Como ya es sabido, en las últimas fechas se han cumplido 20 años desde la caída del muro de Berlín, un hecho que ha tenido una enorme trascendencia mediática, y que desde los medios de comunicación y las instituciones políticas y económicas de toda Europa se ha utilizado como ejemplo de la victoria del sistema de libre mercado sobre los sistemas sociales vinculados al llamado "socialismo real".
Lo primero que nos debería llamar la atención sobre el tratamiento recibido en los medios, es la ausencia de un debate real sobre las consecuencias que ha tenido el fin del bloque comunista en la concepción de la vida social y económicas de las personas que poblamos este planeta, y el modo en que ha afectado al equilibrio de poderes que vertebra hoy en día el capitalismo global .
Si atendemos al mensaje que nos muestran los principales grupos de comunicación, el discurso que se nos transmite es tan contundente como precipitado, y es el siguiente: el fin del bloque soviético supone el triunfo del capitalismo como máxima expresión de la libertad y la tolerancia, frente a otras formas de gobierno absolutamente totalitarias e indignas de la condición humana en el siglo XXI.
Una respuesta que los que participamos activamente en la izquierda transformadora negamos en muchos de sus términos.
La primera pregunta que deberíamos hacernos es si la caída del muro ha supuesto una mejora en las condiciones de vida de las personas que pueblan el planeta. Creo que no arriesgaríamos demasiado, si contestamos a esa pregunta de forma negativa.
La organización social y económica propia del sistema soviético carecía evidentemente de algunas de las garantías que proclaman las constituciones liberales de las potencias europeas. A día de hoy, resulta obvio que los países del llamado bloque del este sufrían serias deficiencias en algunas cuestiones de gran importancia, como podía ser la protección de las libertades y derechos fundamentales. Algo que evidentemente no vamos a negar en estas líneas pero que aún así debemos matizar.
Otra cosa bien distinta es afirmar que una persona puede gozar de un régimen de derechos y libertades por el mero hecho de que así venga reflejado en un texto constitucional. Paséense usted con los bolsillos vacíos ante las estanterías repletas de cualquier centro comercial, y reflexionen sobre el significado y los requisitos de la libertad.
En nuestra opinión, el grado de represión y totalitarismo que se le atribuye a las potencias del este es cuando menos desproporcionado, y muchas veces, intencionado y deshonesto. Prueba de todo ello lo constituye el hecho de que los regímenes que formaban parte del bloque soviético si bien cayeron como un dominó, en ningún caso ese desmoronamiento se tradujo en una represión violenta que visualizase la resistencia del Estado frente a las reivindicaciones de sus ciudadanos, o dicho de otro modo, el bloque soviético cayo sin que se pegara un tiro, algo que difícilmente puede suceder dentro de la lógica de los sistemas de gobierno calificados como dictatoriales.
Algunos podrían argumentar que tampoco en España se produjeron episodios de violencia por parte del Estado durante el final del franquismo, o al menos de forma sistemática, y sin embargo ese hecho no niega el carácter dictatorial del fascismo, pero este caso, debemos señalar que existen grandes diferencias entre ambos procesos, -entre otras muchas- que el desmantelamiento del régimen franquista y la transición española fue una operación montada desde el propio Gobierno, con la ayuda de los poderes en que se sustentaba, y no como en el caso soviético, en el que la parálisis del sistema nunca se concibió como una salida programada que abriera un proceso de transición hacia la democracia liberal y el capitalismo.
No creemos exagerar que cuando señalamos que el fin del bloque comunista no ha traído demasiadas alegrías a nadie, y menos que a todos aquellos que hoy en día viven en las ex repúblicas soviéticas.
El mundo es hoy en día mucho más injusto e inhabitable que hace veinte años. Tras la caída del muro el capitalismo se mostró en toda su esencia, ahora sin necesidad de concesiones, ni operetas que maldisimularan su verdadero cariz. El marxismo había caído, y frente a la ausencia de un modelo alternativo que la plantara cara la lógica del beneficio, comenzó la fiesta neoliberal que tantos desequilibrios y tragedias está provocando en nuestros días.
Desde entonces, las desigualdades se han aumentado de un modo tan alarmante que no cabe justificación ,sino la desvergüenza, la hipocresía y el sonrojo; la guerra se ha instalado como el leguaje habitual para solventar cualquier tipo de conflicto de intereses que deba dirimirse en el escenario de la política internacional; las hambrunas y la desnutrición es un hecho que golpea diariamente a un número de personas 50 veces superior a la población de nuestro país; y todo esto, en un mundo en el que dos mil millones de personas (2.000.000.000) viven con menos de 1€ al día. Si a esto le unimos la terrible crisis energética que sufrimos y la explotación extrema de los recursos naturales que no podemos reemplazar, tan sólo podemos concluir que la crisis financiera que vivimos en nuestros días es poco menos que un mal chiste, comparado, con lo que se nos puede venir encima en las próximas décadas. El protagonismo que ha adquirido el terrorismo internacional sólo puede entenderse en esta clave.
Otro tanto se podría decir de los resultados que han tenido las transiciones a la economía de mercado, en los antiguos países del este, donde el capitalismo tan sólo ha traído un empeoramiento de las condiciones de vida de la población y la creación de un régimen político caracterizado por el nepotismo y el apropiamiento privado de los instrumentos del Estado en beneficio de una minoría. Baste como dato-y síntoma- el hecho de que en estos países la producción industrial se sitúa en estos momentos en el 50% de los niveles que garantizaba el sistema soviético.
No seré yo el que niege las carencias y la degradación que sufrieron las repúblicas soviéticas en algunos aspectos esenciales, pero puestos a señalar culpas, exijo como ciudadano que se subraye cuál es la dirección que está tomando la humanidad una vez inmersa de lleno en la lógica del capitalismo, un sistema que sólo se preocupa por si mismo, es decir, por quienes lo protagonizan, que no dedica sus esfuerzos a la satisfacción de las necesidades de los individuos, sino que muy al contrario, los utiliza como meros factores de producción, o como consumidores, para más tarde despojarlos de su seguridad económica más elemental, arrojándolo al abismo del paro cuando ya no resultamos rentables.
En este orden de cosas, resulta especialmente llamativa la virulencia con que se recibe cualquier consideración en torno al llamado socialismo real, precisamente en un momento en el que la economía de mercado está demostrando que, una cosa son las necesidades del mercado, y otra muy distinta, los intereses de los ciudadanos.
La realización práctica de los principios amparados en las democracias occidentales es poco menos que una broma de mal gusto, tal y como muestran las terribles cifras del paro, las dificultades que sufren los jóvenes, los jubilados, las mujeres, por no hablar de otros grupos de población aún mas castigados como son los inmigrantes, a los que contratamos con la misma facilidad con la que pretendemos deshacernos de ellos cuando ya no nos sirve, como si de un objeto inservible se tratara.
Mientras en los tiempos de bonanza, a algunos les rebosaban los bolsillos y el ego, la inmensa mayoría tan sólo se les reservaba el sitio que ocupan los precarios, los parados y los que apenas pueden llegar a final de mes. Ahora en tiempos de crisis, el reparto de papeles permanece intacto, los que tuvieron la habilidad -y la falta de escrúpulos-necesaria para enriquecerse en cuatro días son, en la mayoría de los casos, los que se van de rositas, mientras que todo el coste y el dolor que está generando la debacle recae sobre aquellos que fueron contratados por cuatro duros. Pero todavía es peor, pues son precisamente nuestros impuestos los que sostienen la improbable viabilidad de todos aquellos que en etapa de crecimiento nos negaron el pan y la sal.
Gracias a dios o al diablo, algunos hemos aprendido que fueron las condiciones de desarrollo que desataron la euforia neoliberal las que en última instancia han provocado la crisis que vivimos en este momento y que encuentra su origen en las propias condiciones generadas por la economía de mercado para su expansión, lo que en nuestra opinión, sitúa en una difícil situación a los defensores de la oferta y la demanda.
Dicho todo lo anterior, ya va siendo hora de que la honestidad intelectual comience a hacer acto de presencia en la escena pública, y se señalen culpas, méritos y responsabilidades, pero eso sí, las de todos, puesto que si algo nos han ensañado las dos últimos años es que el muro se cayo sobre todos.
Terminado la reflexión de este muro, otro día hablaremos de los que aun quedan, Palestina, México, Melilla, Sahara...
Miguel Ángel Herrera Millán es coordinador local de Izquierda Unida en Mérida.
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