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Memorias de un pistolero de la FAI y crónica de la Barcelona anarquista
Reseña del libro de MIR SIERRA, Miquel: Entre el roig i el negre. Una crònica de la Barcelona anarquista. Llibres del Quatre Cantons, Girona, març 2005, en catalán, 250 páginas.
Agustín Guillamón | Balance. Cuadernos de historia | 23-2-2006 a las 23:37 | 1529 lecturas | 2 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/memorias-pistolero-fai-cronica-barcelona-anarquista
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INTRODUCCION

Nos hallamos ante un libro en el que su autor confunde y mezcla conscientemente géneros, absolutamente antagónicos entre sí, como son la novela y la crónica.

La novela histórica es una obra de ficción más o menos fundamentada en estudios históricos que pretende, mediante licencias literarias que no tienen por qué ceñirse a rigor científico alguno, caracterizar, ilustrar o hacernos entender un determinado período del pasado, insertar en éste un argumento novelesco o una aventura, o bien trazar el carácter y la psicología de una destacada personalidad, así como las costumbres y vivencias individuales o colectivas, propias de la época.

Clásicos excelentes de la novela histórica son “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar, con una magnífica traducción al castellano firmada por Julio Cortázar; la supuesta autobiografía de Claudio, novelada por Robert Graves; y las biografías de Julio César, o Napoleón, noveladas por Max Gallo.

Robert Graves simula que su novela es escrita en primera persona por el emperador Claudio, y sitúa en el centro motor de su obra los envenenamientos domésticos de Livia, para conseguir que su hijo Tiberio se convierta en el sucesor de Augusto. Nadie juzgará si es rigurosamente cierta, o no, la atribución a Livia de los envenenamientos de los diversos sucesores posibles de Augusto, que se anteponen a Tiberio. Se trata de una novela histórica en la que el novelista goza de licencias literarias, que no le serían permitidas a un historiador. Un historiador podría incluso recoger los rumores existentes sobre los envenenamientos de Livia, como tales rumores o difamaciones, pero no podría situarlos en el centro de su narración, sin faltar al rigor más elemental de la investigación histórica. Y no podría hacerlo porque tales envenenamientos no están suficientemente documentados, ni son la única explicación plausible de la sucesión de Augusto por Tiberio. Ese rigor documental es la diferencia fundamental entre una novela y una crónica.

La magnífica y documentada autobiografía novelada de Adriano, escrita por Marguerite Yourcenar, que no se permite trasgresión histórica de ningún tipo, es una excelente introspección psicológica en el carácter y la personalidad del emperador Adriano. No necesita ni pretende ser más que una ficción literaria, pero su autora consigue ahondar profundamente en la ética, anhelos y resignación de un individuo que, pese a gozar del formidable poder de un emperador romano, no es más que una persona sometida a la común fragilidad humana ante el destino, la enfermedad, el envejecimiento o el temor a la muerte. Adriano se alza ante nosotros con una grandeza similar a la de Hamlet, Fausto, Medea o Don Quijote. Yourcenar no recurre al artificio literario de hacernos creer que su novela son las auténticas memorias escritas por el propio Adriano, y de haberlo hecho, tal recurso no habría dejado de ser legítimo. Pero Marguerite nunca ha pretendido, ni ha necesitado simular, que su novelado Adriano fuese el “auténtico” emperador Adriano. Hay una diferencia necesaria, una frontera infranqueable, entre literatura e historia.

Con Max Gallo nos encontramos ante el caso de un autor que es a la vez historiador y novelista. Como novelista ha gozado de gran éxito con las autobiografías noveladas de César y de Napoleón. Como historiador es autor, entre otros trabajos, de una excelente y rigurosa biografía sobre Robespierre. Max Gallo tiene a gala diferenciar claramente sus obras de historia de sus novelas, porque quiere evitar al lector cualquier posibilidad de confusión.

En cambio, en la novela de Mir sucede todo lo contrario, puesto que junto al titulo de la novela “Entre el roig i el negre” aparece inmediatamente un oscuro y desafortunado subtítulo “Una crònica de la Barcelona anarquista”. El lector es sometido a un burdo engaño, o si se prefiere, a una confusión insuperable: ¿estamos ante una novela o ante unas crónicas?, que posiblemente no ha sido resuelta ni por el propio creador del engendro.

Mir ha quebrado la necesaria diferencia que debe existir entre literatura e historia. Esa frontera no puede franquearse impunemente, sin caer en un doble descrédito, como novelista y como historiador.

ORIGENES DE LA CONFUSION

El jueves, 28 de abril de 2005, en el suplemento cultural de “La Vanguardia”, diario serio e imparcial, apareció un artículo firmado por Josep Massot (que nadie debe confundir con el riguroso historiador del mismo nombre), responsable de la sección de cultura de ese diario, en el que se afirmaba, en grandes caracteres tipográficos, que el libro de Mir son las confesiones extraídas de un auténtico diario de memorias de un pistolero de la FAI. Así pues, según el periodista Massot, la novela de Mir se basa, no sabemos sin embargo hasta qué punto, en el hallazgo real de las memorias de un criminal anarquista sobre los saqueos y asesinatos que cometió en la Barcelona de 1936. Según el periodista de “La Vanguardia”, Mir ha dedicado siete años a comprobar los datos de ese diario, que luego ha NOVELADO en el libro “Entre el roig i el negre”, además de dedicarse a devolver a los propietarios originales una inmensa cantidad de objetos robados, que todavía se guardaban en el piso londinense, propiedad del pistolero de la FAI, así como en una masía del Penedés.

Josep Massot, con quien mantuvimos una breve correspondencia, tuvo la gentileza de confirmarnos que el diario y los objetos robados no eran un artificio literario, sino un hallazgo real. Y como “La Vanguardia” es un periódico que parece serio no pusimos en duda la veracidad sobre la existencia real de esas memorias. Aunque no resolvió nuestras dudas sobre la importancia y el peso real del diario y las confesiones en el conjunto de la novela. ¿Qué necesidad hay de novelar unas memorias, si no es porque tienen carencias importantes? ¿Por qué no publicar el diario tal cual?

Nos encontramos pues ante un nuevo género literario. No se trata aquí de la genial creación literaria de un Cide Hamete Benengeli, narrador minucioso y omnisciente de las hazañas del ingenioso hidalgo Don Quijote. Aquí resulta que el pistolero de la FAI, y sus memorias, y hasta su cueva de Alí Babá, son tan reales como el aire que respiramos, el suelo que pisamos y el cielo que nos cubre, temamos o no temamos, como siempre teme Astérix, que algún día caiga sobre nuestras cabezas. El nuevo género literario consiste en NOVELAR unos saqueos y unos asesinatos reales, de los que da fe un real pistolero en un diario real. El misterio del nuevo género literario radica, para el lector, en que no sabe ni podrá saber nunca, pues carece del mamotreto original del pistolero de la FAI, qué es ficción y qué es realidad. Cide Hamete Benengeli es un artificio literario divertido, y más cómico aún es saber que algunos lectores lo tomaron por el autor de las aventuras de Don Quijote, y más gracioso e impertinente es poder leer en la segunda parte del Quijote que Alonso Quijano despotrica de las desleales, falsas y groseras aventuras narradas por un tal Avellaneda, y que contemple en una imprenta la confección de un libro sobre sus aventuras en curso. Se trata de artificios literarios complejos y humorísticos, que el lector puede compartir y gozar con Cervantes. Pero ¿qué compartimos con Mir?: confusión, manipulación, oscuridad, indeterminación, creer en un puro acto de fe, o no creer si se es incrédulo, en la veracidad del diario (y de los objetos que dice haber hallado) que luego ha novelado. Se trata de un nuevo género literario, sin gracia ni ventura, muy propio de los actuales tiempos de televisión-basura y comida-rápida-basura que todo lo invade y penetra. ¿Realidad-basura, diarios-basura o historietas-basura: y qué más da y a quién le importa? Para vender, todo vale; para difamar y ensuciar cualquier basura es buena. De lo que se trata es de novelar el tópico del anarquista ladrón y asesino, como son todos los anarquistas. Nuestro pistolero no es un criminal, que además es anarquista, sino que es un criminal porque es anarquista, ya que según Mir todos y todos los anarquistas son criminales.

Como nos es imposible tener acceso al diario de memorias auténtico, realmente escrito por el pistolero de la FAI, juzgaremos sólo y sólo el libro “Entre el roig i el negre. Una crónica de la Barcelona anarquista”. Y lo juzgaremos desde un triple criterio: como novela histórica, como crónica histórica, o si somos capaces de hacerlo, en función del nuevo género literario instaurado por Mir: como “diario real novelado”.

Pero antes es necesario poner los puntos sobre las íes y dejar muy claro qué es lo que sucedió realmente en Barcelona durante los primeros meses posteriores al 19 de Julio de 1936.

LA VIOLENCIA REVOLUCIONARIA DEL 19 DE JULIO DE 1936 EN BARCELONA.

El Estado, en la sociedad capitalista, pretende siempre el monopolio de la violencia, con el objetivo manifiesto de mantener a raya a la clase explotada. A la violencia no controlada por el Estado, y que se ejerce fuera de ese monopolio, se la califica de delincuencia y es perseguida en nombre de la ley y el orden capitalistas. Los principales aparatos del estado ERAN el Ejército, para la defensa frente a otras naciones o la expansión imperialista y como garantía última del orden establecido; la Policía, para prevenir la subversión y reprimir al movimiento obrero; una Hacienda para financiar, mediante tributos, los distintos aparatos estatales y la burocracia; el Parlamento, para resolver pacíficamente los intereses de las distintas fracciones de la burguesía, e incluso institucionalizar al movimiento obrero en la sociedad capitalista. Iglesia, Escuela, Policía-Ejército, Sindicatos, Partidos, Tele-radio-prensa, Corrupción, Mafias, o­nGes y afines, Alternativa antiglobalización “Otro mundo (capitalista) es posible” y Prisión SON, hoy, instituciones estatales y paraestatales destinadas a controlar, deformar, reprimir, vigilar, CON-vencer, manipular, dirigir, tiranizar, desviar, desorientar y castigar a la clase obrera. El Estado es pues el formidable instrumento de dominación de la clase poseedora sobre la clase explotada. El antagonismo de clase, en las sociedades capitalistas, era y es de tal magnitud que jamás el proletariado ha podido, ni puede, ejercer el poder estatal conjuntamente con una fracción de las clases poseedoras, sin favorecer la contrarrevolución burguesa. Las fracciones de las clases explotadas que entren en una coalición gubernamental, por las circunstancias más imperiosas que se quieran, o la razón que fuere, con alguna fracción de las clases poseedoras acabarán siendo, SIEMPRE, cómplices de los inevitables actos de represión contra la clase obrera, que irremediablemente conllevará el proceso contrarrevolucionario. SIN DESTRUCCION DEL ESTADO NO HAY REVOLUCION PROLETARIA.

En 1936, en España, la Iglesia y el clero, con importantes intereses terratenientes, financieros y educativos, eran la poderosa institución coordinadora de la derecha militar y fascista, opuesta al progreso material y social de las clases populares, con una presencia económica, ideológica y cultural, tiránica, omnipresente, inamovible y abrumadora en la vida cotidiana de campesinos, clases medias y trabajadores. Durante todo el período republicano la Iglesia fue vista como el primer obstáculo para alcanzar el progreso y el bienestar social. La alianza de la Iglesia con la derecha más reaccionaria y brutal presentó a esa Iglesia como diana de todas las movilizaciones sociales, progresistas y republicanas.

La sublevación militar y fascista, apoyada, incitada, ansiada, bendecida y amparada por la Iglesia, fracasó en casi toda España, creando como reacción una situación revolucionaria. La derrota del ejército por el proletariado en la “zona roja” había dinamitado el monopolio estatal de la violencia, brotando de la explosión una miríada de poderes locales, directamente asociados al ejercicio local de la violencia. Violencia y poder estuvieron íntimamente relacionados. Por otra parte, las llamadas “fuerzas de orden público” habían desaparecido de la calle, acuarteladas a la espera del momento oportuno de apoyar a la contrarrevolución. Esa situación revolucionaria común fue la que hizo surgir, sin consignas de organización alguna, ni centros de dirección de ningún tipo, en todos los lugares donde la sublevación fascista había sido derrotada: comités; armamento del proletariado; barricadas; milicias; patrullas de control; desaparición de sombreros, trajes y corbatas, sustituidos por monos y pañuelos rojinegros; quema de iglesias; pases emitidos por los comités de defensa; saqueos de casas de la burguesía; juntas revolucionarias de ámbito regional o comarcal en Málaga, Barcelona, Aragón, Valencia, Gijón, Madrid, Santander, Sama de Langreo, Lleida, Alicante, Almería…; persecución, encarcelamiento o asesinatos “in situ” de fascistas, militares sublevados, patrones y clero; incautación de fábricas, cuarteles y locales de todo tipo; comités de control obrero y un largo etcétera en el que el ejercicio de la violencia ERA EN SÍ MISMA la manifestación del nuevo poder obrero. En las semanas posteriores al 19 de julio se vivía una situación revolucionaria, nueva y desconocida, festiva y salvaje, en la que la ejecución del fascista, del amo o del cura ERA la revolución. Violencia y poder eran lo mismo. El torrente revolucionario lo arrasaba todo con su éxtasis furioso, redentor e imparable.

Pero las instituciones estatales siguieron en pie, y la CNT-FAI decidió entrar en un gobierno de coalición con partidos burgueses, para aplastar PRIMERO al fascismo allí donde había triunfado.

Los comités, surgidos por doquier, intentaron ordenar e imponer la nueva realidad social y económica surgida de la victoria insurreccional obrera sobre el fascismo, en Cataluña. Y por supuesto, surgieron los arribistas de la revolución, aquellos que buscaron el beneficio personal a toda costa, en una situación todavía confusa y revuelta, ladrones y asesinos que, sin carné o con carné de cualquiera de las formaciones sindicales y políticas existentes, desde la FAI (pero no sólo de la FAI, como quiere Mir) hasta el PSUC o POUM, pasando por ERC y Estat Català, desprestigiaron la labor revolucionaria en curso. Esos delincuentes fueron denunciados, certera y apasionadamente, por Joan Peiró en “Perill a la reraguarda”. Sin embargo, no confundamos a esos arribistas, que los hubo, no sólo en la FAI, con los incontrolados. Nada tan arbitrario, ni arrojadizo, como los múltiples significados que cada cual dio a la palabra “incontrolado”. La CNT-FAI la utilizó el 28 de julio en un manifiesto, como amenaza contra aquellos que utilizaran la violencia en provecho propio y no se sometieran a los dictámenes, controles y consignas confederales o del CCMA. El gobierno de la Generalidad la utilizó contra los revolucionarios que expropiaban los bienes de la burguesía y ponían en práctica la justicia proletaria. ERC contra toda actividad ácrata. El PSUC contra toda acción que atentara contra la autoridad gubernamental, el fortalecimiento de las instituciones estatales y la centralización militar. Después de mayo del 37 la CNT-FAI calificó de incontrolados a Los Amigos de Durruti. Con la conquista del Estado por los estalinistas, y la instauración del omnipotente terror del Servicio de Información Militar (SIM), todos los revolucionarios del 19 de Julio se convirtieron en incontrolados, desde el ilegalizado POUM hasta los sectores críticos o descontentos de la CNT-FAI.

Así fue y así pasó.

EL LIBRO DE MIR COMO NOVELA

Una crónica histórica ha de atenerse forzosamente a lo realmente ocurrido, aunque caben diversas interpretaciones, que suelen ser fruto de la ideología del autor. En una novela histórica pueden tolerarse ciertas licencias literarias, pero en contrapartida ha de exigírsele cierta credibilidad, y sobre todo una determinada profundización en los personajes, que nos permita entender sus acciones y pensamientos individuales o colectivos, y a través de ellos cierta comprensión de la época, o de la situación histórica vivida por los personajes de la novela. Sin embargo, la ideología del novelista no debería reflejarse en la caracterización de un personaje que fuese de otra ideología distinta. Así por ejemplo, la ideología catalanista y republicana de Mir no debería influir para nada en la descripción que se nos hace del personaje central de la novela, ese pistolero de la FAI, y mucho menos en los pensamientos e ideas expresadas por ese pistolero, ni en su íntima valoración de los hechos históricos vividos.

El protagonista principal de la novela, el pistolero de la FAI, no es creíble en ningún momento. Mir es incapaz de comprender qué es la violencia proletaria, y ni por asomo puede entender qué es la justicia revolucionaria. Es incapaz de transmitirnos la atmósfera de exaltación revolucionaria vivida por los obreros ácratas barceloneses en 1936. Véase de nuevo, en Peiró, la defensa que hace de la violencia y la justicia revolucionarias COLECTIVAS del proletariado barcelonés, claramente diferenciadas de las acciones delictivas, en provecho propio, de ladrones y asesinos. El pistolero de Mir es un militante anarquista que lo ve todo desde la ideología de un jerarca actual de ERC, porque hasta un simpatizante de la Esquerra de 1936 rechazaría la esquizofrenia de este pistolero novelado por imposible e increíble. El pistolero de Mir no es un idealista, es sólo un delincuente, ladrón y asesino, que juzga a sus compañeros como a tales; pero como tal delincuente sería un monstruoso cínico y se expresaría irónicamente. Pero no, el pistolero de Mir, carece de grandeza o bajeza alguna, no le azota ninguna lucha interior desgarradora entre lo que piensa y lo que hace. El pistolero de Mir es sólo un personaje plano, sin conflictos interiores, que le permite al autor de la novela operar con él como lo haría con una cámara de video. Y ese es el único papel que juega el pistolero de Mir, ver los hechos históricos, para que los juzgue el propio Mir desde su ideología catalanista y republicana. Mir crea de este modo un engendro increíble: un pistolero de la FAI que actúa conscientemente como ladrón y asesino, sin idealismo alguno, que piensa, y se juzga a si mismo y a sus compañeros, como lo haría un militante actual de ERC. Pero es que además ese pistolero es, en todo momento, la caricatura ridícula de un monstruo, que acumula todos los tópicos y maldades que la burguesía teme y atribuye al revolucionario, que le arrebata sus propiedades. Más que a un personaje de novela, Mir dibuja el tópico burgués del anarquista ladrón y asesino. Si Mir hubiera hecho de su pistolero un bruto sanguinario, un monstruo sin sentimientos ni ideales, que actúa sólo por el placer de matar y robar, disfrazando o justificando sus crímenes bajo el manto de la ideología ácrata, tomada como excusa o escudo protector, quizás hubiera conseguido un personaje excepcional con fuerza y credibilidad. Pero ese monstruo, en manos de Mir, es sólo esa cámara, que le permite al autor emitir los juicios y prejuicios de un militante de ERC, como si fueran los pensamientos del pistolero. El lector tiene la sensación de que el monstruo se derrite en un frágil y desarticulado muñequito que, en manos del tedioso ventrílocuo Mir, hace muecas extrañas e incomprensibles, mientras balbucea parrafadas ajenas e incoherentes, sin más gracia ni otro sentido que el de vestir el tópico del bruto anarquista de Tarrasa.

Todos los personajes de Mir son escasamente creíbles y las situaciones históricas narradas carecen de fuerza, exaltación y verosimilitud alguna. Tampoco consigue reflejar el irrefrenable ímpetu, la salvaje belleza y la explosiva grandeza del momento revolucionario. Es una mala novela, porque su propósito es, ante todo, confirmar la ya vieja difamación de una ideología y de un movimiento, el anarquista, que ni puede, ni quiere, entender, aceptar o explicar: sólo busca denigrar y exorcizar Julio de 1936.

EL LIBRO DE MIR COMO CRONICA HISTORICA.

Pese a lo que se dice en “La Vanguardia”, y pese a lo que se dice en el prólogo del libro Mir, éste no hace una crónica verídica y aceptable de la situación revolucionaria, creada en Barcelona a partir de la victoria armada del proletariado sobre los militares sublevados contra el régimen republicano, y contra el nuevo gobierno de Frente Popular, surgido en las elecciones de febrero de 1936.

Ante todo una afirmación tajante frente a un autor, como Mir, que ha militado en ERC: sin los anarcosindicalistas en la calle, no habría habido Guerra civil, por la sencilla razón de que la sublevación fascista y militar habría triunfado inmediatamente en Barcelona. La mayoría de los militantes de ERC, salvo un honroso puñado, el 19 de Julio se quedó en casa, a la espera de acontecimientos. El 19 de Julio casi todos los parlamentarios de ERC, con la notable, valiosa y valerosa excepción de Tarradellas, abandonaron a Companys a su suerte, porque se creyeron ante un nuevo 6 de octubre.

Y otra afirmación tan tajante y cierta como la anterior, necesaria además para revitalizar la memoria histórica de los actuales militantes nacionalistas de ERC, que no vivieron el 19 de Julio: la CNT-FAI desautorizó desde los primeros días los saqueos y asesinatos indiscriminados, cometidos por delincuentes con carné o sin carné. Ejecutó “in situ” a militantes cenetistas o no cenetistas que, en la vorágine de la situación creada por la sublevación militar y el vacío de poder, habían delinquido, o se habían tomado la justicia por su mano, con fines privados.

Pero no hay que olvidar que también hubieron delincuentes y pistoleros con carné de ERC, y que el propio comisario de orden público de la Generalidad, Revertés, militante de ERC, había intentado asesinar chapuceramente a su suegra, porque creía que su cargo le hacía impune a cualquier delito. Descubierto y denunciado por los Servicios de Investigación de la CNT-FAI, dirigidos por Manuel Escorza, fue puesto a disposición del presidente de la Generalidad. Confeso, y destituido de su cargo, fue abandonado por Companys a la custodia del citado comité, que le ejecutó inmediatamente.

Por otra parte, debe quedar muy claro que la CNT-FAI, en la situación revolucionaria creada el 19 de Julio, no condenó TODAS las ejecuciones y expropiaciones, porque como dijo el propio Peiró, tan merecidamente citado como azote de la violencia indiscriminada, era necesaria una justicia revolucionaria popular de carácter COLECTIVO, inmediato y espontáneo.

Y el 19 de Julio matar un fascista, fusilar un cura, o saquear e incendiar una iglesia era hacer la revolución. Quizás no lo fuera ya en noviembre, porque los avances de la contrarrevolución en marcha desfiguraban el carácter festivo, glorioso, igualitario, excitante, gozoso, anónimo, purificador, lúdico, salvaje, entusiasta, justiciero, popular, liberador, erótico, solidario y maravilloso que había tenido en Julio el uso de las armas.

Violencia y poder iban juntos. Una vez destruido el monopolio de la violencia por el Estado, porque se había derrotado al ejército en la calle, y armado el proletariado, se abría una situación revolucionaria que imponía su violencia, su poder y su orden. El poder de una clase obrera en armas.

No hay nada más violento ni autoritario que derrotar al ejército, y eso lo hicieron los anarcosindicalistas y el pueblo de Barcelona. No hay nada más violento ni autoritario que arrebatar las armas de los cuarteles y armar al proletariado, y eso lo hicieron los anarcosindicalistas. No hay nada más violento ni autoritario que arrancar las fábricas a sus propietarios, y eso es lo que hicieron los anarcosindicalistas y el proletariado catalán. Aunque hay quien dice, como Víctor Alba (POUM), que la colectivización fue fruto del abandono de las fábricas por sus dueños, olvidando que si éstos habían huido era porque comités de hombres armados habían ido antes a buscarlos a sus domicilios. No hay nada más violento ni autoritario que disolver el gobierno y destruir el aparato estatal, pero eso NO lo hicieron los anarcosindicalistas, que optaron por colaborar con el resto de fuerzas políticas (incluso las burguesas, como ERC y Estat Català), con el gobierno de Companys y con las instituciones estatales. Ese fue el error de los anarquistas: no destruir el Estado y colaborar con el gobierno de Companys.

El error anarquista, en julio de 1936, no fue el de matar curas, quemar iglesias, formar milicias y patrullas, tomar las fábricas o crear comités por doquier. El error fue dejar en pie el gobierno de la Generalidad, y colaborar con él mediante el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA). El error fue no dar la patada de gracia a la Generalidad, sustituyéndola por una Junta Revolucionaria, representante de los comités. Una Junta capaz de centralizar el poder del proletariado en armas y coordinar los comités locales. Una Junta capaz de plantearse y resolver, desde esa centralización y coordinación de los comités, entre otras muchas labores necesarias, la tarea de REPRIMIR A LOS LADRONES Y ASESINOS SIN CARNÉ O CON CARNE (incluido el carné de ERC), y sobre todo la de sustituir a los funcionarios y altos cargos derechistas, que como denunciaba Peiró, saboteaban la producción y la guerra desde el gobierno de la Generalidad. Joan Peiró llegó a decir que mejor hubiera sido matar menos curas y más altos cargos y funcionarios; aunque lo realmente revolucionario quizás hubiera sido dejarlos a todos en el paro, suprimiendo el Estado.

Mir es incapaz de comprender, e incluso de “aceptar”, la evidente existencia histórica de esa violencia revolucionaria del proletariado barcelonés, que para él, y “La Vanguardia”, sólo pueden ser caos, saqueos, asesinatos, incendios, robos, pero sobre todo el fin del poder de la burguesía, y por lo tanto SU fin del mundo.

Mir, además de su incapacidad para entender la situación revolucionaria del 19 de Julio, a causa de su ideología burguesa, comete graves e innumerables errores historiográficos, más propios de un bachiller, poco leído e interesado en el tema de la Guerra civil, que de un archivero y erudito, como nos es presentado en “La Vanguardia” y en el prólogo de su libro. Aunque digan que “La Vanguardia” es un diario serio e imparcial.

Vamos a demostrar que el libro de Mir, desde el punto de vista del cronista, está plagado de imprecisiones y errores, y lo que es aún peor, está mal enfocado y estructurado. Por razones de espacio y brevedad señalaremos sólo los errores más graves y los más divertidos:

En la página 34 no reconoce las estrofas de un conocidísimo himno bélico catalán.

En la página 35 da una falsa explicación del bombardeo ocurrido el 17 de marzo de 1938, a las 14,05 horas, en la Gran Vía / Balmes, cuya enorme destrucción no fue causada por la utilización de explosivos de gran potencia por parte de la aviación italiana, como dice Mir, sino al alcanzarse casualmente un camión cargado de natamita.

En la página 105 Mir afirma que Francisco Ascaso, que había caído el 20 de julio de 1936 en el asalto al cuartel de Atarazanas, formaba parte desde el 21 de julio del Comité Central de Milicias Antifascistas. Y esta afirmación es puesta además en labios del protagonista de la “crónica novelada” esto es, del pistolero de la FAI que escribe el diario que Mir novela. Es absolutamente impensable que un viejo militante de la FAI no supiera, o no se acordara, de la muerte de Francisco Ascaso el 20 de julio, en el asalto al cuartel de Atarazanas. Hay errores lo suficientemente graves como para desautorizar, no ya la supuesta crónica y el supuesto diario, sino también la novela. Es increíble que el pistolero barcelonés de la FAI desconociera la heroica y mitificada muerte de Francisco Ascaso, reproducida hasta la saciedad en estampas, sellos, discursos, artículos… y que constituyó una auténtica tragedia, vivamente sentida por todos los luchadores del 19 de Julio. Este error es un auténtico blasón, que desautoriza a un Mir que “La Vanguardia” y el prólogo nos intenta pasar por investigador, conocedor y erudito de la historia de la Guerra civil.

En la página 112 el pistolero de la FAI inventado por Mir o, si Mir quiere y la seria e imparcial “La Vanguardia” quiere, el auténtico pistolero de la FAI que escribe un diario auténtico, nos dice que pertenece a la sección doce de las Patrullas de Control de Barcelona. Lástima que sólo hubo o­nce secciones. A los mentirosos se les coge en detalles tan estúpidos y nimios como éste. No entendemos que “La Vanguardia”, como diario serio e imparcial que dice ser, no señale en su crítica errores de tal calibre.

En la página 113 se afirma que las patrullas de control eran algo así como el brazo armado de la FAI. El disparate no puede ser más descomunal si tenemos en cuenta que las patrullas de control, dependientes del CCMA y luego de la Consejería de Orden Público, estaban formadas (en octubre de 1936) por unos setecientos hombres, de los cuales sólo la mitad aproximadamente pertenecían al movimiento anarquista, y la otra mitad al PSUC, ERC, UGT o sin afiliación concreta. El brazo armado de la FAI, en Barcelona, si de tal cosa puede hablarse, estaba constituido por los Comités de Defensa de las barriadas y por el Comité de Investigación de la CNT-FAI, amén de la lejana fuerza que suponían las milicias ácratas del Frente de Aragón.

En la página 148 se hace una narración absolutamente errónea de la muerte de Durruti en el frente de Madrid. Es difícil cometer tantos errores en un solo párrafo. Durruti fue a Madrid a causa de la insistencia de Federica Montseny y Marianet, y no de Cipriano Mera. Durruti fue herido de bala el 19 de noviembre, y no el 20, como dice Mir. La bala que le hirió no fue en un asalto al Clínico, como dice Mir. La bala no era de un Winchester, como dice Mir.

En la misma página 148, Mir afirma que Durruti fue enterrado el mismo día en que se hizo el cortejo fúnebre, en el cementerio de Montjuic, bajo una montaña de flores. Lo cierto es que Durruti no pudo ser enterrado ese mismo día, porque el agujero era demasiado pequeño y las montañas de flores y una lluvia torrencial impidieron ampliarlo hasta el día siguiente. Mir puede documentarse en mi artículo “Habla Durruti”, publicado en www.red-libertaria.com.

En la página 140 Mir afirma que entraron tres ministros anarquistas en el gobierno de Largo Caballero. Hasta nuestro bachiller, poco leído e interesado, le corregiría el número al señor Mir, diciéndole que fueron cuatro: Juan López, Juan García Oliver, Federica Montseny y Joan Peiró. Tres juanes y una federica ¡Menuda crónica la de Mir: no acierta ni una!

En la página 159 Mir afirma que las Jornadas de Mayo (3 al 7 de mayo de 1937) supusieron la inmediata sustitución de Largo Caballero por Negrín, y que fue Negrín quien desde Valencia ordenó el envío de ochenta camiones que llegaron a Barcelona el 7 de mayo.

El error cronológico implica una incomprensión absoluta de lo ocurrido. Fue Largo Caballero quien envió esos camiones, además de varios navíos que Mir no cita. Porque Largo Caballero no fue sustituido por Negrín hasta el 17 de mayo. Nuestro bachiller está pensando seriamente en darle a Mir un cero patatero. Y otro a la crítica de “La Vanguardia”, que ha elogiado seria e imparcialmente el libro de Mir como un libro imparcial y serio, vomitado tras varios años de investigación.

En la página 160 Mir afirma que a principios de mayo Los Amigos de Durruti elaboraron un manifiesto en solidaridad con el asesinato de Nin por los soviéticos, al mismo tiempo que pedían la formación de un gobierno revolucionario, el fusilamiento de los culpables del asalto a la Telefónica y denunciaban a los estalinistas como responsables de los Hechos de Mayo. ¡A veces puede ser difícil y laborioso explicar el cúmulo de errores, barbaridades, estupideces e imprecisiones que la empanada mental de un ignorante puede apretujar en sólo cinco líneas! Pero vamos a intentarlo: Los Amigos de Durruti lanzaron el 5 de mayo, en las barricadas, una octavilla en la que pedían la formación de un Junta revolucionaria que sustituyera a la Generalidad y el fusilamiento de los culpables del asalto a la Telefónica, al tiempo que saludaban a los compañeros del POUM, que también combatían en las barricadas. El 16 de junio el POUM fue ilegalizado y su ejecutiva detenida. Días después Nin fue secuestrado de una cárcel republicana por agentes soviéticos. Torturado en una finca de Alcalá de Henares, propiedad de unos aristócratas estalinistas, fue asesinado por Orlov, Gerö y otros, en una curva de la carretera entre Alcalá y Perales de Tajuña, muy probablemente hacia el 23 de junio.

Era pues imposible que Los Amigos de Durruti se solidarizaran, el 5 de mayo, con el POUM, a causa del secuestro y asesinato de Nin, ocurrido entre el 20 y el 24 de junio. Mir mezcla fechas y acciones, anticipa denuncias por asesinatos antes de que se produzcan, y en suma no hace más que desacreditarse ante nuestro bachiller, no ya como mal novelista y peor cronista, sino como pésimo lector o estudiante de historia. No sólo Mir no es un erudito sobre la Guerra civil, sino que ha leído poco y mal. Sobre este tema remito al lector interesado a mi artículo “Los Amigos de Durruti en mayo de 1937”, publicado en www.red-libertaria.com.

Podemos concluir que el libro de Mir, en cuanto crónica, está plagado de errores, algunos tan inadmisibles como el de la presencia de Francisco Ascaso en el CCMA, la sustitución de Largo Caballero por Negrín durante las jornadas de mayo, la denuncia por Los Amigos de Durruti, en su octavilla del 5 de mayo, del secuestro y asesinato de Nin en la segunda quincena de junio y un largo etcétera del que sólo hemos destacado los más disparatados, aunque confesamos que lo que más nos irrita en la lectura de la bazofia de Mir son las constantes imprecisiones y pequeños errores que pueblan todo su libro.

HACIA LA HISTORIA BASURA: ¿UN NUEVO GÉNERO?

¿Por qué tomarse las molestias de leer y reseñar el libro de Mir, que es una mala novela y una peor crónica?

Pues porque al parecer el libro de Mir se inscribe en un nuevo género, que ya hace furor en algunas editoriales: “la historia basura”. Se presenta como libro de historia un bodrio que no es más que un tocho de papel, fabricado con cinco tijeretazos y dos documentos mal interpretados. La lista sería larga e ilustrativa, desde un Pío Moa, escribano a la carta que, sin investigaciones propias de peso y calidad en archivos, se limita a reinterpretar la historia desde la perspectivas, demandas y necesidades ACTUALES de la extrema derecha franquista, hasta un César Vidal, escribidor al servicio de la última moda del mercado editorial sobre los temas más variopintos, capaz en su libro sobre Durruti de un plagio descarado y ácido de las investigaciones que Abel Paz ha realizado a lo largo de toda una vida. Han desaparecido por completo el rigor y la fiabilidad, amén de la cortesía de la cita “comedida” de otro historiador.

Un caso inaudito es el del mediocre historiador derechista (¿carlista?) César Alcalá, que ha publicado un libro sobre las checas de Barcelona, citando literalmente unas veces, y otras sin citarlo, o reseñándolo, todo un trabajo de Agustín Guillamón sobre el tema, que abarca un tercio del libro de César Alcalá. Los otros dos tercios los completa con tijeretazos menores, estadísticas, listados y quizás algún agrio y mínimo fruto de cosecha propia. Plagiar y citar tan ampliamente, SIN PERMISO, la obra de otro autor, tiene delito; pero si además todo ello se usa, malévola y torcidamente, para llegar a conclusiones descabelladas y aberrantes, que el autor así saqueado no comparte, merece ser denunciado públicamente.

Frente a la gravedad de los casos anteriores, pasan a ser “pecata minuta” las llamadas técnicas periodísticas de un José María Zavala, que en su libro sobre Nin suprime toda cita, en la que se indique de qué libro o a qué investigador se deben sus afirmaciones, con lo cual no sólo el lector pierde la posibilidad de comprobar y ampliar los datos, sino que además se arrebata a los investigadores, no citados, sus primigenios descubrimientos, y a la ciencia histórica algo que se parezca remotamente al rigor científico, olvidándonos ya por supuesto de la mínima cortesía debida a los historiadores así pirateados. Más que de una técnica periodística, cabe hablar de una técnica basura. Y a ese atraco múltiple hay quienes lo llaman hacer el estado de la cuestión sobre el tema. Ya ni señalamos los múltiples errores, las graves deficiencias y las turbias interpretaciones de Zavala, porque nos parece una labor descomunal, ingrata y sobre todo inútil.

El libro de Mir, ni novela ni crónica, sino todo lo contrario y del revés, tiene además la desfachatez de presentar como “crónica novelada” lo que no es más que una grosera “difamación novelada” del movimiento revolucionario barcelonés de 1936.

Mir no ha inventado un nuevo género, el de la crónica novelada, porque el género de la difamación y la calumnia, sobre todo cuando procede del odio de clase contra la revolución proletaria, del terror que inspira en la burguesía la violencia revolucionaria del proletariado, no necesita de excusa alguna, ni es ninguna novedad, ni necesita presentarse como nuevo género literario.

Bastan primero (1936-1939) bombardeos, masacres, terror, cárceles y paredones contra el proletariado. Luego (hasta 1976) una dictadura fascista de cuarenta años, a la que propietarios de un diario, que aún se pretende serio e imparcial, cedieron gratuitamente una fábrica de cáñamo, para convertirla en campo de concentración de penados a muerte, con cómodo cuartel anexo de la guardia civil, todo ello muy eficientemente cerca de la playa del Campo de la Bota, donde se fusiló masiva e impunemente desde 1939 hasta 1952. Y, por fin, ahora, para rematarlo todo, tras la amnesia de la Transición, la historia basura de los píos moa nacionalistas, franquistas y de extrema derecha; o los nuevos píos mir, nacionalistas, republicanos y de izquierda. Porque es entre píos y flautas donde los extremos nacionalistas se tocan hoy: contra los ácratas y los revolucionarios, todos a una; y todo por la patria.

Nada nuevo bajo el sol, y mucho menos la basura de siempre, que unas veces nos quieren vender como historia y otras como novela, y ahora Mir como crónica novelada. Ya se sabe, desde siempre, y para eso no hacen falta ni vanguardias ni píos, sino los habituales siervos de la burguesía ilustrada, que todos los anarquistas son, por definición, ladrones y asesinos. Y eso lo dicen, también desde siempre, novelistas, historiadores y diarios muy burgueses, y más subvencionados, que se creen realmente serios e imparciales. Es un tópico, y de los tópicos no salen novelas ni crónicas: sólo basura. Y hasta hay basureros que confunden lo serio con lo triste, y llaman imparcialidad a la complicidad.

CONCLUSIONES.

“Entre el rojo y el negro” es un libro que no aporta nada nuevo a la clásica, clasista y soez difamación franquista y catalanista del movimiento obrero en Cataluña. Es fruto del odio y del temor de clase a la revolución proletaria. Oscila constantemente ENTRE EL TÓPICO Y LA INFAMIA burgueses contra la acción revolucionaria de la clase obrera barcelonesa y catalana durante la Guerra civil.

Agustín Guillamón
Balance. Cuadernos de historia (septiembre 2005)
http://es.geocities.com/hbalance20000

OBRAS CITADAS:

ALBA, Víctor: Los colectivizadores. Laertes, Barcelona, 2001.

ALCALA, César: Checas de Barcelona. Belacqva, Barcelona, 2005.

GALLO, Max: L´homme Robespierre. Histoire d´une solitude. Paris, Perrin, 1968.

- Napoleón” (novela). Planeta, Barcelona, 2004.

- César Imperator. Planeta. Barcelona, 2004.

GUILLAMON, Agustín: “La NVKD y el SIM en Barcelona. Algunos informes de Gerö (“Pedro”) sobre la Guerra de España”. Balance. Cuadernos de historia número 22. Barcelona, noviembre 2001.

- “Doce estampas revolucionarias (o no) de Barcelona”. Balance. Cuadernos de historia número 30. Barcelona, mayo 2005.

- Varios artículos en www.red-libertaria.com

- Varios artículos en http://es.geocities.com/hbalance2000

MIR SERRA, Miquel: Entre el roig i el negre. Una crònica de la Barcelona anarquista. Llibres del quatre cantons, Girona, 2005.

MOA, Pío: Innumerables engendros….

PAZ, Abel: Durruti en la Revolución española. Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid, 1996.

PEIRO, Joan: Perill a la reraguarda. Edicions Llibertat, Mataró, 1936.

VIDAL, César: Durruti. La furia libertaria. Temas de Hoy, Madrid, 1996.

YOURCENAR, Marguerite: Memorias de Adriano. Traducción de Julio Cortázar. Editorial sudamericana, Buenos Aires, 1980.

ZAVALA, José María: En busca de Andreu Nin. Plaza y Janés, Barcelona, 2005.

 
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Comentarios (2)

Moralismes innecessaris

Juli|24-02-2006 13:45

Encara no he enllestit la lectura del llibre d'en Mir i ja us puc avançar que com a novel·la és un pal! Costa llegir-la perquè no hi ha trama. L'autor s'escuda en la ficció literària, però en realitat fa una llarga garbellada a la història social contemporània de Catalunya.

Se'm fa pesat haver de llegir els desglossaments d'objectes saquejats de les esglésies...i la minuciositat amb què es descriu el patiment de capellans i monges. Mai s'és neutral i Mir demostra, tot i els intents d'abastar-ho tot, que el seu punt de partida és clerical i "elitista". A mida que llegeixo les pàgines avorrides i monòtones (espero acabar aviat) no paro de mirar la foto de l'autor que hi ha la pestanya del llibre i em prgunto si és seminarista o una rata de sagristia...

Mir pren partit i el seu punt de vista obvia o minimitza el dolor i el patiment de la Catalunya obrera: humuliada, reprimida, torturada, desnodada, explotada, etc.

Hi ha tòpics que em resulten difícils d'empassar. Per exemple, em resulta infumable el seu punt devista sobre la participació de les dones en la lluita armada. Mir (p.108) sosté i reforça la idea que les milicianes o eren putes o feien nosa! És a dir: tota una declaració de principis!

Quan acabi el llibre en seguirem parlant!

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jo sí l'ha llegit

guinarda|25-02-2006 13:28

I no l’he trobat tant pesat, potser una mica repetitiu. El que sí trobo clar és la seva presa de partit, la seva "defensa" velada del valors de l’església i de l'ordre establert. I, com molt bé dius, oblida la situació que aquests poders van generar de malestar i indefensió de tot un poble. Ensems que fa un retrat de l'anarquisme massa fàcil i tendenciós, com de gent aprofitada i sense escrúpols. S'ha de llegir amb cura i anar retallant allò de gratuït que hi posa. Però es deixa llegir.
 

www.guinarda.com

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