Andreu Manresa y sus amigos nos cuentan desde Mallorca: “Ha mort un amic. Ahir diumenge va morir Jose Maria Aguirre Salaberria, supervivent del camp d'extermini de Mauthausen però sobre tot  un amic que va venir en diverses ocasions a Pollença, tan als instituts com al primer abril de república que vam cel·lebrar (al 2004), a narrar  la seva terrible experiència,
El seu cos ja ha estat incinerat i reposarà sota el seu llimoner preferit a SonRoca, la seva anima, la seva vitalitat, el seu sentit de l'humor i el seu esperit republicà sempre seran entre nosaltres.
Las sonrisas y la emoción se mezclaron extrañamente el pasado lunes en el tanatorio de Palma de Mallorca mientras era incinerado el cuerpo de José Mari Aguirre Salaberría (Markina, 1919), vasco expansivo y republicano evidente que falleció el día anterior, 6 de septiembre, en el hospital General de Mallorca, con las piernas muy maltrechas y el corazón vencido.
Libertario antifranquista, tardó 35 años en hablar de su supervivencia de cuatro años y medio -"54 meses", decía- en el campo de exterminio nazi de Mauthausen. "Guardé silencio. Sólo se lo explicaba a mi mujer, Sarah", detalló aquel que no quiso ser reducido a un número, el 4553. "Fuera de España no había españoles", determinó sobre él y decenas de miles el ministro de Franco Serrano Súñer.
Recorrió Mallorca dando charlas pedagógicas por colegios y círculos de la izquierda alternativa. Se instaló en la isla en 1953 para trabajar en hoteles turísticos gracias a su dominio del francés y del alemán forzado por las circunstancias. Una noche fría, a los 85 años, en Pollença, cerró su narración para nada protagonista ni escabrosa con una invitación a cantar. La audiencia juvenil había enmudecido tras su relato vital, su travesía individual por la trágica historia del siglo XX que para él comenzó cuando se fue a la guerra con su padre, salió derrotado y pasó la frontera de Francia para ser recluido en el campo de Saint Ciprien y después deportado a Mauthausen. Tras la versión de una tragedia, desde su fortaleza vital recuperada y sostenida gracias al deporte de la pelota, se atusó el pelo blanco largo y la barba aún contestataria y empezó jocosamente: "¡Las vacas del pueblo ya se han escapau, riau, riau!". Una bandera de la República presidía la sala y él llevaba otra sobre el pecho, en el jersey.
Resistió al horror, tuvo suerte y tiempo para contarlo y prolongó el rastro colectivo de sus recuerdos, desde su condición de víctima, y en nombre de millones de aniquilados. La República Federal de Alemania (RFA), tras años de reclamaciones, le pasó 650 euros mensuales de indemnización. "De España, nada", recordó su viuda. España y sus gobiernos siguen siendo una vergüenza en el 2009.
Aguirre deja muchos papeles por ordenar. En 2005 escribió al presidente José Luis Rodríguez Zapatero antes de que éste fuera al campo de exterminio. "Todo alemán de más de 60 años ha de conocer forzosamente la existencia de aquella infamia. Nos veían uniformados, famélicos, de un sitio para otro, en batallones de trabajo", decía sin angustia y amenidad. Los anarquistas de Palma de L'Estel Negre de la CNT le dieron cauce, y los cineastas y documentalistas Pedro de Echave, Luis Ortas y Albert Herranz recogieron su mirada en el excelente serial -notarial- de la televisión pública Mallorca TV Memoria y olvido de una guerra.
"Los SS amaban a sus hijos, escuchaban a Wagner y calculaban cómo era más rentable y rápida nuestra eliminación", lamentaba. Se fugó mientras era conducido al campo de Ebensee cuando llegaban las tropas estadounidenses para la liberación.
José Mari Aguirre nunca se despertaba sin toparse con un techo de plomo, escenas de pánico. En su cautiverio hinchaba los mofletes para no parecer famélico y esquivar la sentencia final y, además, tuvo la complicidad de un médico catalán, Pere Freixes, para evitar la inyección mortal de gasolina en el corazón. Su familia enterró la urna con sus cenizas al pie del limonero que veía desde la cama de su habitación, en la casita del barrio popular de Son Roca. Las últimas semanas, Aguirre recuperó cierta memoria del euskera y susurraba entre sus tinieblas a su madre muerta.
A su muerte evoco lo escrito por Koldo Campos a la muerte de Benedetti: “
“Hay muertes que, de vivas, nos dan las buenas horas, nos lustran la sonrisa, nos atan los zapatos con los que andar el día, nos rondan y nos cantan los sueños que aún amamos.
Son muertes tan poco moribundas que siempre están naciendo y así no tengan visa para el cielo o el aval de la ley para la gloria van a seguir estando con nosotros, memoria que respira y pan que se comparte, dichosamente vivas”.
Mikel Arizaleta, 17 827 048
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