“Aquellos que sostenían que iban a cerrar hoy la OMC han tenido, en los hechos, pleno éxito”. Esto fue lo que, en una declaración sincera, admitió el Jefe de Policía de Seattle, Norm Stamper, después de los sucesos de 1999.
Una gran protesta que había trastocado la reunión de la OMC fue la comidilla de toda la ciudad.
El Presidente de los EEUU, Bill Clinton, Ministros de Gobiernos de todo el mundo y los directores de empresas más poderosas de la Tierra fueron allí a planificar cómo podrían incrementar su dominio sobre el Planeta.
Por contra, decenas de miles de manifestantes dieron una visión momentánea del poder que tiene la gente corriente para desafiar al gobierno de la élite global.
Los manifestantes fueron recibidos con sprays de pimienta, pelotas de goma, carros blindados y nubes de gas lacrimógeno. Sin embargo, los manifestantes ganaron: y ganaron, gracias a la unidad forjada entre sindicalistas, estudiantes, ecologistas y muchos otros.
La ceremonia de inauguración fue cancelada. Los delegados simplemente no pudieron alcanzar la calle, llena de manifestantes.
Y la “batalla de Seattle” inició un nuevo capítulo en la política.
Llegó a ser un foco de atención para cuestiones que iban desde el trabajo infantil a la deuda externa, pasando por el medio ambiente, las condiciones laborales y los derechos sindicales. El poder de la protesta mostró a millones de personas cómo las empresas pueden ser frenadas.
Las primeras protestas tuvieron lugar el viernes 26 y el sábado 27 de noviembre. El domingo, tan pronto como los delegados de la OMC comenzaron a llegar a Seattle , hubieron dos enormes manifestaciones. Hubo también un programa itinerante de cursillos y reuniones en las manifestaciones.
El lunes, los disfraces de tortuga marina, que llegaría a ser el icono por excelencia de las protestas de Seattle ante la OMC, hicieron su primera aparición, en una marcha ecologista por la protección de los animales y del medio ambiente. Otros grupos de manifestantes también lo hicieron por fuera de la recepción de la OMC.
Las manifestaciones y reuniones tuvieron un ambiente de carnaval. Diane Lively, una estudiante de Alabama, había viajado miles de kilómetros para estar allí. “Yo sólo quería decirles a la OMC que saque sus manos de nuestro planeta”. “Prefiero la gente a los beneficios”.
Tetteh Horneku, de Ghana, se cuestionaba: “¿Cómo pueden estar al mismo nivel entre los EEUU, por ejemplo, y Burkina Faso en África? Allí, el 86% de al población depende de la agricultura, pero hay menos de 200 tractores en todo el país y el 87% de la población agrícola es analfabeta.
Empresas
Mike Ellison, trabajador del sector de la Salud y enlace sindical, decía “La OMC no es sino las empresas apoderándose de todo y apartándonos a un lado. Sus normas significan pobreza para África, Asia y Latinoamérica -incluso para los EEUU.”
El momento decisivo de la victoria llegó temprano en la mañana del martes, cuando las acciones directas de los manifestantes dejaron sin maniobra a las autoridades e impidieron la reunión de la OMC.
La policía supuso que las manifestaciones y bloqueos no empezarían antes de las 8, y, por eso, no desplegaron sus efectivos hasta las 7,30. Sin embargo, los manifestantes se concentraron mucho antes. Por eso, antes de las 8 am, los manifestantes habían ocupado, cada esquina y por todos lados, el centro de conferencias.
La policía comenzó usando gas lacrimógeno y sprays de pimienta para forzar a los manifestantes a irse.
Veblen Wilder, organizador del trabajo, decía: “La policía los obligó a que se sentasen. Luego dispararon bombas de percusión a la multitud y les tiraron gas lacrimógeno. Y trajeron autobuses que les rodearon y les detuvieron”.
“Fue entonces cuando dijimos 'Ya es suficiente, vamos a protestar junto a ellos, vamos a ir directamente al centro de la ciudad'”.
Una marcha de trabajadores se dirigieron por todo el centro de la ciudad, pero los líderes sindicales estaban determinado a mantener a los manifestantes fuera del centro de convenciones.
Los sindicatos oficiales intentaron conducir a los manifestantes a una calle lateral. De mala gana, el primer grupo obedeció sus instrucciones. Entonces, llegaron los estibadores. Su gran contingente estaba lleno de gente que había parado de trabajar en protesta por la OMC. 1200 salieron en Seatttle, un número similar en Tacoma, y cientos más en San Francisco, Los Ángeles y Long Beach.
“Nosotros vamos a la convención”, gritó un operador de grúa. “Yo voy a ayudar a esos 'chicos tortuga'”, dijo otro estibador, refiriéndose a los manifestantes ecologistas que estaban siendo víctimas de la brutalidad policial a pocas calles de allí. Durante un minuto, el cordón policial les retuvo pero, lentamente, comenzó a partirse. Cantando, alegres, los sindicalistas marcharon sin titubeos.
Los dos grupos, trabajadores y jóvenes manifestantes, se encontraron. “¡Unión!”, gritaron los sindicalistas. “¡Poder!”, respondieron los estudiantes y la juventud. “¡Solidaridad, solidaridad!” cantaron juntos.
Por eso, en el centro de Seattle, en pleno bastión del poder empresarial, se mantuvieron en pie trabajadores de Boeing y estudiantes, carteros y gente con pañuelos de flores: todos juntos. “Dispérsense o serán sujetos a medidas anti-disturbios”, anunció la policía. ¿Lanzó la policía gas lacrimógeno contra conductores de camiones, trabajadores del metal o maquinistas? No. Eligieron la derrota de ese día en lugar de arriesgarse a sufrir una rebelión todavía mayor.
Durante dos horas, mientras la comitiva sindical pasaba, la policía no lanzó ni botes de gas ni pelotas de goma. Fueron aplastados. La ceremonia de apertura de la OMC fue cancelada. Sólo más tarde, después de que los sindicalistas se marchasen, la policía dio rienda suelta a su furia. Docenas de manifestantes cayeron golpeados, sus ojos y narices se quemaron a consecuencia del gas lacrimógeno y los sprays de pimienta. Otros sufrieron heridas por las pelotas de goma.
En 1968, cuando la policía machacó a los manifestantes contra la guerra de Vietnam en la convención del Partido Demócrata, los que protestaban habían cantado “El mundo entero está mirando”. Ahora, se cantó la misma canción.
El manifestante Tom Gorlick dijo: “Yo formé parte de las manifestaciones de Chicago en 1968. Esas protestas marcaron una generación y Seattle hará lo mismo”.
Granadas
Aquella tarde en Seattle, el Alcalde declaró el Estado de Emergencia y un toque de queda. Grandes brigadas de anti-disturbios armados y con máscaras anti-gas, apoyados por carros blindados, comenzaron a desplegarse hacia el centro de la ciudad utilizando granadas de percusión, pelotas de goma, gas lacrimógeno para forzar a los manifestantes que quedaban a los espectadores a salir de la calle.
Varios cientos de manifestantes se refugiaron en un área residencial y, cuando la policía les siguió, los residentes, enojados, participaron en las protestas.
La Guardia Nacional fue llamada a intervenir a primera hora del día siguiente. Tropas y policías delinearon el perímetro de la “zona libre de protestas”. A lo largo del día, la policía usó gas lacrimógeno para dispersar a la muchedumbre del centro, aunque permitió la manifestación organizada por el sindicato de trabajadores del metal que tomó lugar a lo largo del puerto.
El Presidente Clinton fue incapaz de dar su discurso en la recepción de delegados.
Durante el viernes, las protestas continuaron y la policía había sido puesta fuera de combate. Se hablaba de fracaso de la OMC y miles marcharon juntos otra vez cruzando Seattle.
Cory McKinley era un trabajador de Kaiser Aluminium que había sufrido un cierre patronal durante 14 meses. Dijo: “Nunca en un millón de años pensé que podría haber estado marchando con ese tipo de gente. Mi sueño consistíó durante años en que no había nada más bonito que un gran suelo de parquet hecho de secuoya. Ahora, aprendí sobre ecología y esas cosas”.
La manifestante Cynthia Smith dijo: “Nosotros estamos luchando por una justicia real en un mundo que niega la justicia a billones de personas. Algo está cambiando en América cuando se ven días como éste”.
Bob Hasegawa, secretario del sindicato de camioneros en el local 174 de Seattle, dijo: “Esto sólo se ve una vez en la vida. ¡Me quedé realmente asombrado como le dimos una patada en sus culos! Todavía no pueden asimilar su propia mierda juntos. Intentaron tener reuniones, pero no lo consiguieron”.
Las personas que integran este artículo fueron entrevistados por Charlie Kimber, enviado como testigo ocular de las manifestaciones para un reportaje del Socialist Worker en 1999. También, vienen de las entrevistas del proyecto de historia de la OMC de la Universidad de Washington.
(Artículo aparecido en el “Socialist Worker” nº 2179 de 28 de noviembre de 2009. Traducción hecha por Marco L. J. )
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