EN Extremadura nos gusta presumir de la dehesa, y de su biodiversidad. Y no nos falta razón, pero sólo en parte. Cierto es que la dehesa ha sido reconocida científicamente como especialmente rica en especies de plantas herbáceas, mariposas y pájaros, con cifras difícilmente alcanzables en otros sistemas manejados de Europa. Cierto es que la dehesa alberga algunas de las especies de vertebrados más amenazadas de España y Europa; algunas de ellas de gran belleza y tamaño, lo que favorece su buena prensa. Hablamos del águila imperial ibérica, cuya población mundial vive prácticamente ligada a la existencia de la dehesa, del buitre negro, que sobrevuela paisajes adehesados, de la grulla que gusta de invernar y pastar en encinares abiertos, dando buena cuenta de sus dulces bellotas. Y forzando mucho, hablaríamos del lince ibérico, aunque a éste últimamente no se la visto el pelo, ni se le espera a corto plazo. Pero también es cierto que muchos grupos biológicos son más escasos en la dehesa que en ecosistemas forestales próximos.
De hecho cabe preguntarse si la riqueza de formas vivas ha sido favorecida por la estructura del monte adehesado, o si en cambio es una herencia del monte original, herencia que se iría consumiendo poco a poco. También debemos preguntarnos si las tendencias actuales de manejo de la dehesa están en consonancia con el objetivo de promover la biodiversidad.
Muchas de nuestras dehesas (permitidme utilizar el posesivo colectivo al ser el modo en que muchos sentimos la dehesa) son de reciente creación. Apenas tiene uno, a lo sumo dos siglos. En este breve periodo de tiempo la mayoría de ellas han recorrido ya buena parte del camino que va desde el monte denso hasta el paisaje desarbolado. Lo que ahora vemos como un paisaje idílico, podría no ser más que una etapa intermedia en este proceso de degradación del medio. Este camino ya fue recorrido por amplias comarcas extremeñas y provincias vecinas y no tan vecinas de las dos Castilla, donde hoy apenas encontramos alguna encina suelta. Según bastantes estudiosos, la dehesa podría no ser más que un bosque fosilizado camino a su desaparición.
Si el camino emprendido por las dehesas es el de no retorno, es más o menos discutible. Lo que si parece cierto es que la dehesa actual es mucho menos diversa y rica, tanto en animales y plantas, como en vida humana, que hace un siglo. En la segunda mitad del siglo pasado la dehesa experimentó un brusco proceso de intensificación que aún continúa. La mecanización, las alambradas, el pastoreo libre, la entrada masiva del vacuno, la sustitución de las razas autóctonas y el pienso compuesto, la práctica desaparición de la trashumancia, etcétera, nos han dado la versión más simplificada de la dehesa, donde la imagen idealizada de dos capas vegetales, pasto + árbol (todos igualitos) se pierde con la vista. Sin embargo, esta visión simplificada de la dehesa está reñida con la biodiversidad. Estamos creando dehesas cada vez menos diversas, y en consecuencia menos sostenibles.
La diversidad paisajística, el paisaje en mosaico, con mezclas de diferentes estructuras vegetales, íntimamente conectadas, unas arboladas y otras no, unas con pastos, otras con cultivos, otras con retamas, otras con jaras, madroños, árboles jóvenes, viejos, y recién nacidos, es la primera premisa para mantener una gran diversidad de formas vivas. Aunque probablemente los conocimientos científicos y técnicos son aún insuficientes como para jugar a crear biodiversidad, parece más lógico potenciar la diversidad paisajística en su conjunto, que favorezca a un gran número de especies, protagonistas y de reparto, que la de potenciar la conservación de unas cuantas especies emblemáticas. Tan importantes para el funcionamiento sostenible del sistema son las lombrices como las águilas, los escarabajos como los linces, la materia orgánica como las alambradas.
Hablamos de algo complejo que necesariamente precisa de herramientas administrativas sencillas. Una plétora de ayudas, dispersas entre diferentes administraciones no facilita la consecución de este objetivo. La implantación de una ayuda única, vinculada a un contrato de gestión sostenible, comprobable a través de una serie de indicadores sencillos de conservación de la biodiversidad, debe ser un camino que se debe explorar. Estos indicadores deben contemplar la diversidad paisajística, específica -especies-, y genética -variedades locales- de animales y plantas, incluidas las domésticas.
Nuestra sociedad ha decidido apostar por la biodiversidad. Así se refleja en documentos como 'Detener la pérdida de biodiversidad para 2010 - y más adelante' de la Comisión Europea. Y si hemos decidido apostar por la biodiversidad, debemos disponer de dinero para cumplir estos objetivos, que sirva tanto para apoyar a los mantenedores de la biodiversidad (por ejemplo titulares de las dehesas), como para generar empleo y riqueza local. ¿No se han construidos economías ficticias en torno al ladrillo, al movimiento especulativo del dinero y a paraísos fiscales? ¿Por qué no edificar economía en torno a la biodiversidad y otros servicios ambientales del campo? Igualmente crearía empleo y, además, dejaría un paisaje más bello y paraísos más cercanos y compartidos. Y dehesas más sostenibles.
Más información:
Si quieres contribuir a que Kaos en la Red pueda seguir publicando artículos como este, puedes hacer tu donación en:
| Paypal (seguro y permite diferentes formas de pago) |
Microdonación de 2 euros
| Donación de importe libre
|