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El poder del lado oscuro de la fuerza. Presiones, falacias e intereses atómico-nucleares
Exigencias nucleares se airearon sin tapujos en el reciente debate sobre la central de Santa María de Garoña.
Salvador López Arnal & Eduard Rodríguez farré | Para Kaos en la Red | 25-11-2009 a las 15:40 | 848 lecturas
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Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº 106, verano 2009, pp. 117-141.

                                        Para Gladys del Estal, in memoriam

Quienes hablan, hoy, de seguir construyendo reactores nucleares no han comprendido nada de la tragedia de Chernóbil. Y Chernóbil era, quizá, la última advertencia de la que podíamos aprender, si es que ha de existir en el futuro una humanidad libre sobre una Tierra habitable.

Mi convicción personal es que la única energía nuclear limpia y segura, que hemos de reivindicar sin tregua, es la de las reacciones de fusión que tienen lugar en el interior del sol y nos llegan luego en forma de bendita luz solar que caldea la atmósfera, mueve los vientos y nutre la vida.

                                                  Jorge Riechmann (2007).

Es curioso que en España haya esa discusión, cuando en los foros que se debate la economía verde España aparece como un país puntero en el mundo en tecnología eólica con el que Estados Unidos pretende competir y se considera lejos del nivel español. Antes de invertir en nuevas centrales nucleares hay campos donde se puede actuar de inmediato para ahorrar energía y con escaso coste económico como en la eficiencia energética de edificios, apostando por el transporte público, como ya hace España, o mejorando la red eléctrica. Son actuaciones poco costosas que solucionarían el problema como una central nuclear nueva. Pero las centrales nucleares no resuelven las necesidades energéticas, tienen una vida limitada y no son seguras. Si se va a gastar tanto dinero, sería mejor apostar por soluciones permanentes e invertir en energías renovables.

                                                      Robert Pollin (2009)

I. VERANO DE 2007: SECRETOS Y MENTIRAS.

Finales de julio de 2007. Un terremoto de intensidad 6,8 golpea la provincia de Niigata, en la isla de Honsu, a 200 km de Tokio y pone fuera de funcionamiento Kashiwazaki-Kariwa, una gigantesca planta nuclear, una de las más grandes del mundo. Nueve personas fallecen y un millar resultan heridas a causa del terremoto. Se destruyen o dañan unas 800 casas; vías y puentes quedan impracticables; se corta el suministro de agua, gas y electricidad; se averían instalaciones industriales de la zona.

El accidente generó preocupación sobre la seguridad de ‘lo nuclear’. La planta, propiedad de la TEPCO (Tokyo Electric Power Company), posiblemente esté situada encima de la línea de una falla sísmica. Los informes elaborados en aquellos momentos hablaban de fugas radiactivas, de conductos obsoletos, de tuberías quemadas, aparte de los incendios. Varios centenares de barriles de residuos radioactivos se vinieron abajo. Marina Forti[1], una informadísima periodista especializada en problemas ecológicos y mediombientales, hablaba de más de 1.000 litros de agua radioactiva vertidos al mar[2], y de fugas de isótopos radiactivos en la zona. Los mismos responsables de la central, después de dudas y vacilaciones, lo admitieron finalmente: el terremoto provocó un desastre. Lo sucedido no fue una "pequeña fuga" radiactiva, sin consecuencias para el medio ambiente. Tardaremos en saber todo lo sucedido y cuáles han sido sus consecuencias, apuntó Forti. Seguimos en esa situación.

Una agencia japonesa divulgó que un centenar de barriles de escoria de baja radiactividad resultaron afectados por el terremoto; otros, sin precisar el número, se desprecintaron. Un portavoz empresarial admitió finalmente que “sólo” la mitad de los 22.000 barriles almacenados cerca de la central -es decir, ¡11.000 barriles!- estuvieron bajo control los días siguientes al accidente y también aceptó que se habían producido emisiones a la atmósfera de "pequeñas cantidades" de sustancias radioactivas como cobalto 60, yodo y cromo 51. Unas doce mil personas tuvieron que ser evacuadas de Kashiwazaki, una ciudad de unos 95.000 habitantes cercana a la central.

El portavoz de TEPCO tuvo que aceptar que los reactores de la central nuclear fueron diseñados para resistir terremotos, pero sólo –insistió- hasta determinada intensidad, inferior a la magnitud del seísmo registrada aquel lunes de julio de 2007. Se desplomó con ello uno de los últimos mitos sobre seguridad de la industria nuclear: la creencia cientificista de que es posible construir plantas capaces de resistir todo tipo de terremotos.

El ahora ex primer ministro japonés, el conservador Shinzo Abe, declaró poco después de lo ocurrido que creía que las centrales nucleares sólo podían ser gestionadas con éxito contando con la confianza de la ciudadanía. Confianza ciega o cegada, quiso decir

En un escrito de Eduard Rodríguez Farré publicado como nota editorial en mientras tanto en 1981[3] ya se hablaba de que el secreto y la tergiversación empresarial y gubernamental sobre los riesgos ambientales y sanitarios de determinadas actividades industriales habían sido puestos en evidencia de forma notoria durante un accidente nuclear en otro central japonesa, en la Tsuruga. En esta ocasión, entre el 10 de enero y el 8 de marzo de 1981, ocurrieron fugas de líquidos radiactivos, pasando unos 40.000 litros desde los depósitos de residuos de la central a las cloacas de la vecina ciudad de Tsuruga, donde entonces vivían unas cien mil personas. El accidente, entonces el más grave desde el comienzo de la nuclearización nipona, no fue conocido por los habitantes de la ciudad, ni por la ciudadanía en general, hasta el 20 de abril, unos cien días después. Más tarde se supo que la empresa propietaria de la central, la Compañía Japonesa de Energía Atómica, conocía perfectamente los hechos desde el principio y que hizo todo lo posible para ocultarlos.

Sin olvidar lo ocurrido en Tokaimura en 1999. Este accidente nuclear, a 120 kilómetros al noreste de Tokio, no lejos de Naka-machi, se considera el más grave después del de Chernóbil. Su causa fue la reacción en cadena que se produjo por la decantación de una cantidad anormalmente elevada de solución de nitrato de uranio enriquecido debido a un error humano en su manipulación. Los dos obreros de la central que participaron en el proceso fallecieron al recibir dosis letales. El Informe de los inspectores de la AIEA (Agencia Internacional de Energía Atómica) sobre este accidente[4] constata que se produjo por la manipulación de uranio enriquecido hasta un 19% en U 235 en cantidades tales -16 kg en total- que superaron la masa crítica - algo más de 2 kilos- iniciándose con ello una reacción de fisión. Se consigna igualmente que la planta llegaba a enriquecer uranio hasta un 50%. Una pregunta sin fácil respuesta parece imponerse: ¿para qué enriquecía Japón uranio hasta estos niveles?

Este es, sucintamente, el marco –político, económico, militar, de seguridad, de (des)información a la ciudadanía- en el que se suele mover y proyectar la industria nuclear. Veamos algunas de estas aristas con un poco más de detalle.

 

II. VIENTOS QUE AGITAN HURACANES Y GRANDES CORPORACIONES

A principios de 2006 existían en el mundo 443 reactores nucleares en funcionamiento. Estaban localizados en 31 países y proporcionaban, aproximadamente, el 16% de la electricidad mundial. Los seis principales Estados productores -Estados Unidos, Francia, Japón, Alemania, Rusia y Corea del Sur- generaban las tres cuartas partes de la energía total. Francia seguía siendo, sigue siendo, el país más “nuclearizado”: en torno al 80% de su electricidad tiene ese origen[5]. Sin embargo, Austria, Noruega, Italia[6], Portugal, Irlanda y Dinamarca, por ejemplo, no utilizan centrales nucleares en la generación de la electricidad que consumen.

España poseía en 2006 diez instalaciones nucleares. Entre ellas, la central de José Cabrera en Zorita (Guadalajara), que cesó su actividad a finales de abril de ese mismo año[7], y la de Vandellós I, en Tarragona, en fase de desmantelamiento. Nuestro país cuenta, además, con una fábrica de combustible nuclear en Juzbado (Salamanca) y un centro de almacenamiento de residuos radiactivos de baja y media actividad en El Cabril (Córdoba).

La situación parecía estabilizada. Sin embargo, lo nuclear ha vuelto a primer plano y aparece frecuentemente, y con intereses no ocultados, en primera página de diarios, revistas y publicaciones. Según la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), dependencia con sede en Viena de la ONU, en ese 2006 había veintitrés reactores nucleares en construcción en el mundo, además de varias decenas de nuevos proyectos y propuestas. Incluso en el vigésimo aniversario de la que sigue siendo inconmensurable tragedia de Chernóbil, se señalaron desde diversas tribunas las numerosas “ventajas” de esta fuente energética. La Administración Bush II, por boca de su Comandante en Jefe, apostó abiertamente por ella, presentándola como energía limpia, ecológica y alternativa a los combustibles fósiles. Seguro y taxativo, con argumentos prestados y envuelto en falsos ropajes ecologistas, el presidente neocon afirmó que su uso no incrementaba la emisión de gases de efecto invernadero.

La energía nuclear intenta renacer en Estados Unidos después de haber estado treinta años sin permisos para nuevas instalaciones[8]. Los poquísimos reactores que han entrado en funcionamiento durante este período fueron autorizados antes del accidente de la central de Harrisburg (Pennsylvania) en 1979. La industria nuclear norteamericana, que genera en torno al 20% de la electricidad del país, lanzó un ambicioso y enérgico plan de acción: cinco nuevos reactores funcionando en 2015, una docena en 2020 y medio centenar en 2050, unos setenta en total, lo que representaría, caso de realizarse, un incremento del 68% respecto a sus 103 reactores actuales[9]. John Rowe, el presidente ejecutivo de Exelon, el mayor productor de energía nuclear de USA, declaró abiertamente, por si las cosas no estuvieran ya claras, que siempre era gratificante tener al presidente del país de parte de uno. Los principales candidatos demócratas a la designación para la presidencia norteamericana en las elecciones de 2008 no manifestaron posiciones contrapuestas en este ámbito. Tampoco el ahora presidente Barack Obama.

A pesar del actual torrente de malos indicadores económicos, senadores republicanos como Lamar Alexander siguen pidiendo una masiva financiación gubernamental para la construcción de reactores. Alexander aspira a que EE.UU. construya unos cien nuevos reactores en los próximos años, aunque el sector privado no los financie o asegure. Activistas ecologistas norteamericanos han rechazado paquetes de garantías de préstamos federales para financiar la construcción de una nueva generación de centrales y siguen produciéndose fuertes batallas para impedir la prolongación de reactores viejos como Vermont Yankee e Indian Point de Nueva York. La industria nuclear, también la norteamericana, se aferra desesperadamente a todo el dinero federal que puede conseguir. Después de más de cincuenta años, esa industria, supuestamente puntera, no puede conseguir financiación privada ni seguros de responsabilidad civil, no puede ocuparse de sus peligrosos desechos y no es capaz de demostrar su capacidad de producir “productos nuevos” en un tiempo acordado o dentro de los presupuestos establecidos.

Son conocidos los pronunciamos pro-nucleares del ex ministro británico Tony Blair, especialmente en los últimos años de su mandato. El mandatario laborista ha sido un publicista destacado a favor de la opción nuclear. Marcel Coderch[10] ha recordado que The Guardian había informado en julio de 2004 que uno de los ideólogos del ataque y ocupación de Irak había comunicado a un grupo de parlamentarios británicos que Estados Unidos estaba presionando fuertemente a Gran Bretaña para que reconsiderara su opción nuclear y que, en su opinión, el país debía tomar urgentemente decisiones difíciles. Él mismo había luchado y lucharía, dentro y fuera del laborismo, para que la opción nuclear no permaneciera bloqueada en el Reino Unido. No fueron sólo palabras. El promotor de la tercera vía dejó en este ámbito un legado altamente significativo: con la creación del Nuclear Decommissioning Authority, el gobierno británico liberó a la  empresa British Nuclear, privada por supuesto, de un gasto de 100.000 millones de euros, el importe que costará a las finanzas públicas el desmantelamiento de las viejas centrales nucleares[11].

En la Unión Europea, la presidenta finlandesa de la Unión en 2006 decidió también “romper el tabú” y proponer una discusión sobre el futuro de la energía nuclear en las próximas cumbres europeas. “Tabú” era, en este caso, información y saber críticos. Sea como fuere, hay actualmente en construcción diez centrales en Europa: una en Finlandia, otra en Rumanía, cuatro en Rusia, dos en Bulgaria… y ¡dos más en Ucrania!, en el lugar donde se produjo el accidente de Chernobyl. Nueve de ellas en países de la antigua Europa del Este.

Pero no todos los vientos soplan en la misma dirección. En Alemania operan en la actualidad 17 centrales nucleares. El sábado, 4 de julio de 2009, un cortocircuito en un transformador disparó el mecanismo de desactivación de la central de Krümmel, junto a Hamburgo, una de la centrales más antiguas. El incidente ocurrió justo antes de que el reactor volviera a entrar en funcionamiento tras dos años de inactividad por un incendio, también en un transformador[12]. El Ministro del Medio Ambiente, Sigmar Gabriel del SPD, firme partidario del abandono de la energía nuclear, sostuvo que era necesario apagar definitivamente el reactor. Gabriel propuso igualmente que los Estados federados renunciasen al control de sus centrales para tener una administración unificada bajo la dirección ejecutiva de una agencia federal y consideró la posibilidad de obligar a cerrar por ley las centrales más antiguas. Socialdemócratas y verdes alemanes acordaron, cuando gobernaron conjuntamente desde 1998 a 2005, el abandono gradual de esta fuente energética.

Sin embargo, las presiones de las grandes multinacionales del sector empiezan a tener sus efectos, especialmente en países emergentes que en su momento coquetearon con lo nuclear aunque posteriormente aparcaran el desarrollo del sector. El gobierno de Lula ha decidido resucitar su programa nuclear tras 20 años de parón y poner en marcha el reactor Angra 3[13], con una inversión de 2.700 millones de euros y una capacidad de producción de 3.000 megavatios, que se sumará a sus dos reactores de enriquecimiento de uranio en Angra 1 y Angra 2. Si fuera necesario, según el propio presidente brasileño, se construirán en Brasil más centrales porque la nuclear es, en impropia afirmación de un dirigente socialista informado, “una energía limpia y segura”.

El Foro Nuclear Español por su parte, en su persistente defensa de la energía nuclear, recuerda día sí, otro también, que ésta es la única fuente que en España puede suministrar grandes cantidades de energía, con bajo consumo de combustibles fósiles y sin emitir contaminantes atmosféricos. Analistas del Foro han calculado, y publicitado con extrema generosidad, que las centrales nucleares españolas han evitado la emisión anual de 40 millones de toneladas de CO2. En este falsario e interesado canto verde de la energía nuclear suele olvidarse la gran cantidad de residuos radioactivos peligrosos que se generan y sus decenas de miles de años de vida. No es ésta la única falacia que esgrimen en sus argumentaciones, veremos otras, pero hoy es una de las aristas esenciales de la nueva saga de su tenaz combate.

El ex primer ministro Felipe González declaró, y volvió a insistir en ello a propósito de la central de Garoña, que había tomado la decisión de la moratoria nuclear hacía ya un cuarto de siglo por problemas de seguridad y por el “agobio y sobrerresponsabilidad” que suponía la eliminación de los residuos radiactivos, pero que le parecía imprescindible reabrir el debate de la energía nuclear cuyo desarrollo, por lo demás, le parecía imparable.[14]

José María Fidalgo, el ex secretario general de las CC.OO., declaró en 2007, en el campus de la fundación FAES, un escenario ajustado para ello, que era necesario fijar un nuevo mix energético en el que se integrara la energía nuclear que seguía siendo un prejuicio para el consenso progresista sobre el medio ambiente: no se podía prescindir de ella, sostuvo, ya que en España las energías alternativas no eran suficientes. “Ni moratorias ni nada; hay que dar a la nuclear su lugar en el mix energético", esa fue la socorrida y nada original tesis defendida por el ex responsable confederal de un sindicato obrero.

El ex presidente del Foro de la Industria Nuclear Española, Eduardo González Gómez, ha señalado por su parte la necesidad de apoyar el uso de la energía nuclear sin dogmatismos y con realismo[15]. Había que discutir pragmáticamente –la palabra muletilla es usada con insistencia- cómo vamos a utilizar la energía nuclear, más que “insistir en el abandono de una tecnología que permite y permitirá ayudar a resolver los retos energéticos futuros”. Todas las fuentes serán necesarias, también la atómica, que debe seguir siendo una de las bases del sistema dado que su coste de 15 euros megavatiohora era cuatro veces inferior al precio marcado en el mercado diario,  evitando la emisión de 45 millones de toneladas de CO2 (las cifras del Foro no siempre coinciden con exactitud), disminuyendo nuestra dependencia energética exterior y ahorrándonos en nuestra balanza comercial unos 3.000 millones de euros. En síntesis: Energía BLN: barata, limpia y nacional. El representante del Foro Nuclear reclamaba la instalación, durante el período 2008-2020, de 15.000 megavatios (MW) de potencia en centrales nucleares en España para garantizar el suministro energético español.

No sólo desde la industria, y organizaciones políticas afines, se proclama la necesidad de lo nuclear. Lo cultural, como señalara Antonio Gramsci, da cohesión al sistema en su conjunto. Patrick Moore, el presidente y dirigente de Greenspirit Strategies de Vancouver, fundador de Greenpeace y ex miembro de la organización, anunció su cambio de opinión[16]. Si hace treinta años creía que la energía nuclear era sinónimo de holocausto, Moore[17] sostiene ahora que es quizá el mayor avance científico de la historia y que es la única fuente de energía no emisora de gases invernadero que puede reemplazar con efectividad a los combustibles fósiles, satisfaciendo al mismo tiempo, y sin correcciones en este punto, la creciente demanda mundial de energía. Por lo demás, curioso vértice argumentativo, el doctor Moore ha señalado, y ha pretendido razonar con ello, que debíamos perder nuestro temor a la energía atómica dado que “en medicina se utilizan materiales radiactivos para diagnosticar y tratar a millones de personas cada año, y no pasa nada”[18].

James Lovelock, por su parte, uno de los científicos partidarios de la idea de Gaia, cree también que la energía nuclear es la única manera de evitar un cambio climático que sería desastroso para nuestro planeta[19]. Stewart Brand, un reconocido pensador ecologista holístico, ha afirmado igualmente que el movimiento verde debe aceptar la apuesta nuclear para reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles contaminantes.

Bien miradas las razones expuestas por personas y grupos pronucleares no son muy distintas de las que se esgrimían hace ya más de 30 años. También son similares las falacias cometidas. Abundan, eso sí, los toques de (post)modernidad: lo nuclear es bueno porque reduce la dependencia del petróleo y del gas natural, porque no emite dióxido de carbono, porque permite cubrir las necesidades crecientes de electricidad, porque las centrales son seguras y baratas, obviando por supuesto el problema -que sigue siendo irresoluble- de los residuos radiactivos, la gravedad de los accidentes en centrales, como demostró Chernóbil para siempre, o que las reservas de plutonio “civil”, producto generado por la industria nuclear, superan ya las 230 toneladas, una cantidad que dobla el contenido de 30.000 cabezas nucleares. A pesar de ello, se siguen incumpliendo los compromisos que se asumieron con el Tratado de No Proliferación[20].

        Más de veinte años después de Chernóbil, sólo el 12% de los ciudadanos europeos apoya el uso de la energía nuclear, cifra que en algunos países como España se reduce al 4%[21]. Si la historia, la información contrastada y la ciudadanía cuentan realmente, estos datos, que reflejan reiteradamente el sentir de la opinión pública europea, deberían contar. En oposición a argumentos publicitarios, pletóricos de defensas interesadas, los partidarios de lo nuclear deberían admitir que esta energía sigue siendo cara, peligrosa e innecesaria. Las energías preferidas por los ciudadanos europeos son la solar y la eólica.

Nuevamente, en los grandes medios de comunicación y persuasión, mientras se silencian o se sitúan en un plano secundario las posiciones de los críticos[22], sólo se pueden expresar abiertamente el poderoso sector de los pronucleares, algunos de cuyas posiciones son tan poco sólidas que han merecido este enérgico apunte de Marcel Coderch: un plan de construcciones nucleares que tuviera como finalidad eliminar los combustibles fósiles de la generación eléctrica sería totalmente inviable puesto que requeriría la construcción (esta sí en verdad quimérica) de una central cada dos días durante los próximos 25 años, sin que haya en el mundo, según los estudios realizados hasta el momento, uranio suficiente para su funcionamiento y sin saber dónde podría almacenarse los centenares de miles de toneladas de residuos que tal situación generaría. Sería ciertamente viable duplicar la capacidad nuclear, pero con ello tan sólo evitaríamos, si se comparase con la generación equivalente de gas natural, un 8% de las emisiones de dióxido previstas para 2050.

A pesar de ello, exigencias nucleares se airearon sin tapujos en el reciente debate sobre la central de Santa María de Garoña.

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