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Propuesta de la cultura dominante: clonación y misery
La importancia sintética del idioma de Shakespeare. Misery significa más.
Ernesto González de Chicago, Estados Unidos | Para Kaos en la Red | 23-10-2008 a las 0:44 | 584 lecturas
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Entrada al Primer Mundo: Misery Entre la riqueza sintética del lenguaje de Shakespeare (maltratado, vejado incluso, por el apuro en todos los órdenes que la vida moderna y el mundo de los negocios nos impone), la palabra misery reúne admirablemente en esas tres sílabas, la ordalía de este maravilloso Primer Mundo. El filme homónimo de los años ochenta ilustra la situación, en el    lenguaje del buen quehacer cinematográfico.
 
Misery es mucho más que pobreza o miseria en términos físicos. Es padecimiento físico prolongado, aflicción, calamidad y sobre todo continua infelicidad. O sea, el término cubre un amplio espectro del padecimiento humano, desde lo físico hasta lo psicológico y espiritual. En dependencia del contexto, claro está, el adjetivo acentuará el tono de lo que se quiere describir, pero lo terrible es que muchas veces puede asumir en un solo caso todo el espectro semántico de que es capaz.

Sin embargo, living in misery, es una frase que nunca le he escuchado a un negro norteamericano, abundantes en esta ciudad donde vivo, y a ningún otro miembro de las variadas minorías que la habitan. Por el contrario, se la he escuchado bastante a menudo a    los blancos acomodados. Los personajes sofocados del excelente cine independiente norteamericano recurren a ella, y quizás Woody Allen fue uno de sus iniciales plasmadores en el celuloide, a la manera de modus vivendis y operandis.

Hace tiempo se viene cuestionando el poder abrumador de la tecnología en nuestros días,
el peligro, incluso, de muchas de sus manifestaciones. Peligro físico (donde por supuesto, unos estudios científicos contradicen a otros pagados por las compañías productoras de los productos), y sobre todo y más inmediato, el peligro psicológico. Lo que debiera ser un instrumento de conocimiento y comunicación, se está convirtiendo (o ya lo está), en un arma de control, condicionamiento, aislamiento, imitación y destrucción.

En el magnífico documental Surf Wise, acerca de un judío liberal americano que decide criar a sus nueve hijos en una utopía que incluye pero no se limita al surf y a los libros (me lo imagino dando su apoyo irrestricto a los palestinos, como hacen muchos de ellos en esta ciudad), Dorian Paskowitz plantea sin ninguna lanosidad en la lengua, que una cultura que devalúe el sexo, se inunde de pornografía y convierta a la gente en meras marionetas mecánicas e imitativas en sus relaciones íntimas, refleja una imparable declinación.

Tengo entendido que la pornografía es la mayor industria del Internet y la de más constante crecimiento. Las ramificaciones de esa industria son infinitas, como el poder de las famosas píldoras, que convierten el acto más natural y nutritivo que existe en una reacción química que propulse el agotamiento y la frustración. Y por favor, nadie está hablando aquí en contra de la belleza física, ni nada parecido.  

Esto no es más que un ejemplo (quizás un tanto burdo) de lo que no mencionan los “medios libres de comunicación”, comprometidos ellos mismos con la venta de toda esa ringlera de productos destinados a hacernos la vida fácil, “encontrar nuestro verdadero yo”, “cambiarnos la vida”, etc.  

Pero volvamos al término misery y a su amplio uso por los blancos acomodados norteamericanos. En las enormes cadenas de librerías, donde tanto abundan los libros de auto-ayuda y los de how to (¿no suena raro que dentro de tanta libertad, la necesidad de que nos digan cómo hacer las cosas constituya un próspero mercado), también podemos hallar textos excelentes.

Hay ciertas escuelas de pensamiento y psicología que definen la mente como un mecanismo de deseo. Las personas que no descubren este truco, son muy propicias a adjudicarse a sí mismas la característica de living in misery. Y parecen ser aquéllos que  han acumulado de todo lo que es posible acumular. Porque el más no conoce fin, sino un interminable más. El que no lo crea, que le pregunte a esos dirigentes corporativos que acaban de gastar cientos de miles, del dinero destinado a su salvación bancaria provisto por nosotros, en una de sus fiestas fancy.

En ningún momento se está tratando de decir aquí que la pobreza es buena, como tampoco se intenta reforzar las bondades de la riqueza. Citando a otros de esos autores que parecen haber encontrado un término medio, sabroso y acogedor para sus vidas, diría que tanto un extremo como el otro deberían ser evitados.

La propuesta de soñar en vez de vivir, que tan graciosamente nos impone la cultura dominante, con sus componentes imitativos y ya pandémicos, está decolorando al planeta al mismo ritmo que derrite sus hielos y homologa nuestras vidas con tópicos y pociones que nos llenan de miserias posibles e imposibles.  


Ernesto González, escritor cubano residente en Chicago, ha trabajado para Riverside Publishing, publica en revistas locales y ha enseñado español en la East-West University y en la escuela Cultural Exchange. Sus novelas Habana Soterrada, Memorias de una Bodega Habanera, Descargue Cuando Acabe y Bajo las Olas las ha publicado en BookSurge y están disponibles en amazon.com y lulu.com. En la actualidad trabaja como traductor en el periódico en español Hoy, del Chicago Tribune.
 
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