La familia es el obstáculo por destruir que ata a la mujer a la sumisión. Ya exaltada en Roma, fue reforzada por las religiones e impuesta por el Capitalismo.
Ser madre y esposa, un milagro tan maravilloso que sólo es obtenido a cambio de sometimiento en el cuidado de los hijos, el hogar, la comida y los deberes de mujer; todo ello, por supuesto, compensado por el amor y cariño del esposo… y la dependencia y la pasividad,
Y la perfecta y única solución implantada por el sistema es aparentar igualarnos al hombre; cuando la intención es ocultar que en realidad se nos considera inferiores. No sólo se acepta que debamos ascender, evolucionar para nivelarnos y por ello negarnos para convertirnos en hombres, sino también se cae en el absurdo de la búsqueda de un arquetipo al cual aspirar, un ideal de hombre. ¿Acaso un Barack Obama?, ¿Quizá un alto ejecutivo? Siempre figuras imposibles además de símbolos de poder, arribismo y explotación.
¡Y por qué imposibles! -reprochará la feminista- ¿Acaso una mujer no puede aspirar a la presidencia? Digamos que alcanzar tal es posible, pero no así el sexo de quien inventó esa institución.
Las mujeres no somos iguales a los  hombre y proponer lo contrario sería negar la importancia de cada uno. No somos iguales, nada lo es.
Y el feminismo es el virus que obstruye y separa fuerzas para luchar contra el verdadero enemigo común: no el hombre, él es nuestro aliado, sino el Capitalismo.
El feminismo es el machismo de las mujeres, una mala copia de la que se sirven para culpar de todo a los hombres; además que su inutilidad se hace obvia en las manifestaciones, pues son mujeres las que gritan pero hombres quienes aprueban o no la proclama.
Jamás las mujeres tendremos igualdad real de derechos (que no los que muchas  proclaman como suyos) en el actual sistema.
No, mientras exista la familia; no, si cree en la propiedad, el poder, los lujos, el Capitalismo y en definitiva la ignorancia. Nunca, si luchamos por el bien egocentrista de nuestro sexo, sino por el de los dos igualmente oprimidos por el sistema.
No queremos igualdad de salarios, no queremos ser hombres, ni ascender, ni mucho menos mandar sobre otros. Queremos que el materialismo sólo sea una corriente de la dialéctica, que la propiedad se refiera al hablar con corrección y el poder sea ese verbo, conjugado en plural, que podemos lograrlo.
¡No a la igualdad de la mujer!, ¡Sí al derecho de ser diferente!
Gabriela Palacios.
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