EL NOMBRE DE “LATINOAMERICA”
Carlos Fuentes toma como pretexto la visión creativa de Gabriel García Márquez para plantear la necesidad de “darle nombre a América”, planteando que acá lo tenemos todo y que lo más importante es valorarnos con nuestra propia mirada. Fuentes en ese corto texto trata al autor colombiano de descubridor y de un “bautizador del mundo”, sugiriendo que el nombre de Macondo era el tipo de nombre que debería tener este continente.
De igual manera en el texto “Valiente mundo nuevo”, Fuentes dice que lo primero es que somos un continente multirracial y policultural. Plantea en ese libro que el nombre de ‘América Latina’, inventada por los franceses en el siglo XIX, debería cambiarse por una denominación que recogiera la descripción más completa de nuestro mundo, inventándose la acepción ‘Indo-Afro-Ibero-América’.
De acuerdo a los analistas de la obra de Fuentes, él revisa el nombre propuesto y al encontrarlo demasiado largo se decide por la fórmula de "Iberoamérica", para limitar la influencia europea exclusivamente a la cultura que heredamos de los pueblos de la península ibérica (España y Portugal).
En la misma dirección Mario Vargas Llosa dice que hay una América Latina occidentalizada y una indígena, conviviendo, entrelazada, y en permanente desarrollo. Ambas Américas no son homogéneas, hablan múltiples idiomas y dialectos, están compuestas de diversos y numerosos pueblos, y transitan – en medio de conflictos - por un camino común hacia un futuro incierto.
Otro autor que le dedica estudio y ensayos al tema es Octavio Paz quien parte de cuestionar, al igual que los autores mencionados, el concepto de “latino”, diciendo que lo único que tenían en común los pueblos que habitan desde México hasta la Patagonia pasando por el Caribe y Brasil, eran las lenguas ibéricas (castellana y portuguesa) y la violencia común de la colonización europea.
Desde mi propio punto de vista, creo que el problema del nombre no es tan importante frente a la posibilidad de que quienes vivimos en este subcontinente nos sintamos parte de una misma patria, la Patria Grande. Este concepto de Latinoamérica unida ha sido relacionado con las luchas de Simón Bolívar y otros libertadores del siglo XIX, que visualizaron la necesidad de unir los pueblos de estos países, al estilo de la Unión Americana que le dio vida posteriormente a los Estados Unidos EE.UU., frente a la realidad que ellos percibieron de que la gran nación que se estaba formando en Norteamérica se fuera a convertir – como así pasó – en el nuevo colonizador de la región.
Todos sabemos que el nombre de América fue colocado por los colonizadores españoles, supuestamente como reconocimiento a Américo Vespucio por haber identificado al nuevo mundo como un continente diferente al asiático o “Indias Orientales” como se denominaba en ese tiempo a China, India y demás regiones de ese continente. Existen otras teorías que relacionan la palabra América con un vocablo utilizado por pueblos centroamericanos que fue recogido y asimilado por los conquistadores españoles.
Otro autor Darcy Ribero intentó en los años setenta del siglo pasado hacer una especie de tipología o clasificación de los pueblos americanos diferenciándolos así: los pueblos testimonio u originarios – mesoamericanos y andinos -; los pueblos nuevos – brasileños, grancolombianos, antillanos y chilenos; y los pueblos transplantados – angloamericanos y rioplatenses -. Es una clasificación interesante que fracasa a la hora de aplicarse a cada país, y que se diluye frente al verdadero mestizaje racial y cultural que está en proceso de desarrollo en nuestro continente.
Lo que debemos resaltar en esta parte del ensayo es que los pueblos luchan por su identidad, se adaptan a los procesos de intercambio, se interrelacionan con otros pueblos y culturas, pero tratando de defender sus aspectos esenciales, como pasa en Europa o Asia, en donde por más integración que ha habido, los pueblos reclaman su autonomía, su territorio y su cultura, al igual que lo vienen haciendo diversos pueblos de América.
Lo importante  para un análisis político está circunscrito a nuestro futuro inmediato y mediato. En esa discusión hay que ubicar problemas como lo que significa el nacionalismo, la integración y el desarrollo. Sabemos que la  UNION de los países denominados “latinoamericanos” es fundamental para construir un camino de progreso y bienestar para nuestros pueblos en el marco de una situación mundial que obliga a formar bloques regionales fuertes y duraderos.
Entre nuestros países indoamericanos no ha existido un verdadero nacionalismo, o por lo menos, hasta hace muy poco tiempo, las elites oligárquicas no impulsaban ese sentido nacional, o sólo lo hacían para mantener su poder estimulando enfrentamientos entre pueblos para seguir con su dominación.
Las clases dominantes de nuestros países heredaron una cultura  colonial ibérica, seguida por la influencia inglesa, francesa,  y alemana, en algunas zonas (Argentina, Uruguay y Chile). Posteriormente, a partir del siglo XX, los EE.UU. reemplazan la dominación colonial europea con la doctrina Monroe “América para los americanos”, y logran consolidar una influencia económica, política, militar, y cultural que se convirtió en imperialismo.
Diversos enfrentamientos y guerras entre naciones latinoamericanas fueron propiciados por las empresas y el Estado norteamericano, y fueron aprovechados por las elites nacionales para fortalecer su poder y su dominación, siempre en “alianza” y al servicio de la potencia imperial. Hoy, las clases dominantes representadas por capitalistas nacionales y grandes terratenientes siguen impulsando un modelo de desarrollo que implica la subordinación a los intereses económicos y políticos de los EE.UU.
Sin embargo, en la mayoría de los países latinoamericanos, en este instante de nuestra vida regional, se viene imponiendo una verdadera cultura de autonomía, independencia e integración. Siguiendo los pasos de la revolución cubana, países como Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina, Nicaragua, Costa Rica, Paraguay, Honduras y algunas islas antillanas, vienen impulsando diversos procesos de integración como el Mercosur, la Alternativa Bolivariana de Integración de los Pueblos ALBA, y otros procesos de apoyo mutuo.
Estos procesos han surgido como respuesta a los intentos de los EE.UU. de impulsar el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas ALCA, que era una forma de profundizar la dependencia de los países latinoamericanos mediante la estrategia de los Tratados de Libre Comercio, en donde la nación del norte imponía condiciones lesivas al resto de las naciones americanas, como lo hizo a principios de la década de los años 90 del siglo XX con Canadá y México, y posteriormente, frente al fracaso del ALCA, lo ha venido haciendo con tratados bilaterales con Chile, Perú, Colombia y algunos países centroamericanos.
Es claro que la identidad cultural, el territorio y la independencia no se pueden construir y mantener sin un desarrollo sostenido de las economías y sin procesos políticos que incluyan a los sectores sociales que siempre han estado por fuera del poder. Por ello, en los procesos políticos y sociales que se vienen impulsando los grandes protagonistas son las comunidades y pueblos indígenas, los campesinos, los trabajadores, los movimientos sociales de mujeres, ambientalistas, jóvenes y sectores intelectuales progresistas, que impulsan desde diversas miradas y percepciones, movimientos que aspiran a dirigir el futuro de estas naciones, y propulsar la unidad latinoamericana.
En ese esfuerzo entra a jugar el concepto de desarrollo. La discusión es muy fuerte por cuanto los diversos pueblos tienen múltiples intereses, la influencia de corrientes de pensamiento provenientes de Europa y otras regiones está presente, y chocan también las miradas globalizantes que hacen parte de la cultura occidental. Por otro lado, al interior de los pueblos también se han generado corrientes de pensamiento que abogan por proyectos autonomistas, algunos con tendencia indigenista, otros con miradas aislacionistas que idealizan el “volver al pasado”, rechazan la integración económica y llaman a reconstruir formas económicas del pasado.
En fin, América Latina, o como se la quiera llamar, es en este momento una verdadera olla hirviente en ebullición en donde se está cocinando su futuro. Los pueblos han sido impactados por diversos tipos de crisis que los han preparado para la tarea inmensa de construir y defender su identidad, pero sin pretender uniformar a la población. En cada país incluso, existen grandes diferencias regionales y culturales, las elites tradicionales cada vez pierden más poder, y los pueblos se envalentonan para buscar nuevas alternativas.
En Bolivia, Ecuador y Venezuela se han aprobado recientemente las constituciones políticas para darle mayor poder a los pueblos y para recuperar los recursos naturales que habían sido entregados a empresas extranjeras. En Brasil, Argentina y Paraguay, presidentes como Ignacio Lula Da Silva, Cristina Kirchner y Fernando Lugo, están implementando políticas en esa misma línea. En otros países empieza a cundir el ejemplo, y las elites políticas tradicionales están en permanente retroceso.
Colombia y Perú son la excepción en Sudamérica. El impacto de la violencia guerrillera sufrida en el Perú desde 1980 y en Colombia desde hace más de cuatro décadas, ha servido de mampara para que se mantenga el poder del imperio norteamericano a través de la dominación oligárquica.
En los demás países está en pleno avance un tipo de integración que seguramente va a tener altibajos y retrocesos. Sin embargo, en la medida en que los pueblos sean los protagonistas, esos problemas van a ser superados y, por tanto, la unidad en la diversidad, va a irse consolidando en un proceso multicultural, pluriétnico, multicolor, y fortalecido con un pluralismo político.
En ese trajín se está construyendo la América Nuestra, en donde el nombre es lo de menos y lo más importante es el contenido que le demos entre todos. Que lo mejor de cada etnia, pueblo, sector social, el aporte hispano e iberoamericano, lo mestizo, lo indio originario, lo inmigrante europeo, asiático y africano, lo andino, caribeño, brasileiro, y mexicano, todo ello revuelto pero sin perder identidades locales o regionales, vaya siendo potenciado y asimilado por los demás, en una construcción creativa, multiforme, moderna y a la vez tradicional, que seguramente nos va a permitir alcanzar mayores niveles de bienestar con base en formas de pensamiento y enfoques de desarrollo que nos permitan construir nuestros propios modelos de desarrollo.
De hacerlo así, la nación indoamericana, va a poder hacer grandes aportes a la humanidad.
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