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La duquesa de Alba
No me andaré por las ramas...
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 27-9-2009 a las 17:15 | 2617 lecturas
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  Ahora que esta mujer está dando tanto que hablar, que está en el punto de mira de los carroñeros mediáticos,  pone sobre el tapete el juicio a duques, condes, marqueses, barones: lo que se da en llamar aristocracia de este país...

  ¿Pero qué pintan los aristócratas y sus fortunas en una democra­cia, si es que ciertamente lo es? ¿Con qué derecho sobrenadan en riqueza y privilegios sobre el pueblo familias como éstas después de tantos siglos?

  España, por unas razones o por otras, siempre desafina en el con­cierto de las naciones imprimiendo a su protagonismo la ridiculez, la extravagancia y la fachenda al tiempo que censura acremente las singularidades de otros pueblos lejanos y las particularidades lin­güisticas y culturales de territorios próximos a los que somete vir­tualmente a leyes intolerantes y persigue policialmente. Se dice que esto es un democracia porque gobierna el pueblo. Que venga Dios y lo vea.. Pero es que además, la incrustación de un rey, de una reina y de su larga familia, y de un montón de aristó­cratas eleva la demo­cracia a un insufrible simulacro de sí misma. La aristocracia no es más que un puñado de gentes que vienen de un pa­sado repleto de privilegios, consentidas por la plutocracia que a su vez los ama­manta. La plutocracia, otro grupo de cla­ses enriquecidas a las que interesa el "adorno" de la realeza y de la aristocracia a costa del pueblo, para así mejor solapar sus privilegios y fortunas. Aún no se ha dictado la ley que, como Mendizábal hizo con los de la Iglesia, amortice los bienes de estos holgazanes y hol­gazanas...

  Todos esos corrillos mediáticos que se dicen dedicados a tomar el pulso al corazón y los genitales de todos los que se ponen a tiro, chismorrean de la duquesa de Alba y del ridículo más espan­toso que a sus 83 años pasea por la piel de toro con sus escarceos amo­rosos de un teimpo a esta parte. Esto es totalmente indiferente a los efectos que aquí me ocupan, pero ¿qué partido político, qué legisla­dor, quién cuestiona el derecho a la fortuna de la tal Cayetana de Alba y otras hierbas? ¿de dónde procede la inmensa riqueza de esta mujer?

  Escarbemos en sus orígenes la fortuna y el título en que se co­bija. Es indudable para los marxistas y para muchos que aun no siéndolo piensan por su cuenta, que la riqueza de las clases aristo­cráticas hunde sus raíces en la fuerza bruta, en su adhesión al po­der de la época y en crímenes horrendos. Decimos, los que no hacemos ni una concesión a la prepotencia, que detrás de cada gran fortuna hay un crimen: uno, o innumerables, recientes o remo­tos. Y si históri­ca­mente alguien encuentra alguna justificación en las hazañas de per­sonajes que pasaron a la historia por su crueldad, un pensa­miento crítico ajustado al mundo feliz que el capitalismo alaba im­pone la drástica abolición en este tiempo de los privilegios y rique­zas de toda esa gente; privilegios que se asientan en dere­chos mostrencos a los que no ya otra cosa sino el simple sentido común ha dictado desde hace mucho la caducidad. Esta observa­ción sirve para todos los individuos y familias encuadrados en esa clase cuya categoría, honores, riqueza y merecimientos pertenecen a la deno­minada "aristocracia".

  Como se sabe aristocracia significa el gobierno de los mejores. Nunca fueron los mejores. El primer premio recibido in illo tempore por es­tas familias que gracias a más privilegios han multiplicado por miles sus riquezas, obedeció a intereses de la realeza que hoy tam­bién cuestiona en esta país la mayor parte de los españoles aunque no se les quiera oír en referéndum. Pero es que, además, "los mejo­res" jamás fueron nobles con sus congéneres, sino “nobles” hacia su monarca. Marrulleros, intrigantes, gentes sin escrúpulos sir­viendo a sus intereses y a los intereses de este o de aquel rey ab­soluto y más tarde de éste o aquel rey o reina pelele en manos de la plutocracia de la época; reyes a menudo botarates, meapilas y de peor condi­ción que los dictadores que vinieron después. Aquellos "nobles" fue­ron los más innobles. Los ungidos por los privilegios otorgados por la realeza (a la que hay que echar de comer aparte) a la aristocracia, no han sido pues ni los sabios ni los santos. Aquella gente, como luego sus sucesivos descendientes, para adquirir y luego mantener sus prebendas, tuvieron que pasar por encima de Dios sabe cuán­tos cadáveres. Eran épocas en que  todo lo arreglaban entre cuatro. El resto de la humanidad era masa informe. Pero no se crea que hoy contamos mucho más...

  Concretamente, esta duquesa de Alba actual que chochea a ojos vista y cuyos caprichos aristocráticos y la circunvalación de los post­reros años de su vida están siendo vigilados muy de cerca, según esa prensa dudosa, por sus vástagos y sus aliados, es inmensa­mente rica desde que el primer duque de Alba fue agraciado por sus fechorías dentro y fuera de España y concretamente por los críme­nes cometidos por él y sus tercios en los Países Bajos.La duquesa de Alba y su familia, desde mediados del siglo XVI viven como Dios gracias a las barbaridades cometidas por el primer antepasado cuyo apellido arrastra.

En 1429 Fernando Álvarez de Toledo, al que Juan II convierte en Conde de Alba de Tormes en 1438 tiene un hijo, García Álvarez de Toledo, conde de Salvatierra cuyo título eleva a ducado Enrique IV de Castilla, convirtiéndose, por tanto, en el primer Alba en 1472.

  El segundo Duque Alba de Tormes fue Fadrique Álvarez de To­ledo, y el tercero, Fernández Álvarez de Toledo conocido como el Gran Duque de Alba.

  El duque de Alba fue un militar español, conocido como el Gran Duque de Alba, que sirvió al emperador Carlos V y a Felipe II. Nació en la localidad abulense de Piedrahita (29 de octubre de 1507) y, desde muy joven, se dedicó a las armas. Sus intervenciones más importantes se produjeron en el reinado de Felipe II, quien le mani­festó una especial confianza. Por ello y por su experiencia militar fue designado virrey de Nápoles (1556-1558), donde tuvo que hacer frente a un ejército francés. En 1567 fue enviado a los Países Bajos para sofocar la revuelta. Allí instituyó el Tribunal de los Tumultos, o de la Sangre, encargado de juzgar, condenar y confiscar los bienes de los rebeldes. También potenció el papel de la Inquisición y puso en vigor leyes contra la herejía. Asimismo, modificó y unificó el sis­tema legal de las provincias, introdujo leyes castellanas y aumentó los impuestos con el objeto de costear la estancia de sus tropas. A pesar de esta dura política, no consiguió sofocar la revuelta. Final­mente, Felipe II le destituyó en 1573. (Wikipedia)

  Con el tiempo, en virtud de herencias y matrimonios, la Casa de Alba ha ido añadiendo nuevos títulos, habiéndose convertido en la Casa con mayor cantidad de estos en Europa.Este es su "título" desde el punto de vista humano. A élañadió no sé cuantos más por hechos de fuerza que a cualquier mortal hubieran sumido en el oprobio antes de reducirlo a polvo en el potro y luego en el cadalso si le hubiera abandonado la suerte; hechos dirigidos siempre contra la población civil de los territorios y países que a su paso iba arra­sando. Esta Cayetana de Alba, con sus hijos e hija al coleto, es el difuso desecho de la historia de ese ignominioso título...

  ¿Qué tuvo que hacer el personaje y los descendientes de este personaje para que la señora que ahora nos remonta a sus remotos orígenes con sus excentricidades tenga la mayor fortuna de España y nos muestre públicamente, como en la historia de Dorian Grey, al Gran Duque de Alba degenerando o cobrando en ella figura humana a lo largo de cinco siglos?

  En todo caso véase hasta qué punto el espíritu castellano, con la contribución de tipos  como ésta, viene dominando sobre el resto de los pueblos de la península desde la noche de los tiempos...

  Mientras la aristocracia siga haciendo de las suyas patrimonial, fis­cal y mediáticamente en España, nunca acabará el pueblo creyendo que pinta algo en esta ceremonia de supermillonarios entorchados. A los títulos de ese jaez se han ido sumando luego los que desde el la­drillo y los tejemanejes de la transición siguen saliendo a relucir sin vergüenza.

  ¿Hasta cuándo habremos de soportar a estas gentecillas y su ri­queza, que no han tenido siquiera que arriesgar su pellejo con deli­tos económicos relacionados con la corrupción política de la actuali­dad, porque está levantada sobre la primera corrupción moral en la historia de sus primeros antepasados que consistió en hacer masa­cres y expolios gratificados por los más poderosos de cada época?

 
 
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