Qué república era aquella
Cuando en la temprana juventud acudía a la biblioteca, la hemeroteca ejercía una atracción magnética sobre mis pasos. Periódicos y revistas de una época no vivida me retenían absorto por largas horas. Reportajes, noticias, artículos, fotos de la Cuba pre-revolucionaria recreaban una imaginación ávida de impresiones, cuya historia había quedado atrapada en las mismas aceras, fachadas y lugares en los que se regodeaba la nueva realidad de los años 1960, 70, 80 90 … El propio álbum de familia invitaba a escudriñar rincones que parecían tomar vida cuando se caminaban esos años después. El acervo periodístico y gráfico de las hemerotecas cubanas refleja con sorprendente elocuencia la vida de la seudo-república.
Entonces era difícil imaginar que pocos años después estaría viviendo esa realidad cubana perdida en el tiempo. Personas y figuras conocidas, como salidas de aquellas fotos y aquellos textos, se me cruzaban en las mismas calles, casas, bares y rincones. Campiñas tocadas por el mismo aire de pobreza y humildad. Ciudades en esos mismos tonos ocre de aquella época cubana. Un mundo de historias individuales, familiares y sociales me hacía revivir lo que me habían hecho intuir mis hemerotecas.
Bajando o subiendo las cuestas de las calles empedradas de Salvador de Bahía contenía el aliento ante la certidumbre de estarlo haciendo por algún barrio de Santiago de Cuba. Hasta que el melodioso portugués brasileño advertía de la latitud geográfica. O caminando por el soberbio malecón de Recife hasta dejar atrás al cabo de kilómetros las fachadas de la burguesía para internarte en calles que te echan de bruces en cualquier rincón de aquella Habana de luces y decadencias. Como si caminaras por el Malecón habanero y te adentraras en los suburbios de esa otra urbe proletaria o prostituida hasta el tuétano. En Sao Paulo, Brasilia o Recife, lo real ignominioso no es ver tanta pobreza, sino su contraste impasible con la opulencia. El Carnaval de Rio sigue siendo un exorcismo colectivo de la  conciencia alienada. 
Entrar a los supermecados de la ciudad futurista, Brasilia, y sentir el embarazo de la leve reverencia del mozo pardo, mestizo o negro (porque en Brasil la delirante auto-gradación del color negro es un antídoto de los negros contra el racismo del sistema) con la palabra señor a flor de labios. Válgame Dios, pensaba, mientras sentía el cosquilleo frío por tan indeseable experiencia. Como si el sentido de ser ese igual con que la Revolución social nos codificó genéticamente se estremeciera de pies a cabeza. Tanta cercanía cultural y tanta diferencia social, entre los años raudos de la Revolución y aquellos estampados en el Hoy o el Diario de la Marina de entonces. Ahora el contraste de golpe en carne viva en un lugar cualquiera de América Latina. Los pobladores de las precarias ciudadelas satélites que cercan  la flamante Brasilia nutren el servicio doméstico de la clase media que la puebla. Los trabajadores que se la construyeron se marcharon luego con el pan y la cachaza a otros parajes en busca de otros jornales. Un amigo austriaco no se imagina posible que unos 40 millones de brasileros subsistan a golpe de un dólar diario, con las redes de seguridad y atención social tan insuficientes como deficientes.
La humanidad que inunda el centro histórico de Bogotá o sus barrios periféricos era sumamente familiar y apenas pisaba aquellos espacios por vez primera. ¿Había saltado en picado desde mi asiento en la hemeroteca hacia el centro de una página de aquellas Bohemias? Para observar el contraste entre seres a ojos vista inferiores y los otros, citadinos de trajes modernos pero ademanes sempiternos. La pobreza a raudales brotando de rostros, casas y calles coloniales. Allá, siempre en los barrios altos, la alta burguesía escalando posiciones. La imagen sepia de los papeles gastados de mi memoria impresa toma colores inusitados y los personajes que la habitan se mueven delante, detrás y me rodean, no son cubanos, son colombianos, brasileños, mejicanos, chilenos. Y te preguntas cómo será eso de Capital Mundial del Libro con que la UNESCO reconoce la Bogotá del 2007. ¿El elitismo como reconocimiento universal? No menos del 60% de la gente en pobreza sensible y un millón y medio de niños trabajando para sobrevivir, ellos y sus familias. Toda una tragedia nacional en la más violenta de las realidades desde hace mucho en América Latina. Mientras lo pienso, apuro el paso entre el oscuro de los solares mundanos y el fulgor de los condominios con porteros mal pagados y bien uniformados; como un destello me asaltan los claros-oscuros de los otrora San Pedrito y Vista Alegre o del Vedado y cualquier retazo de aquella Habana desposeída (que no es sinónimo de derruida). He escrito en algún lugar que la pobreza en Cuba hoy no existe, es lo cierto,  no existe como estado de vulnerabilidad social. En una terraza al aire de uno de esos comederos de la Brasilia “cubana” una niña en su uniforme escolar vende toallitas a un real. Ha terminado el horario escolar y con su mochila repleta de piezas empieza el laboral.
Las relaciones de jerarquías culturales se adivinan en los ojos. En la forma en que miran o esquivan la mirada unos y otros. En los códigos urbanos y la manera en que se venden todos, o casi todos. El desvalido que vende la imagen de su pobreza por unos reales y el ejecutivo que vende el look de su cuello y corbata por alguna buena tajada. ¿La Habana de ron y casino versus la de limpiabotas y poco brillo? Salgo del retraimiento y compruebo que estoy en una calle de Sao Paulo. La multitud que copa las calles entre la polifonía de comercios mayores y menores, vendedores ambulantes de todos los colores, raídos o presumidos, gente de toda raza humana como en una carrera de fondo de finales impredecibles, unos caerán, se les nota, otros apenas marcan el paso, unos a la zaga, estos en la punta del montón. Para encontrarte con los que no se sofocan y tiran de los hilos tendrás que desplazarte lejos de las muchedumbres anónimas. Sin mucho esfuerzo los reconocerás  en las comidillas mundanas o políticas de  la televisión.
Ha devenido reducción del análisis del desarrollo económico y social de un país - en este caso de la Cuba antes de 1959 -  la exposición de datos estadísticos sobre el consumo de determinados bienes que han de ilustrar, según el entendimiento de tales análisis, el presunto alto nivel de vida en la época en cuestión. De esta manera es común encontrarse referencias a la cantidad de bienes duraderos tales como televisores y radios que existían en Cuba, al mayor número de teléfonos y de autos entre los países latinoamericanos de la región, según se dice con excepción de unos pocos, etc. Es obvio que, amén de la pobreza cognitiva de este recurso comparativo utilizado como valor en sí mismo, con su énfasis se evita tocar el hecho de que, más que una estructura industrial productiva consecuentemente desarrollada, estas estadísticas reflejan apenas un patrón de consumo que, así expuesto, intenta esterilizar toda asociación con la estructura social del mismo[1] ¿No es ése acaso el típico y discriminatorio modelo de capitalismo elitista consumista latinoamericano? Las cifras a las cuales se recurre en el caso de Cuba expresan, consecuentemente, la visible tendencia a la apertura del mercado interno a las importaciones estadounidenses que sólo las clases de más alta renta podían estimular, sin que la anomia de la producción nacional y del aprovechamiento social del producto resultase preocupación alguna. Valga mencionar que en 1953 sólo cerca de un 0,3% de la población ejercía profesiones propias de una clase media. De modo que en un país con renta per capita de USD 150 o USD 200, en el momento, podía admitirse que la mitad de la población no tuviera asistencia educacional básica, pero ya no en un país con USD 520 de renta promedio, tal como aproximadamente se calcula para la Cuba de 1958[2]. La evidencia de la concentración social de la renta no puede ser ocultada por el valor de la media aritmética. En 1958 no menos del 40% de la población económicamente activa en Cuba permanece en el desempleo. Este dato basta por sí solo para ilustrar la patología de un modelo socioeconómico donde, de acuerdo a las apreciaciones del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) hoy día, para la mayoría de la población es justamente el salario, es decir, el precio de mercado de la fuerza de trabajo, la variable de la cual se hace depender, en los países tercermundistas de forma casi exclusiva, el bienestar social.
Apuro el café, doblo la Bohemia de 1958 bajo el brazo y no percibo la diferencia cuando abro la revista Vella de una semana cualquiera, a no ser por el blanco y negro de la mía y los colores de ésta. Los estilos periodísticos se confunden sin que puedas saber quien escribe en qué medio ni haya diferencia semántica entre el portugués de la Vella y el español de mi Bohemia sepia. El amarillismo de la prensa es el mismo en Lima que en Ciudad México, cual salidos todos de la “Cuba de antes”, como en tres palabras resumimos los cubanos aquella república. Talvez mi alarma no sea para tanto, a fin de cuenta en el Reino Unido el color amarillo se traga el 80% de la cuota de mercado de toda la prensa escrita.
Ciudad Panamá o Sao Paulo, Bogotá o Caracas. El mundo de los negocios extinguido en la Habana republicana, ahora te explota en la cara con sus bajas pasiones y sus afanes de lucro. En oficinas y clubes, ese mundo de personajes de ópera listos para el próximo contrato y el siguiente soborno. Economía y política, todo mezclado. Vivir la esperanza de Lula, apretujado en aquella multitud catártica que aclamaba su limpia victoria a lo largo de la Avenida de los Ministerios, revitaliza los optimismos. Ese que se pierde con el Gobernador del Distrito Federal ganando con litros de leche y balas de gas butano el voto de esa poblada pobre que acordona Brasilia. El tiburón se baña pero salpica, me sonrío. Los mismos escándalos en iguales primeras planas. Generales y doctores, al mundo encomendados. Y esos desfiles de lentejuelas en las crónicas sociales, reconocerlos en vivo y a todo color y sentir vergüenza ajena, como si las fotos de mi Bohemia sepia se despertaran en un dibujo animado y sus personajes echaran a andar alborozados.
El sobresalto de la delincuencia a la que no estás acostumbrado te hace sentir en la piel el mundo sórdido que descubres a buen resguardo en una hemeroteca cubana. Hay un señor joven, pálido y envuelto en sangre que sólo y desolado se desvanece en una callejuela que da a la Plaza Bolívar de Bogotá. Todos pasan atisbando los capiteles y tú que llevas esa otra humanidad te detienes y le preguntas, miras alrededor y clamas por alguna ayuda, mientras mi compañero, cachaco, me invita a desistir con firmes palmaditas en el hombro izquierdo. No son más que unos  malparidos, me balbucea. Dos días después de haber pasado por el Nogal, ese afamado club de la alta burguesía bogotana, salta por los aires dinamitado por un coche bomba. La costumbre de vivir con el sobrecogimiento curte el instinto de conservación que de otra forma conservamos los cubanos. Es lo que se vive a pie de calle y en el interior de las almas. La directivo del Transmilenio bogotano a quien visito no puede más y se confiesa. Con igual angustia se consuela mi amiga limeña en una cafetería de la Ciudad Vieja en Varsovia. El negocio de los carros blindados prospera en Brasil. Y el del secuestro sin retorno se desparrama como la lava desde el Sur hacia México.
El espíritu de subversión de aquellos años de lucha revolucionaria en los 30, 40 y 50 cubanos, hoy flota en el aire de toda capital latinoamericana que se respete. Las huelgas, decididas y reprimidas con las mismas tanquetas de agua o las cargas a caballo que demolían aquella manifestación de los estudiantes cerca del Alma Máter, se cruzan a tu paso. Las redadas callejeras aparecen y desaparecen intermitentes como si de un juego concertado se tratara. Y te sientes que en algún momento serás ese Charles Chaplin desprevenido al frente de una protesta cualquiera. Ya se encargarán de ello los piqueteros argentinos o los “pingüinos” chilenos.
Mientras camines por ciudades y te desplaces por campos y veredas, converses con los seres que habitan y componen la vida de cualquier país latinoamericano, se te irá reproduciendo una y otra vez la multiplicidad de imágenes y sensaciones que esconden los documentos fílmicos de la época pre-revolucionaria y los registros de su prensa plana. El negocio de la prostitución convierte la vida urbana en un burdel sin cortapisas; quizás superado en ganancias siderales y comercio humano sólo por la España actual, nunca mejor el dicho:    pos-industrial.  Ver para creer. Entonces, te das cuenta que el llevado y traído “jineterismo” de Cuba no es más que una cortina de humo de los mass media, como tantas otras.
Gamines y meninos  da rua, los niños de la calle, dejan de ser esa ficción documental que te parecen en películas y noticias. Forman parte del panorama social y de los programas para turistas europeos. Sucios y pícaros, hábiles en el arte de subsistir, se cruzan en su deambular marginal con los niños de uniformes a cuadros en camino hacia el Colegio La Salle, el Don Bosco o cualquier otro a resguardo de finanzas privadas. Tienes que dar un salto hasta Uruguay para constatar que las escuelas públicas mal que bien intentan hacer lo que la enseñanza general garantiza a todos en la Cuba revolucionaria. Brasil ya matricula a casi todos en la enseñanza primaria, pero el índice de deserción escolar reduce a mínimos el resultado del esfuerzo estatal. Niños y adolescentes tienen que mal trabajar. Los cientos de niños muertos antes de ser (recogidos por  la fría estadística de la mortalidad infantil) se entierran  por toda la geografía    del Sur como el producto de un conspicuo flagelo, especialmente entre la gran mayoría: las familias al margen de la gran orgía.  No es que lo leas, es la pena que te invade cuando caminas por el agreste Nordeste brasilero. No hablemos de América Central. La falencia de todos esos estados es estructural.
¿Y qué República es la nuestra?
La Revolución cubana va a saltar por encima de los 50 años. Quien quiera calibrar lo revolucionario del salto sabrá que el milagro está en el cambio cultural. Es la única revolución social que desmantela estructuralmente el capitalismo y sobrevive para contarlo. Sociológicamente Cuba ha superado la sociedad burguesa. Tamaña obra cultural marca una impronta histórica en el conciente nacional. Constituye un hecho de significaciones dramáticas para América Latina.
Sin embargo, recorridos estos 50 años la tercera independencia de Cuba permanece reluctante ante los desafíos del  Socialismo. El avance social no sedimenta la cohesión ciudadana ante el profundo atraso de la cultura material. La precariedad alimentaria, su pobreza cualitativa y su insuficiencia sumen a la población en un primitivismo existencial desmoralizador. Las potencialidades y las expectativas de la sociedad sucumben ante la proscripción de la democracia socialista. La democracia no es posible dentro del sistema de partido estadocrático actual. Partido único sin autonomía económica y política de la población constituyen un cóctel implosivo.
Los discursos que cierran la VII Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular (27.12.2008) nos develan la incapacidad de la dirigencia del país, Partido y Gobierno, para una lectura fundamental de los problemas estructurales que hacen latente el fracaso del actual sistema económico y de sus relaciones sociales de producción. El crecimiento económico refleja la recomposición de infraestructuras vitales. Pero las perspectivas y viabilidad de un modelo socioeconómico dinámico, expansivo y sostenible se encuentran profundamente comprometidas. Caduca un ciclo de Revolución.
Roberto Cobas Avivar
[1] Joseph Stiglitz al referirse a los efectos sociales catastróficos de la transformación capitalista de Rusia, comandada por el FMI, constata: .Él (un economista del Bird), citó la congestión de automóviles, muchos de marca Mercedes, que salían de Moscú los fines de semana en el verano y las tiendas repletas de productos de lujo importados. Esa era una imagen bien diferente a la que se tenía de aquellas tiendas vacías durante el régimen anterior [...] Sin embargo, una congestión de Mercedes en un país con una renta per capita de USD 4,730 (como ocurría en 1997) es una mala señal. En verdad, es una señal clara de una sociedad que concentra su riqueza en las manos de unos pocos, en vez de distribuirla entre muchos. Ver: La globalización y sus maleficios; Editora Futura, año 2002, Brasil, pág. 195.
[2]Ver el estudio de Hugh Thomas A política da clase Média e a Revolucao Cubana, en la edición brasilera: América Latina. Estruturas en crise; Brasil, 1970. [Título original: The politics of Conformity in Latin America; publicado por el Royal Institute of International Affairs, 1967].
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#1.- ?.......CADUCA?
cubano asusta|30-12-2008 04:41
......SE EXTINGUE. IGUAL QUE LOS DINOSAURIOS
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#3.- MAS CON 50 AñOS QUE CON 200 AñOS
MAMBIAMERICANO|30-12-2008 06:56
Dentro muy poco la mayoria de los paises latinoamericanos tendran 200 años de Republica y con capitalismo. Esos 200 años han servido para que la mitad de la poblacion de cada pais viva en la pobreza, y no se sabe hasta cuando. Muchos su gran iluision es poder ir a la escuela y poder comer todos los dias, y en los mejores casos encontrar un empleo, sin hablar de explotacion y sumision. Yo pienso que seria Cuba con 70 años con Socialismo, con  7 años sin embargo economico  , con 3 años con un verdadero socialismo ( no utopico).  Creo que los cubanos  podrian   soñar muy bien, gracias a esos 50 años , son los mas avanzados.
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#12
30-12-2008 17:45
Si, pero quien destruyo Isla de Pinos fue Felix Sautie
Valoración: 0
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#30.- Los tipos de clase en las mentes de los gusanos cubanos
02-01-2009 17:13
Vaya el #21 del gusano 100% y  sus "tipos de clase" .... un lección para burgueses con mente espongiforme
Este no se ha enterado que la clase media se la comió en América Latina el neoliberalismo.
Argentina pasó de sociedad "rica" a basurero generalizado y cuatro presidentes tuvieron que salir hace poco en helicópteros del palacio presidencial porque el pueblo empobrecido por los maestros de clase media los iba a colgar.
Y en la "yuma" ? ricos ricos , luego un largo trecho y una maa de pobres sin corbatas y pobres con corbatas, esas son las clases. Pregúntenle a las masas de negros en Nueva Orleans a ver de clase de miserables son ?! ... en fin
Nada, que los cubanos gusanos andan por el mundo trasnochados ... no aprenden ni jota de lo que está pasando a su alrededor ... pobre gentecita
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