Trabajamos en la educación, con tiza, fibrones, pizarrones, papeles, imágenes, bits, pero, por sobre todo, con seres humanos, como nosotros, únicos, personales, distintos entre sí pero equivalentes entre todos, incluídos nosotros mismos.
¿Qué nos hace diferentes, entonces, cuando cada comienzo de año tenemos que mendigar la recomposición salarial que nunca es la que necesitamos? ¿qué nos diferencia a nosotros, trabajadores, de otros trabajadores?
La gente dice que somos diferentes, que nuestro deber es dar el ejemplo a los niños, enseñarles a ser buenos ciudadanos y a construir la sociedad entre todos.
¿Eso dice la gente? Sí, eso dice, porque es lo que por años se le dijo que éramos, porque salvo los que hemos sido hijos de trabajadores de la educación, como es mi caso, pocos saben de lo difícil que es el aula, de lo duro que es dejar fuera de la puerta de la escuela todos los problemas al entrar y encerrar en ella todo lo que es de ella al salir, nos disociamos todos los días, dos veces al día si tenemos una sola escuela a la que concurrir, nos despertamos como habitantes de un mundo que se debate entre el camino de la solidaridad o del egoísmo continuamente, hacemos malabares con nuestros sueldos para preparar todo lo necesario para nuestras familias, vamos hacia la institución educativa y una vez allí, nos transformamos en magos que colaboran con el desarrollo de las capacidades de nuestros estudiantes, día tras día, con ellos somos fuertes; aunque tengamos tristezas, sonreímos; aunque nos sintamos cansados, hacemos todo; aunque ese día no tengamos ganas de hablar, hablamos... y ¡vaya si hablamos! y atendemos padres que se acercan a preguntar por sus niños o a reclamar por sus notas, padres que nos exigen que conozcamos al dedillo cada problema de cada estudiante, esto que parece no tan difícil para los padres, ¡claro! porque ellos tienen uno, dos o tres estudiantes en su casa... nosotros unos cuantos más que eso. En la primaria los podemos conocer mejor, porque compartimos con ellos mucho tiempo, pero en la secundaria ¿cómo recordar cada detalle de cada uno de los cientos de estudiantes que vemos por semana?
Sí.
Cientos.
Si este escrito llega a manos de los padres de nuestros estudiantes mirarán con asombro y se preguntarán ¿cientos?
Sí.
Cientos.
Sólo hay que contar que para que nuestro salario se acerque a un salario de pobreza debemos trabajar 44 horas por semana, siempre con estudiantes, porque nuestras horas no son horas de aula, de investigación y de extensión como en otros países, aquí no, aquí son horas en el aula. Y esas 44 horas pueden dividirse fácilmente entre 10 cursos, de 30 ó 40 jóvenes por curso... 30 por 10 es 300, 40 por 10 es 400, los más favorecidos puede ser que tengan varias horas por semana con el mismo curso, porque sus asignaturas así lo requieren y entonces disfruten de compartir con sólo 150 ó 200 estudiantes, a los que tienen que conocer, comprender, captar en su lenguaje posmoderno, revisar su redacción, interpretar su escritura y, el día que sus papás o abuelos nos visitan, poder darles una radiografía exhaustiva de su hijo o nieto para que ellos sonrían y se sientan contentos de que el profesor de su hijo lo conoce. Porque si no somos capaces de radiografiar al estudiante, esos padres o abuelos se enojarán, dirán que no nos preocupamos suficientemente por "esos chicos" que se están formando en nuestras aulas y que somos unos irresponsables.
Si alguno de esos padres o abuelos está leyendo esto, quisiera que me contestara si ellos conocen a todos los obreros de la fábrica en que trabajan, a todos, con detalle, cómo piensa cada uno, si les gustan los dulces o los snacks salados, si les cuesta dormirse, si por la mañana desayunan bien, si tienen mascotas y cuáles son, cómo se llaman y si las quieren o no, si son casados o divorciados o tienen parejas, si tienen hijos y si sus hijos están enfermos, sanos o tienen algún problema invalidante. ¿Que esto es mucho, me dicen?
No es mucho.
Es lo mismo que nosotros conocemos de nuestros estudiantes... o es lo mismo que los padres de nuestros estudiantes pretenden que nosotros conozcamos.
Y también nuestros directivos.
Y también nuestros supervisores.
Y también nuestro ministro de educación.
Todos quieren eso de nosotros.
Y no es lo único.
También nos quieren alegres como cascabeles, sin dolores de cabeza   ni problemas, no les importa si nos alcanza el dinero para comprar el alimento, la vestimenta, los zapatos, los útiles escolares, pagar la cuota de nuestra casa o el alquiler, pagar los impuestos y todos los servicios, no les importa si no nos alcanza el salario y entonces cuando llegamos a casa además de corregir pruebas de los estudiantes, preparar nuestras clases, investigar y aprender para mantenernos actualizados, cosa que no es gratuita, porque cada curso que hacemos debemos pagarlo como cualquier hijo de vecino, no importa si además de todo eso también tenemos otro trabajo, ya sea con estudiantes particulares a los que ayudamos a hacer sus tareas porque los papás no tienen tiempo o dicen que no se acuerdan de lo que dieron en su tiempo de escuela, o trabajamos medio tiempo en otras cosas como venta de ropa, venta de cosméticos, venta de artesanías hechas por nosotros mismos, tipeo de trabajos en computadora para estudiantes universitarios, o somos ayudantes de nuestras parejas en sus propios trabajos, y además de todo atendemos las tareas del hogar, ya sean las tradicionalmente femeninas o masculinas, o ambas, cualquiera sea nuestro papel en la familia.
Yo me pregunto algo muy básico, y perdonen quienes se sientan ofendidos por esto que me pregunto, pero ¿por qué se enojan tanto cuando decimos que queremos ganar un salario digno que nos permita mantener nuestro hogar? ¿por qué les molesta tanto cuando comparamos nuestro salario con el de un chofer de micros por ejemplo? ¿por qué les molesta que hagamos un paro de actividades o una protesta o una marcha o que hablemos en un recreo con nuestros estudiantes sobre el problema si somos trabajadores en institutos superiores? ¿por qué los estudiantes se enojan o los padres de los estudiantes se molestan tanto cuando deben reorganizar sus vidas porque no saben dónde dejar a sus hijos porque hoy no hay escuela? ¿acaso la escuela es una guardería o un club de verano donde depositan a sus hijos y se desentienden de ellos?
En este contexto la única lucha que podemos plantear los trabajadores de la educación es la de hacernos oír por quiénes son los responsables de nuestros salarios y a la vez conversar con quienes son los responsables de nuestros estudiantes, pero esta gente pocas veces se interesa por esas conversaciones, los padres o abuelos o hermanos mayores o los propios estudiantes si son de institutos superiores pocas veces se acercan a las asambleas en las escuelas donde estamos los trabajadores y también pocas veces se juntan los distintos gremios a discutir en conjunto sobre las luchas salariales y de condiciones laborales. Esto es cierto, hay que reconocer que tampoco nuestros sindicatos son los que están a la vanguardia de esta tarea.
Son tan pocas las veces que eso sucede que entonces la idea de la guardería o del club de verano resurge en mi cabeza de trabajadora de la educación reincidente, porque soy hija de una trabajadora de la educación y aunque sabía que esto era así, lo que hago me gusta, de todos los trabajos que he tenido es el que más me gusta y el que pretendo tener el resto de mis días, pero también sé que no alcanza para vivir, y es por eso, porque me gusta y porque no alcanza el salario, que no cerraré mis labios hasta que la conciencia de quienes son los responsables de decidir sobre los salarios que cobramos les retumbe con mi voz y con miles de voces (eso espero), y no cerraré mis labios hasta que los estudiantes adultos y los padres, abuelos y hermanos mayores de estudiantes menores entiendan que trabajamos como ellos, que nos deberíamos alimentar como ellos, que necesitamos un sitio donde vivir, ropa y zapatos, que salir de vacaciones no es un lujo y que a nuestros hijos también les gusta reír.
¿Cómo pueden reír nuestros niños si nos ven cansados, estresados o faltos de sueño? ¿Cómo podemos decirles a ellos que quieren jugar que estamos cansados de escuchar cientos de chicos hablando? ¿Cómo pueden nuestros estudiantes ver que sonreímos? Cada vez son menos los trabajadores de la educación que sonríen. El que no lo crea que observe a su alrededor. Sonreímos poco.
La salud mental también es un indicador de la calidad de vida, y no es menor el número de trabajadores de la educación estresados y cansados, ¿y qué dicen los que no saben de qué se trata? dicen que somos vagos, que no aguantamos a los chicos, que deberíamos ser todos jóvenes. Es cierto, pero nos jubilamos como todos los trabajadores, a los 60 ó 65 años, no es lo mismo tener 25 que 55 ó 60 ó 65, no es lo mismo para el cuerpo ni para la mente. Un jugador de futbol que se lesiona una rodilla, por ejemplo, se rehabilita y muchas veces pasa todo un campeonato sin jugar, y eso que es joven, muy joven; un trabajador de la educación que se lesiona una rodilla es criticado cuando no va a clases pero se lo ve caminar lentamente por el barrio porque el médico le aconsejó caminar un poco como rehabilitación. ¿En qué sociedad vivimos que se explica la recuperación de un joven deportista que gana millones y no se justifica la recuperación de un adulto que enseña y debe estar varias horas de pie en el aula y que no ganará millones ni en toda su vida? ¿Quiere esto decir que el gana millones puede rehabilitarse y el que gana poco no? No es eso lo que nosotros enseñamos a los estudiantes, ¿no es que somos todos equivalentes?
Claro que parte de todo esto es nuestra responsabilidad, porque nos hemos creído siempre el cuento de que el docente es un apóstol. Claro, porque los apóstoles de hace 2000 años tenían máximo 30 años, y nosotros tenemos máximo 65, una pequeña diferencia... ellos no tenían familias porque las dejaban para seguir a sus líderes, nosotros tenemos familias y no seguimos a líderes.
Quizás allí está la razón de la incomprensión.
No seguimos a líderes, nos rebelamos, nos animamos a pensar.
Y cuando alguien piensa, en una sociedad de dominadores y dominados, ese alguien es condenado.
A nosotros nos necesitan para "educar" a los niños, adolescentes, jóvenes y adultos que llevarán adelante las "riendas" del país, ¿quieren acaso convertirnos en "Esopos"?
Para quienes no sepan, Esopo era un fantástico maestro que enseñaba con fábulas, era genial...
...pero era esclavo.
No somos apóstoles ni esclavos. Sólo somos trabajadores.
Y como tales sólo requerimos lo que cualquier trabajador requiere: un salario acorde a su trabajo y a sus necesidades.
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