A modo de introducción aprovecho uno de los comentarios (fueron dos) que mereció mi primer mensaje en Kaosenlared, ese que titulé: Quien mal piensa, mal anda, y (como sabemos) quien mal anda, mal acaba.
En efecto, el comentario objeto aquí de atención (su autor lo tituló: La práctica como criterio de la verdad) me ha servido de pretexto para hacer explícitos algunos argumentos y reflexiones solo sugeridos (de hecho inferibles) en mi primer mensaje.
A continuación, para comodidad de quien esto lee, cito en forma íntegra el comentario en cuestión, no sin antes agradecer a su autor (lo mismo al autor del segundo comentario) la atención que le mereció la lectura de mis análisis.
Cito:
# 1. La práctica como criterio de la verdad.
27-04-2009 14:56
La práctica como criterio de la verdad aplicado a la historia es totalmente válido [sic.] para argumentar la ineficacia del socialismo. Sin embargo en el caso del capitalismo, éste sigue ahí, es cambiante y se adapta dinámicamente a las nuevas situaciones históricas. Lleva dentro de sí la dialéctica, algo de lo cual presumía el socialismo y que no aplicaba, lo que lo llevó a la destrucción.
Por otra parte, no creo que pueda decirse que Cuba haya sobrevivido al derrumbe del socialismo. En Cuba hace tiempo que no hay socialismo sino una vulgar dictadura de una nomenclatura aferrada al poder. En aras de un mal llamado socialismo, se ha condenado a varias generaciones a sobrevivir en el más estricto sentido de la palabra. Yo personalmente no quiero malgastar la única vida que tengo en sobrevivir. Sin embargo yo no tengo la oportunidad de expresar mi disentimiento ni votar por otra opción.
Para dar pie a lo que me interesa precisar, seguido, hago algunos señalamientos críticos acerca de lo expresado en este comentario:
Ver la viga en el ojo ajeno y no en el propio, o (como en el caso del comentario citado) en el propio (en nuestro país) y no en el ajeno, es parte del desentendimiento que intento evidenciar. Y en efecto, la práctica, como criterio de la verdad aplicado a la historia, no es solamente válida para argumentar la ineficacia de los regímenes marxistas, si no también para evidenciar la ineficacia social del régimen capitalista, y esto incluso con independencia a la constatación de sus crisis cíclicas, pues un régimen que defiende preponderantemente los derechos (y hasta los no derechos) de propiedad en función de la acumulación de capital de algunos, ello por encima (y hasta en detrimento) de los derechos e intereses de otros, no es (en buena ley) un buen régimen social, porque un buen régimen social ha de responder por igual (procurando armonía y justicia) a los intereses de todos los miembros de su sociedad, y no solo de estos, si no también, a los de la Humanidad toda, por lo que, para ser bueno (y entendido como bueno) un régimen social, debe ser justo e inclusivo hacia su interior y también hacia su exterior y esto último, siendo pacífico, solidario, generoso. Mas, sabemos que el Capitalismo, tal cual es y tiende preponderantemente a concretar sean sus miembros, no es así (y no puede ser así siendo lo que es, Capitalismo: una sociedad que estimula el individualismo, la codicia y la competencia sórdida entre sus miembros y entre las naciones). Recuérdese, insisto, lo que apuntó Parménides desde la irrebatibilidad del sentido común: Lo que es, no puede a su vez no ser.
Y sí, resulta un acto de preocupante ingenuidad o ignorancia (o de omisión cómplice no justificable por la eventual inclusión de quien la realice en el “valle de lágrimas” gestado por la práctica social marxista), que se vean y admiren en el Capitalismo solo sus bellas vitrinas, su glamour, su aparente institucionalidad democrática y la forma dinámica (forma a no dudar anti-capitalista) en que sabe salir de sus crisis cíclicas, y que en cambio, se perciba como un mero y excusable efecto colateral asociado a él, al “valle de lágrimas” (como dice Boron parafraseando a Marx) que mal esconden sus alfombras mediáticas: hablo del drama social y humano que muchos viven en el Capitalismo por el Capitalismo, hablo de la pobreza, la ruina, el suicidio y los sueños rotos de muchos y hablo también de la sordidez de este sistema: del fraude, la mezquindad, las guerras fraticidas y de rapiña, del apoyo a dictaduras sangrientas, efectos que (algunos de ellos) afloran con cruda nitidez al irse gestando y desencadenándose sus crisis, las que por cierto, afectan gravemente a muchos de los pobladores de las naciones inmersas en este régimen social, pero no a todos, aun siendo (paradójicamente), los pequeños grupos menos afectados, los principales responsables de estas crisis, lo cual, a no dudar, evidencia que el Capitalismo es un régimen social que defiende preponderantemente los intereses de unos pocos por encima y en detrimento de muchos.
Mumia Abu-Hamal es concluyente al respecto y esto aun sin ser exhaustiva (en lo que aquí se cita) su exposición de los males del Capitalismo. (Dispensen lo largo de la cita que a continuación reseño, pero su elocuencia en relación con lo que intento expresar me hace ver justificada su inclusión sin cortapisas en este mensaje). Así dice Abu-Hamal:
Gobierno ¿para quién?
Mientras la economía se tambalea como mala hierba en una película de vaqueros del viejo oeste, las compañías están recibiendo finanzas de cientos de miles de millones de dólares, mientras a los trabajadores se les piden que se “sacrifiquen”,
Los líderes principales de las corporaciones no solo no han perdido mucho, ha ellos no se les ha pedido que devuelvan nada. En verdad, ni siquiera se les ha preguntado que han hecho con los más de 300 000 millones de dólares.
¡Lo único que es cierto es que ellos no han hecho nada de lo que prometieron hacer cuando mendigaron por el dinero del pueblo!
Pero cuando las industrias automotrices trataron de obtener la clase de ayuda que habían tenido sus hermanos de los bancos, fueron golpeados duramente; y las elites políticas demandaron que usen esta crisis económica para castigar a los sindicatos – ¡que despidan a más trabajadores, que corten los salarios y que saquen los sobres de las pensiones de los retirados!
¿Y qué del presidente Barack Obama, que recibió los votos de millones de familias trabajadoras?
Si usted oyó y no solo vio, podría haber pensado, a juzgar por la retórica, que había vuelto Bush; “Se va a requerir que los sindicatos y los trabajadores, que ya han hecho dolorosas concesiones, que hagan aún más.”
El Sindicato Internacional de Trabajadores Automotrices, Aeroespaciales y de Implementos Agrícolas (UAW, del inglés, United Automotive, Aerospace and Agricultural implement Workers Union, International), ha dado tanto en los últimos años que no es broma. Hace un tiempo, las gerencias buscaron, y consiguieron un doble sistema de pago, por el que los trabajadores nuevos recibirían la mitad del salario de los demás trabajadores –y la condición de trabajadores temporales.
¿Cómo se puede creer que es remotamente justo que a aquellos que tienen menos se les pida que den más?
Por décadas, el pueblo ha creído que los demócratas se sentían con más deudas para con los trabajadores, porque ellos por muchos años votan por ese partido. Pero ¿quién puede seguir creyendo eso después de los desastres de los Tratados de Libre Comercio, TLC?
¿Es eso por lo que votaron los trabajadores?
Años atrás, en 1980, el importante analista republicano Kevin Phillips describió a los demócratas como, “el segundo partido capitalista más entusiasta de la historia”.
Y si usted ve los grandes salarios de las Mesas Directivas de las compañías norteamericanas, va a encontrar personajes como Lyle Wagoner, de la General Motors, que sacó unos 23 millones de dólares constantes y sonantes cuando se retiró –sin contar su pensión anual. Si eso es por lo que la gente vota, ¿para qué votar? [Citado por: Granma, miércoles, 3 de junio del 2009, p. 5]
Y esto que denuncia Abu-Hamal (y otras tantas cosas que sabemos) hace inevitable el concluir que el Capitalismo, detrás de sus eufemismos y máscaras, no es más que una dictadura de facto, el imperio de unos pocos por sobre muchos, algo a no dudar que debe ser preferiblemente cambiado antes que se niegue por autodestrucción , porque –como bien afirmó Obama en el Cairo (esto fue el jueves 4 de junio de este propio año en el discurso que pronunció en la Universidad Islámica de Al-Azhar)–: “cualquier régimen en el mundo que eleve a una nación o grupo humano por encima de otro inevitablemente fracasará”.
Obama en este discurso también sentenció: “Las palabras por sí solas no satisfacen las necesidades de nuestros pueblos”, y es cierto, es hora de obrar. Y es hora de obrar porque resulta ya una falacia harto evidente hablar de democracia y de Estado de derecho en el Capitalismo aun constatándose en él, con respecto a los regímenes marxistas, más libertades (por ejemplo: económicas, de expresión, etc.). Y esto es así, porque esas libertades en el Capitalismo no son más que supuestas libertades, porque lo que se proclama y no llega a ser o a concretarse a plenitud aun tendiendo o aparentando tender a ello, no es lo que solo a plenitud puede ser considerado una realidad o un hecho. (Recordemos, una vez más, la ley del tercero excluido: Lo intermedio entre A y no A, es también no A)
Pensemos en esto (y cáptese el parentesco de la secuencia de análisis que a continuación expongo con las formulaciones silogísticas aristotélicas): Si el término democracia se entiende (según la DRAE) como la doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno e indica, su segunda acepción, que es un vocablo aplicable a los regímenes donde se identifica un predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado, y sabemos, que un pueblo no es una parte de él, si no todo él, entonces, se ha de concluir que el Capitalismo no es una democracia. O acaso, por ejemplo, no es sabido que buena parte (si no toda) de la política interna y externa de los EE.UU. es diseñada bajo la presión o predominio, no del pueblo, si no de influyentes lobbys que responden a poderosos intereses económicos y financieros de una pequeña parte de él, lo cual hace explicable (por solo hablar de un caso) que no obstante la violencia, la muerte indiscriminada de niños y jóvenes en las escuelas, los tiroteos en las calles, etc., se siga apelando (bajo la coacción a no dudar viciosa de la Sociedad del Rifle), a la 2da Enmienda para sostener, como una enorme sin razón, la libertad y el derecho de los pobladores de los EE.UU. a portar armas de fuego para defenderse y sentirse seguros en una sociedad que se hace más insegura cuanto más armas porten sus ciudadanos (recuérdese, para hacer más evidente esta sin razón, que esto pasa en una sociedad que estimula la competencia sórdida entre sus miembros).
¡Que cosa loca!, como a no dudar diría Frank Delgado (con igual buen tino) si fuese estadounidense y no cubano. Sí, porque es de alienados o locos, aunque no se sea loco, actuar de espaldas a lo que indica el elemental sentido común, la lógica, la genuina razón. O acaso no es sabido, por ejemplo, que la esquizofrenia provoca en quien la sufre, como síntoma o manifestación más significativa, una acusada incapacidad para establecer conexiones lógicas y también una marcada dificultad para establecer relaciones adecuadas con los demás (por ello los seres que la padecen son calificables de alienados). Y acaso, no es esta la conducta que vienen manifestando, no solo los pobladores de los EE.UU., si no también muchos otros en el Mundo (cubanos incluidos). De hecho, sin temor a equivocarme, me atrevo a postular que sin un pensar correcto no podremos aspirar ni a ser virtuosos, ni a vivir en sociedades virtuosas. (Es hora que dejemos atrás los “ismos” filosóficos –los filosofismos: los marxismos, los liberalismos, etc.– y comencemos a gestar o a reemprender, sentido común mediante, un saber filosófico natural virtuoso que sea así, natural y virtuoso, porque deviene y responde consecuentemente a nuestra naturaleza y en general a la Naturaleza de la cual somos parte).
Ahora, Cuba, su régimen social, sí ha sobrevivido al derrumbe del campo socialista (cierto que debí decir: del mal llamado campo socialista). Entiéndase esto. Es un error afirmar que en Cuba hace tiempo que no hay socialismo porque en Cuba nunca ha existido socialismo. El término socialismo, su mero significado, sugiere su aplicación (apropiada) a un régimen que responda por igual (mediando) a los intereses y derechos de su pueblo, estos es, a los intereses y derechos de todos los miembros de la sociedad en que se establece . Y en Cuba, después del triunfo de la Revolución, se instauró un régimen que, sabido es, excluyó arbitrariamente de la ecuación social a los propietarios privados (¡Aun habiendo colaborado o participado algunos de ellos en la lucha revolucionaria!), y esta exclusión se concretó a través de la expropiación de sus bienes, lo cual, es elemental colegirlo, afectó los intereses y derechos de estos propietarios (muchos de ellos legítimos en tanto sus propiedades eran bien habidas). De ello es inferible, que un régimen así, que afecta intereses legítimos de algunos de los miembros de su sociedad, no debe llamarse socialista.
Y de cierto, la exclusión arbitraria de la ecuación social de los propietarios privados practicada por los regímenes marxistas consecuentes, resulta un gran contrasentido y más, constituye, de hecho, la violación de un derecho humano universal , violación que establece, para el gobierno que la ejerce y concreta, con independencia a sus eventuales buenas intenciones y propósitos, la condición de gobierno despótico, anti-ético y vicioso.
Para entender esto, por paradójico que parezca, no es preciso distanciarse de un consecuente discurrir marxista. En efecto, del ideario marxista se infiere (así lo reseña Atilio A. Boron) , que ningún Estado puede llegar a ser ético por el carácter irremisiblemente clasista o parcializado que le impondrían a sus funciones quienes ostentasen el poder político en ellos. Y las prácticas sociales de orientación marxista tienden a confirmar lo pensado por sus gestores en relación con esto, pues las mismas instituyen un Estado (un falso Estado, de acuerdo al pensar de Hegel) que subordina en la práctica el logro de los intereses universales de la sociedad, a la satisfacción de los intereses particulares (disfrazados de plurales) de quienes ostentan el poder en ellos, todo en función de sus erradas convicciones.
Sí, porque es errada la convicción marxista (y no solo de ellos, también lo fue de San Agustín y de otros) que sostiene, que la propiedad privada es consecuencia de un proceso eminentemente fraudulento, según palabras del propio Marx, el resultado de una “gigantesca estafa” .
Tratemos de entender, en alguna medida, una de las facetas gestantes de este error.
Fue John Locke quien por vez primera defiende a la propiedad privada como un derecho natural inalienable y esto lo hizo al postular que tal derecho se certifica en forma espontánea y con antelación a cualquier norma jurídica que lo refrende (por ello lo definió como un derecho natural) cuando un individuo mezcla su trabajo con lo bienes de la naturaleza. Locke para defender su tesis usó, entre otros, el siguiente sencillo, eficaz e incontrovertible argumento: “Aunque el agua que mana de la fuente es de todos, sin embargo nadie pondrá en duda que la que está en la jarra es de aquel que se molestó en llenarla”.
Marx, sabido es, nunca aceptó esta naturalización de la propiedad privada, pero con ello gestó una de sus varías inconsecuencias respecto a su propio ideario, y ello, porque con su posición negó lo que es un hecho incontestable refrendado por la práctica : en la psiquis humana se estructura un nítido sentimiento de propiedad sobre aquello que se alcanza mediante el trabajo, y resulta, de acuerdo a un buen pensar, que este sentimiento no solo es innegable en tanto hecho, si no que también es inobjetable el considerarlo natural y a su vez legítimo.
¿Quién, por ejemplo, puede negar o deslegitimar (con tino) la sensación de propiedad que un hombre primitivo pudo experimentar sobre la lanza que creó al transformar, mediante su trabajo, la rama de un árbol caído? ¿Quién puede negar la legitimidad del derecho que ese hombre primitivo pudo necesitar ejercer sobre la lanza que sintió suya porque la hizo, ante la pretensión de otro (que no hizo nada para crearla) de arrebatársela?
Y si esto es cierto, entonces porque intentar deslegitimar la acción (como lo hacen los marxistas) , acusándola de usurpación, de quien por primera vez cercó un terruño con estacas, cuando resulta elementalmente lógico, necesario y prudente hacerlo si tal terruño es preparado, por ejemplo, para el cultivo, todo porque es preciso protegerlo de animales y de eventuales reales usurpadores que pretendan recoger y disfrutar sus frutos sin haberse esforzado en cultivarlos.
En fin, el elemental sentido común indica que es legítimo y natural el sentimiento de propiedad que surge en nuestro ser sobre aquello que transformamos (y creamos como entidad cualitativamente nueva) gracias a nuestro propio esfuerzo. Y por transitividad (y sentido común) resulta a su vez justificado, que cualquier Derecho positivo justo refrende y defienda, tanto a ese sentimiento de propiedad, como al objeto de su desvelo, certificando el vínculo entre ambos como un derecho inalienable, en tanto el sentimiento que establece tal impresión de derecho y propiedad es real, natural, incuestionable y legítima cuando se estructura mediante el trabajo creador.
No de balde Thomas Reid, pensador que fundó la escuela de filosofía escocesa conocida como del Sentido común, abogó porque la filosofía desechara el excesivo e inútil análisis a favor del buen sentir de los hombres, del sentido común, del que afirmó, que solo había que legitimarlo de un modo filosófico. Pero, sabido es, los marxistas se empeñaron negligentemente en lo contrario. Por ejemplo, Engels al respecto afirmó: Pero el sano sentido común, por apreciable compañero que sea en el dominio de sus cuatro paredes, experimenta asombrosas aventuras en cuanto se arriesga por el ancho mundo de la investigación, y el modo metafísico de pensar [el modo lógico-formal] , aunque también está justificado y es hasta necesario en esos anchos territorios, de diversa extensión según la naturaleza de la cosa, tropieza sin embargo siempre, antes o después con una barrera más allá de la cual se hace unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en irresolubles contradicciones, porque atendiendo a las cosas pierde su conexión, atendiendo a su ser, pierde su devenir... [Engels, F. Anti-Dühring. Citado por: Woods, Alan y Ted Grant. Razón y revolución. Filosofía marxista y ciencia moderna. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2005, p. 117]
Sin embargo, los hechos lo confirman, quienes se han perdido en irresolubles contradicciones y en un excesivo e inútil filosofar han sido los marxistas al negar lo inapelable, justificado, siempre necesario y nunca unilateral, limitado y abstracto del modo metafísico de pensar en todos los anchos territorios de la investigación científica. No obstante, no han sido los marxistas los únicos que han pecado de inconsecuentes con los preceptos lógico-formales. Locke, por ejemplo, siendo el fundamental o más significativo gestor del pensamiento liberal, fue también inconsecuente con las reglas del correcto pensar, y por el modo a-crítico en que ha sido asumido su legado por los neoliberales actuales, estos también han pecado de insuficiencias metodológicas que los han conducido a perpetuar, en su ideario, los errores básicos de pensamiento cometidos por Locke.
Véase esto:
Jonh Locke adscribió su pensar (al menos en principio) a la Filosofía del derecho natural, filosofía con larga data y tradición, al punto que sus ideas precursoras pueden ser rastreadas en la antigüedad misma, y esto lo hizo Locke al refrendar los derechos humanos concibiéndolos como naturales (devenidos de la propia naturaleza humana) y defendiéndolos con razón y por justicia como inalienables, todo, bajo el legítimo supuesto de que todos los hombres somos iguales y que a todos nos es consustancial el derecho a la vida, a la felicidad, a la propiedad y a la libertad, derechos que, según opinó, solo pueden ser garantizados instituyendo gobiernos cuyos poderes devengan del consenso de los gobernados (de todos los iguales).
No obstante Locke, nunca concibió a los seres humanos reales como iguales. Sí, él pensó que solo “en el cielo” (parafraseo a Marx) de los principios todos los hombres son iguales, pero que en la práctica, en la concreción terrenal de sus realidades, los distinguen atributos que los hacen diferentes no solo ante la Ley y el Derecho, si no también ante Dios. Para Locke, solo los “industriosos y racionales” a quienes Dios entregó el mundo y para quienes el trabajo es el título de su propiedad merecen la condición de ciudadanos con plenos derechos, los demás, según él, son meros advenedizos en relación con lo importante, la propiedad, advenedizos a los que –en tanto advenedizos– les son propias dos únicas posibles aproximaciones respecto a ella: o son “pendencieros y facinerosos” que desean aprovecharse del esfuerzo ajeno,… seres al margen de la razón y de los principios de la naturaleza humana, o jornaleros: simples asalariados de los industriosos, que incapaces de vivir una vida racional plena por su ineptitud (por ello no pueden ser miembros con plenos derechos en el cuerpo político), han de conformarse sumisamente con lo que los industriosos y racionales legislen a su respecto.
Y sí, básicamente así piensan y han pensado los burgueses siempre, de ahí que la práctica social que garantizan sus Estados liberales “democráticos” sea francamente contradictoria con los incontestables bellos principios universales que refrendan en sus constituciones, por ejemplo, sabido es que refrendan la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, de reunión, de circulación, de asociación para fines útiles, de elegir y ser elegido, etc., pero en la práctica, cuando el ejercicio de esas libertades comienzan no ya a restringir, si no simplemente a cuestionar las excluyentes y excesivas prerrogativas que en detrimento de la mayoría se han dado en función de sus intereses acerca de la propiedad y de la acumulación de capital, entonces, esos seres “industriosos y racionales”, dejan de serlo (se engorilan, como gusta decir la izquierda) y se limpian –así de literal– el culo con la razón y con todos y cada uno de esos bellos principios, poniendo de manifiesto lo que siempre fue una realidad (mal) velada en el Capitalismo: que los Estados de derecho que defienden, no son reales Estados de derecho. (Véase el caso bien reciente y aun en marcha del golde de Estado en Honduras, golpe solo condenado tibiamente de palabras por Occidente, lo cual pone en entredicho (y en sorna) las esperanzas de cambio para bien que la propia propaganda occidental ha querido que veamos encarnadas en la nueva administración de los EE.UU.)
George Novack llegó a captar a plenitud la contradicción insuperable a que conduce el pensamiento de Locke. Así se expresó Novack:
[…] los escritos de Locke personificaron de forma clásica el conflicto insuperable entre los derechos humanos y las exigencias de la propiedad privada, conflicto que ha persistido a todo lo largo de la trayectoria burguesa. Al colocar los derechos de propiedad al mismo nivel que la protección de las libertades civiles e incluso por encima de ellas, Locke estaba destinado a servir de mentor del liberalismo burgués así como al laissez-faire económico y de la libre empresa [Citado por: Tomás Várgany. El pensamiento político de John Locke y el surgimiento del liberalismo. En: Boron, A. (comp.). La filosofía política moderna, de Hobbes a Marx. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana, 2007, p. 78]
Y de cierto, el conflicto a que conduce el pensamiento de Locke es insuperable porque él, solo en “el cielo de los principios”, puso a un mismo nivel la protección de las libertades civiles respecto a los derechos de propiedad, proponiendo en cambio que, como práctica social,… el objetivo primero y fundamental de todo gobierno no puede ser otro que el de asegurar el disfrute de la propiedad privada pues las otras libertades vienen por añadidura. [Atilio A. Boron. Filosofía política y crítica de la sociedad burguesa. En Ídem., p. 338], lo cual es falso, porque lo que alcaza a hacer un gobierno con tal objetivo fundamental, es sentar las bases para concretarse, no como un Estado de derecho (que garantiza derechos para todos), si no como un Estado burgués (en función de los burgueses y no de todos) que restringe lo que ve como simples y molestas añadiduras. De tal modo, los hechos lo prueban, un Estado que obra de acuerdo al pensar de Locke se realiza inevitablemente como un Estado vicioso, pues siempre prevalecen en él, por sobre los intereses de los demás, los intereses de la minoría acaudalada para la cual el Estado funge como su mero administrador (así lo identificaron con razón Marx y Engels en El Manifiesto Comunista), lo cual explica que, los muy en principio legítimos intereses humanos asociados a la propiedad, se tornen en el Capitalismo, no solo a la larga, si no desde la misma génesis del sistema, en intereses mezquinos y excluyentes.
Por demás, un Estado definido de acuerdo al pensar de Locke, mínimo y desregulador respecto al devenir económico social (y celoso protector de los bienes de los “racionales e industriosos”), no puede llegar a ser genuinamente democrático, porque en una sociedad donde se establece un juego económico con mínimas reglas éticas a cumplir y sin una autoridad con capacidad y empeño de velar por su cumplimiento y de castigar a TODOS sus infractores, pronto, muy pronto, se impone por sobre la ética la trampa, y sabido es que en un juego donde se hace trampa casi siempre –por no decir siempre– ganan los tramposos (precisamente aquellos que Locke acusó de “pendencieros y facinerosos” que desean aprovecharse del esfuerzo ajeno, esos que no merecen que Dios ponga el Mundo en sus manos, esos que no se conforman con la jarra llena y siempre van por más, van hasta por la fuente).
Y precisamente es ésta la dinámica de acontecimientos que ha caracterizado al Capitalismo, se han entremezclado en él, desde su génesis, genuinos intereses asociados a la propiedad, con una gestión estatal mal definida en función de la estrecha defensa de esos intereses, lo cual ha provocado que la historia de este régimen social, no sea más que la continuidad del proceso de transmutación, de la virtud al vicio, asociado a la propiedad privada desde el origen mismo de las primeras formaciones económico-sociales establecidas en base a la división de las sociedades humanas en clases. En efecto, el Capitalismo, da continuidad (en tanto sistema vicioso, equivalente en esto a las formaciones económico-sociales clasistas que le antecedieron) al proceso histórico de transformación de los en principio admirables “racionales e industriosos” en tramposos, y ello, porque en un contexto social desregulado, nadie, por bueno y estrictamente ético que quiera ser, puede defender sin trampas o malos manejos los intereses asociados a la propiedad, lo cual viene a explicar por qué el accionar hegemónico de las ideas y prácticas capitalistas en el mundo de hoy, han convertido a éste en un sucio y prosaico casino neoliberal, donde, al no ser muchos los que se conforman con perder o no jugar, porque perder o no jugar los conduce a renunciar a su felicidad terrenal y a sus muchos otros derechos naturales, se imponen como generalidad, por sobre la ética, la mezquindad, la deslealtad y la antes dicha trampa, dinámica ésta que llena de sentido y fundamento a este aforismo ya hecho popular: detrás de toda fortuna se esconde al menos un crimen.
Pero esto no lo pudo apreciar así Marx y tampoco lo han sabido hacer los marxistas, todo en función de sus insuficiencias de análisis. Y en efecto, las insuficiencias de análisis consustanciales al ideario marxista han provocado que sus adeptos no puedan hacer distinción entre el bebé (la propiedad privada) y el agua sucia (la sociedad capitalista) en la palangana (el Mundo que critican y que desean transformar), por ello es que, al ver los males del Capitalismo y del Mundo asociados a la propiedad privada, han defendido un proyecto social que aberradamente la excluye, proyecto al que definen sin recato (y así debe ser porque en efecto lo es) como una dictadura, por cierto, “marxistamente” mal bautizada como del proletariado porque en ella no son los proletarios los que dictan, ellos, sabemos, reciben dictados (he aquí otra flagrante contradicción del ideario marxista respecto a la práctica que genera).
Y es que lo que hace capitalista a una sociedad no es la existencia en ella de propietarios privados, si no que su gobierno se defina o concrete como un Estado burgués, un Estado a toda luz contradictorio pues se niega como legítimo Estado, porque un Estado solo lo es (como lo concibió Hegel) si es un Estado de derecho, si es un Estado que representa los intereses universales de la sociedad donde se establece, o si es –como lo concibió Martí– un Estado donde no exista un solo derecho mermado.
Entiéndase lo dicho (y dispensen la parcial reiteración de argumentos) a partir de elementales razonamientos atenidos a la lógica formal: Si la parte es diferente del todo, y no puede ser nunca más que el todo, queda claro entonces que es imposible justificar racionalmente a un Estado como legítimo si éste se limita a defender los derechos e intereses de una parte de la sociedad en detrimento de otra o de otras (estos cuestionamientos son válidos tanto para el Capitalismo como para los regímenes marxistas). Y es que un Estado como el capitalista o burgués, que excluyen del pacto o contrato social a clases sociales enteras, manteniéndolas bajo control con meras migajas y prebendas (y cuando éstas no son efectivas, entonces garrote), en el acto se deja tanto a sí, como a la clase que privilegia, fuera del Estado de derecho, todo, porque niega su condición de verdadero Estado al poner a los excluidos en legítimo estado de guerra contra él, haciendo con ello que todos (privilegiados incluidos) queden insertos en un estado natural de facto, un estado donde todos quedan libres de deberes, compromisos y obediencias hacia un Estado que efectivamente no lo es porque es incapaz de dar garantías a los derechos de sus súbditos en las condiciones de guerra que genera. (Ya en países como México, El Salvador, Guatemala y otros, esto es una realidad palpable, se desgastan y desangran en una violencia criminal generalizada y extrema, a no dudar consecuencia de una lucha desesperada por la subsistencia en un entorno social viciado desde las estructuras estatales mismas).
Y esto a no dudar es el Capitalismo, un sistema social definido por una guerra económica, social y política despiadada, de todos contra todos y de sálvese quien pueda, guerra, por cierto, no de caballeros (justa, democrática y de igual riesgo para todos): los económicamente poderosos “cargan los dados” del juego social a su favor usando al Estado como instrumento y escudo, lo cual hace objetivamente necesario –en esto no se equivocan los marxistas– el revolucionar tal estado de cosas social. (Como se desprende de estos análisis, la necesidad de revolucionar los regímenes marxistas, también es una necesidad objetiva para todos sus súbditos o miembros, puesto que, al generar tales regímenes exclusiones sociales y provocar con ello que sus excluidos se pongan en legítimo estado de guerra contra ellos, esto provoca que los supuestos privilegiados de estos sistemas queden inmersos en dicho estado de guerra, no pudiendo disfrutar así (ni a plenitud, ni a medias) del pretendido paraíso terrenal que solo en el cielo de las ideas se les ofrece y que solo (en esto confío) un verdadero Estado de derecho les podría garantizar)
Resumiendo: Si un Estado de derecho no garantiza los derechos de todos, entonces no es un Estado de derecho y ni siquiera es un verdadero Estado.
Fin del mensaje. Esperen un tercero en el que trataré de esclarecer con mayor detenimiento la génesis de la insuficiencia de análisis común al discurrir filosófico humano (haciendo hincapié en el discurrir marxista), para ello, me propongo poner en relieve el grave error que hemos cometido al no saber integrar los preceptos lógico-formales con los lógico-dialécticos, en tanto unos y otros son complementarios, entiéndase: garantes en su conjunción de un correcto pensar.
Nota: En el primer mensaje, por un error de corta y pega, dejé fuera la última nota al pie de página marcada en el texto (la No. 13), por cierto, ella brinda un adelanto de lo que trataré en el tercer mensaje. A continuación la reseño:
Entendamos bien este análisis entre paréntesis desde una perspectiva dialéctica no contradictoria con la Lógica formal: La Lógica dialéctica nos enseña que la evolución en la naturaleza se produce por saltos, dados estos a partir de la acumulación de cambios cuantitativos en determinados entes o procesos que conducen, llegado su momento, a cambios cualitativos que definen la génesis de un nuevo ente o proceso, los que (al concretarse) adquieren identidad propia y ello, porque llegan a ser (y valga la redundancia) cualitativamente diferentes al que los gestó. Entonces, si aceptamos esto (pienso que todo buen marxista así lo haga), debe aceptarse también, que los cambios cuantitativos garantes del salto cualitativo gestante de un nuevo ente, se producen en el ente gestante y no en el gestado, y que lo que define al gestado como nueva entidad con identidad propia es lo inédito que surge en él, aquello que lo concreta como algo cualitativamente diferente a todo lo existente antes que él (y no lo que en él queda como herencia del gestante). Una forma sucinta de decir lo anterior (por cierto, yo no me atrevería a formularla de manera tan radical), fue elaborada por Sigmund Freud al decir: Las fases precedentes de la evolución no subsisten en forma alguna, sino que se agotan en las ulteriores cuyo material han suministrado. [Freud, Sigmund. El malestar en la cultura. LIBROdot.com, p. 9].
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