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Un poco de historia del suplicio
A esa canalla que cono­cemos, promotores del desgraciado nuevo “orden” que impera en el mundo, le espera el odio concentrado pero repartido por todo el planeta.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 22-2-2010 a las 15:35 | 901 lecturas
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  El será lo que ter­mi­ne acabando con ella. Es probable que Hitler sucumbiera más esa carcoma que a otra cosa. Incluso gentes de bien y equilibradas que no sufren de pusila­nimidad, esconden en su pecho los peores de­seos hacia esos de­tritus humanos para que su­fran el consabido es­carmiento.

  Voy a daros ideas:

  En sus Essais, Libro II, cap. XXVII, tratando sobre la crueldad, re­fiere Montaigne lo siguiente: “Calcóndila, en las memorias que dejó sobre las cosas acaecidas en su tiempo y cercanías refiere como extremo suplicio el que practi­caba con frecuencia el emperador Ma­homet. Hacía cortar a los hom­bres en dos partes por la mitad del cuerpo, a la altura del diafragma, y de un solo golpe de cimitarra. De este modo morían como de dos muertes a la vez; y se veía, dice, cómo ambas partes, llenas de vida, se­guían agitándose mucho tiempo después oprimidas por el tor­mento. Pero aún me parece más atroz lo que otros historiadores cuen­tan que hizo este mismo Ma­homet contra unos epirotas. Les hizo deshollar poco a poco con una aplicación ordenada de manera tan maliciosa que la vida les duró quince días en esta situación ex­trema.Y estos dos más. Creso mandó apresar a un gentilhombre y lo llevó a un taller de batanero. Allí hizo que lo rasparan y cardaran a golpe de cardas y peines de este oficio hasta que murió. A Jorge Sí­culo, una vez vencido en ba­talla y capturado por el vaivoda de Tran­silva­nia, lo tuvieron tres días atado en un potro, expuesto a to­das las formas de tormentos que cada cual quisiera infligirle. Final­mente, con él vivo y consciente, hicieron beber su sangre a Lucat, su que­rido hermano. Hicieron que veinte de sus capitanes favoritos comie­ran de él, desgarrándole a dentelladas la carne y engulliendo los pe­dazos. El resto del cuerpo y los órganos internos, una vez expi­rado, fuero puestos a hervir, y los dieron a comer a otros seguido­res su­yos”.

  Es cierto que las torturas infligidas hoy día en principio (y vaya us­ted a saber si no se ha vuelto a ellas) no son tan espectacula­res. Pero lo que sí sabemos es que son todavía peores. Mantener en las con­diciones que conocemos en Guantánamo, en las tenebro­sas cár­ce­les de la CIA, en los cuartelillos y en lugares insospecha­dos, para colmo y en la inmensa mayoría de los casos por simples sospechas, es una atrocidad tal que en el siglo que vivimos tiene su perfecto pa­rangón con los su­plicios contados por Cálcóndila y reco­gidos por Montaigne. Hay que tener presente, por lo demás, que los mercena­rios que la canalla principal envía a matar, no van por una idea noble o por defender la patria o el solar, van a descargar sus instintos más crueles y criminales reprimidos en su sociedad...

  No sé si conseguiré dejar de escribir sobre estas cosas mundanas, pero por si así fuera, antes debo decir que esos miserables, que se han reído de la humanidad y que, en tan pocos años, lejos de espe­ranzarnos en el reino universal de los Derechos Humanos han hecho retroceder a la historia hasta la oscuridad de los tiempos, me­recen alguno de tales supli­cios en correspondencia por los que ellos han causado al mundo, amparados, además, en incontables impos­turas y mentiras. Creo que aun los bien na­cidos y ya que la justi­cia de los países del sistema es conni­vente con ellos, albergan el ín­timo deseo de que sean pagados con su misma mo­neda de bar­barie o que les sea aplicada la Ley del Talión o, en el caso de que se libren de ambas, que sucumban bajo las garras de los vengadores impla­cables: la enfermedad atroz y la ruina total.

 
 
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