Desde otros puntos de España nos llegan hasta los remotos pueblos de la Sierra del Barbanza voces que hablan sobre lo que algunos ‘vivos’ opinan de la conveniencia o no de desenterrar a los muertos que han sido víctimas de la Guerra Civil española. Nosotros, los de estos pueblos, y que tan devotos somos de muertos y cementerios, no menos debemos estar dispuestos aairear nuestra opinión, aunque nadie nos la pida.Y en esto, sobre la honra que se merecen los muertos, en este caso las victimas, con respecto a la forma o al lugar en la que deberán continuar su enterramiento, es de lo que hoy quiero hablar.
En primer lugar diré que en la Guerra Civil, en relación con el tema, hubo tres clases de víctimas: aquellas que realmente murieron, conscientes de que estaban defendiendo sus ideas; las de otros, que ocasionalmente pasaban y cayeron en el uno o el otro bando y las deterceros, que fueron victimas de las mismas circunstancias, pero que se han muerto a causa de cualquier otro motivo, muy distinto al del combate; por ejemplo, a causa de una venganza particular a manos de un conocido. De todos modos, todos merecen honrarse. No obstante quiero decir:
Que la única manera de honrar con dignidad a los muertos es asumiendo, en continuidad, las ideas por las cuales han vivido; sean del signo que sean. O, cuando menos, también puede consistir en respetar a quien porta las ideas, si son ideas contrarias a las de uno. Lo otro es puro teatro inter vivos. Los cementerios están llenos de inútiles coronas de flores y vanos olores que a nadie conforman, sino a los adictos a visitarlos. Morir inútilmente es una desgracia, pero estar muerto para la satisfacción de los vivos, a mí, que todavía me parece que no he muerto, me resulta una idea aberrante.
Comprendo la pasión por los cementerios, tanto como el miedo a la muerte, y los deseos de vivir más allá de la misma, pero de nada valdrán nuestras vidas si de algún modo no nos eternizamos en nuestra propia continuidad, lo cual siempre necesitará, aunque se trate de ideas, de otro organismo vivo que la sostenga, puesto que el nuestro, el que sostiene nuestro impulso vital, y toda aquella energía ideal que se desprende de él, es, indudable e indiscutiblemente, perecedero. Somos nuestra propia manera de perecer, es decir, de vivir.
Y esto es lo que pienso, por eso me atrevo a decir: ¡Gloria a todas las víctimasde la Guerra Civil y del franquismo! Pero no la fría gloria de los cementerios, sino la más cálida, en la que se continúan hilvanando las antiguas ideas (de los que se han muerto realmente por ellas) con los nuevos pensamientos de los vivos. He aquí la única honra que merece la pena. La transustanciación de las almas, que diría algún creyente. Pero yo no lo soy, en absoluto. Aunque por esto prefiero esta forma más laica de honrar a los muertos. Y digo no a los que pretenden vivir del recuerdo de lamuerte, quepor eso reivindican sus fetiches. No creo que sea necesario desenterrarlos, para encerrar al fin sus restos en un triste cementerio. Esto no evitará que la historia no se repita y que otros ocupen en cualquier otro lugar la tumba que no buscaron. Por otra parte la Memoria Histórica, no podrá recuperarse de ninguna tumba, sino de la voz resucitada de los muertos y, que se sepa, ningún esqueleto habla.
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