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Progreso, siniestros y medios
Antes quizá se muriese de premiosidad y lentitud. Hoy se muere de vértigo, de estrés, de impaciencia, de aceleración, de sobreabun­dancia en unos sitios y de miseria en otros.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 22-8-2008 a las 11:40 | 703 lecturas
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  Hasta si al desarrollo econó­mico los gobernantes no le imprimen celeridad porque no pueden (pese a que la progresión aritmética en términos de totalidad es paralela a la progresión geométrica en la distancia entre ricos y pobres), todos se aver­güenzan porque ir al paso y no al galope se tiene por signo de empobrecimiento y de retraso. ¿A dónde nos quie­ren llevar  desde esta patente cosificación?

  La cosa es vivir bajo el síndrome de la velocidad. Se va de acá para allá sin saber a qué o para hacer lo mismo que se hacía antes de salir. La cuestión es ver en flash otros lugares. Cuantos más mejor. A eso llaman turismo.  No importa no tener ni idea de haber vivido una experiencia en un abrir y cerrar de ojos que no puede calar en el alma (en la que tampoco se cree) por su propia compre­sión o compactación. A todo se le da el mismo trato...

  La importancia dada al dinero por estas sociedades corruptas por definición desborda con creces la importancia de cada vida humana. Esa prioridad se nota en todo. Hay un acuerdo siniestro y tácito en­tre todos los que forman parte del grupo que gobierna donde sea y en lo que sea, para considerar la vida así. ¿Muere una persona por la negligencia o la temeridad de otras?, pues en pleno desconsuelo ya están maquinando éstas aplacar con dinero al familiar del falle­cido...

  Es ésta una sociedad odiosa y peligrosa. Avergüenza a cualquiera que tenga un mínimo de dignidad y sepa graduar qué es dignidad. Hay alguien de entre los familiares de las víctimas del aeronave de la muerte en Barajas que gritó desesperado "¡Dejen de tratarnos como si fuése­mos dinero!" Porque así es. Todo se reduce a dinero. Es la medida de to­das las cosas. De las materiales como de las es­pirituales. De la vida como de la muerte. No se ha encontrado ni se busca otra vara de medir. Y luego, derechas e izquierdas se llenan la boca de la palabra "valores". Ni la empresa, ni el gobierno, ni los medios -colectivos compuestos de seres de carne y hueso- piensan en otra cosa que no sean dinero y psicólogos de ocasión. Se ve a la legua que los medios y los perio­distas que trabajan en ellos, no ven otra cosa en tragedias como ésta que un maná de ingresos por pu­blicidad, que una magra oportunidad para rellenar parrillas de pro­gramación, que una fuente de motivos para arrojar a la cara de quienes gobiernan la culpa de lo que se supone es al fin y al cabo un accidente más...

  Mueren miles de personas cada mes por accidente de tráfico; cientos de personas por accidentes laborales al cabo del año; miles de personas por muerte natural a cada segundo; millones en las in­vasiones guerreras del imperio y por hambre, falta de agua y desnu­trición... Y accidentes como éste de Barajas se convierten en un foco de tensión y obsesión informativa con pelos y señales que nos hacen vomitar. No por el llanto que produce la tragedia, sino por el talante carroñero de los medios nauseabundos sacando provecho del morbo y del dolor...

  La galaxia mediática, sus necesidades perentorias y sus excusas están pulverizando lo poco que queda en la sociedad de auténtica compasión y consternación transmutadas en gratuito pa­tetismo y en enfermiza curiosidad.


  Pero no es esta sociedad -abstractamente considerada y encar­nada en esos medios implacables- sólo la aberrante, que también en comparación con la sensibilidad que muestran en casos semejantes otras europeas. Es el modelo, es el sistema. Es el fruto azufrado del neoliberalismo económico enalbardado en una miserable moral compuesta de conchones de una ética que desaparece como las especies orgánicas a razón de mil por día. Es ello lo que nos está situando al nivel no ya del primate o del paquidermo, mucho más humanos, sino del despojo zoológico.

 
 
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