Estamos en tiempos revueltos, un momento en el que las palabras de más peso (democracia, socialismo, comunismo, etc), han sido muy desposeídas de su significado. Por eso es tan importante reconocer las fuentes…
Puede parecer increíble, pero un partido que se llama socialista y obrero, está aplicando unas “reformas” que son antisocialistas, y claro está, antiobreras…Lo están haciendo en nombre de una democracia en la que –realmente- la primera y la última palabra la tienen las grandes corporaciones…
No está sucediendo algo no muy diferente de lo que ya ha sucedido en el Este. Un antiguo camarada y amigo, Joan Font, que se trabaja la jubilación viajando, me contaba en sepelio de Wilebaldo solano que en los países del Este, la gente tiende a desconfiar cuando utilizas las palabras gastadas por las dictaduras burocráticas que hablaban…en nombre del comunismo. En las diversas  elocuciones, se citaron palabras de Wilebaldo en este sentido, como en nombre de la libertad el capitalismo nos estaba arrebatando las antiguas “reformas”. Hubiera estado bien citar a otro viejo poumista, que en su última entrevista proclamó que estaba por todas las libertades, menos la económica, porque esta niega todas las demás libertades.
En nombre de la libertad, ya durante la revolución francesa se perpetraron no pocos crímenes. En aquellos años que fueron los mejores, pero a veces también los peores, se eructaron cabezas tan nobles como la de los hebertistas, y también las de mujeres como la de la feminista Olimpia de Gouges.
Igualmente, se suele hablar de la nuestra segunda República en clave de sus líderes liberales o socialdemócratas (mientras más moderados, mejor, y si confiaban en las democracias occidentales, pues mejor todavía), y se tiene a ignorar al pueblo militante sin el cual ninguna de sus hazañas por la libertad, la igualdad y la fraternidad, hubieran sido posibles.
También padecieron la represión los partidarios de la República de los Iguales, liderada por un personaje excepcional llamado François Noel Babeuf,  llamado Gracchus, el primer teórico comunista  galo (Saint Quentin1760-Vendôme1797)…
Para quienes no lo conozcan, habría que empezar diciendo que Babeuf fue un ferviente heredero de la tradición utópica e igualitaria de la ilustración, quiso llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias, y de hecho lo intentó cuando comprendió que ésta estaba siendo instrumentalizada por una nueva clase dirigente. «Nos dijeron, escribió, que la República era algo magnífico. Lo creímos hasta tal punto lo creímos que para obtenerla, hicimos esfuerzos sobrenaturales. La experiencia no justifica aquellos anuncios magníficos (...) El pueblo confiado y absolutamente sincero tuvo que interpretar literalmente esas expresiones sublimes: igualdad, libertad. Pero !oh, bribones! (...) desde el momento en que una vez que os apoderasteis del sublime movimiento revolucionario, manifestasteis al pueblo que interpretabais dichas expresiones en sentido inverso al del diccionario, el entusiasmo que le inspiraba lógicamente se convirtió en indiferencia o incluso en odio». 
Babeuf procedía de una familia protestante (los luteranos fueron duramente perseguidos en Francia hasta 1789), cuyo tutor abandonó Francia con la misión de estrechar los lazos entre los calvinistas y los luteranos galos. Al regresar a Francia cayó en la más absoluta miseria, lo que no le impidió enseñar a su hijo a leer con los mismos periódicos que éste recogía de la calle; también le enseñó el latín y las matemáticas. Al morir el viejo reformador le hizo jurar que dedicaría su vida a luchar por la causa de los pobres, entregándole un libro de Plutarco en el que se hallaba una biografía de Cayo Graco cuya vida él mismo había querido emular y con la cual quería inspirar a su hijo. Con la revolución el joven Babeuf abandonó su labor de empleado y se puso a trabajar en firme en la pequeña ciudad de Roye de Somme, consiguiendo una gran agitación entre los campesinos pobres para que boicotearan el impuesto sobre el vino. Más tarde logró vender las tierras confiscadas a la nobleza y entregó el dinero entre los pobres, lo que le valió el encarcelamiento por parte de los notables burgueses del lugar. Al salir de la prisión marchó hacia París. Allí, al trabajar como funcionario, encontró fraudes en las cuentas y creó a tal efecto una comisión de investigación, pero finalmente debido a las maniobras de los notables, y acabó yendo otra vez a la cárcel.   
A continuación, Gracus creó el periódico El tribuno del pueblo, en el que se hace portavoz de las masas más radicalizadas. En él llega a escribir que prefería la guerra civil «a esta vergonzosa concordia que estrangula a los hambrientos». Palabras que sentía en sus carnes, pues sólo conocen la miseria. Únicamente trataba con los miserables y sus cargos públicos sólo mostraron su incorruptible personalidad. Así, estando entre los barrotes, murió su hija de siete años, quedando los demás de su numerosa prole en las mismas condiciones de hambrientos.
Nada más salir otra vez de la prisión formó con Darthé (1), Maréchal (2), Buonarrotti   (3) y otros, la Sociedad de los Iguales, en cuyo Manifiesto exigían: «No más propiedad individual de la tierra, porque la tierra no es de nadie... Declaramos que no podemos tolerar más, que la inmensa mayoría trabaje y sude al servicio de una pequeña minoría. Ya ha durado suficiente tiempo, demasiado tiempo, una situación en la que menos de un millón de individuos dispone de lo que le pertenece a más de veinte millones, de sus semejantes, de sus iguales... Jamás un proyecto tan vasto ha sido concebido y puesto en ejecución. De vez en cuando algunos hombres de genio, ciertos sabios, han hablado de ello en voz baja y temblorosa. Ninguno de ellos ha tenido el valor de decir toda la verdad... iPueblo de Francia: abre los ojos y el corazón a la plenitud de la felicidad, reconoce y proclama con nosotros la República de los Iguales!».
La Sociedad de los Iguales fue inmediatamente disuelta: su igualitarismo democrático era excesivo hasta para la izquierda burguesa y pequeñoburguesa. Entonces Babeuf se vio obligado a trabajar en la clandestinidad, en el acariciado proyecto de una insurrección revolucionaria. Los insurrectos impondrían en el caso de triunfar, una dictadura igualitaria, la República de los Iguales en contra de la aristocracia, los especuladores y los burgueses. Los Iguales tenían unos objetivos que lo situaban como el movimiento más avanzado que había conocido la historia y como el antecedente más inmediato de las ideas marxistas sobre la dictadura del proletariado. Al quedar frustrado el empeño y decapitado el grupo dirigente, el ideario de los Iguales quedó relegado y olvidado durante varias décadas hasta que Buonarrotti lo reconstruyó literariamente influyendo decisivamente en el comunismo francés del siglo XIX, en el blanquismo sobre todo.
El Manifiesto de los Iguales se puede considerar como la primera declaración del suelo, el derecho natural de todas las personas de gozar de los bienes terrenales: «La Naturaleza, decía la primera sección del Manifiesto, ha dado a todos los hombres el mismo derecho de gozar de todos los bienes». Partiendo de aquí proponía la expropiación inmediata de todas las propiedades que pertenecieran a los enemigos del pueblo, la abolición de la herencia para, que la propiedad evolucionase de lo particular a lo colectivo.
Estos principios resumían muy simplemente el sentir de la masa de los «descamisados». Babeuf se considera un eslabón más en la cadena de pensadores igualitarios como muestran estas líneas de su magistral intervención en la defensa de su causa antes de ser guillotinado. Decía:  «Pero se dirá que son mis ideas las que harían retroceder a la sociedad a la barbarie. Los grandes filósofos del siglo no pensaban así y yo soy su discípulo.» Continúa haciendo una larga referencia de las ideas de sus procedentes, cita a Rousseau que hablaba de «hombres tan detestables como para atreverse a poseer más de lo necesario, mientras otros se mueren de hambre». Sigue con una referencia de Morelly: «Si seguís la cadena de vuestros vicios encontraréis que el primer eslabón está ligado a la desigualdad de las riquezas».
Prosigue refiriéndose a Diderot: «El cual afirmó que el cetro del báculo del obispo de la humanidad está gobernado por los intereses personales, y que éstos hacen la propiedad, y que es inútil que los filósofos razonen acerca de la mejor forma de gobierno mientras el hecho no llegue hasta las mismas raíces de la propiedad. Diderot, se pregunta sí la inestabilidad y las vicisitudes políticas de los Imperios serían posibles sí todos los bienes fueran poseídos en común, y afirm6 que todo ciudadano debería de tomar de la comunidad lo que necesitara, dando a ésta lo que pudiera. ¡Ciudadanos!, «loco peligroso» es precisamente lo que me habéis llamado a mí por querer introducir la igualdad».
Más adelante echa mano a protagonistas de la misma revolución. De Tallien recogía la siguiente cita: «todo hombre sincero debe de admitir que la igualdad política sin una igualdad real no es más que una cruel ilusión»; de Armand de la Meuse la siguiente: «el peor error de los revolucionarios ha sido su incapacidad para indicar los límites de los derechos de la propiedad, lo que ha traído como consecuencia el abandono del pueblo a las voraces especulaciones de los ricos».
  Finalmente se remite a Cristo: «Jesucristo nos ha dicho que amemos al prójimo y no le hagamos a él lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros; pero he de admitir que el código de la igualdad de Cristo hizo que le acusáramos de conspiración». Concluye con estas palabras: «Pero aquí donde Mably, Diderot, Rousseau y Halvencio fracasaron, ¿cómo iba a tener yo éxito?. Soy un modestísimo discípulo de ellos, y la República es menos tolerante que la monarquía». 
  Babeuf se pregunta: «¿Por qué había fracasado la revolución?» y su respuesta la encuentra en los antagonismos entre les clases: «¿Qué es una revolución política en general?, ¿Qué ha sido especialmente la revolución francesa? Una guerra declarada entre los patricios y los plebeyos, entre los ricos y los pobres (...). La revolución francesa no ha sido otra cosa que la precursora de otra revolución mucho mayor, mucho más solemne, que será la última».
  Se considera a Babeuf como el primer exponente de lo que iba a ser más tarde el socialismo utópico. La particularidad de Babeuf con relación a esto no se debe solamente a su carácter más primitivo, sino también al hecho de que fue un esforzado combatiente de una revolución real y concreta ya que representó de ella, al mismo tiempo, el lado más utópico y el más realista. Se comprometió con un programa que representaba el sentir de la «conciencia inicial del proletariado» y que, aunque no tenía una aplicación posible, representaba una crítica socialista a la Revolución francesa que sería desarrollada por el socialismo ulterior. Hay que subrayar también que la influencia de Babeuf se extendió durante toda la primera mitad del siglo XIX francés.
  Para quines quieran saber más, tendría que buscar el estudio más completo sobre Babeuf es la Claude Mazuriac, Babeuf, realismo y utopía en la Revolución Francesa (Península, Barcelona, 1976; Sarpe, 1987), que comprende una antología de sus principales textos. Otra selección importante es El Tribuno del Pueblo (Júcar, Madrid, 1981). Muy interesante es, por motivos distintos, la novela de Ehrenburg (Ilya), La conspiración de los iguales (Júcar, Madrid), y el ensayo de Tierno Galván (Enrique), Babeuf y los iguales. Un episodio del socialismo premarxista (Tecnos, Madrid). Edmund Wilson incluye un capítulo, Los orígenes del socialismo: la defensa de Babeuf en su Hacia la estación de Finlandia (Alianza), en tanto que Christian Rakosvky utiliza sus reflexiones sobre el Termidor francés para describir el ruso en su opúsculo Los peligros profesionales del poder.  
 
Notas
--1) Darthé, August (1765-1797), líder babouvista francés. Cuando era estudiante participó en la toma de la Bastilla y combatió a los rebeldes en Artois, región llamada «la pequeña Vendée". Formó parte del tribunal revolucionario, y actuó después como fiscal público, siendo un convencido partidario, del Terror, al contrario que Babeuf y Maréchal.. Fue encarcelado después del 9 Termidor y fue ganado por Babeuf a la causa de los Iguales. Luego se situó en la izquierda del propio Babeuf con su intransigencia revolucionaria.
--2) Maréchal, Sylvain (París, 1750-Montrorouge, 1803). Escritor revolucionario francés, miembro del grupo de Babeuf, se distinguió entre los Iguales por la impronta libertaria de sus ideas. Bibliotecario de profesión, pero además poeta, escritor y abogado, su pensamiento se inscribe plenamente en el comunismo y el materialismo del siglo XVIII, desarrolla ideas de un anarquismo que Nettlau ha tachado de «patriarcal», explicando que deben de desaparecer finalmente «las repugnantes distinciones entre ricos y pobres, entre grandes y pequeños, entre amos y lacayos, entre gobernantes y gobernados». Su igualitarismo llegaba hasta este punto, aunque su punto de mira era retrospectivo aspirando hacia un estado de la naturaleza, libre de los impedimentos del mundo civil. Negó la existencia de Dios en su Lucrecio moderno (1781) y parodió la Biblia en Un libro escapado del diluvio (1784), también sustituyó los nombres de los santos por los de personajes célebres, lo que le costó cuatro años de cárcel. Al final de su vida escribió un Dictionnaire des athées anciens et modernes (1800), entre los que incluye a San Agustín, Pascal y Bossuet, provocando una dura polémica. Otras obras suyas son: Letanía sobre la Providencia (1783), Diccionario de amor (1788), Los viajes de Pitágoras (1799).
---3) Phillippe-MicheI Buonarroti, comunista italofrancés, era descendiente del inmortal Miguel Angel (Pisa, 1761-París, 1837), había estudiado Derecho en Pisa y Florencia, frecuentó las sociedades secretas y se entusiasmó por la revolución francesa, razón por la que tuvo que exiliarse de Córcega. Pasó luego a París, donde se dio a conocer como ferviente jacobino y brillante orador. Se naturalizó francés y desempeñó diversas misiones oficiales en Córcega, Lyon y en ejército en Italia. Fue detenido después de la caída de Robespierre (9 termidor), y en la cárcel, donde permaneció durante un año, conoció a Babeuf. Luego fue presidente del Club del Pâmteón (neojacobino), y colaboró con Babeuf en la conspiración de los Iguales. Fracasada ésta, fue condenado y deportado a Cherburgo y más tarde a la isla de Oleron; fue amnistiado por Napoleón, pero una vez en libertad, conspiró, contra el régimen bonapartista. Reapareció con la memoria de los hechos, publicando La conspiración de la Igualdad llamada de Babeuf (1828), obra que fue decisiva para la evolución del pensamiento comunista de aquella época. Italiano de nacimiento y por su primera formación cultural, participó activamente en la revolución y tras el fracaso de la conspiración fue hecho prisionero. Pasó varios años en la cárcel donde mantuvo viva la llama revolucionaria.
La conspiración se convirtió, en palabras de G. H. Cole, en el «manual» de los revolucionarios de los años treinta. Buonarrotti no se limitó a contar la historia -una historia por lo demás poco conocida hasta finales del siglo XIX-, sino que sistematizó coherentemente el pensamiento de Babeuf. El babouvismo sistematizado por Buonarrotti “puso de inmediata evidencia incluso para los espíritus más incultos, desde las páginas de La conspiración se difundió entre el pueblo, suscitó tropeles cada vez mayores de prosélitos, agudizó la exasperación de las masas, proporcionó mitos, fórmulas, programas para su ansiosa espera de una revolución social que diera, con el bienestar, dignidad a los hombres; año tras año se hizo batallador, marcó con su impronta las primeras organizaciones secretas revolucionarias que siguieron a la represión de 1834-1835, indujo a motines” (Galante Garrone). Su influencia fue determinante para Blanqui, algunos cartistas y para la Liga de los Justos. 
.                         
| Paypal (seguro y permite diferentes formas de pago) | |
| Microdonación de 2 euros | Donación de importe libre |