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Puerto de sombras. Sobre la democracia en tiempos de crisis
El capitalismo decidió hace ya tiempo desembarazarse totalmente de la democracia. Ahora resta saber si sociedades e individuos están preparados para desembarazarse del capitalismo.
Jónatham F. Moriche | http://jfmoriche.blogspot.com | 6-8-2011 a las 13:16 | 603 lecturas
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Aún si fuera cierto (que no lo es) que las aguas de la economía globalizada comienzan a remansar, sería erróneo e ingenuo esperar que de esa calma de las grandes cifras fuera a derivarse algún efecto positivo en el plano social. Salir de la crisis, desde la perspectiva neoliberal hegemónica entre la clase económica y política dominante, equivale a rearmar el sistema financiero y reanimar las tasas del beneficio de las empresas, no a recuperar ni los empleos destruidos, ni los derechos sociales sacrificados. Cuando el gran capitalismo haya cosido del todo el agujero de sus bolsillos, las sociedades seguirán soportando un desempleo estructural más elevado que antes de la crisis, el sueldo de los trabajadores será menor, su despido más fácil y su jubilación más tardía. Tampoco se recuperará la credibilidad destrozada de las instituciones democráticas y la soberanía popular. Con nuestros gobiernos, parlamentos y tribunales reducidos a mayordomos de las organizaciones no democráticas que componen la gran trama de la dictadura de los mercados y dictan con rudeza de potencia colonial el rumbo de las políticas públicas (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo, las patronales bancarias y empresariales, los grandes grupos de comunicación...), ¿significan algo los textos constitucionales, valen algo los votos, representan a alguien las instituciones?

Existe la percepción errónea de que esta crisis tiene su origen en un mal funcionamiento de los mercados. Muy al contrario, los mercados han funcionado de forma sumamente eficiente, lucrándose primero de una pingüe recogida de beneficios del ciclo especulativo anterior, conteniendo después los daños en su propia estructura tras el brusco colapso de ese ciclo (y manteniendo tasas muy altas de beneficio empresarial aún en los peores momentos), y finalmente abriendo un nuevo ciclo especulativo, basado en los alimentos, la energía o la deuda pública. El mercado ha funcionado, pues, estupendamente. Lo que ha fallado ha sido la política. Primero, desregulando la vida económica, permitiendo una monstruosa concentración de riqueza y poder en manos de una clase corporativa desmesuradamente ávida de lucro y desquiciadamente adicta al juego de alto riesgo. Y después, una vez consumada la catástrofe, pagando obedientemente su cuantiosa factura, recortando derechos, endeudando al Estado y empobreciendo a sus ciudadanos, sin haber exigido cuentas a la casta responsable ni haber reformado significativamente el sistema que ha hecho posibles sus desmanes.

El impacto agregado del endurecimiento de las condiciones de vida y de la pérdida de credibilidad de las instituciones puede resultar demoledor en el plano cultural y moral. Puede, y esta es la conclusión hacia la que apunta una observación de nuestro entorno político, empujar a amplios estratos de población hacia la más absoluta desafección democrática, bien abandonándose al abstencionismo electoral y la desmovilización cívica, bien abrazando activamente valores expresamente antidemocráticos, que pueden ir abriendo brecha en la esfera institucional y asentándose en las legislaciones.

En Gran Bretaña, el nuevo ejecutivo liberal-conservador de David Cameron acomete una oleada de recortes sociales sin precedentes, y no tocará una coma de las abusivas medidas “anti-terroristas” de la era Blair. En Francia, Nicolás Sarkozy, envuelto en un gigantesco chanchullo que implica a algunas de las mayores fortunas de Francia, descarga una brutal operación de limpieza étnica contra los ciudadanos de etnia gitana. Algo que ya hizo en Italia el ex-showman de cruceros Silvio Berlusconi para aumentar su popularidad y mantenerse bailando en el poder, con la mafia cogida de una mano y la extrema derecha neofascista de la otra (algo que ya ensayan entre nosotros Esperanza Aguirre en Madrid y Francisco Camps en Valencia). En España, José Luís Rodríguez Zapatero (como José Sócrates en Portugal y George Papandreu en Grecia) gobierna al dictado de la prensa financiera, las agencias de calificación y el Fondo Monetario Internacional. En EEUU, el impulso renovador de Barack Obama se deshace entre sus propias contradicciones y el empuje arrollador de la derecha racista y militarista del Tea Party. Este es el reverso político de la crisis económica: la degeneración de la democracia en un sistema en el que las exigencias del mercado lo son todo, la soberanía popular no vale nada y los valores cínicos y totalitarios más repulsivos empapan la vida social y la psique de los individuos.

Desde las grandes revoluciones de los siglos XVIII y XIX, el capitalismo ha mantenido una compleja dialéctica con la democracia política, cuyas potencialidades más positivas fueron cristalizando, gracias al empeño de las clases populares (y, en alguna ocasión, a la sensatez de las clases dominantes), en conquistas como el derecho al sufragio y la sindicación, la reducción del tiempo de trabajo o los sistemas públicos educativo, sanitario y de pensiones. El neoliberalismo resuelve esta dialéctica rescindiendo todo compromiso del capitalismo con la democracia, suplantándola por una oligarquía corporativa apenas parapetada tras una vaga pantomima de legitimidad electoral, y visiblemente proclive a respuestas populistas y autoritarias ante situaciones de crisis como la actual.

Sería injusto afirmar que no existe una respuesta desde la izquierda cultural, social, sindical y política frente a esta deprimente deriva histórica. Restallidos de resistencia antineoliberal centellean sobre el mapamundi, de Nueva Delhi a Reykiavik, de Atenas a Fort-de-France, de Madrid a Johannesburgo... Pero no nos engañemos: todavía ninguna con la consistencia, la fuerza y la firmeza suficientes para voltear la correlación de fuerzas entre capitalismo y democracia, y corregir el rumbo del navío de la Historia antes de que se adentre en un puerto de sombras en el que la democracia será nada más que un recuerdo nostálgico o un anhelo insatisfecho.

Sin el poder corrector de una democracia fuerte, el capitalismo no es más que un pasaporte directo hacia el infierno. Y el capitalismo decidió hace ya tiempo desembarazarse totalmente de la democracia. Ahora resta saber si sociedades e individuos están preparados para desembarazarse del capitalismo, o sí, por el contrario, se aprestan a internarse, en casi total mansedumbre, en los humeantes hornos crematorios de un holocausto neoliberal. En los años 30 del siglo XX, una monstruosa crisis económica de matriz financiera y unas democracias débiles y desprestigiadas abrieron las puertas al fascismo y el nazismo, y terminaron desencadenando una devastadora conflagración mundial. No sucederá igual que entonces, ni sucederá pasado mañana. Pero ese es, en términos generales, el horizonte hacia el que, a día de hoy, y con toda obstinación, nos encaminamos.

Jónatham F. Moriche, Vegas Altas del Guadiana, Extremadura Sur, julio de 2011

http://jfmoriche.blogspot.com | jfmoriche@gmail.com 

[Publicado originalmente en el nº 17 (julio de 2011) de Ambroz Información. Edición digital en http://www.radiohervas.es]

 
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