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Iconoclastas
Soy iconoclasta hasta el exterminio total de los posos de las ideas perniciosas
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 23-1-2010 a las 13:47 | 1216 lecturas
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y de los mitos de personajes que, si bien se mira, no han tenido en su vida más mérito que el charlatanear y hacer, desde su poltrona, que trabajen para ellos duramente los demás. Pero no soy iconoclasta de los símbolos ni de las efigies ni de los em­blemas ni de los bustos de personajes que fueron adorados por los necios de una época, ni de los monumentos a las ideas y a los ideó­logos que fueron más necios todavía. 

  La necedad también me­rece mausoleos imperecederos. Hacerlos des­aparecer es reconocer un complejo: el de no resistir a la imagen de quien fue para nosotros un miserable o un indesea­ble, asustados por el testimonio en piedra o en bronce de gentes que en la historia y para muchos fueron nefastos o una plaga. Así es cómo han desapare­cido incontables efigies en el mundo que, de haber permane­cido en su sitio, hubieran contribuido a detestar más la injusti­cia, la perversidad o el error, una vez vencidos. Así, por odio, es cómo desapare­cieron obras de la naturaleza más que de los hom­bres, como la biblioteca de Alejandría. 

  Si los antiguos hubieran actuado con ese estúpido rencor no quedaría piedra sobre piedra de los caudi­llos y de los pseudosabios y de los pseudofilósofos y de los re­yes que hicieron mucho daño junto a mucho bien porque en cuestio­nes de épica y ciencia hay que andar con cuidado: lo que para muchos fue una hazaña, para otros fue una ignominia o un craso yerro. Y cuando hablamos de hazañas no nos equivoquemos, ahí está presente siempre la muerte y el pago de justos por pecado­res. ¿Acaso significan lo mismo la estatua de Colón o de Hernán Cor­tés para un carpetovetó­nico que para un indígena latinoameri­cano?

  Quiero decir con esto que es de una sociedad acomplejada y me­nor retirar todas las huellas del franquismo para arrumbarlas en un cementerio del oprobio o destruirlas. Incluida la estatua de Millán As­tray, fundador de la Legión española y que gritó a Unamuno en Sala­manca: "¡muera la cultura, viva la muerte!",  sacada ayer de su sitio en A Coruña.

  Esta sociedad española es maestra en el canjeo de los superfluo por lo sustantivo, de lo accesorio por lo esencial. Y por eso dirige a menudo el odio y el rencor hacia las estatuas y los símbolos franquis­tas en las calles, pero no tiene inconveniente en acoger, sin dignidad, a los familiares herederos de Franco que no sólo siguen en posesión de pazos e inmuebles, que no sólo gozan de toda la liber­tad y de considerable riqueza expoliada al pueblo, sino que se pavo­nean por las televisiones y las cadenas de radio como gentes señe­ras y respetables, como testimonios vivos del opro­bio de su proge­nitor. Y encima les pagan por exhibir su impúdica existencia.

 
 
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