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Promesa de Fe, entre cubanos y otras cosas.
“Pídele a la Virgen”, le dijo el cura, entonces caminó hasta el santuario, hizo la promesa de fe y de regreso llevó el hijo al doctor cubano que atiende a los pobres… el milagro se hizo…
Pepe Cuba | Para Kaos en la Red | 25-12-2008 a las 20:09 | 804 lecturas
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Promesa de Fe Magdalena, ataviada con su traje multicolor, anda penosamente de rodillas, por la calzada empedrada que lleva al santuario, dejando tras de sí un rastro casi imperceptible de sangre y dolor, mezclado con el inconfundible olor de la penitencia, cumple su promesa por el milagro concedido… A su lado camina el hijo salvado de la terrible enfermedad, cargando la gastada bolsa llena de ropa, botellas de agua y comida para el peregrinaje.

“Pídele a la Virgen”, le había dicho el cura, entonces ella caminó en procesión los 500 kilómetros hasta el santuario, hizo la promesa de fe frente a la imagen de la virgen y de regreso, llevó el hijo al doctor cubano que atiende a los pobres… el milagro se hizo…

Ahora pagaba la promesa… ese era el trato con lo divino…

De regreso a su polvoso pueblo, colgado como un balcón del cerro,se enfocó en lo cotidiano, que desde que llegaron los cubanos había dejado de ser.

“M_i_s_ad_e_lG_a_ll_o” deletreó emocionada sosteniendo en sus manos el boletín de la Iglesia que por años el Padre Juan había publicado por obligación y sin esperanzas, “Misa del Gallo”, repitió en voz alta, sus ojos resplandecían…

“Cuanto es”, preguntó al tendero, “cinco con cincuenta”. “Ahí dice 3, jijo… ¡que ya yo sé leer!”…

Hoy era un día importante, con apuro sacaba las tareas de la casa, así que cuando escuchó los golpes al frente hizo una mueca de descontento. “Buenos días, Hermana”, saludó el hombre parado frente a su puerta, “si me permite, quisiera entregarle este libro que trae las nuevas buenas”…

Lo miró desconfiada, el Padrecito ya la había alertado sobre esos “provocadores” que pasaban de puerta en puerta, tratando de convencer a la gente.

“Lo siento, ¿no leyó el cartelito?, ¡aquí somos Católicos!”, le dijo intentando cerrar la puerta con firmeza.

“Son tiempos de volver a la Palabra, aquí está escrito”, le dijo el evangelista enseñándole la Biblia, “ese es el libro del padrecito, yo no lo debo leer”, le respondió furiosa, tirándole la puerta sobre las narices…

En la tarde fue a recibir su diploma de Alfabetizada de manos del Director Regional de Educación, había música, comida sobre largas mesas adornadas con tiras de papel, vasitos plásticos, banderitas cubanas y botellas de Coca Cola. Nunca se había sentido tan feliz, tan importante, le habían sacado una foto para el periódico de la municipalidad y hasta el Cura había asistido. Ella había sido la alumna más destacada del grupo.

“Magdalena, llévate estos libros para que los leas y repartas a tus amistades”, le dijo el maestro cubano, cuando más tarde, en la oficinita del viejo caserón que servía de escuela, le entregaba unas ediciones de “la Historia me absolverá” con la imagen en blanco y negro de Fidel en la portada.

“¿Y ese?”, preguntó curiosa, señalando la vieja edición del Anti-Dühring, que el maestro ocultaba inaccesible en el anaquel superior del destartalado librero, “ese no lo vas a entender” le respondió…

Como todos los viernes, entrada la tarde, llevó flores a su difunto marido, muerto en una explosión en la mina; cambió el agua y tiró los despojos de la semana anterior,sacudió la tumba con el trapo que siempre llevaba y arrancó con cuidado algunos cardos que habían crecido al descuido…

“Juan, ha sido una semana increíble, ya me gradué, ¡ya se leer y escribir!, pagué la promesa a la Virgen, el maestro me regaló unos libros y le reclamé al tendero por cobrarme de más…”, comenzó a platicarle con los ojos llenos de vida.

A lo lejos el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, comenzó a hacer frío, pero ella solo veía el rubor rojo del atardecer, como una promesa de fe.

A la salida se tropezó con la vieja lápida del desconocido con la que la asustaba su padre de niña, y leyó lentamente, sin comprender, la gastada inscripción“…entonces estarán más solos que antes, pero no se darán cuenta, porque la muchedumbre mata la intimidad” (1).

(1) “la muchedumbre mata la intimidad” frase que escuche de boca del maestro Carlos Monsiváis.

 
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