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Historia de un santo varón
En mis viajes conocí a un anciano muy cuerdo, muy instruído y muy discreto, además muy rico, lo que le hacía más cuerdo; porque como no le faltaba de nada, no necesitaba engañar a nadie.
Jaime Richart | Para Kaos en la Red | 12-3-2010 a las 10:19 | 748 lecturas | 4 comentarios
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  Convi­vía con tres mujeres muy hermosas; y cuando no se recreaba con sus muje­res, se ocupaba en el muy digo quehacer de filosofar.

  Vivía junto a su casa, que era hermosa y con amenos jardines, una vieja, tonta y muy pobre.

  Charlando con él me dijo un día: Quisiera no haber nacido. Le pre­gunté porqué, y me respondió: Llevo setenta años estudiando, y los setenta los he perdido; enseño a los demás y lo ignoro todo. Este es­tado me tiene tan aburrido y tan descontento, que no puedo aguantar la vida; he nacido, vivo en el tiempo, y no sé qué cosa es el tiempo; me hallo en un punto entre dos eternidades, como dicen los sabios, y no tengo idea de la eternidad; consto de materia, pienso, y nunca he podido averiguar la causa eficiente del pensamiento; ig­noro si es mi entendimiento una mera facultad, como la de andar y digerir, y si pienso con mi cabeza lo mismo que palpo con mis ma­nos. No sola­mente ignoro el principio de mis pensamientos, también se me es­conde igualmente el de mis movimientos; no sé porqué existo, y no obstante todos los días me hacen preguntas sobre todos estos pun­tos; y como tengo que responder con precisión y no sé que decir, hablo mucho, y después de haber hablado me quedo aver­gonzado y confuso de mí mismo. Peor es todavía cuando me pre­guntan si Dios es eterno. A Dios lo pongo por testigo de que no lo sé, y bien se echa de ver en mis respuestas. Reverendo anciano, me dicen, explicadme cómo el mal inunda la tierra entera. Tan ade­lantado estoy yo como los que me hacen esta pregunta: unas veces les digo que todo está per­fectísimo; pero los que han perdido su pa­trimonio y sus miembros en la guerra no lo quieren creer ni yo tam­poco, y me vuelvo a mi casa abrumado por mi curiosidad e ignoran­cia. Leo los libros antiguos, y me ofusca más la oscuridad. Hablo con mis compañeros: unos me aconsejan que disfrute de la vida y me ría de la gente; otros creen que saben algo y se pierden en desatinos, y todo no hace más que traerme angustia. Muchas ve­ces estoy a punto de desesperarme, contemplando que al cabo de mis investiga­ciones no sé ni de donde vengo, ni qué soy, ni adónde iré, ni qué ser.

  Me causó mucha lástima el estado de este buen hombre, que era el más racional, y me convencí de que era más desdichado el que más entendimiento tenía y era más sensible.

  Aquel mismo día visité a la vieja vecina suya, y le pregunté si se había apesadumbrado alguna vez por no saber qué era su alma, y ni siquiera entendió mi pregunta. Ni un instante en toda su vida había reflexionado en alguno de los puntos que tanto atormentaban al santo varón; creía con toda su alma en Dios y se tenía por la mujer más fe­liz, con tal que de vez en cuando tuviese agua para bañarse.

  Atónito de la felicidad de esta pobre mujer, me volví a ver a mi filó­sofo y le dije: ¿No tienes vergüenza de tu desdicha, cuando a la puerta de tu casa hay una vieja que en nada piensa y vive contentísima?

  Tienes razón -me respondió-, y cien veces he dicho para mí que se­ría muy feliz si fuera tan tonto como mi vecina; pero no quiero go­zar de semejante felicidad.

  Más me aturdió esta respuesta que todo lo que me había dicho an­tes; y examinándome a mí mismo, ví que efectivamente no qui­siera yo ser feliz a cambio de ser un majadero.

  Propusimos el caso a varios filósofos, y todos fueron de mi pare­cer. No obstante, decía yo para mí, rara contradicción es pensar así, por­que lo que importa es ser feliz, y nada importa tener entendi­miento o ser un necio.

  También pensé: los que viven satisfechos con su suerte, están se­gu­ros de que viven satisfechos; y los que discurren, no tienen cer­teza de que discurren bien. Entonces, está claro que debiera esco­ger no tener una pizca de razón, si esa pizca contribuye a mi infelici­dad. Todos fueron de mi mismo parecer, pero ninguno prefirió volverse tonto por vivir contento.

  De aquí saco en consecuencia que si apreciamos mucho la felicidad, más nos im­porta la razón. Y reflexionando con más detenimiento, pa­rece que prefe­rir la ra­zón a la felicidad, es un disparate. ¿Y, cómo hemos de explicar esta contradicción? Pues lo mismo que todas las demás, y sería el cuento de nunca acabar.

 
 
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Comentarios (4)

#1.- ¿Y, cómo hemos de explicar esta contradicción?

12-03-2010 14:35

Los recónditos escondrijos del sentimiento y los estratos más oscuros y ciegos del carácter son los únicos lugares del mundo donde podemos sorprender auténtica realidad en formación.

http://www.youtube.com/watch?v=mJuSx5L1EKg

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#2.- L'année dernière à Marienbad (2) A. Resnais

12-03-2010 14:55

http://www.youtube.com/watch?v=NzwhEgfP2-w

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#3

12-03-2010 21:02

Me encantan las escenas de películas que de vez en cuando alguien misterioso coloca en esta página. Gracias.

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#4.- al 2

15-03-2010 12:43

De Edipo Rey.

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