Como español sufridor por la traición a España, al gobierno legal, el resultante de las elecciones de 1936,  mi madre muerta y mi padre encarcelado en una casona aprovechada al efecto en mi villa asturiana, que meses más tarde  lo trasladaron a Celanova (Ourense) -donde fue ingresado en convento religioso el cual, precisamente, dedicaron a cárcel, en la que en 1938 ya había 1200 reclusos fieles al gobierno vencido, (por las pistolas) y de esa cifra el 83 % eran asturianos- quedé huérfano a mis cinco años de edad, niño mártir de la guerra. Mi hermana, que era la mayor de nosotros, a sus diez años derivó en sirvienta, sin sueldo, en casa de familia con bar y hospedaje.  Con mis tres hermanos, fui recluido    en hospicios, que denominaban hogares del Auxilio Social, de los cuales me escapé en  1947, después de tenerme confinado durante casi doce años de mi niñez y juventud, en los que, penando muchas hambres y castigos, sin disfrutar ni de un solo juguete, ni tan siquiera de un columpio, no recibí más enseñanza que la muy elemental de aquel desgraciado tiempo, nombrada de las cuatro reglas y con todo aquello que se encontraba limitado entre el himno Cara al Sol y el rezo Yo Pecador. Mi hermana y dos de mis hermanos, pronto murieron tuberculosos, mal por el que, habiendo sido varias veces intervenido  quirúrgicamente, perduro careciendo de un pulmón. No obstante a la situación de mi familia y al suplicio que el fascismo y la jerarquía de nuestro clero católico ---acaso temeroso de que el gobierno de 1936 le quitara prebendas mejorando la desamortización de Mendizábal-- nos hicieron padecer, dos de mis hermanos, incongruentemente, fueron internados en seminario de estudio  sacerdotal, carrera que dejaron antes de ordenarse y, al que esto escribe, lo hicieron monaguillo. Con ello y muchas más experiencias-suplicio –-incluso pederastia-- que podría explicar, opino:
Ciertos altos cargos de nuestra iglesia, contrariamente a su siempre esperado digno actuar, siguen copiando a sus anteriores jerarcas que, como se lee en la prensa –Rouco, tergiversando equivocado, emitió la frase aplicándola a actuales políticos dedicados al proyecto de determinada   ley: fomentando la cultura de la muerte- apadrinaron titulando cruzada a la rebelión guerra 1936/39 y estimulando también a la sanguinaria dictadura, le dieron la denominación de movimiento nacional catolicismo, a la vez que en sus actos ensalzaban, portando bajo palio, al sublevado y cruel caudillo, “por la gracia de Dios”, que quedó como máximo responsable del episodio de mayor número de asesinatos en  la historia de España, luctuoso periodo de genocidio que produjo más de dos millones de muertos en trincheras, persecuciones, represalias y por tuberculosis y otras enfermedades causadas por las miserias sobrevenidas del amplísimo periodo bélico y, dada la muy elevada natalidad de entonces, puede que provocó más de tres millones de niños huérfanos. Pues ahora, en lugar de verse arrepentidos y solicitar perdón de continuo por los daños cometidos, parece que, mostrándose apartados del mensaje evangélico, contrarios a cerrar las heridas, siguen ejerciendo en contienda, incitando a odios y enfrentamientos en la ciudadanía, con lo que, también, muchas listas de “Caídos por Dios y Por España” aún persisten afeando fachadas de nuestros templos católicos. Dolorosamente, no parece que se enteren de que, como sus antecesores, continúan sembrando descreencia, induciendo a pérdida de FE, hecho del que aún culpan a otros.  Para más daño, si cabe, los agradecidos y sucesores de aquello que quedó titulado como franquismo, ocultando los actos de sus abuelos y sujetos a sus “principios”, no quieren permitir que se desvele la verdadera memoria histórica. Sin embargo, deberíamos todos  afirmar que, precisamente por ser historia, tenemos que saberla la plenitud de los ciudadanos.
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