Pedro Luis Ferrer, voz auténtica, voz anárquica.
Mi generación apenas le conoce. Nunca fuimos presentados. Para nosotros su nombre es algo como un asterisco marcado en el plano musical de la Isla, una saeta que apunta y distingue con respetuoso recelo la relevancia de alguien de quien hemos escuchado hablar, y hablar muy bien, pero no más.
Pedro Luis Ferrer, sabemos que se llama. Eso sí. Y que ante su nombre nuestros padres esbozan sonrisas, evocaciones, recuerdos nítidos de cuando su persistencia en la radio, en la televisión nacional, hacía pensar que este hijo del mismo Yaguajay que pariera un héroe rebelde, estaría por siempre con sus bachatas, sus changüisas, sus jugarretas verbales, en el concierto diario de nuestra Isla de las Melodías.
Pero se equivocaban. Y su error nos alcanzaría a nosotros, vástagos de los ochenta que metidos en una infancia feliz desconocíamos a Pedro Luis, a sus ritmos y rimas, y no sabíamos que sí era preciso apurarse en conocerle: durante el par de décadas venideras se nos esfumaría de los alrededores más inmediatos, y llegaríamos a lamentarlo.
Porque este es de los imprescindibles. Lo intuí la primera vez que escuché su voz engañosamente trovadoresca, que lo mismo sirve para ser soporte de texto, que para brillar por sí misma cuando el tres y las carcajadas del público le dejan espacio en escena. Es de los que debes dar gracias por conocer.
En un asfixiante cuarto de cemento donde un amigo arquitecto erigía fachadas y balaustradas desde el papel, escuché a Pedro Luis ironizar por primera vez. Su música, peligrosamente contagiosa, llegaba nítida y refrescante desde los temerarios speakers de aquel arquitecto que sonreía con sorna y me preguntaba qué me parecía. Sonreía como un cómplice.
Y en verdad lo era, porque escuchar a este cantador, en ese entonces, todavía se parecía demasiado a un incomprensible ejercicio de subversión. Pero a mí me parecía delicioso, recuerdo. Por su ingenio, por su talento típico y tradicional. Y me resultaba doloroso, a la vez: sentí malestar por no haber sabido quién era cuando, minutos antes, aquel amigo me había preguntado si quería escuchar algún disco suyo. En ese instante tampoco sabía que Pedro Luis Ferrer cargaba con el peso de su valentía, que no debería llamarse así porque nunca llega a ser arrojo, ni necesidad de enfrentamiento, ni realce por oposición, ni manía de pleito. Su valentía se resume en ser digno según el concepto martiano, y amar a la música tanto como a su padre (hacedor de décimas y hermosos recuerdos para Pedro Luis), que ya es mucho decir.
Es por eso que bastó saberlo cerca, dispuesto a regalarles a mis coterráneos uno de los más insospechados conciertos de la última década en Bayamo (“¿Que viene Pedro Luis Ferrer?, ah no jodas…”), para impulsarme a un diálogo que para él podría significar tan solo un periodista y una grabadora, pero en mi caso, era un encuentro con la Cuba nuestra de casi nunca. Nos dábamos la mano, nos presentábamos mutuamente mi generación (que horas más tarde le escucharía cantar en el teatro de la ciudad) y él.
 
Usted ha declarado alguna vez que a partir de los años ´80, cuando fue apartado de los espacios oficiales (televisión, radio, teatros) de nuestro país, prácticamente perdió todo el interés por presentarse ante el público. Han pasado treinta años desde entonces, y muchas cosas persisten pero otras han cambiado. La notable escasez de giras nacionales, de presentaciones de Pedro Luis Ferrer en la actualidad, ¿obedece a la misma causa?
 
Más que eso podría atribuírselo a que, a raíz de aquel aislamiento, me concentré mucho en mi trabajo creativo, en el estudio, donde uno ve muy rápidamente sus cosas realizadas, sobre todo cuando está en trabajos de experimentación. Como no encontraba los espacios para presentarme en vivo en mi país, ni había podido hacer aún giras por otras partes del mundo, decidí dedicarme más al plano de la creación. Luego esa imposibilidad de cantar en espacios públicos te va haciendo perder el hábito, te enamora más de este trabajo de elaboración y grabación.
Sin embargo nunca perdí del todo ese amor por las presentaciones, lo que sucede es que para lograrlas a veces es muy importante el apoyo de las instituciones. Tú puedes dar un concierto no oficial en casa de un amigo, pero no puedes ir haciéndolo por todo el país. Por ejemplo, habría sido muy difícil hacer esta misma gira en la que estoy ahora sin apoyo institucional. Sin ese apoyo yo no podría cantar aquí, porque en Bayamo yo no conozco a muchas personas para que me presten su azotea o su patio para tocar, como tantas veces he hecho desde los años ´80.
Qué sucede, que padecemos un gran aislamiento dentro del propio país. Hace muy poco me decía un periodista en Santiago de Cuba “estamos muy desinformados sobre Pedro Luis Ferrer”, y yo le respondía que también yo estaba desinformado de lo que pasaba acá, en el Oriente y en muchas otras partes de Cuba, porque a veces los medios llamados nacionales reflejan únicamente lo que ocurre en La Habana, y seleccionan muy “con pinzas” lo que pasa en el resto de las provincias. Los medios de difusión no resuelven el problema de la información, eso es una realidad.
De lo que sí me percato es de que la sociedad lo agradece muchísimo, que persiste el público que ha buscado la manera de estar al tanto de lo que estás haciendo, y que lamenta esta desinformación de que hablábamos.
Los repertorios que he incluido en esta gira no son de música nueva, pero sí de música desconocida, que es algo bien diferente. Aquí hay temas que tienen 15 años ya, grabados incluso, y que nunca se han puesto por ninguna parte en Cuba. Están también canciones que fueron muy conocidas en una época porque los medios de difusión las promocionaban en ese entonces.
Lo mejor de todo es que se da un fenómeno interesante: he interpretado canciones que nunca se han radiado, y el público las canta conmigo. O sea, temas que nunca han sido promocionados por los medios oficiales, y que de todas maneras llegan hasta las personas, cosa que nos lleva inevitablemente a cuestionarnos entonces el papel o el protagonismo de nuestros medios. Y que nos demuestra, además, que la sociedad tiene cierta autonomía con respecto a ellos. La televisión y la radio son masivos, y esto es bueno que se sepa, no por el alcance que ellos tengan, no por hasta dónde puedan llegar, sino por la masividad con que sean atendidos.
Entonces, ¿en qué medida puede haberle afectado a Pedro Luis Ferrer este distanciamiento de los medios y espacios oficiales con respecto a su obra? O sea, estamos hablando de un creador cuyas composiciones son intrínsecamente cubanas, incluso en contenido y hasta en forma, y tener que elegir otros públicos del mundo para estrenar sus números, a sabiendas de que el cubano a veces no se enteraba de ellos, no debe haber sido tan simple…
 
Mira, yo no conozco mucho qué está pasando con los medios en la actualidad, qué dicen de mí y qué no, cuáles cosas mías ponen y cuáles no. Pero a mí no me lastran en lo absoluto para mi trabajo. Independientemente de que las canciones hayan sido o no escuchadas, para mí basta con que por primera vez alguien escuche una canción y le guste, y aplauda porque se siente identificado con ella. De qué manera la escucha, si por la radio, en un teatro, en un CD casero o cantada por un amigo, no es cosa que me preocupe.
Más importante que la presencia que tenga el artista en los medios es la necesidad de arte que tiene la sociedad, y su capacidad perceptiva. De esa necesidad sí depende el artista. Y está claro que la sociedad nuestra ha elevado mucho su nivel de percepción, hay un apetito estético que nadie lo puede limitar o frustrar. Cuando los medios oficiales no transmiten alguna canción o un disco no solo de Pedro Luis Ferrer, sino de muchos otros artistas, siempre existe quien se encarga de procurárselo de alguna forma, de copiarlo para sí y para cierta cantidad de personas.
La radiodifusión quizás tendría que hacerse unas cuantas preguntas sobre esto. Hay quienes piensan que la existencia de un artista está marcada por la radiodifusión oficial, como si ese fuera el medio natural de los artistas, y esto es un tremendo error.
Yo todavía toco en patios y azoteas. Independientemente de la relación que pueda tener con las instituciones, independientemente de que me den el Bellas Artes para presentarme, no pierdo el sabor de lo que es reunirme con un puñado de amigos, tocar y oír las opiniones de ellos sobre mi obra. Soy de los que piensan que la cultura no solo la hacen las instituciones, sino que es el hombre en la vida cotidiana, en el diarismo, quien tiene que propiciarla.
Por solo citar el caso de una gran orquesta, te digo que la Aragón fue fundada para bodas, bautizos y cumpleaños. Después que funcionó, que hizo una música válida, es que fue a la televisión y a la radio. Entonces, creo que no sería bueno dejar que todo el acontecer y toda la exposición de nuestra obra esté en manos de los medios y las instituciones. Por otro lado, nuestras obras cobran otra dimensión cuando las instituciones no te dan espacios, cosa que hay que tener en cuenta también.
Ahora, lo que sí es muy hermoso es que los medios y las instituciones nos den espacios. Es muy hermoso que los establecimientos de tu país destinados expresamente para promocionar la obra de los artistas, te ofrezcan sus salas para que pongas tu obra en función del público. Pero si no lo hacen, tampoco puede ser el final del artista.
Hay criterios personales de Pedro Luis Ferrer que son igualmente polémicos e interesantes. Por ejemplo, usted declara en una entrevista para la publicación Consenso: “Yo soy un artista cubano, pero no tengo un compromiso estético con el proceso de la cubanía. Yo soy sencillamente el cubano que quiero ser”. Me gustaría abordar más en detalle esta idea, contando con que pudiera parecer paradójico, tratándose de un músico cuya obra tiene como motivación fundamental su realidad circundante, la vida que le rodea.
 
Esto es muy relativo. Mi afirmación va a una arista en específico: existe un concepto de cubanía prejuiciado, un concepto de cubanía prefabricado, con el que no estoy en lo absoluto de acuerdo. Y te dicen que tú tienes que ser “este” cubano y no otro, y que para ser cubano desde la música tienes que tocar el changüí de esta forma, porque es “lo más importante”, y por eso siempre digo que soy el cubano que yo quiero ser. No el que nadie me imponga. Quiero dar mi propia visión de la cubanía, para eso tengo la capacidad de seleccionar dentro de esta qué es lo que está acorde con mi sensibilidad. En ese sentido sí digo: mis compromisos con la cubanía pasan ante todo por los compromisos con mi propia sensibilidad, y con mi persona.
Yo no puedo aceptar un concepto dictatorial de lo que es la cubanía, porque entre otros elementos, ella misma ha ido cambiando. Nosotros decimos que el danzón es el baile nacional, y yo me pregunto quién baila danzón hoy. Tenemos por ejemplo la obra de Sindo Garay como una de las obras emblemáticas de nuestra cubanía (que para mí efectivamente lo es), pero olvidamos que Sindo bebió mucho de las influencias que llegaban a la Isla, inclusive de la ópera italiana, y tomó de su tiempo lo que estaba acorde con su sensibilidad. Entonces, hay que entrar a valorar qué cosas podemos definir como exclusivamente cubanas y qué cosas han pasado a formar parte de lo cubano a partir de una especie de absorción de otras culturas.
En todo esto existe una dialéctica. Somos un pueblo donde lo cubano es muy diverso, porque ni a todos los cubanos nos gusta la misma música ni somos iguales, tenemos desde Ñico Saquito hasta José Martí, unos en la guaracha y la burla y otros en el drama. Yo defiendo justamente esa diversidad.
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#1.- Esto es bueno...
blas|18-11-2009 09:57
Saludos...Agradezco esta entrevista. Soy de la generación de Pedro Luis y aunque no soy su amigo personal, reconozco sus valores musicales...Sería muy bueno que los medios cubanos reprodujeran la entrevista o al menos, rompieran el silencio informativo sobre este cantaautor...Aquí me quedo...Reitero saludos y agradecimientos...Blas
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#2.- Griot... Enhorabuena.
Ramón García Guerra|18-11-2009 21:30
En un ensayo que recibió mención de honor en el Pramio Andrés Bello 2006 le dedico un capítulo entero a justificar una sospecha: ¿por qué Pedro Luis fue antes glorificado y luego estigmatizado por los burócratas de la cultura? La suerte de Carlos Pueblas fue siempre la mejor. (Y que Dios lo tenga en la gloria. Así como los burócratas lo tomaron por bandera, a pesar de las 1008 sopitas que tocaba en La Bodeguita del Medio.) El destino de Frank Delgado ha sido el silencio. En ambos espacios se puede aprender a vivir. Pero la acción de elevarte para dejarte caer solo se justifica en una cultura política histeroide. cuente que, sea por exceso o por defecto, estos griots han constituido la vos populi. Y la voz del pueblo --se sabe-- es la voz de Dios. Por eso, quizá, los medios no están en-medio del sentir de todos.
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