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Lujo y miseria
En la economía neoliberal, el camino que va del lujo a la miseria es, asimismo, el camino que va del asesino a la víctima
Juan José Colomer Grau | 20-10-2011 a las 15:12 | 510 lecturas
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Si el tiburón financiero en la novela (y también película) “American Psycho” se convierte en un asesino, por decirlo de alguna manera, directo, con los actuales, más sutiles en sus procedimientos, nos las tenemos que ver con asesinos distantes; es decir, que matan sin que la sangre les salpique en la cara y sin tener que pasar por la desagradable presencia del cadáver. Esta distancia en el asesinato ocurre, por ejemplo, cuando la posibilidad de las malas cosechas de trigo en Rusia con vistas a quince años sube los precios hasta el punto de condenar a pueblos enteros a la hambruna, pueblos que no aportan nada al saldo positivo o negativo resultante de la compra y venta a tiempo o no de un trigo que aún no existe.

Este asesinato distante del especulador financiero es contemporáneo de los misiles de precisión, que lanzados a cientos de kilómetros de distancia posibilita al militar que ha activado el lanzamiento, comprobar no el aniquilamiento de una treintena de civiles, sino si ha caído en las coordenadas estimadas. En este sentido el asesinato distante se caracteriza por la supresión del cuerpo a cuerpo entre el asesino y la víctima.

Clausurado el cuerpo a cuerpo por vía del objetivo, conseguido o no, pasamos al consumo de los objetos, los cuales materializan el éxito o el fracaso de la jugada especulativa. Ya en la novela de Breat Easton Ellis el consumo y los ambientes de lujo son una constante, el fin que determina el escalón alcanzado en la cadena trófica humana, fin que se plasma en elaboradas tarjetas de presentación, reservas en restaurantes de moda o cocaína y sexo sin cortar, siendo el lujo más preciado el asesinato de otro sin consecuencias. Ahora bien, puede que el asesinato distante clausure el cuerpo a cuerpo, pero no hace desaparecer al cadáver; de manera que en la parte contraria al consumo de lujo nos encontramos con la miseria, es decir, la ausencia de consumo, no ya de lujo, sino de las necesidades más vitales.

Así, en la economía neoliberal, el camino que va del lujo a la miseria es, asimismo, el camino que va del asesino a la víctima. Ahora bien, en las novelas policiales y en algunos casos reales, el camino que conduce al asesino parte de la víctima. En la novela de Breat Easton Ellis, en donde no se ha clausurado el cuerpo a cuerpo, se inicia una investigación una vez descubierto el cuerpo o los cuerpos de las víctimas. También basta una desaparición injustificada para iniciar las pesquisas. Pero lo que nos encontramos fuera de las novelas y de numerosas películas dista mucho de iniciar una investigación policial, ya que toda investigación policial se basa en el cuerpo a cuerpo para encontrar al asesino, de modo que, en el caso que nos ocupa, la presencia del cadáver no guarda huellas físicas del autor material de los hechos.

Puede argumentarse que el alza de los precios de los alimentos, si bien no son huellas olvidadas en los cuerpos de los muertos, sí son huellas que determinan una autoría criminal. Cierto es también que este argumento tiene la fuerza de la realidad y de los hechos, de lo contrario no podríamos hablar del asesino. Pero debemos tener en cuenta que estamos jugando en el paraíso neoliberal, en donde esos entes extraños, volátiles, irracionales… llamados mercados absorben toda la culpa que se le puede achacar al especulador financiero.

Pero si bien el mercado asume la culpa del especulador financiero, no lo hace en tanto que acusado, sino como fatalidad. Fatalidad entendida como destino en el que a algunos les toca en suerte el lujo y a otros la miseria. Destino contra el que nada se podría hacer y en el que el asesinato formaría parte esencial del mismo. Ahora bien, aunque pueda achacarse el asesinato a una fatalidad, esto no le quita el componente atroz que supone arrebatar la vida de otros. Pero dado que seguimos jugando en el paraíso neoliberal, a la fatalidad se le suma una tendencia vaga que promete con el tiempo a hacer accesible a las mayorías los circuitos del lujo, de tal modo que una jugada que condena a naciones enteras a una deuda eterna y a la precariedad de sus ciudadanos está contribuyendo inexorablemente a la democratización de los mejores diamantes tallados en Amberes. Hay que tener en cuenta que la liberalización de los mercados se realizó bajo el amparo de este supuesto.

Así, por gracia de la supresión del cuerpo a cuerpo y una fatalidad de los mercados que hay que asumir en tanto nos espera un futuro prometedor, el especulador financiero queda libre de cargo y puede dedicarse a soñar con nuevas recesiones que le permitan la adquisición de un jet privado y un yate de treinta metros de eslora. En otras palabras, el especulador financiero es un asesino que disfruta de impunidad, tanto en lo que respecta a una investigación policial como en lo concerniente a juicios futuros.

Ahora bien, hemos de recordar que al hablar de impunidad hay que suponer una legislación que no se ha cumplido, que no se está llevando a cabo, pero que a su vez nos permite identificar el delito. En el caso que nos ocupa, condenar a la miseria y al hambre a millones de personas supone la violación de los más básicos derechos humanos. Pero lo que ocurre con una legislación que no se cumple y que no es capaz de actuar para reparar a las víctimas es que o bien es una legislación hipócrita: que se la esgrime o se omite según conveniencias; o bien es una legislación fantasma: la cual, está ahí pero no se la ve. Con respecto al especulador financiero, creemos que se trata del primer tipo de legislación, pues es notorio que éste vive y actúa en naciones que presumen de libertad, de democracia y de cumplir con los derechos humanos, lo cual les avala para condenar moralmente a otras naciones que no lo hacen. Condena que en muchas ocasiones ha concluido en actuación militar, condena que los especuladores financieros han azuzado para convertir en dinero zonas del planeta en las que aún no podían invertir.

Pero si antes insistíamos en que jugábamos en el paraíso neoliberal, desde el cual el especulador financiero escamoteaba su culpa, ahora debemos seguir insistiendo, pero ya no desde dentro, sino preguntándonos si no es precisamente saliendo de dicho paraíso donde los crímenes perderán su impunidad. En otras palabras, la impunidad solo se da si asumimos el discurso y el modo de vida dentro del paraíso neoliberal, de tal modo que podemos concluir de todo ello que solo podrá haber justicia si nos salimos de dicho paraíso.

Decir esto parece sencillo, en el sentido de que damos un paso y ya estamos fuera. Pero lejos de ser ingenuos, sabemos que aún existen amplios sectores de población que abrazan el discurso y el modo de vida neoliberal y que van a resistirse a abandonarlo, ya sea porque forman parte de aquellos que aun gozan de cuotas lujo, ya sea porque forman parte de grupos de esperanzados que sueñan con acceder a dicho consumo, convencidos de que las legislaciones les amparan, de tal modo que prefieren mirar a otro lado.

Mirar a otro lado en casos claros de impunidad significa, ante todo, que por el momento no se ha sufrido en propia carne injusticia. Pero si hace cuestión de pocos años la impunidad se restringía básicamente al tercer mundo, con las crisis actuales nos encontramos con amplios sectores de población que, creyéndose exentos de ser participes del crimen, han experimentado en propias carnes como la policía, por ejemplo, definía un espacio de seguridad para que la comitiva judicial ejecutara un desahucio por impago, viéndose a las claras que primero robaron su trabajo y luego roban una casa que ya no se puede pagar con trabajo, desamparado por una legislación que, sin embargo, condena el robo. Esto podría entenderse como la experiencia del paso de una legislación hipócrita a una legislación fantasma, y que también podemos entender como experiencia de la tiranía. Así pues, la impunidad de la que goza el especulador financieros sería en todo caso la experiencia de la tiranía, del tal modo que, como nos enseña la historia ante las múltiples formas de tiranía: o la soportamos en silencio con la cabeza agachada o por el contrario nos enfrentamos a ella directamente, sin complejos y sin miedo, ya que no puede haber miedo una vez hemos perdido todo en la medida en que la impunidad amenaza con acabar con todo.

Juan José Colomer Grau

http://tiemposdenadie.wordpress.com/

 
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