y de los mitos de personajes que, si bien se mira, no han tenido en su vida más mérito que el charlatanear y hacer, desde su poltrona, que trabajen para ellos duramente los demás. Pero no soy iconoclasta de los símbolos ni de las efigies ni de los emblemas ni de los bustos de personajes que fueron adorados por los necios de una época, ni de los monumentos a las ideas y a los ideólogos que fueron más necios todavía. 
  La necedad también merece mausoleos imperecederos. Hacerlos desaparecer es reconocer un complejo: el de no resistir a la imagen de quien fue para nosotros un miserable o un indeseable, asustados por el testimonio en piedra o en bronce de gentes que en la historia y para muchos fueron nefastos o una plaga. Así es cómo han desaparecido incontables efigies en el mundo que, de haber permanecido en su sitio, hubieran contribuido a detestar más la injusticia, la perversidad o el error, una vez vencidos. Así, por odio, es cómo desaparecieron obras de la naturaleza más que de los hombres, como la biblioteca de Alejandría. 
  Si los antiguos hubieran actuado con ese estúpido rencor no quedaría piedra sobre piedra de los caudillos y de los pseudosabios y de los pseudofilósofos y de los reyes que hicieron mucho daño junto a mucho bien porque en cuestiones de épica y ciencia hay que andar con cuidado: lo que para muchos fue una hazaña, para otros fue una ignominia o un craso yerro. Y cuando hablamos de hazañas no nos equivoquemos, ahí está presente siempre la muerte y el pago de justos por pecadores. ¿Acaso significan lo mismo la estatua de Colón o de Hernán Cortés para un carpetovetónico que para un indígena latinoamericano?
  Quiero decir con esto que es de una sociedad acomplejada y menor retirar todas las huellas del franquismo para arrumbarlas en un cementerio del oprobio o destruirlas. Incluida la estatua de Millán Astray, fundador de la Legión española y que gritó a Unamuno en Salamanca: "¡muera la cultura, viva la muerte!",  sacada ayer de su sitio en A Coruña.
  Esta sociedad española es maestra en el canjeo de los superfluo por lo sustantivo, de lo accesorio por lo esencial. Y por eso dirige a menudo el odio y el rencor hacia las estatuas y los símbolos franquistas en las calles, pero no tiene inconveniente en acoger, sin dignidad, a los familiares herederos de Franco que no sólo siguen en posesión de pazos e inmuebles, que no sólo gozan de toda la libertad y de considerable riqueza expoliada al pueblo, sino que se pavonean por las televisiones y las cadenas de radio como gentes señeras y respetables, como testimonios vivos del oprobio de su progenitor. Y encima les pagan por exhibir su impúdica existencia.
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