Cuando grupos empresariales deciden implantarse en un lugar o en otro, cerrar factorías o deslocalizar   en función de los estímulos económicos públicos que el correspondiente gobierno les pueda conceder, es que ocurre algo que ruborizaría al mismísmo Adam Smith.
Por supuesto, siempre ha existido connivencia entre el sistema económico imperante y los detentadores del poder, porque al fín y al cabo pertenecen a los mismos círculos. Con la democracia formal, se ha conseguido que una población inteligentemente desinformada legitime ese estado de cosas votando a partidos políticos que precisamente no hacen gala de democracia interna ni de transparencia. La consecuencia de ese estado de cosas es la que vemos desde hace tantas décadas: la esclerotización de las estructuras sociales, el nepotismo, la corrupción, el inmovilismo... No es algo exclusivo de la democracia formal, ni mucho menos, pero tiene la ventaja de que, al contrario de lo que ocurre en otro tipo de regimenes, no hay "malos" contra los que luchar, porque no son visibles y además  nosotros mismos hemos elegido "democráticamente" a sus testaferros, de un partido o de otro.
Sin embargo, con esta crisis se está dando otra vuelta de tuerca: el dinero público ha entrado masivamente para salvar empresas y estructuras que debieron caer según la lógica y la prédica del propio mercado.
Es sangrante ver como todos estos talibanes del libre cambio campan  indemnes, dando conferencias y exigiendo ortodoxia. Ellos predican un modelo de darwinismo social, según el cual el que no se adapta desaparece. Y así han actúado respecto a las clases trabajadoras y ciertas clases medias, exigiendo todo tipo de sacrificios. Ahora, cuando  les toca el turno de desaparecer por no saber "adaptarse" a una realidad ("ecosistema Crisis")  que ellos mismos han creado y que les ha estallado en las narices, recurren al chantaje. Saben que tienen la sarten por el mango, y no están dispuestos a perder sus privilegios,  en contra de su propia lógica ultraliberal de la autosuficiencia del mercado. Y es entonces cuando recurren al chantaje. Chantaje a todos los ciudadanos decentes que tienen una nómina y pagan religiosamente sus impuestos. Chantaje a los que humildemente salen adelante gracias a su esfuerzo personal. Chantaje a toda una sociedad.
Ahora el nuevo lema es "sálvame, porque si no todo se hundirá". El miedo es el núcleo del chantaje, y saben jugar muy bien con el miedo. Miedo del ciudadano a perder su puesto de trabajo, miedo de los gobiernos a la revuelta de los ninguneados y desposeídos.
En este clima, no hay gobierno que resista las presiones para "ayudar" a tal o cual multinacional, con el beneplácito más o menos "consensuado" y "debatido" por los mass media (que tambien suelen formar parte del tinglado ultraliberal).
Sin embargo, el caso de Opel va aún más allá y nos hace ver que, escondido detrás de las supuestas reglas imparciales de la economía globalizada, está la estrategia política y militar de dominación. Cuando los ciudadanos, agotados y agobiados de deudas e inseguridad, dejaron de consumir, una avalancha de dinero público acudió al rescate. General Motors (GM), en situación terminal, no tenía más remedio que vender activos como Opel. Varios gobiernos europeos (sobre todo Alemania) han financiado la supervivencia del gigante con pies de barro a cambio de reflotar unas plantas industriales y sus correspondientes puestos de trabajo, y se han pasado meses discutiendo y negociando un futuro independiente de la matriz estadounidense.
Pero la situación ha cambiado de nuevo. Ahora, gracias a las ayudas públicas directas e indirectas (que para más INRI parecen tender a eternizarse), la venta de automóviles ha repuntado. Y entonces prefieren mantener a una Opel renqueante, agonizante, pero norteamericana. No quieren  que toda esa tecnología caiga en manos del "enemigo" ruso (el principal proveedor de fondos de la operación fallida era el banco Sversbank). El dinero público europeo les ha servido para pasar el trance, y ahora lo desprecian. En lugar de comportarse como gerentes de un negocio comercial y aprovechar para  liquidar activos de dudoso futuro a buen precio, GM prefiere mantener su dominio de la marca con la que tan buenos negocios hicieron en tiempos del III Reich.  Porque, a fín de cuentas, los que realmente manejan la macroeconomía saben que, en contra de toda teoría o dogmatismo, ésta no es un campo de juego pacífico entre naciones, sino un mero instrumento de dominación.
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