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Memoria de los años ochenta (2)
Con las libertades, mucha militancia tomó las instituciones como un premio o como una buena colocación. El cinismo se hizo agobiante, y se podían escuchar cosas como “todo tiene su precio”.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 30-9-2008 a las 15:13 | 1429 lecturas | 2 comentarios
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Supongo que hasta la militancia más convencida necesita un reconocimiento y he conocido pocos casos en los que éste no ha parecido una necesidad más o menos abierta. También resulta natural que, después de toda una vida, el militante no trate de hacer más patente esta exigencia; entonces, la biografía se convierte en un aval para que el reconocimiento. El obsesivo puede está dispuesto a muchas cosas, por ejemplo, a asimilar como propias las batallas ajenas y, sobre todo esto, la vieja guardia del POUM contaba historias para llenar un saco. María Teresa García Banús, compañera de Juan Andrade durante 60 años, recordaba en uno de sus últimos escritos unas líneas de Trotsky en las que este anotaba que lo difícil no era ser un revolucionario en los días de gloria o de barricadas, sino que lo verdaderamente difícil era mantenerse «mientras llueven piedras» y hacer de ello, una opción de vida.

            Después de lo de Franco, la militancia se convirtió, en muchos casos, en ausencia de mayores glorias, en una exigencia de servicios prestados a la democracia, una reivindicación viva entre los jóvenes cachorros del eurocomunismo que se estaban quedando sin despachos en medio de todos los beneficios de la postmodernidad. Fue precisamente Santiago Carrillo quien recordó esta frustración a la hora de las recompensas. Él no pudo quejarse. Se podría hablar mucho de sus servicios prestados al franquismo “aggionardo”, y lo pudo ser porque llegó a alcanzar el poder de un monarca en el aparato del PCE-PSUC, y porque representaba a una élite que había sido militante pero que ahora se daba de codazos por las prebendas. También porque la militancia más honesta se creyó de que la única alternativa a todo aquello era un golpe militar, y pensaba que ahora esto, y mañana lo otro. Carrillo tenía sus propias razones –sus propios cadáveres- para firmar hasta el pacto de silencio, y todo se pensaban que, llegados a Europa tendríamos el “Estado del Bienestar” garantizado. Luego vendrían  las rebajas. Solo unos pocos pusimos el grito en el cielo, incluso su feroz crítico del día antes, Fernando Claudín, describió a Carrillo, en un encargo para Planeta, desde su perspectiva de agradecido presidente de la Fundación  a la que un amigo socialista ---muy amante de los juegos de palabras, que llamaba a la Transición, Transacción-- la llamaba Panteón, porque certificaba eruditamente la muerte de Pablo Iglesias— y limpió su pedestal como caballero al servicio de su Majestad, y muchos de sus delfines pasaron a ocupar cargos importantísimos. Esta necesidad —«tan humana», en expresión de Germán Pedra— tuvo su obvia correspondencia en los círculos del poder más modestos.

        Y como todavía no se había abierto la brecha de la OTAN, persistía el buen rollo con las antiguas amistades locales, y servidor pasaba bromeando por los despachos sin disimular la mala uva, proclamando con Lampedusa en la mano aquello inscrito en su título que se refería a una fase intermedia entre los leones y las hienas. Naturalmente, Iglesias, Perezagua, Vera, García Quejido, etcétera, fueron los primeros. Largo Caballero, Araquistain, Prieto, etcétera, los gatopardos. ¿Y a qué no sabéis quienes son las hienas?. Pues a los que le han dado la vuelta al guante de su programa, la espalda al Polisario para ser bien recibidos por el rey de Marruecos, los que han sido conquistados por un Estado hecho en componenda con los restos del anterior. Supongo que estas bromas no iban muy lejos, sobre todo cuando las respuestas podían ser no menos vitriólicas y, ante mi sorpresa, algunos de mis amigos que creían en el felipismo como un posibilismo inevitable, comenzaron a tratarme de «institución», un término que podía traducirse como alguien al que «la vieja ramera de la historia había dejado al margen». Fuera porque esto no dejaba de parecer escaramuzas o porque se sentían muy potentes, el caso es que se me surgió la posibilidad de ocupar un modesto lugar en el pesebre.

          Esto me tocaba la vanidad; con mi currículum podía aspirar a ser bastante más. Nadie me explicó tan bien el engranaje como Isidre Molas, cuando lo fui a visitar al mercado de la calle Nicaragua, donde me encontré barones por todas partes, aunque lo que más me llamó la atención fue una vitrina con libros de Fontamara y otras editoriales similares, con diez dedos de polvo. Para Molas, lo que hicimos fue necesario entonces; ahora, eran necesarias otras cosas. Cuando ganaba gente experimentada e idealista, realizaban una buena inversión. El individuo, normalmente con mucho rodaje, se tomaba las tareas con una capacidad de entrega que no estaba, normalmente, al alcance de un técnico indiferente. En un principio, trataba de mantener el equilibrio entre su cometido y su ideario, pero la dinámica cotidiana iba estableciendo la prioridad del primero. Por poco que ganara, su salario solía ser muy superior al de antes, y se establecía en un tren de vida en el que la casa, la hipoteca, el colegio de los niños, etcétera, le hacían dependiente del cargo. Llegado el momento, es capaz de hacer lo que sea para conservarlo. A la larga, aprendía que su porvenir estaba ligado a su lugar en el partido y que, añadía yo, Alfonso Guerra lo veía todo. Por estos pasillos se movían ahora viejos camaradas y amigos como Henri Weber, autor de un magnífico ensayo sobre cómo se formaba la burocracia ahora flamante diputado y “barón”  en las filas miterrandista.

        La sugerencia se llamaba Dirección General de Cultura del Ayuntamiento y se requería currículum, más un informe sobre la situación cultural en L'Hospitalet. Era una prueba que tenía su parte atractiva y estaba convencido de que el engranaje no me devoraría. Lo que no sabía era que existía un entre líneas en ambas pruebas. En mi currículum lo incluí todo; no había que ser muy listo para adivinar que no era alguien que estaba de vuelta. Si existía alguna duda, el informe —aparte de las torpezas gramáticas y de la tosquedad de la presentación— resultaba claramente incisivo, por ejemplo, porque defendía que la Dirección debía estar al servicio del activismo cultural, y no al revés. Por otro lado,  servidor por  aquella época podía pasar por uno de los divulgadores en castellano del manifest Una nació sense Estat, un país sensa llengüa?, y me esforcé por detallar una línea de trabajo de puente entre els altres catalans y la cultura catalana. Lo que algunos de mis amigos daban por cantado no resultó. El plazo de 15 días para informar de los resultados de las oposiciones se aplazaron inusitadamente. Luego, se añadió otra prueba más: un test psicológico. Alguien con experiencia me dijo: «Despídete». El test se justificó diciendo que el puesto requería mandar sobre muchas personas, algo que yo venía haciendo desde hacía tiempo como jefe del personal subalterno en el Ambulatorio, un puesto que, podía presumir, fue consensuado entre la jefatura y la asamblea.

          Todo acabó aquí y nunca me planteé si la selección de una joven militante socialista recién llegada de tierras gerudenses respondía a algún tipo de valoración objetiva que no fuese el hecho de que no crearía ningún problema a Amadeo Juan, el muy moderno concejal de Cultura. El caso es que no me presté al juego. Es más, advertía que, en un momento dado, podría darles un disgusto, por ejemplo, protocolario. A mí que no me viniera ningún presbote, pues haría como mi abuelo Manuel, que aunque era muy burro,  agachaba la cabeza para no tener que saludar a los señoritos.

        En nuestras disputas, a Germán (Pedra) le gustaba aseverar que «todos tenemos un precio» y mi respuesta era que posiblemente eso fuese cierto, pero que había gente que no ponía su precio ni en dinero ni en una vida acomodaticia. La ruptura con el medio socialista fue total cuando la campaña contra la OTAN de la que Germán fue, en L'Hospitalet, uno de los portavoces felipistas. Convertido claramente al monarquismo neoliberal, Germán era ya consciente, en la mitad de los años ochenta, que lo del socialismo o lo de la socialdemocracia no era más que una «marca registrada». Nos veíamos de uvas a peras y nos gastábamos bromas. Él me presentaba como una posible reencarnación de Saint Just y algo de eso debía de haber. Una noche mientras cenábamos, vimos como Informe Semanal, dirigido por Ramón Colom, explicaba la conquista de las libertades a la medida del rey como en una película en la que sin el chico nada habría sido posible, y yo perdí los estribos. Germán se puso el traje oficialista, me recordé la foto que tenía en su casa con Juan Carlos I, y la bronca superó los niveles de acritud permitidos. Luego no volvimos a vernos por mucho, mucho tiempo.

        Unas semanas después, sentí el gusto de publicar en Combate la diatriba anti-juancarlista más feroz que recuerdo haber leído —que no fueran las de la izquierda más zarrapastrosa—, tomando como pretexto el baboso reportaje televisivo y una antológica de piropos al rey en el que participaba todo el arco parlamentario. Alguien me advirtió que «me la jugaba», pero siempre pensé que no nos hacían caso más que como arquetipos de la marginalidad política y que no existía ningún interés en crear problemas con unos francotiradores tan aislados.  Por otro lado, el ejercicio jacobino me valió los elogios de amistades a las que yo tenía una alta consideración. 

      A lo largo de la década, tuve el doloroso privilegio de asistir al declive y a la lenta agonía de periódicos, revistas e editoriales de izquierdas con los que mantuve algún tipo de relación más o menos activa. Nada más comenzar 1980, se desmoronó el negocio de Sebastián Auger y desaparecieron las revistas Mundo y Mundo diario cuando ya había comenzado a creer posible el sueño de convertirme en un tribunalista incisivo, cuyos trabajos esperaban mis amigos. A continuación, llegó el fin de Dopesa y, posiblemente, la mía fue una de las últimas firmas en cobrar derechos de la colección Conocer, justo cuando andaba como loco preparando un Deutscher para el que me había puesto en contacto con su viuda, Tamara, al tiempo que ya andaba soñando con un Bretón. Cuando pasé por el banco, y ya tenía el dinero en la mano, el empleado me dijo: “Ese dinero, si me lo hubieras pedido ahora, ya no podría habértelo pagado”.

        Lo del Brusi ya comportó el fin del proyecto Marxa, al que le dedicamos innumerables reuniones. Pero, a mediados de 1981, una suma de publicaciones de las que el diario dio cumplida reseña insufló nuevos vuelos a la creencia de que existía un espacio para mis trabajos. Recuerdo un día de trabajo en el que sobre la mesa de cultura coincidieron de golpe el número de Tiempo de Historia con mi trabajo sobre el asesinato de Trotsky que comprendió portada; un número de Historia 16 con una semblanza mía de Panait Istrati; la revista Contraviento, en que se inscribía un trabajo mío sobre César Vallejo, al lado de un buen número de revistas ilustres. Pero, aunque todavía subsistió un poco, Tiempo de Historia tuvo que cerrar y, antes, desapareció Triunfo, precisamente cuando estaba fraguando un viaje a Madrid para entrevistarme con un responsable. En aquel viaje, visité la sede de varias editoriales que ya estaban con la soga al cuello y  después de una interesante entrevista pacté un plan de trabajo con Antonio Amorós, de Gaceta del libro, con tanta fortuna que cuando cerró, ni siquiera quedó alguien a quien reclamarle los originales enviados.

        Una de las visitas fue a la sede de Zero-ZYX, pero no pude entenderme. La persona con la que había tratado la edición de unas Lecciones sobre la historia del socialismo ya no estaba y, poco después, Eduardo Rojo me contaba cómo la Iglesia, que había permitido la trampa por la que se coló la editorial en 1966, acababa de liquidarla y cómo para ello empleó a unos antiguos izquierdistas —uno de los cuales declaraba «superada» todas las Internacionales en una entrevista publicada en Interviú— ganados para un grupo sórdido todavía más a la derecha del Opus llamado Comunione i Liberazione. En el caso de Fontamara no fue, desde luego, la Iglesia; mucho tuvieron que ver las deudas. Stoute había interpretado el giro en la situación como coyuntural y se propuso ganar el mercado en ciencias sociales abandonado por Anagrama.

          No pasó mucho tiempo en que el fondo editorial, incluidas las preciosas traducciones de Emili Olcina, se encontraba entre los saldos, al igual que lo estaba —para mi sorpresa— todo el fondo de la mexicana ERA, a 500 pesetas los tres volúmenes. Aquellas memorables biografías de Trotsky y de Rosa Luxemburgo, amontonadas en El Corte Inglés, me trajeron a la memoria la imagen de los libros saqueados en el cuartel de Sanidad en Ceuta. Percibí aquello como una muestra diferente de otra derrota. Hacía tiempo que me había despegado de la editorial especialmente dolido por el desinterés que mostraba Stoute por mis cosas —no lo mandé a la m… de milagro el día en que me dijo que lástima que no les hubiera ofrecido mi Trotsky— y supe por terceros que su relación con Melan, el responsable de la Liga, había acabado de mala manera y que se hacía prácticamente imposible hacer nada.

          Sobre todo considerando que en las sedes de la LCR de todo el Estado podían encontrarse docenas de ejemplares sin pagar. También a principios de la década, mantuve relaciones con Planeta —Rafael Borrás—, recomendado por Pons Prades, y con Bruguera, recomendado por Juan Eduardo Zúñiga, que —al igual que Jaume Vidal Alcover— me había escrito una bellísima nota animándome en mi empeño por dar a conocer a Panait Istrati. Con ambos traté la posibilidad de una reedición de bolsillo de la prestigiosa trilogía de Deutscher sobre Trotsky, al tiempo que les presenté el bosquejo de un amplio dossier llamado La cuestión trotskista, en el que se recogía una vastísima documentación sobre el personaje y el movimiento. Borrás no tardó mucho tiempo en adelantarme su negativa, pero mi interlocutor de Bruguera se mostró muy interesado en mi oferta hasta que en una tercera y cuarta reunión me detuvo en la puerta de su despacho para comunicarme que no valía la pena continuar. También cerraban. El mismo fin siguió la revista Destino, que reapareció efímeramente y en la que, a través de María Ángeles Arreguí, conseguí colocar algunos trabajos. Tiempo después, concluía el último empeño de una revista local Ciutat, editada por el Ayuntamiento de L´Hospitalet, con Germán al frente del Patronato y con el ya flamante escritor Javier García Sánchez como director. Esto significó prácticamente el fin de mi relación cultural y política con el que había sido mi segundo pueblo.

            Durante buena parte de 1983, tuve un original sobre Orwell y los escritores británicos en la Guerra Civil española en Argos & Vergara que, por el volumen de edición, parecía  una de las grandes del ramo. Todas las visitas y las llamadas insistían en el interés, me daban plazos de edición, pero se negaban a firmar ningún acuerdo. Un día, me presenté en el despacho de mi interlocutor con la duda de que dicho interés fuera cierto y el señor, que me trataba como a un amigote por su relación con Gerard Romy, hizo algo que —según decía— no se debía hacer: me enseñó el informe de su experto. La lectura resultó un buen tonificante para la vanidad y un mal trago para mi modestia. Explicaba, con algunos adverbios, mi capacidad de contar cosas muy complicadas de una manera muy sencilla, o sea, de hacer asequible a cualquier lector temas y problemas enrevesados, pero al concluir extendía su admiración al hecho de que alguien tan didáctico fuera tan escolar en su redacción. 

          Dejé el asunto  más o menos tranquilo, pero mi insistencia —se acercaba 1984— acabó obligando al editor a confesarme que las maniobras financieras que antes le preocupaban estaban al punto de dar al traste con la editorial. Aquel mismo día, llamé a Mauricio Wazquez, que dirigía para Barcanova una colección similar a Conocer y se mostró muy positivamente abierto. A la semana, con el original en la mesa, me puso dos condiciones para su edición: debía de reducirlo a la mitad —o sea, a Orwell— y aceptar cobrar sin adelanto alguno. Wazquez me sorprendió con dos opiniones, a mi juicio, contradictorias: recordaba con entusiasmo su mayo del 68, al tiempo que tildaba a Carlos Altamirano de ser un «provocador» de Pinochet.

          Con un espacio cada vez más restringido, con un cuerpo de lectores que iba desplazando sus libros de los 60-70 hasta las estanterías más altas —hasta el punto de que, para mi estupor, las últimas ediciones de obras de Mandel, de Krivine y de Trotsky pasaban desapercibidas hasta para nuestras propias huestes—, me refugié en el trabajo divulgativo en nuestra prensa, sobre todo, en Combate, donde sustituí al inolvidable Eduardo Haro Ibars, uno de nuestros intelectuales que se mantuvo en línea en medio de la desbandada —uno de ellos, Julio Rodríguez Aramberri, sirvió como modelo de revolucionario reciclado para un artículo de Julio Cebrián, en el que le describe besando respetuosamente la mano de Tita Cervera, señora de Von Thyssen, cuya fortuna tuvo su idilio con el III Reich, pero esto son cosas para el olvido, como corresponde— y cuyo suicidio llegué a sentir como algo muy cercano, y salió en las diversas revistas especializadas.

          Optimista nato, seguí imaginando grandes proyectos como una colección cuidadosa de clásicos de la literatura revolucionaria o una serie de diccionarios biográficos del socialismo en cinco volúmenes que únicamente se publicó en Hacer el primero, hasta Marx y Engels, mientras que un segundo volumen, Libertarios, se paseó por Anthropos, Hacer y Libertarias sin conseguir atravesar su estado de “apunto”. Libertarias incluso tenía un ilustre prologuista —Fernando Savater— que, maldita la gracia, recordaba proclamando que sin libertad no hay socialismo y que sin socialismo no hay libertad en un programa de TVE de Fernando Tola, pero que luego veía su trayectoria política como una negación de esta premisa.  Pero al editor de la Huerga le fallaron algunos títulos y sintió que sobre éste planeaba el peligro de descapitalización. Era el mismo argumento que me llevaba a divagar sobre las ediciones estatales, favorables a los libros de consultas, pero éstas fueron las primeras destrozadas por las picas de la privatización. Josep Termes, que tuvo la gentileza de tomar parte en la presentación del primer tomo, me contó cómo Nova Terra había desistido de un proyecto similar y cómo dos historias del socialismo propiciadas por la victoria electoral del PSOE no concluyeron. «¿A quién le puede hoy interesar, por ejemplo, Bazard?, decía para indicarme la escasa vialidad de este tipo de proyectos “románticos”. Como respuesta, me explicó el nimio interés de sus estudiantes por aquellas lecturas nuestras y que la mayoría solventaba la papeleta, justo para aprobar, cumpliendo con una lectura de la fotocopia del apartado del libro recomendado.

            Durante años, trabajé día a día, de lunes a lunes, en el magno proyecto enciclopédico que me llenó la casa de libros y de revistas, extrayendo de todos los estudios y lecturas, los materiales para artículos y charlas que se hacían prolíficas en las efemérides. Así, en el 68, pude viajar por el Cantábrico y vivir en Asturias unas jornadas memorables en compañía de Alain Krivine. Ya no publiqué ningún libro más en una editorial importante y tuve que conformarme con algunos trabajos propios y con otros de labor de edición —traducción, notas y prólogos, a veces con seudónimo— para empresas tan caseras como Hacer —con una colección de historia del socialismo utópico— y Río Nuevo, que animaba un hedillista sumamente original y que estaba, como yo, enamorado de Jack London.

        Todavía al borde de los 90, fui protagonista de dos cierres más: en Lumen, de una colección el estilo de Conocer, y en Versal, de otra colección de biografías singulares que, en su último catálogo, llegó a anunciar una propuesta mía sobre las relaciones entre Trotsky y Bretón en la que aparecían, además, Diego Rivera, Frida Kahlo, David Alfaro Siqueiros, Benjamín Peret, Remedios Varo y Víctor Serge. Sobre este último, uno de los más grandes testigos del siglo,  publicamos dos extensas antologías de textos, fotocopiados en la Fundación Andreu Nin, que, durante cierto tiempo, tuvo una relativa actividad y alguna cancha en la prensa, un favor que incluso llegó a molestar al muy insigne  Baltasar Porcel, preocupado por el hecho de que un bolchevique pudiera tener buena prensa, lo que entre antiguos izquierdistas se había convertido e algo intolerable.    Había llegado tarde a un oficio que, diez o 20 años atrás, me hubiera reportado muchísimas más alegrías, mientras que ahora más bien parecía el representante de una especie en extinción, un megaterio, por emplear una terminología que  Fernando Savater esgrimía insidiosamente desde el carro de los vencedores ilustrados contra Ernest Mandel, cuyas últimas obras se pasearon, también, por diversas editoriales escarmentadas por otros fracasos.  No había duda: estaba en el carro de los perdedores, algo que para un megaterio además  de segunda, sin avales notorios, pero era el que había escogido, y sería indigno lamentarlo, sobre todo cuando dicha condición comportaba unas adquisiciones sociales que, personalmente, hacían la vida bastante llevadera por más que la indignación moral no dejara de visitarme ni un solo día.

          Mirando para atrás, la verdad es que fueron malos tiempos, aunque yo personalmente los viví con más intensidad que mis años veinte. 

 
 
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[29-9-2008] | 1831 lecturas | 5 comentarios

Comentarios (2)

#1.- Realmente curiosa su experiencia

Manugorri|03-10-2008 21:45

        Ese Pedra fillo, es sumamente interesante, su evolución hacia los ninguneadores del socialismo, olvidando a su padre... en fin, claro que somos humanos.

      Bueno, también recuerdo los saldos callejeros de obras fundamentales con estupor y presentimiento  de que se venía lo que vino: el socialfascismo que sufrimos.
 
      Un último apunte, creo amigo que nunca debe tirar la toalla, el combate proseguirá en nosotros mientras tengamos fuerzas para pensar y sostenenrnos.

      Agur.

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#2.- ABDUCIDOS Y DEVUELTOS

Mena|09-10-2008 14:01

En los 80 gran parte de una generación militante fué "abducida" por los aparatos reformistas, calentitos en el carguete institucional y con autojustificaciones multiples con denominador común: a chupar del bote.
Los que no tenían suficiente cultura politica ó posición oportuna se irían integrando en el trabajo y ¡  hostia si eran eficaces en el desempeño¡, los mejores. Te encontrabas con excompañeros y excamaradas jefes de esto y aquello x todas partes.  En las multinacionales flipaban con cuadros así, tan densos, con labia y  liderazgo.
Han pasado una buena colección de años, y toda esa integración no ha servido para nada en terminos de combate anticapitalista. Hemos perdido el tiempo. Hay que regresar a las luchas y mirar por el porvenir de la humanidad que será socialista ó postcapitalista o no será.
Buenas reflexiones PGA.

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