El pasado 18 de enero, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de la RPD de Corea hizo pública una declaración, cuyo contenido es como sigue:
Nuestra propuesta de firmar un acuerdo de paz deviene una medida racional para implementar total y cabalmente la Declaración Conjunta del 19 de septiembre.
Tal implementación exige no mancillar el espíritu de respeto mutuo e igualdad, razón de ser de la declaración, ni alterar el orden de acciones. El documento esclarece la necesidad de solucionar “armoniosamente” asuntos como la desnuclearización, normalización de relaciones, recompensa energética y establecimiento de un sistema de paz. Ninguno de sus artículos plantea el progreso de la desnuclearización como premisa del debate sobre el establecimiento de dicho sistema, sólo menciona “promesa a promesa” y “acción a acción” como únicos principios para materializar la declaración.
Ateniéndonos a la situación en que se halla Estados Unidos, durante más de seis años hemos mostrado la generosidad de anteponer en las conversaciones a seis bandas el debate de la desnuclearización al de la concertación del acuerdo de paz. En el 2008 la comunidad internacional fue testigo de la explosión de una torre de congelación en la planta nuclear de Nyongbyon. El proceso de la desnuclearización ha dado un avance sustancial como para que Norteamérica deje de aplicar respecto a la RPDC la “Ley de Comercio con Países Enemigos” y la tache de la lista de “países patrocinadores del terrorismo”.
Empero, ni se llegó a dar comienzo a la discusión sobre la firma del acuerdo de paz y su resultado fue el retroceso del proceso de desnuclearización. O sea, el método que antepone el progreso de la desnuclearización al sistema de paz terminó en un fracaso y esta realidad nos ha enseñado la lección de que dar impulso a la desnuclearización sin una base de confianza es como levantar un castillo en el aire.
No nos oponemos al diálogo a seis partes ni tenemos porqué dilatarlo.
A falta de crédito entre sus participantes, se llegó a cuestionar el lanzamiento de nuestros satélites con fines pacíficos, cosa que jamás ha ocurrido entre países de confianza. Tal excesiva violación de soberanía de carácter discriminatorio engendró un círculo vicioso de desconfianza que comienza con el ensayo nuclear, una medida autodefensiva, le sigue la sanción y termina con el chasco de las mencionadas conversaciones.
Dar al traste con ese círculo, crear una atmósfera de confianza e impulsar más la desnuclearización son motivos de nuestra proposición de concertar el acuerdo de paz. Con nada más que sentarse a la mesa de negociación para este objetivo, las partes interesadas darán su primer paso de avance hacia la creación de la confianza.
La reapertura del diálogo requiere eliminar de cualquier forma los factores que lo condujeron al fracaso. Nada novedosa resulta para nosotros la actual sanción que se nos impone, pues durante decenios estamos acostumbrados a ella y al bloqueo. Pero si accediéramos a las conversaciones con tal restricción aún vigente, las mismas carecerían de la igualdad que sostiene la ya referida declaración y acabarían siendo como un interrogatorio entre varios “jueces” y un “acusado”. Nuestra dignidad no lo tolera. Resulta paradójico que un país se reúna con otros que violan su soberanía y discuta con ellos de la fuerza de disuasión que posee precisamente para preservarla.
Seguiremos agotando esfuerzos para persuadir a otras partes interesadas a que acepten nuestra práctica propuesta basada en experiencias y lecciones.
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