Este título (el paréntesis es nuestro) gritado por los miles de «indignados» en España al retomar la Plaza del Sol en Madrid, sirve para manifestar el escepticismo que priva en los pueblos organizados y en lucha ante las maniobras del poder de los de arriba para manipular las protestas. En México, además significa que no le creemos a los poderes «hacen como que se arrepienten» ante las críticas y denuncias de sectores de la sociedad civil que les han exigido un «diálogo público» donde los de arriba buscan salir en la foto, ocupar tiempo en la tele y falsear en su respuesta, como siempre ha sucedido ante el reclamo de la sociedad.
Y es que cada crisis es más frecuente y se prolonga y empeora las condiciones de vida y de trabajo, alimentada con el despojo y la depredación de las políticas de crecimiento que saquean la vida de las comunidades campesinas e indígenas, que inutilizan la pequeña y mediana industria, que especulan con los valores, con el ansia de consumo, con la moneda y con los fondos de salud, vivienda o seguridad social. Tales hechos no son simples síntomas de un momento de declive en la acumulación del capital en nuestro país y en el mundo, sino un ejercicio constante del funcionamiento del sistema capitalista que las políticas neoliberales o reformas estructurales pueden ajustar pero no resolver. Las leyes del capital son algo más que frases cínicas: el pez grande sí se come al pez chico (que no se agrupa y pelea); para que coman, tengan techo y se vistan dos o tres en una familia, tienen que realizar más trabajo familiar o entrarle a formas indignas de emplearse, incluso ilegales pero permitidas por la necesidad y la pérdida de medios para subsistir.
Sucede igual con las violencias, entre ellas las del crimen organizado dentro y fuera de las instituciones, son expresiones del monopolio de la violencia al servicio del poder en este sistema social. En un Estado como el mexicano esa violencia se expande y redistribuye arriba: pueden matarse unos a otras bandas del poder, sin más interés que la reordenación del mercado (ilegal pero permitido) de las drogas, de las personas, de los órganos, de los recursos estratégicos e incluso del mercado de lavado del dinero y de los puestos públicos. Así, para ser funcionario en algunas regiones ya no sólo se paga mordida o se sirve al padrino o compadre que metió a alguno en la nómina de cualquiera de los niveles de gobiernos; sino que ahora se paga también protección o se reparte con el cártel X, Y o Zetas, los recursos públicos.
Todas estas formas que aplicaba el corporativismo en las organizaciones bajo control de gobiernos y partidos, o la corrupción institucionalizada, ahora se vinculan y, en algunos casos, se subordinan al esquema de coacción, de pago forzoso en el que se ven incluidos, lo mismo víctimas en el comercio, en los talleres, en los servicios, que en los bares, en los grupos de migrantes, entre los jornaleros secuestrados para el corte o el laboratorio de una droga, o las mujeres, jóvenes y niños reclutados a la fuerza de la violencia o del dinero para la trata de blancas o como sicarios.
Al sistema de opresión, manipulación y explotación no se le vence sólo con indignación, con reacciones de descontento; no se le debilita en su moral y se lo hace menos impune dialogando, así sea con fuertes y detalladas denuncias, salpicadas de gestos humanitarios. Se le vencerá resistiendo y generando una lucha anti-sistémica, anticapitalista, antipatriarcal, con una ética y una fuerza que reconstituya el tejido social desde la comunidad, el barrio, la escuela, el centro de trabajo y la red del migrante.
Esa victoria contra el sistema tiene un sólo protagonista real: el pueblo organizado (los pueblos y sus comunidades en lucha) y el mismo se encuentra en fase de resistencia, aprendizaje en la toma de decisiones autónomas, de la conciencia de su fuerza acumulada y potencial, en un proceso de organización territorial capaz de auto-resolución de su vida productiva, social, cultural. Un pueblo que se prepara, que aprende a darse dirección (en el sentido de orientarse y en el sentido de actuar obedeciendo). Un pueblo así es llevado por las circunstancias de la lucha a defenderse legítimamente y ser reconocido más allá de su región buscando y logrando solidaridades. De crecer en el silencio o de haber pasado por una construcción callada de órganos de poder del pueblo organizado, llega a actuar y a concentrar fuerzas regionales con otros pueblos, organizaciones y equipos de apoyo no gubernamental. Ahí está Atenco, ahí las Abejas de Acteal, ahí están las juntas de buen gobierno zapatistas o los agrupamientos comunitarios de otras fuerzas adherentes a la otra Campaña. Está Ostula que se defiende y persiste, o Cherán que además se expresa al unísono de otras voces que reclaman autonomía y el derecho a la defensa. Ahí están las voces me’paha, mixtecas y amuzgas que en la Costa Chica y la Montaña de Guerrero que aprenden a ejercer la justicia autónoma con las armas sencillas de su Policía Comunitaria. Junto a las organizaciones y barriales que se alejan del clientelismo electoral y del corporativismo, los comités obreros y sindicales, los maestros y estudiantes, los grupos culturales. El pueblo indignado construye desde abajo la fuerza que derrumbará al sistema, no para reparar la democracia y la justicia falseada o restringida, sino para darse y hacerse libre y capaz de vivir el bien común
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