La Habana.- El anuncio hecho a fines de 2002 por el propio Plácido Domingo acerca de su posible retiro, desató no pocas especulaciones y angustias entre los que han seguido su trayectoria durante casi 50 años. 
Por supuesto, saltó de inmediato una pregunta, con signos de desasosiego: ¿quién será el relevo de aquél a quien la crítica considera “el más completo”?
La noticia, que algunos calificaron casi de inmediato de infausta, corrió de paralelos a meridianos cuando Plácido deslizó esa posibilidad durante declaraciones a una agencia europea.
“Si mi carrera fuera un vuelo de avión, no dudaría en que ya está a punto de tocar tierra”, afirmó, sin que quedara espacio para entredichos o segundas interpretaciones. 
¿Por qué lo dijo? Es una interrogante que se mantiene hasta hoy,  tras su presentación, en cuerpo y alma, bajo una pertinaz llovizna que los mayas llaman "chaac", en las místicas y legendarias ruinas arqueológicas de Chichén Itzá.
Considerado una de las voces más notables, potentes y singulares de todos los tiempos -respaldo de una ejecutoria sostenida como tenor que lo sembró para siempre en el clasicismo y la academia, sin olvidar su arraigo popular-, Plácido Domingo tiene haberes como para no temer cuando finalmente diga: “Me retiro”. 
Hoy, con 67 años cumplidos, codiciado aún por las más exigentes orquestas, salas y auditorios del mundo, lleva ya consigo el récord (Guinness) de haber aparecido en 111 papeles diferentes en el arte operático -al cual ha dedicado su vida- y la gloria de haber sido colosal en la interpretación, desde Mozart hasta Verdi, de Berlioz a Puccini, de Wagner a Ginestera.
Vio la luz de este mundo convulso y desigual el 21 de marzo de 1941, en Madrid, España, pero cuando tenía sólo ocho años de edad sus padres (intérpretes de zarzuela) se asentaron en México, donde inició y concluyó su formación musical y los estudios de piano y conducción orquestal. Hasta entonces, según ha admitido, “nadie lo había descubierto” (como cantante lírico).
Es este uno de esos casos en los cuales se demuestra que se aprende, haciendo, en tanto no recibió nunca clases de canto. 
Tras su debut en 1959 en México (unos autores dicen que con el Alfredo de la ópera Don Rodrigo, del argentino Ginastera, mientras otros aseguran que como Borsa en el Rigoletto, de Verdi), Plácido se fue hacia el Medio Oriente para permanecer allí durante dos años (1962-1964), contratado por la Opera Nacional de Israel, con la cual realizó casi 300 presentaciones y desempeñó 12 papeles diferentes. Lejos estaba aún de los grandes centros de poder en el arte del bel canto; comenzaba entonces el escabroso ascenso hacia el firmamento.
Su debut en el Metropolitan Opera House de Nueva York, en 1968, haciendo el Mauricio en Adriana Lacouvreur, es acentuado por expertos como uno de los puntos principales en su arrancada, aunque no el único. En ese recinto jamás se le olvidará porque en esa selecta institución teatral se le ha visto en 39 papeles diferentes, en más de 400 presentaciones desde aquel instante y hasta hoy.
Allí no sólo celebró sus 30 años de carrera, cantando Sansón y Dalila, sino que archivó otro de sus récords: el de haber tomado parte en 17 aperturas de temporada, para igualar una marca que sólo poseía Enrico Carusso (1823-1921).
La pulcritud y estatura de su arte ha sido admirado y comprobado, además, en La Scala de Milán, el Staatsoper (Opera Estatal) de Viena, el Covent Garden de Londres, la Opera Bastilla de París, la Opera Estatal de Hamburgo, la Arena de Verona, el Teatro Real y de la Zarzuela de Madrid, los principales centros operáticos de Estados Unidos y en los festivales de Biarritz y Salsburgo, entre otros.
Desde su aparición en Monterrey y hasta el presente, ha realizado más de 100 grabaciones, de las cuales la mayoría son óperas completas. De éstas salieron los ocho premios Grammy que lo acompañan y su asentamiento definitivo en las cumbres del canto lírico, aunque se le ha admirado también en sus elegantes y ocasionales incursiones en el tango o la canción popular, géneros que se suman a su extensa discografía. 
Según registran instituciones especializadas, su interpretación en Tosca ha sido disfrutada en 117 países y vista por más de mil millones de personas. Las sinfónicas de Londres y Chicago, donde convergen sólo lumbreras y consagrados, lo han tenido frente en más de una ocasión, en el rol de director.
A pesar de aquella alusión en clave de metáfora al supuesto “aterrizaje del avión”. Plácido siguió añadiendo óperas a su repertorio, como lo demuestran sus papeles en Franco Alfano, Cyrano de Bergerac, en el Metropolitan Opera y la Royal Opera House en Londres; o El Primer Emperador de China (Qin Shihuang), de Tan Dun, con puesta en escena del director de cine chino Zhang Yimou.
Como si no existiera el fin, la ópera barroca también pasó a formar parte de su repertorio, al debutar en este género el 26 de marzo de este año, interpretando el papel de Bajazet en la obra Tamerlano, de Georg Friedrich Händel (Teatro Real de Madrid). Lo vimos, además, en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing.
Nada festinada ni fortuita fue la idea de llamarlo un día para que se uniera a José Carreras y Luciano Pavarotti en conciertos cuya trascendencia inmortalizan ya a ese monumento viviente del arte que conocemos como los Tres Tenores, a los cuales debemos el renacimiento y la inmensa extensión y popularidad que ha alcanzado el género operático desde principios de la pasada década.
Si sopranos de la talla de Katria Ricciarelli, Rosalind Plowright y Montserrat Caballé, divas del bel canto romántico, han dicho que Plácido es “único”, no tenemos otra alternativa que refugiarnos en esa bíblica afirmación de quienes, por demás, lo han tenido en más de una ocasión como “partenaire”.
Algo similar han expresado Sara Brightman y Lorin Maazel, con quienes grabó el álbum más vendido en todo el Reino Unido en 1985, y Jennifer Rush, con la cual igualó la anterior proeza, pero en 1989.
Plácido Domingo lleva en su curriculum de récords oficialmente reconocidos, la más prolongada ovación (90 minutos) tributada a artista alguno, con 101 descensos de cortinas e igual número de salidas a escena, en su caso al término de su interpretación de La Boheme, en Viena. El jefe del servicio de bomberos del Staatsoper, sede de la presentación, le manifestó a un cronista –y aún sostiene- que fueron 102.
Un año antes, el 30 de junio de 1991, había logrado 81 minutos de aplausos, bravos y flores en la propia capital austriaca con su desempeño en Otelo.
Su enorme repertorio alcanza la cifra de más de 90 óperas, la tercera parte de las cuales domina con tal perfección que no necesita ensayarlas.
“Por suerte no fraguó aquella afición que tuvo en la infancia por convertirse en gran futbolista”, se dice en España, aunque se sabe que es un apasionado aficionado del Real Madrid.
Para brillar como tenor, más aún, para llegar hasta donde él lo ha hecho, se requiere no sólo buena apariencia física, expresividad en la caracterización y carisma, sino, además, una probada inteligencia musical. Por supuesto, la voz cuenta, y mucho, aunque en la ópera –dicen los entendidos- ésta no vale de nada si no se conjuga con el entorno. 
El mismo ha reconocido que “la nota más alta no es lo único”, apreciación que algunos estimaron dirigida en su momento al desaparecido Luciano Pavarotti.
Sus incursiones en la música pop, en dúos con iconos de ese género como Carlos Santana (Shaman), el grupo vocal mexicano Pandora, el reconocido ranchero Alejandro Fernández, así como con el estadounidense Michael Bolton, con quien hizo una respetable versión del “Ave María”.
¿Qué se siente cuando se le escucha a Plácido? No lo puedo responder, aunque viole las normas del periodismo moderno. Invito a que disfruten alguna vez de esta voz honda, dramáticamente sentimental y con una pulidez singular, un timbre cuya belleza e imbricación con los instrumentos sorprende aún en Il trovatore, Un ballo in maschera, Réquiem, Aida u Otello; la Boheme, Tosca o Turandot; Carmen; Romeo y Julieta o Fausto; Don Rodrigo…o en ese disco titulado Por amor, editado en 1998, y con el cual rindió homenaje al afamado compositor mexicano Agustín Lara.
Ayer,  sábado, su voz se escuchó en lo profundo de Chichén Itzá, quizás como su homenaje a esas “tierras mágicas y maravillosas” del Mayab -como él las calificó- que, según dijo, representan mucho para él y su familia, en especial sus padres.
¡Bienvenido! “el gran amigo, el gran artista, el hombre que fue parte fundamental para que este sueño pueda hacerse realidad”, dijo la gobernadora del estado mexicano de Yucatán, Ivonne Ortega Pacheco. 
¿Cuándo tocará pista ese avión con el que Plácido homologó su trayectoria? Quién sabe. Autoridades del siglo que corre y del pasado sostienen que resulta imposible escribir la historia del arte operático sin mencionarlo.
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