Si nuestros sistemas políticos fueran lo que dicen ser, en todos los parlamentos se estaría discutiendo ahora una gráfica elaborada por Mathis Wackernagel, investigador del Global Footprint Network (California). Pero no parece que el asunto haya llamado demasiado la atención. Y sin embargo, la gráfica resulta demoledora para las más firmes certezas de nuestra clase política y, por supuesto, para los criterios más evidentes de los votantes. Sobre todo, en un mundo político en el que izquierda y derecha se llenan la boca con los objetivos del “desarrollo sostenible”. La cosa es bien sencilla. El eje vertical representa el Índice de Desarrollo Humano (IDH), elaborado por Naciones Unidas para medir las condiciones de vida de los ciudadanos tomando como indicadores la esperanza de vida al nacer, el nivel educativo y el PIB per cápita. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) considera el IDH “alto” cuando es igual o superior a 0’8, estableciendo que, en caso contrario, los países no están “suficientemente desarrollados”. En el eje horizontal se mide la cantidad de planetas Tierra que sería preciso utilizar en el caso de que se generalizara a todo el mundo el nivel de consumo de un país dado.
  Wackernagel y su equipo hicieron los cálculos para 93 países entre 1975 y 2003. Los resultados son estremecedores y sorprendentes. Si, por ejemplo, se llegara a generalizar el estilo de vida de Burundi, nos sobraría aún más de la mitad del planeta. Pero Burundi está muy por debajo del nivel satisfactorio de desarrollo (0’3 de IDH). En cambio, Reino Unido, por ejemplo, tiene un excelente IDH. El problema es que, para conseguirlo, necesita consumir tantos recursos que, si su estilo de vida se generalizase, nos harían falta tres planetas Tierra. EEUU tiene también buena nota en desarrollo humano; pero su “huella ecológica” es tal que harían falta más de cinco planetas para generalizar su estilo de vida.
  Repasando el resto de los 93 países, se comprende que hay motivos para que el trabajo de Wackernagel se titule "El mundo suspende en desarrollo sostenible". Como no hay más que un planeta Tierra, es obvio que sólo los países que se sitúen en el área coloreada de la gráfica (por encima de un 0’8 en IDH, sin sobrepasar el número 1 de planetas disponibles) tienen un desarrollo sostenible. Sólo los países comprendidos en esa área serían un modelo político a imitar, al menos para aquellos políticos que quieran conservar el mundo a medio plazo o que no estén dispuestos a defender su derecho (¿quizás racial, divino o histórico?) a vivir indefinidamente muy por encima del resto del mundo.
  Ahora bien, ocurre que el área en cuestión está prácticamente vacía. Hay un solo país en el mundo que, por ahora al menos, tiene un desarrollo aceptable y sostenible a la vez: Cuba.
  La cosa, por supuesto, da mucho que pensar. Para empezar porque es fácil advertir que la mayor parte de los balseros cubanos huyeron y huyen del país buscando ese otro nivel de consumo que no puede ser generalizado sin destruir el planeta, es decir, reivindicando su derecho a ser tan globalmente irresponsables, criminales y suicidas como lo somos los consumidores estadounidenses o europeos. Tendríamos muy poca vergüenza, desde luego, si condenásemos la pretensión de los demás de imitar el modo como devoramos impunemente el planeta. Pero se reconocerá que la imagen mediática del asunto cambia de forma radical: de lo que realmente huyen es del consumo responsable en busca del Paraíso del consumo suicida y, por intereses estratégicos de acoso a Cuba, se les recibe como héroes de la Libertad en vez de cerrarles las puertas como se hace con quienes huyen de la miseria, por ejemplo, de Burundi (a quienes se trata como una plaga de la que hay que protegerse).
  A nivel general, la cosa es mucho más interesante. Es muy significativo que el único país sostenible del mundo sea un país socialista. Suele ser un lugar común entre los economistas que el socialismo resultó ruinoso e ineficaz desde un punto de vista económico. Sorprende que, en un mundo como éste, la falta de competitividad pueda aún considerarse una acusación de peso. En términos de desarrollo sostenible, la economía socialista cubana parece ser máximamente competitiva. En términos de desarrollo suicida, no cabe duda, el capitalismo lo es mucho más.
  El mayor reproche que se puede hacer al sistema capitalista es, precisamente, que es incapaz de detenerse e incapaz incluso de ralentizar la marcha. El capitalismo es un sistema preso de su propio impulso. El economista J. K. Galbraith decía que “entre los muchos modelos de lo que debería ser una buena sociedad, nadie ha propuesto jamás la rueda de la ardilla”. Sin embargo, nos encontramos con que, aunque nadie lo haya propuesto, este absurdo parece haberse impuesto de hecho: en el capitalismo cada uno trata de imponerse a la competencia aumentando su productividad para no perder mercado pero, al encontrarse todos en la misma carrera, no llega nunca el momento en que pueda detenerse este aumento ininterrumpidamente creciente del ritmo y la consiguiente dilapidación de recursos.
  Ante esta dinámica absurda, debemos exigir el derecho a pararnos. No podemos permitir que nuestros ministros de Economía nos sigan convenciendo de que “crecer” por debajo del 2 ó 3% es catastrófico, y no podemos permitir que nuestros políticos sigan proponiendo como solución a los países pobres que imiten a los ricos. Es materialmente imposible. El planeta no da para tanto. Cuando proponen ese modelo saben que, en realidad, están defendiendo algo muy distinto: que nos encerremos en fortalezas, protegidos por vallas cada vez más altas, donde poder literalmente devorar el planeta sin que nadie nos moleste ni nos imite. Es nuestra solución final, un nuevo Auschwitz invertido en el que en lugar de encerrar a las víctimas, nos encerramos nosotros a salvo del arma de destrucción masiva más potente de la historia: el sistema económico internacional.
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#4
13-01-2010 17:35
Sea cual sea el articulo, algunos comentarios son siempre los mismos. Algunos padecen lo que definen su propia inercia inactiva.
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#5.- Al colega Carlos F Liria
Armando Chaguaceda|14-01-2010 01:09
No es usted uno de esos turistas de izquierda, conoce Cuba por sus varios viajes y tenemos varios amigos comunes. Es un intelectual honesto. Pero ha pecado de simplicidad. Muchos compatriotas emigran influidos por la propaganda miamense, el consumismo gringo es irrepetible y hay que defender la calidad de vida como concepto. Es cierto. Pero en Cuba existe subconsumo acumulado de cosas básicas, alternativas socialistas y ecológicas como las cooperativas de reciclaje no son legales, la desvalorización de lo público (como el desastroso transporte) lleva a la suicida apología de lo privado y el deseo del auto individual. Usted es inteligente, no basta con reconocer que no se puede desde Europa ciritcar a los cubanos..se trata de encontrar las deformaciones dentro de ese modelo que generan abren las puertas a la hegemonía cultural del capitalismo....añorado por muchas gente de a pie.
saludos 
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#7.- Con su odio visceral no analizan de quien son los datos
Julián Gutiérrez Alonso|15-01-2010 20:56
¿Por qué la toman contra el autor del artículo si los datos el los toma de los que presentan las Naciones Unidas y del Global Footprint Network (California) que no debe ser en lo mas mínimo comunista ni pro Cuba? ¿Es que no quieren tomarla contra sus amos? No sean ciegos y analicen los hechos irrebatibles que hasta las organizaciones de los EUA deben reconocer.
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#8.- Carlos Fernández Liria no me ha respondido
Manuel Castro Rodríguez|16-01-2010 07:02
Aunque Carlos Fernández Liria es Profesor titular de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, expresa: “En términos de desarrollo sostenible, la economía socialista cubana parece ser máximamente competitiva”.
Cuando leí lo anterior, no supe si indignarme o soltar una carcajada. Por ello, le hice dos comentarios que desaparecieron:
 
1- Le sugiero al autor
Le sugiero al autor que defina qué considera como  ‘desarrollo sostenible’.
Antes de 1959, Cuba producía el 80% de los alimentos que consumía y era el principal abastecedor de vegetales a EE.UU. Actualmente, importa el 80% de los alimentos y EE.UU. es su principal suministrador.
El 1 de septiembre de 2008, el Club de París informó que Cuba era su segundo mayor deudor mundial: 29,7 mil millones. Además, Cuba padece una grave crisis de liquidez; desde hace un año, las empresas extranjeras tienen retenidos más de ochocientos millones de dólares en la banca cubana.
Después de 1959, uno de cada cinco cubanos ha emigrado; pueden encontrarse cubanos en todo el mundo, que envían ropa, calzado, alimentos, medicinas y más de mil millones de dólares en efectivo anualmente. Dado que un médico gana mensualmente unos veinte dólares y un profesor universitario devenga unos treinta dólares al mes, hasta ellos dependen de esas remesas monetarias. Continúa.
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#9.- Carlos Fernández Liria no me ha respondido 2
Manuel Castro Rodríguez|16-01-2010 07:03
2- Le sugiero al autor 2
Antes de 1959, a Cuba se le denominaba como ‘La Perla del Caribe’, aunque existían grandes diferencias entre las zonas rurales y urbanas. Las remesas monetarias no han podido impedir que se continúe expandiendo la pobreza por casi todo el país. Aumentó la migración ilegal hacia las principales ciudades y se han incrementado las ‘villas miseria’. Más de veinte mil cubanos que residían en La Habana sin permiso, han sido desalojados y devueltos a sus lugares de origen.
También le sugiero al autor que recorra los solares habaneros, vea las ‘barbacoas’ y duerma un día en uno de los ‘llega y pon’ que rodean a La Habana.
Las ‘barbacoas’ son un invento del pueblo cubano, que no soy capaz de explicar.
A las ‘villas miseria’ se les llama ‘llega y pon’.
Según el gobierno cubano, a comienzos de 2008, varios meses antes del paso de los tres huracanes:
“el déficit habitacional ascendía a 600 mil viviendas; necesita reparación el 85% de los inmuebles de más de tres pisos”.
Desde hace más de una década, las ‘posadas’ (push botton) se utilizan para albergar a una pequeña parte de las personas sin vivienda.
La crisis habitacional obliga a muchos divorciados a seguir conviviendo bajo el mismo techo, incluso hasta en el mismo cuarto.
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