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Los secuestradores de Higea
Pocas horas después el médico apareció muerto en su coche, en el parking del hospital.
Jorge López Ave | Insurgente - Kaosenlared | 9-1-2010 a las 19:33 | 1400 lecturas
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I

Tras quince años ejerciendo de médico en el mismo hospital, en la misma cuarta planta dedicada a digestivo, una mañana, al explorar a una enferma, sintió que a través de sus manos corría un calor intenso y que la paciente mejoraba en pocos minutos. No comentó el hecho ni a sus colegas ni al resto del personal sanitario. Se dirigió lentamente hasta el final del pasillo, tomó un café de máquina y continuó recorriendo las habitaciones de los enfermos, tocándolos en el lugar exacto de sus dolencias y sanándolos a todos. Se fue a casa asustado, pensando que era protagonista de una pesadilla y que lo mejor era dormirse hasta el otro día, pero el teléfono sonaba una y mil veces desde el hospital para decirle que había ocurrido un milagro, que los pacientes que había tratado iban a ser dados de alta porque ya no reconocían dolencia alguna.

Al día siguiente, preso de una extraña euforia, fue recorriendo todos los pisos del hospital, pedía quedarse a solas, tocaba a los enfermos y curaban. La noticia corrió como el aire, a los dos días toda la ciudad sabía lo que estaba ocurriendo, y los titulares de la prensa no dejaban lugar a dudas: “Más de seis mil personas aguardan ante la casa del Médico-milagro para ser sanados”. Esa misma tarde recibió un extraño sms que decía que no estuviera asustado, que estaba curando con un método ancestral, con el poder de su mente y la complicidad del enfermo. Se sintió tranquilo al confirmar que estaba ante una de las hipótesis que él mismo manejaba para explicarse lo que ocurría. Luego, le pudo su carácter trabajador y se puso manos a la obra: hizo llegar a los enfermos la necesidad de que fuese el propio hospital el encargado de ir llamándolo de un modo organizado, por dolencia y gravedad, con prioridad absoluta a los niños y enfermos terminales.

Pocas horas después el médico apareció muerto en su coche, en el parking del hospital. Fue una conmoción. Hubo tanto dinero por medio para que se transmitiera la idea de un suicidio, que incluso se obvió el hecho de que era imposible pegarse dos tiros en la nuca. Pocos supieron la verdad del asesinato: tres sicarios pagados por las multinacionales farmacéuticas.



II

El paciente se negó a recibir sangre pese a la anemia galopante que sufría. No hubo médico ni enfermera que lo convenciesen. Es cierto que no daba una razón de peso para su decisión, pero era inamovible, no quería sangre ajena recorriendo sus venas. Tras despertar de una siesta abrió los ojos y contó hasta diez personas en su entorno: todos Testigos de Jehová. Al ver tanta biblia junta pensó que estaba ya en el tan mentado cielo, pero unas cápsulas de hierro lo devolvieron a la tierra. Los Testigos no hablaban, sólo sonreían y le hacían gestos de afirmación con la cara y el pulgar. Sin duda, ignoraban que era uno de los sicarios del relato anterior.


III

El pabellón de Urgencias del Hospital era un colapso. La fila de enfermos para ingresar daba vuelta a la calle, y obligaba a algunos estudiantes de medicina en prácticas, a recorrer la cola dando ánimos, número para evitar colados y a tomar nota de la dolencia para acelerar el tratamiento. Como cada día, a los pocos minutos, un sinfín de vendedores y vendedoras llegaron para ofrecer productos diversos a los enfermos y familiares de compañía. Recorrían una y otra vez la calle con gasas de demostrada eficacia, vendas de segunda mano pero lavadas con firmeza, suero de estraperlo, pastillas de todo tipo y tamaño, algodón en la conocida oferta de lleve tres y pague dos, recetas ya firmadas por médicos, bollos para “normales” y “diabéticos”, imágenes de santos y santas con experiencia, yuyos que curan de inmediato para evitar la fila y hasta velas para aumentar la eficacia de las súplicas a la Virgen. La lluvia no disuadió a un solo enfermo, el temporal que vino luego, tampoco. Por el contrario, aparecieron nuevos vendedores con té y café caliente, con paraguas de un solo uso y de nacionalidad china, con bufandas hechas a mano e incluso los diez Testigos de Jehová del relato anterior, que vieron una masa enorme de gente desde la ventana de la habitación del sicario, y bajaron pensando en la posibilidad de conseguir fieles. 


IV

Se puso enferma en un viaje a Pekín. Le explicó a la traductora que le asignaron, que una colitis la tenía arruinada, con fiebre, vómitos y espasmos que le habían provocado una pérdida de hasta cinco kilos en dos semanas. La china la observó y le dijo que tenía dos opciones, una farmacia “con criterios y medicamentos occidentales” o llevarla a su barrio a ver a la vieja Li. Ella optó por la segunda opción, y allí partieron en un taxi que se fue alejando de la capital más de doce kilómetros. Li tenía una edad inexplicable, pero más de cien, unos pelos enroscados en las orejas y una sonrisa sin dientes que emanaba dulzura y amor. La traductora explicó a Li el problema y ella, tras escucharla con mucha atención, fue al interior de su casa, trajo dos tipos de yerbas, las mezcló, cerró los ojos como orando pero sin orar y añadió un poco de agua tibia. Le dio la infusión con sus manos arrugadas y le pidió que cerrase los ojos y se concentrara. Se curó. No tuvo necesidad de repetir la ingesta. En el taxi de vuelta pasaron junto a la farmacia “con criterios y medicamentos occidentales”, como dice la traductora. Se veía una larga cola de nuevos ricos chinos.


V

El Hospital existe, pero los enfermos tienen que llevar la ropa de cama, el camisón y el pijama, la comida, la bebida, los útiles de limpieza, los remedios, la anestesia, los bisturíes y hasta las lámparas de los quirófanos. Lo que no se pueden llevar de casa está destruido: baldosas, paredes, puertas, techos, mobiliario... La intencionada quita de dinero público para la salud provocó que aparecieran intereses empresariales: se privatizó todo. La gente se fue acostumbrando con resignación, aceptando incluso pagar un ticket previo para ser atendidos por un médico.
 
Se arbitró que dependiendo de lo que se pagara, serían recibidos por un especialista de más o menos experiencia, había tres categorías.
En la televisión los responsables políticos, trajeados por Armani o similar, enseñan gráficas para intentar demostrar que la salud de la población es su prioridad.

En la puerta del hospital hay gente consciente que reparte unos panfletos, donde se explican las conexiones de los políticos con los empresarios beneficiados por las privatizaciones. Muy poca gente acepta el escrito.


VI

Trabajan como ayudantes de Enfermería en la segunda planta del hospital. A Ana le han hecho un contrato desde el martes a las 18.00 hasta el jueves a las 16.00 horas. A Mercedes, un contrato para cuatro noches y que tras quince días vuelva que tendrá otras cuatro. A Pepa, un contrato de dos horas el sábado y el domingo. A María le han dicho que llame todos los días a las 6 de la mañana, y si falta alguien que venga que le van haciendo contrato para cubrir ese día. A Graciela no la llaman más, el último día que trabajó en esas condiciones espetó a sus jefes que era una vergüenza lo que estaban haciendo, que estaban denigrando a las trabajadoras, que el Gobierno y los sindicatos eran como los contratos, una basura. Ahora, cuando alguna pone mala cara por las condiciones de trabajo, los jefes sólo dicen la palabra Graciela.


VII

Cientos de medicamentos fueron retirados el pasado año tras haber sido recetados y vendidos sin pudor. Ahora resulta que no estaban lo suficientemente testados por los laboratorios y por ello ocasionaron serios problemas a muchos de sus consumidores. Todo indica que, como siempre, utilizan a los pacientes como conejillos de experimentación, saben que no va a haber protestas y que el pingüe negocio farmacéutico incluye la total impunidad, más: de los favores de los gobiernos que ayudaron a colocar con sus ingresos.


VIII

No dejaron de hacer lo imposible por salvar su vida.

No tenían un diagnóstico claro de la enfermedad, pero sus índices empeoraban cada hora. Un caso misterioso de un hombre sin referencias ni papeles donde leer su nombre.

No era posible comunicarse con él, su cara milenaria expresaba, eso sí, el deseo de morir, y de hacerlo en esta clínica europea tan alejada de su cultura aymara.

No puso obstáculo a ser radiografiado, inyectado, medicado, reanimado, pero no pudieron sacarle un gesto diferente al propio de una persona que duerme de un modo sereno y equilibrado, como si estuviese viajando a un lugar hermoso.

No hubo más intentos. Un médico jefe dio orden de dejarlo morir tal como quería, él lo agradeció a su manera: un instante antes de abandonar su cuerpo, dejó en él una sonrisa. 


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A Jesús y Manolo, por practicar la duda.

*El título genérico de los relatos hace referencia al libro de Jesús García Blanca, El rapto de Higea. (Editorial Virus).
 
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