron la ridiculización del movimiento por parte de la prensa oficial.
En Utrera se produjo un altercado entre los voluntarios procedentes de Sevilla (cuyo objetivo era ayudar a los cantonales de Jerez que habían sido reprimidos por la guarnición militar) y los vecinos del pueblo.
El 21 de julio, las autoridades de Utrera consiguieron que los voluntarios se retiraran a la estación, y representantes del ayuntamiento se dirigieron a Sevilla para defender el derecho de Utrera a nombrar Junta revolucionaria sin intervención exterior.
Al mismo tiempo, Carreró, que dirigía a los voluntarios, pidió refuerzos a Sevilla, por si se producía enfrentamiento armado.
Los de Utrera, armaron a 800 vecinos para defender el pueblo. El miedo a la exigencia de contribuciones de guerra a la población, hacía palpable un clima de excitación.
Los vecinos armados, serían los encargados de custodiar los cañones cantonales hasta la salida de la ciudad, tanto si volvían hacia Sevilla o pasaban a Jerez. En prueba de buena voluntad se mantuvo un encuentro entre representantes cantonales y representantes del pueblo.
Lo que hizo prender la mecha fue que junto con los representantes revolucionarios entraron los demás voluntarios. Un vecino instó a los voluntarios a marcharse si eran intransigentes, a lo que se respondió con vivas a la república federal y social, obteniendo como respuesta el inicio de un tiroteo que terminó con bastantes bajas y cantonales presos.
Mingorance y Ponce tuvieron que acudir a Utrera con nuevos refuerzos y con el diputado por Utrera Diego Sedas como mediador, para liberar a los prisioneros y volver a Sevilla para defenderla de la inminente intervención del general Ripoll.
Pueblos como Osuna, Dos Hermanas o Morón se proclamaron abiertamente anticantonalistas, e intentaron evitar la difusión de las noticias sobre la revolución. Los ayuntamientos temerosos del poder que el cantonalismo daba a la clase obrera, instó a destituir a los que se creía que podían ser simpatizantes del alzamiento; así mismo, se crearon fuerzas para la defensa en caso de llegada de los insurrectos.
La etapa final de la revolución cantonal en Sevilla comienza con la entrada en juego del ejército y la posterior derrota del cantón.
La defensa de Sevilla, corrió a cuenta del voluntariado socialista. como líderes, seguían Mingorance, Ponce, Carreró, Sainz y otros integrantes de las juntas revolucionarias.
La radicalización del movimiento cantonal sevillano se produjo con la cesión de la autoridad suprema al general Fernando Pierrad, quedando los líderes anteriormente mencionados a cargo de la dirección efectiva y apartando a Ramón Balboa.
Este giro hacia el radicalismo y la experiencia trágica en Utrera, hizo que la mayoría del voluntariado se inhibiese al comenzar los combates entre el ejército y los cantonales.
El general Pavía, al frente del ejército, rehusó de mediaciones consulares y de la burguesía Sevillana y se propuso iniciar la campaña en Andalucía de forma cruenta, intentando desarticular todo movimiento insurreccional del federalismo andaluz.
El ataque se inició por la zona más fortificada, intentando así que las propias bajas del ejército, produjeran el afianzamiento de la fidelidad de sus hombres, en los que no confiaba. El mismo Pavía, confesó que ese ataque sería una “calaverada militar”.
La acción, pretendía penetrar las defensas entrando en la ciudad por diferentes puntos, con columnas independientes, por lo que así, evitaban a la artillería apostada en la fábrica de tabacos y que dominaba el frente de combate elegido en un primer momento.
Con el afianzamiento de la fidelidad tras la exposición a la artillería cantonal, que dejó 300 bajas entre los militares y gracias a la ayuda de voluntarios desertores de Triana, el ejército consiguió entrar en la ciudad cercando a los cantonales, por lo que sólo quedaron focos de resistencia en la Macarena.
El número de cantonales defensores fue muy reducido. Los disparos producidos provenían mayoritariamente de la artillería colocada en barricadas, torres de la antigua muralla y terrazas de la fábrica de tabacos, bajo la dirección de Carreró.
Según fuentes de la FRE, dos mil, de los tres mil voluntarios armados, decidieron no combatir, siendo los internacionales los que se batieron contra las tropas.
En la misma línea de infravaloración, el diputado Cabello de la Vega, criticó la falta de apoyo a la cantonal, siendo tan sólo quinientos o seiscientos sevillanos, los que tomaron parte activa en la defensa, habiendo en total cuatro mil personas presas, emigradas y escondidas por pertenecer al movimiento.
Tras la ocupación de la ciudad, con la neutralización de los últimos reductos de resistencia, Pavía nombró como regidor de las instituciones a republicanos conservadores y a un buen número de monárquicos. Desarmó a toda la milicia. En sustitución de éstas, se convocaron 200 plazas para ser cubiertas por guardias civiles licenciados y con una buena hoja de servicios.
La represión contra los cantonales fue directa y sin miramientos, la campaña pretendía socavar cualquier tipo de apoyo a la República.
Las bases del federalismo quedaron mermadas totalmente y las clases trabajadoras que retornaron a Sevilla, ya no podrían llevar  a cabo ni defender la alternativa republicana por la que habían luchado.