Muñecas bravas en el potrero
La cancha es puro polvo y tierra, las populares son las casas con balcones de la villa, la platea es un tronco, la capilla del Padre Mugica hace de vestuario visitante. Y el partido es un intenso nueve contra nueve entre las locales y las pibas del club San Telmo. No convoca la AFA sino una organización social cuyo proyecto, Goles y Metas, apunta al diálogo, a la integración y a fortalecer la identidad al ritmo en que se inventan las gambetas.
Caminar por la avenida Antártida Argentina, desde la estación Retiro hacia el norte, es, dada la estrechez del espacio, como entrar a un cuerpo por la garganta. A medida que se avanza hacia el Barrio Güemes, la Villa 31 se hace cada vez más villa, más ancha y poblada, más colorida, más humana. Están las casitas sin revocar que se ven desde la autopista y en algún lado, por esos pasillos angostos, andarán los peligros de los que hablan los diarios.
Hay puestos de feria, mujeres con sus hijos de la mano, música, algunos colectivos de larga distancia, un camión de basura al que manguerean dos hombres en mameluco azul. Detienen su tarea cuando ven pasar a San Telmo, el equipo de fútbol visitante. “Hola, chicas”, dice, canchero, uno de ellos; el otro chifla. Claro, las jugadoras son todas mujeres, de entre 18 y 23 años: las espera el conjunto local, un equipo construido a pulmón por la entrenadora Mónica Santino, la psicóloga social Liliana Cura y la onG Democracia Representativa.
–Huy, esperen, no nos separemos.
< script>< /script>Una de las chicas quedó rezagada, y se siente en peligro. La convocatoria fue en una esquina o, más bien, un ombú, en la entrada de la 31, para ingresar en grupo. No es fácil dejar los prejuicios de la calle Ramos Mejía para el otro lado. Pero ese comentario en plena caminata será la única vez que alguna de ellas exprese algún temor. Y la última vez que la villa se vea hostil.
De tan potrero, la canchita es un canto de amor al fútbol. En el barrio no sobra espacio precisamente: no hay parques, no hay jardines, sino metros y metros cuadrados de construcción precaria y desprolija. Como ya no queda lugar horizontal por ocupar, la villa, en la que viven 40 mil personas, está creciendo en la única dirección que le queda, hacia arriba y bien apretada. Y, sin embargo, ahí está la cancha; una cancha de nueve, encima, enorme. Polvo y tierra, ni los yuyos resisten tanto picado. “Bienvenidas”, reciben las dueñas de casa, todavía relajadas pero ya vestidas con el uniforme negro.
PARA ALQUILAR BALCONES EN LA POPULAR. La tribuna norte es una enorme pared formada por varias casitas que terminan en el campo de juego. Mucho ladrillo a la vista y, cada tanto, una ventana enrejada. Por allá arriba hay algunos balcones. Dibujando una línea vertical sobre el paredón, hay un hueco: es un angosto edificio en construcción, de unos 10 metros. Ninguna casa supera los dos pisos en el lado oeste. Hay dos carteles: uno dice “muebles usados”. El otro, en una pared que se las arregla para estar más enrejada que las demás, dice “ciber”. En la cabecera de la cancha, detrás de un arco, está el escudo negro y blanco del club del barrio: Los Tuqueros. Los Tuqueros presiden simbólicamente, gracias a esa pintada, todos los partidos del Barrio Güemes.
En la tribuna sur reina, dibujado en la pared de la capilla Cristo Obrero, el retrato del Padre Mugica, el “Mártir de los Pobres” asesinado por la Triple A en 1974. Ahí se vestirán de futbolistas las chicas de San Telmo, porque la pequeña iglesia, en el Barrio Güemes, es mural, es templo, es un pedazo de tribuna y, también, vestuario visitante. Está dicho: el espacio se aprovecha.
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Al este está la calle Antártida Argentina. Allí no hay casas, sino un tronco largo que sirve de asiento a las familias de las jugadoras. Y ahí están esperando las locales, del proyecto Goles y Metas para las Chicas. Una adolescente morocha, flaca y hermosa, está bailando una cumbia imaginaria, con los botines puestos. Es Gisela, que juega con su hermana Tuti. Las hermanas trajeron a toda la parentela, padres, hermanos, primas, a que las vean jugar. La mamá es la que lava y guarda las camisetas de todas. Hay por lo menos diez familiares.
Surge un problema: la cancha está ocupada. Por varones, claro. Mónica, la entrenadora de los dos equipos, que lleva una vida luchando para que el fútbol femenino tenga lugar, no tiene problemas en pelear por el espacio físico cuerpo a cuerpo. Las chicas se van metiendo en la cancha y avanzan en plan implacables: ya sacaron turno con el vecino que es dueño de las redes y no piensan rendirse. Los hombres arrugan, se van achicando al pedacito de potrero que les queda hasta que, vencidos, se van.
Mónica comienza las dos charlas tácticas.
–Nada de pelear. Nada de gritarse entre ustedes si las cosas no salen.
Y agrega:
–Si pierden, no pasa nada; pero vamos a poner lo mejor para ganar.
BANDADAS Y ORDEN TÁCTICO. Suena el silbato, el silbato que está en la boca de la DT, Mónica. Arranca Villa 31-San Telmo. Como sucede en cualquier clásico de potrero –también entre varones–, al principio todas corren detrás de la pelota, en bandada. Pero cuando comienzan a ordenarse, se va notando la disciplina táctica: si atacan, los equipos dejan atrás a tres defensoras y a la volante central. Mónica es quien les enseñó que jugar a la pelota no es lo mismo que jugar al fútbol, que formar parte de un equipo implica responsabilidad, y respetar un rol.
San Telmo se tomó este desafío en serio: sumó refuerzos de otro equipo, Ladesco (por “la descosemos”), tiene chicas más grandes en edad y en físico. Tiene más rodaje. Las visitantes, de pechera naranja, se buscan, se marcan pases, se hablan, tocan y combinan. Las locales, de negro, todavía no muestran tanta coordinación. Pero tienen un as de espadas: Pamela, una flaquita con gorra azul de visera hacia atrás que la rompe. La rompe en la villa y en San Lorenzo, club en el que juega en la reserva femenina.
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María, una de las cracks de Telmo, apunta con el índice un punto imaginario, marcando un pase. Belén, de trencitas hasta la cintura y pinta de delantera brasileña, la entiende y le devuelve la pared, pero no sale. La pelota, en el despeje, se va al lateral: golpea un portón color antióxido y el dueño de casa, un perro de ladrido agudo, responde furioso. María, Belén y Bianchi, una carrilera que corre y se ríe y juega y hace chistes sin cansarse, lograron descubrir la fórmula del fútbol, esa alquimia que hace que los compañeros se adivinen. Van a participar de casi todos los goles.
Llega el primero: Cecilia, la de apellido y apodo Bianchi –la relación con el Virrey es sólo de admiración–, la levanta en dirección al área, despeja alguien de negro, y Alejandra aparece de frente para pegar un zapatazo de botines celestes. Doña, la arquera de la 31, que no usa guantes porque le incomodan, cae derrotada.
Pamela no va a poder mostrar su talento esta mañana. Las suyas van a ser superadas y ella, que ama la pelota pero no la disciplina, se va a paralizar por la frustración. “Cuando me dan indicaciones, juego mal”, había contado un rato antes. Por suerte tiene a Mónica, que la está puliendo como a un diamante. El mejor indicio para adivinar el ADN maradoniano de esas piernas desgarbadas será el gol del empate, una pelota que Pame encontró por ahí sin dueño y que clavó en un ángulo, con magia. “Para ustedes”, fue el gesto en el festejo, señalando a sus compañeras.
HAY QUE PONER UN POCO MÁS. El público se va acercando: los balcones y ventanas de la tribuna norte ya están llenos de gente. Los dos albañiles que estaban trabajando en el edificio paran para mirar. Alguno por ahí se armó su porrito, igual que en las canchas de pasto verdadero y 50 mil hinchas. Acá son cincuenta. Y, cuando ven al equipo local superado, se impacientan. “Pongan huevo”, les exigen, casi todos varones. Las miradas se concentran particularmente en Gisela, que juega con calzas y remera ajustada, y sabe que la miran. Se acomoda el pelo, se deshace la colita, recibe un pase con la hebilla en la boca, llega tarde a otro por distraerse en su look. El Chocho Llop la mandaría a raparse.
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Pamela se saca de encima la marca tirando un sombrero y, sí, termina atrayendo más atención que Gisela. El remate se va afuera, y la diez de negro queda boca abajo, mordiendo el polvo, literalmente. Tarda un año en levantarse, igualito que miles de cracks cuando empiezan a fastidiarse.
A todo esto, Belén ya hizo otro gol. Es el cuarto de San Telmo. Pamela lo vio sentada en el otro extremo del campo, sucia, recaliente porque el último sombrero no le salió. “Dale, negra”, le gritan. Pame quiere ganar, y por eso agarra la pelota y le da para adelante, gambetea a un par, tiene dos compañeras en posición de gol y no la pasa. La pierde, pero nadie la reta por morfona. La talentosa se tiene tanta fe que hasta los córneres los tira olímpicos. San Telmo sigue con lo suyo y ya va 5 a 1; María acaba de despatarrar a Doña, que no da más.
Las de naranja tienen su propia estrellita, también onanista con la pelota, que es Mauro. Le dicen Mauro por Mauro Zárate, el jugador de Lazio al que le cuesta más largar la bola que esquivar rivales en brochette. Y la flaquita lo hace; regatea a tres de negro hasta que suena el obvio “¡Largala, Mauro!”. Pamela, a esta altura, se sentó en el tronco de la platea familiar y rumia su bronca, enojada con medio mundo. Si su sangre de potrero es genuina, estará enojada con ella misma.
El partido terminó 8 a 1 para San Telmo. Mónica, la entrenadora-árbitro, tiene que levantar el ánimo. “Ustedes jugaron bien, chicas, ellas son más grandes. Tómenlo como un entrenamiento, les va a servir”, arenga. “¡Aguante la 31!”, reaccionan las perdedoras y Bianchi las termina de ablandar cuando se acerca y les dice “gracias por invitarnos”. Todas comparten una ronda de choripán.
Dueña, la más castigada, tiene consuelo en su novio que, estoico, la vio comerse la goleada desde el tronco-platea y ahora la mima por el esfuerzo. Pamela se puso una camiseta de Sport Guaraní que atrás tiene un PAME estampado, y está peloteando en un arco, con tres chicas más. Son dos de naranja y dos de negro, muertas de risa, revolcándose en el polvo. Jugando, ahora sí, a la pelota.
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Qué es el proyecto Goles y Metas
El proyecto Goles y Metas para las Chicas nació en mayo de 2006, por iniciativa de un grupo de padres de la Villa 31 ante la falta de ofertas deportivas para las mujeres del barrio, especialmente las adolescentes.
La entrenadora del equipo es Mónica Santino, docente, periodista y técnica recibida, amén de ex jugadora de All Boys. Las chicas se entrenan dos veces por semana y, además, cuentan con el apoyo de Liliana Cura, psicóloga social, para conversar sobre las problemáticas que atraviesan: drogadicción, violencia, embarazos adolescentes.
Para 2009, se profundizará la integración en el proyecto de las familias del barrio, y se incorporarán charlas temáticas sobre sexualidad, higiene, salidas laborales, etcétera.
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