Desde que nació; de padre judío germanófilo, comerciante de cervezas, borracho empedernido y oclusista torturador; qué más kafkiano que su propio origen.
Célibe contumaz, imposible de enamorar si acaso no supiesen hablar el buen alemán de su madre en su Praha natal. Tampoco ocurrió en su arcádica Alemania, en la que supo de otro melancólico destructivo en el quien se vio reflejado, el danés Kierkegaard
¿Acaso sería la milenaria condena a los repelentes fariseos? ¿Acaso de allí surgiera una reafirmación?
Es en ese momento que se acerca al sionismo; cuando en sus albores tal doctrina podía significar el intento de eclesiar a los judíos; eso sí, llevaría tal militancia como todo lo suyo, de manera reservada.
Su obra corre también su propia desventura. Confiada a su camarada sionista Max Brod, con la promesa de su destrucción; éste inflige tal confianza y publica y luego guarda lo que iba perfilándose como tesoro.
Brod, depositario de los escritos, cartas y más intimidades; en su huída de esa Alemania amada que también lo repelía, deja a su amante-secretaria, si acaso pensaba que el sexo puede implicar lealtad, aquel tesoro a su vez confiado.
Y ésta guardo aquello, con la mejor idea de explotar lo único que tenía de valor, mucho más que su propia dignidad. Y lo puso a cachos a la venta.
Y ahora se comercia, al mejor postor, con pelea entre unas ávidas herederas de la secretaría y el Gobierno israelí ¿será el pathos judaico y/o kafkiano?
Qué diría Franz Josef, cuyo nombre viene del homenaje a un emperador austríaco.
Ya no despertará, fue comido por sus insectos. Ha quedado su apellido como herencia pública para ser usado como adjetivo; cuando los palurdos no tienen explicación y recurren a tal para quedar fetén.
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