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Obviedades naturales
Un lector humilde, humilde porque no se identifica, me reprochaba amablemente el otro día haber escrito yo sobre cosas obvias relaciona­das con la política y la sociedad.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 15-2-2010 a las 10:08 | 2470 lecturas
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  Según él obvio es desear que abandonen sus sitiales el rey español, el papa y los sindicatos. Se lo pido fervientemente a los tres aunque sea a través de una bou­tade -fórmula por otra parte habitual que no debe escandalizar- habida cuenta la perturbación no obvia pero cierta que en el con­junto de la sociedad causan los dos primeros, y la inoperancia quizá no cierta pero obvia de los segundos en el desconcierto de este país.

  Ahora escribiré sobre otra obviedad pero en este caso no social sino natural. Una obviedad bien actual y en cierto modo inédita. Iné­dita al menos en cuanto a la verificación obvia al alcance de todos que extrañamente nos muestra la Naturaleza; esa Naturaleza que la Ciencia se empeña, a menudo inútilmente, en desentrañar sus le­yes, si es que realmente las tiene y no en ella sólo hay borbotones de capricho. Me explicaré...

  Las bajísimas temperaturas que se vienen dando a lo largo de más de dos meses en el hemisferio norte y en los Polos parecen quebrar la teoría del proclamado calentamiento global del planeta. Imagino que los expertos, es decir, los científicos, ya tienen la consiguiente expli­cación sobre el asunto. Pero no creo que sirva de mucho. Los hechos no se refutan con palabras y ecuaciones, sino con otros hechos (ya sabéis, dos y dos son cuatro hasta nueva orden, dijo Eins­tein). Y el contraste entre las temperaturas ínfimas y el presunto calentamiento ponen en evidencia lo difícil que es llegar enseguida a conclusiones firmes ante la Naturaleza en todo su apogeo. Y esto es algo que está al alcance de cualquier fino observador que no nece­sita de intérpretes especiales, pretenciosos por definición. Tenemos un indicio casi diario de lo resbaladizo de la ciencia incierta: la predic­ción del tiempo. Hay ocasiones en que las alarmantes alertas de los meteorólogos no son más que eso, alarmas. Y no pocas ve­ces he observado que los márgenes de error en las predicciones del tiemposon más o menos los mismos que los de hace cincuenta años. ¿Creemos que ha avanzado algo la ciencia en este sentido cuando mientras los hombres y mujeres del tiempo en las televisio­nes, día tras día, te marean con predicciones de una semana mien­tras los maremotos, los terremotos o los tsunamis sorprenden a paí­ses enteros sin que el día anterior, qué digo, media hora antes, na­die les hubiere alertado ni dado un soplo?

  Esto es una de las peores inferencias que se pueden hacer de los an­tropocéntricos y geocéntricos tiempos actuales: que no incluyen en sus pareceres y dictámenes nunca la humildad. Creen que pue­den explicarlo todo, y, lo que es peor, creen que con explicaciones va­cuas pueden resolverlo todo. Los estragos y la devastación de los fenómenos telúricos no son muy diferentes de aquellos tiempos en que no había ciencia sino alquimia. Y los medios y remedios para esqui­varlos, tampoco.

  Nada, muy poco, avanza en lo fundamental la civilización, y menos avanza en lo moral. Todo cuanto nos brinda el progreso es diversión y esperanzas que muy pronto se manifiestan vanas. El frío de este in­vierno no está en relación directa con el calentamiento, y apuntaría más bien hacia la otra hipótesis: la del enfriamiento global que otros científicos, tan científicos como los anteriores, sostienen. Y hay que tener en cuenta que en esta cuestión de la ciencia, a diferencia de lo que ocurre en las cuestiones de la sociedad, las decisiones por mayo­ría casi siempre llevan a la larga las de perder. Por eso la obvie­dad consiste hoy en afirmar que lo más probable, habida cuenta la insignificante área de observación que permite una sola vida humana, es que ambos, tanto los que dictaminan que vamos hacia el calentamiento global como los que dictaminan que vamos hacia el enfriamiento global, estén equivocados y caminemos hacia todo lo contrario. En todo caso lo que sí parece inconcuso es que no hay propiamente "cambio climático" sino "trastorno, desquiciamiento climático" que perturba, cada vez más gravemente, la planificación de las cosechas y el reparto y el consumo de agua potable.

  El caso es que podemos constatar por tantas y tantas experien­cias, que la Naturaleza se burla constantemente de la altanería de la ci­vilización, y yo contemplo esa burla con extrema complacencia. Me siento mucho más cerca de la Naturaleza "al natural" que de los artifi­cios, epítomes e informes de pobres hombres y mujeres que igno­ran que muy probablemente las civilizaciones anteriores a la nues­tra sucumbieron por la misma causa que es tan notoria hoy día: la soberbia, la falta de prudencia, el exceso de audacia y a la postre la absoluta necedad de los que manejan el timón de la nave Tierra.

  Y todo esto lo escribe alguien que ha librado mil batallas dialécti­cas en foros y centros científicos desde 1993 alertando de lo que el pastor de ovejas percibía sobre el cambio climático y negaban en su mayoría los científicos. Pero han sido tantos los esfuerzos hasta que la ciencia oficial o gran parte de ella lo ha registrado como tal deriva del clima que desde entonces (han pasado casi veinte años) no digo que yo haya cambiado, digo que he añadido a mi experiencia perso­nal otra tan desconcertante como obvia: y es que cuando se trata de la Naturaleza, bien frecuentemente las cosas no son lo que pare­cen.

  Y entonces, reconociendo la obviedad de la escasez de agua en unos sitios y su derroche en otros; reconociendo la proverbial incon­tinencia del capitalismo actual incompatible con el ahorro, también en esta materia; admitiendo otra obviedad como es la explosión de­mográfica; constatando que es vox populi el derretimiento de los polos y los gla­ciares y la alteración de los fenómenos asociados a la capa de ozono; certificando que el planeta Tierra, sus mares, ríos, bosques, ecosistemas son ya un muladar y en poco tiempo han desaparecido centenares de miles de especies... reconociendo todo esto, digo, yo personalmente estoy abierto a tropezarme con otra nueva y asom­brosa sorpresa proviniente de la Naturaleza, mitad evolución mitad venganza, que rompa con todas las previsiones di­señadas por los sa­bios mediocres de estos tiempos. Pero ya veréis cómo la prudencia -madre de la ciencia antigua-, pero al mismo tiempo la previsión -madre de la sabiduría de siempre-, seguiréis sin atisbarlas por ninguna parte, en estos tiempos fatídicamente conde­nados a extraer provecho económico de ese per­petuum mobile que es el mentir y el desmentir constantemente y en menos que canta un gallo.

 
 
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