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Mayo llegó hace cuarenta años
Antes de mayo, la opinión general era que la historia estaba, sino acabada, sí estancada. En España no había nada que hacer, la frase “tenemos dictadura para rato” era de lo más habitual.
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 26-3-2008 a las 14:37 | 1559 lecturas
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          Antes de mayo, la opinión general era que la historia estaba, sino acabada, sí estancada. En España no había nada que hacer, la frase “tenemos dictadura para rato” era de lo más habitual. El neocapitalismo estaba en su apogeo. Había “milagro económico” hasta en España. Muchos obreros tenían coche.  Los hijos de los exiliados que volvían no reconocían el país que le habían contado.

          Decía Calderón de la Barca que, una vez transcurridos, los siglos ni segundo son, o algo así. La verdad es que no hay como cumplir años para apreciar el vértigo del tiempo que no vuelve. Sin embargo, aún y así, cuando se han vivido tiempos de exaltación, y has tenido la oportunidad que  contemplar, o mejor formar parte, de grandes movilizaciones de masas, te quedará la conciencia de que el viento pude cambiar, y todo lo que ayer parecía mera “utopía” pasa convertirse en una realidad posible, no solamente soñada.

          Los muchachos  que nos reuníamos en la fábrica Pedret, seguíamos en curso de las noticias del mundo con creciente entusiasmo. Habíamos seguido de cerca el movimiento de los “Derechos Civiles” en los Estados Unidos, y la emergencia del “Black Power”, de los “Black Panthers”, diversos recortes de prensa nos contaban algo sobre las impresionantes manifestaciones de los Zengakuren, sabíamos que en 1965 había tenido lugar una impresionante manifestación de jóvenes internacionalista contra la guerra del Vietnam, y también sabíamos que el imperialismo estaba perdiendo. Recuerdo haber leído una entrevista con Lukacs en la que éste narraba que le gustaba recortar las noticias de la prensa, y comprobar por ejemplo, que de ser verdad lo que decía, hacía ya años que habrían ganado la guerra del Vietnam. Aquí, es verdad, la dictadura parecía gozar de perfecta salud. Contábamos con una base de obreros mayores con los que nos veíamos, y a los que le pasábamos el “Gramma”, y “Cuba rebelde”, que un amigo nos traía del consulado cubano de Barcelona…También le pasábamos nuestros libros, y entre ellos, la biografía de Franco escrita por Luciano Rincón alias Luís Ramírez, y para nuestro estupor, descubrimos que nos rehuían. Un día en que pudimos sentarlos en un rincón, nos explicaron el porqué de su actitud. Más o menos nos vinieron a decir: “Mientras este criminal siga en el poder, no hay nada que ser. Son capaces de matarnos por cualquier cosa…”.

          Por aquel tiempo, comenzamos a recibir La Batalla, y también la prensa de la JCR francesa que, servidor que había conseguido un sobresaliente en el francés, se puso a traducir, y en algunos casos a publicar en las revistas de Acción Comunista que ciclostilábamos. Luego, los debates y el seguimiento de las luchas en el mundo se hizo desde el colectivo de L´Hospitalet que era el más numeroso de este grupo que se había constituido en París en 1965 con la participación de un buen teórico llamado “Lorenzo Torres”, alias de Carlos Semprún, exestalinista, luego exclaudinista, más tarde extrotskista, luego exanarquista, y finalmente exCarlos Semprún, y ahora   más a la derecha que el abuelo Maura.   Unos pocos que, empero, llegó a tener una cierta presencia militante, y parte del cual tomó como referente la JCR francesa, y ya antes del 68 habíamos oído hablar de Alain Krivine y Daniel Bensaïd. De hecho, en el verano de 1967, una delegación de la JCR se había entrevistado con el llamado “provincial”, una escisión “castrista” del PSUC que un año más tarde se convertiría al “marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse Tung”…

        De una manera u otra las informaciones llegaban, recuerdo que en una cena masiva, alguien nos contó que en Francia, los “activistas” que se habían hecho notar contra la guerra de Argelia, fueron los primeros en alimentar el Comité Francia-Vietnam, la campaña contra la agresión de Estados Unidos al pueblo de Vietnam («trágicamente solo», como diría el Che, ejemplo palpable ya entonces del poderío unilateral yanki) fue especialmente intensa. Año tras año, la campaña trató de agrupar una amplia coalición antiimperialista a la que el PCF se negó a dar su apoyo, encerrado con el único juguete de las protestas institucionales y de la diplomacia. Las jornadas, los debates y las manifestaciones fueron incesantes, y numerosos intelectuales y escritores vinculados al trotskismo se movilizaron alrededor del Tribunal Russell.

          Algunos preguntaron por los movimientos ”contestatarios” en los Estados Unidos, aunque al principio se trató solamente de una minoría (entre laque la Young Socialist se mostró especialmente activa, sobre todo en las universidades), la gente se movilizó, cuando a mitad de los años sesenta, durante el mandato de Johnson, se desencadenó una ofensiva militar de gran envergadura en Vietnam, y después de la contraofensiva de 1968 que llevó al Vietcong a plantarse en Hanoi todo empezó a cambiar rápidamente. El creciente número de muertos causado por la guerra, así como sus consecuencias para la economía norteamericana, demostró a las claras que la revuelta juvenil no era el fenómeno minoritario al que la derecha se había acostumbrado. En 1967 había tenido lugar la revuelta de la Universidad de Berkeley, un lugar del que el mismismo Fraga Iribarne contaría más tarde su propia experiencia. El personaje había sido invitado por el rector que lo llevó a pasear por el “campus”. Al ver que en ésta unos grupos minoritarios ofrecían folletos y libros revolucionarios, y recuerdo que citó del Che y de Trotsky, de manera que don Manuel le preguntó “como era posible”. El rector entonces le quitó importancia, y le dijo que “Bueno, sí se desahogan”. Lo que ocurrió después le sirvió al Fraga ministro de Arias Navarro, pare reafirmarse en la ilegalización la izquierda revolucionaria.

              Los grupos internacionalistas, que en un primer momento parecían meramente testimoniales, se encontraron al frente de grandes movimientos, como parte de una irrupción contestaría en el «corazón del monstruo», que, a su vez, había dado lugar a una radicalización del movimiento en pro de los derechos civiles y contra el racismo. Esta reacción juvenil abría un camino para marcar el rumbo de los  acontecimientos, para pasar de ser un dolor de cabeza a ser una auténtica preocupación para los poderosos.

            El internacionalismo en la acción volvía a mostrar su extraordinaria capacidad, como lo había hecho con motivo de la Guerra de Argelia, sólo que ahora era más patente la responsabilidad de la izquierda convencional, ajena al grueso de las movilizaciones. En este tiempo, la «nueva izquierda» comenzó a aparecer como una propuesta alternativa. Los ideales socialistas resurgían, no eran un lujo esnob o un «resentimiento» de perdedores (como teorizaba Raymond Aron), una «preocupación exótica» en un mundo de mercaderes. Esta irrupción de un nuevo protagonista alimentó la presencia de sectores radicalizados de la clase obrera, que en los años siguientes ocuparían un escenario en el que era obligatorio hablar de lucha de clases. Esto significó una modificación en la correlación de fuerzas entre las clases en casi todos los países. Las posibilidades de victoria de la clase obrera y de sus aliados dejaron de parecer una«utopía».

              Todo esto eran cosas de lo que se llamaba la “nueva izquierda”, un conglomerado opuesto a la izquierda tradicional socialdemócrata y neoestalinista, y dentro del cual se distinguían socialistas de izquierdas, neoanarquistas, consejistas y por supuesto, el trotskismo más renovado que tuvo un papel muy significativo en esta oleada radical. En la fase siguiente, o sea desde la llamada “revolución cultural”,  se amplió con las franja maoísta, en un arco fraccionado que comprendían desde sectores nostálgicos con el estalinismo de los años treinta, hasta otros de procedencia cristiana (ORT), hasta otros más vinculados a posiciones específicas (como pudo ser Bandera Roja en España). Más allá luego estaban los diversos trotskismos “auténticos”, pero, en particular, la mayoría organizada alrededor de la Cuarta cuyo principal portavoz era Ernest Mandel.

        Desde por lo menos mediados de los años sesenta ya era reconocida como uno de los sectores de la «nueva izquierda»; no había debate o antología en los que Ernest Mandel, Hugo Blanco u otro no estuvieran presentes. Esto era todavía más palpable en la acción. La diferencia radicaba en la combinación de tradición y renovación. Tenía muchas cosas que decir sobre la historia y el presente del movimiento obrero, pero, al mismo tiempo, estaba en las actividades y en los debates sobre qué hacer, y ofrecía una consistencia partidaria activa pero abierta, con una vida democrática interior que se traducía en discusiones estructuradas a veces por tendencias, e incluso por fracciones.

        Esta actividad fue posible gracias a un importante refuerzo organizativo. Ya hemos hablado del SWP, que en aquellos años conoció una segunda juventud. Su potencial le permitió incidir nuevamente en el movimiento obrero, amén de contribuir a la creación de secciones importantes como las de Australia y Nueva Zelanda, que actualmente son uno de los ejes de la recomposición de la izquierda internacional en Asia, donde los antaño poderosos partidos comunistas y maoístas sufren una natural crisis de identidad que los ha obligado a iniciar una evolución hacia posiciones críticas del maoísmo…

        En los últimos tiempos, se han dado diversos rechazos desde el sistema contra todo lo que significa estas fechas tan emblemáticas. La izquierda antiautoritaria que componía lo que representa el mayo del 68…El 68 fue un movimiento que atravesó el globo, y que se distinguió tanto por su anticapitalismo, su antiimperialismo, y también por su antiburocratismo. La mayor parte del gauchisme denunció sin ambages el atropello cometido por los jerarcas soviéticos; incluso los partidos comunistas lo hicieron, aunque más tímidamente. Por supuesto, el Cohn-Bendit de entonces dejó bien claro que para denunciar Praga había que denunciar antes Vietnam. Quizás nadie se acuerde de que Breznev justificó la invasión afirmando que se trataba de una acción «preventiva» contra una «infiltración trotskista», lo que podía llamarse una verdad a medias. Checoslovaquia ya tenía fama en este sentido, ya que el trotskismo había mostrado algunos destellos luminosos a través de la fuerte implantación surrealista…

        Después de cargar contra el comunismo (amalgamado burdamente con el estalinismo), la derecha intelectual ha emprendido una campaña contra las izquierdas del Mayo del 68, buscando, como es natural, sus eslabones más débiles (el ministro verde Fischer), con la intención de denigrar y, al mismo tiempo, tratar de triturar a aquellos de sus antiguos componentes que permanecen vinculados a una izquierda como la alemana, a la que le queda poco por vender. Al final y al principio del viaje, hay unas tradiciones que transcrecen, y que aparecen con naturalidad en el nuevo panorama de los movimientos. Tantas veces enterrado, el espíritu que encarnó León Trotsky, vuelve a parecer vivo, y no solamente por toda la historia ya escrita, sino ante todo porque sus ideas y su praxis en la que se está escribiendo. Las ascuas del fuego de antaño, vuelven a calentar el presente.

            De ahí que este mayo próximo habrá que ha hacer todo lo posible por rememorar aquel momento histórico, un tiempo que parecía definido por aquella frase de “Francia se aburre”, aunque la verdad es que algo así no se podría decir ahora.

 
 
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