Alimentando el debate sobre las revoluciones en A. L.
¡HEREJÍA!.. ¿FORMAS DE LUCHA CIVILISTA Y PACÍFICA?[1]
Popayán, 20 de septiembre de 2009
¡Que importante es debatir! Así conocemos el pensamiento de los demás y reafirmamos o mejoramos el nuestro (y si es necesario, lo cambiamos). Y… ¡qué mejor!, si ese debate está al servicio y en medio de la acción política.
Algunos/as compañeros/as se niegan a debatir. Dan por sentado que tienen la razón y desechan cualquier otro punto de vista. ¿Será que con esa actitud pretenden construir el “socialismo del siglo XXI”? Personalmente sólo aspiro a afirmar – en mí, y ojalá, en mis compañeros más cercanos – un verdadero y sincero espíritu democrático. De conseguirlo, sería un gran avance.
Quienes se han sentido más “tocados” con el hecho (que no es una tesis, ¡es un hecho!) que la revolución democrática en América Latina ha asumido una forma pacífica, civilista, e institucional, son aquellas personas que están enamoradas de supuestos “métodos y formas de lucha revolucionarios”.
Para ellos, si no hay “asaltos a los palacios de Invierno o entrada con armas empuñadas a la Habana”[2], no hay revolución. Sueñan con vivir una “película”. Han idealizado la revolución, creen todavía en la “toma del poder”, esperan dar la “batalla decisiva” y planean la “aniquilación del enemigo”. Después de ese “gran momento”, la construcción de la nueva sociedad es – según esa visión infantil – “pan comido”. A punta de órdenes, directivas, decretos “revolucionarios” o de fórmulas econométricas, se transforman – según ellos - las relaciones de producción. Problema resuelto.
Se niegan a entender que la hegemonía popular no se construye de un momento a otro. Que la revolución es un proceso de apropiación masiva de la acción política, de aprender a gobernar siendo gobierno, de inventar con los trabajadores y los pueblos formas de “autogobierno”, lo cual implica transformar nuestra actitud ante la vida, construir verdadera responsabilidad social, ser revolucionarios en el día a día. Claro, no es fácil y es menos espectacular. Es el “trabajo gris y cotidiano” en el que tanto insistió Lenin.
Precisando las ideas
Hemos planteado que la revolución democrática que se desarrolla en América Latina ha asumido una forma de lucha civilista, pacífica, electoral, institucional. De acuerdo a este planteamiento, la combinación de todas las formas de lucha, especialmente la armada, es inconveniente en la coyuntura actual. No es cuestión de principios, es cuestión de táctica, aunque la humanidad debería ir colocando el tema de los métodos de lucha política a nivel de principios.
Esta revolución no es un invento de nadie, ni tiene dueños. Es producto del acumulado de las resistencias de siempre. De siglos de resistencia de nuestros pueblos indios y afros, de movimientos campesinos y obreros, de gran variedad de luchas políticas y sociales. Es a la vez, resultado de un proceso de mestizaje racial y cultural que está sentando las bases de nuestra identidad “indo-afro-euro-americana”. Identidad que no es “única”, sino que a su vez es una “suma cuántica” de identidades particulares en plena construcción y re-construcción.
Esas fuerzas sociales y políticas resultantes, unas más organizadas que otras de acuerdo a la dinámica histórica de cada país, desencadenaron a partir de 1998 fenómenos electorales que desplazaron del poder político (gobiernos) a los partidos políticos oligárquicos. En eso consiste la “derrota política” de las oligarquías y el imperio. No es ni su derrota total ni nuestro triunfo absoluto, pero sí es un punto de continuidad a tener en cuenta.
Ser gobierno no significa “llegar al Poder”.[3] Lo que se oficializa es la existencia de una fuerza, una conciencia materializada en acción política, que es el producto de grandes y pequeñas luchas, movilizaciones, experiencias electorales, ejercicios de gobiernos locales y regionales, esfuerzos teóricos, muchos éxitos parciales, así como fracasos y derrotas. Todo suma.
Al acceder a los gobiernos, “ganamos” para las masas un aparato político. Es parte de un Estado heredado de regímenes oligárquicos corruptos, burocráticos y ladrones. Fue creado y adaptado para oprimir y estafar al pueblo. Es un aparato ineficiente, parsimonioso, nada transparente, que está soportado en falsos “valores democráticos”, “legitimados” en la mente de la mayoría de la población durante 200 años de “vida republicana”.
La aparente libertad política, la democracia representativa, las elecciones cada cierto tiempo, y toda la carga ideológica que hay detrás de ello, constituyen una institucionalidad vigente. A pesar de ser una falsa democracia, de erigirse en una herramienta para engañar a las masas, es una legalidad que existe, que no podemos borrar de un plumazo, que incluso ahora, tiene soportes internacionales que son aceptados por nosotros mismos.
Al asumir la vía pacífica y civilista, no podemos desconocer olímpicamente esa institucionalidad. Además, a pesar de todo lo anterior, es un poder concreto, con el que nos oprimen y dominan, que no podemos menospreciar. Si tenemos vocación de poder no podemos asustarnos con ser gobierno. Es parte de la “dualidad de Poderes” que estamos viviendo.
Dos poderes que conviven y se enfrentan
En América Latina existe una situación de “dualidad de Poder”. Se enfrentan dos poderes: Un poder “insurgente” que está naciendo, y una fuerza “reaccionaria” que se resiste.
Las clases subordinadas que insurgen a la vida política se apoyan en una institucionalidad existente (representativa), que no niegan, pero que pretenden transformar hacia lo participativo.
Las clases dominantes defienden sus intereses económicos, aferrándose a instituciones como la iglesia, los medios de comunicación, los gremios empresariales, y sus vínculos con organismos internacionales. Darían la vida por anular esa precaria democracia, pero no pueden.
El poder adquirido por las clases subalternas está concretado y concentrado en personas, líderes, gobernantes, parlamentarios, y algunas cabezas de los movimientos populares. Las organizaciones sociales existentes sirven de apoyo y cobertura. Pero se debe reconocer que los movimientos nacionalistas, así tengan un acumulado socio-político histórico importante, no cuentan con estructuras políticas consolidadas. Ello explica la relevancia que adquiere, en el momento, la figura de los líderes, pero también, nos hace más conscientes de la importancia fundamental de contar con claridad política.
Las oligarquías y el imperio cuentan con el poder del capital, el “mercado globalizado”, la propiedad de la tierra, la fuerza de la costumbre y la existencia de una ideología dominante, individualista, utilitarista, divisionista, que pesa sobre todo entre las clases medias, que tienen un relativo peso en algunas sociedades urbanizadas a la fuerza. Es un gran poder, un inmenso poder, y por ello el reto y la dificultad es muy grande.
Esas fuerzas reaccionarias intentan recuperar su poder político de diversas formas. Acuden a la mentira, acomodan las leyes para entrabar nuestra gestión gubernamental, tratan de cerrar los espacios, crean terrorismo económico, chantajean al pueblo e intentan neutralizar, atemorizary a veces comprar, a los líderes nacionalistas y revolucionarios. Cuando se ven perdidos, utilizan fuerzas retrógradas de los ejércitos para dar golpes de Estado. Es lo que ha venido ocurriendo.
En eso consiste la situación de “dualidad de poder”. El pueblo acumulando fuerza y sus enemigos queriendo desgastarlo. Las fuerzas populares gobernando, avanzando, ganando tiempo, apoyándose en una institucionalidad que – en forma paradójica - la vida terminó colocando como una especie de “protección”. Pero, mucho ojo, es como el caparazón de la crisálida, que la protege, pero si la mariposa se queda más del tiempo necesario, se le convierte en su tumba.
No ilusionarnos con un “poder” que no es nuestro
Entender que ese “aparato gubernamental” no es el ideal para impulsar verdaderos procesos revolucionarios es algo fundamental. Si no entendemos este primer aspecto, podemos equivocar el rumbo, y vamos a querer utilizar una herramienta de carpintería para hacer finas labores de electrónica. Y claro, podemos pagar la novatada.
Pero, también es importante comprender que no podemos desechar ese “poder institucional”. La crisis de los partidos políticos oligárquicos, imperiales y neoliberales, nos ha puesto en las manos esa institucionalidad que en gran medida es colonial, clientelista, burocrática, asistencialista, etc., pero que determina a corto plazo muchas situaciones inmediatas y coyunturales.
Estamos frente a la situación del cirujano que debe operar al paciente utilizando de la mejor manera un cuchillo de cocina o correr el riesgo de que éste muera. Pueda que tenga que operar de nuevo, pero tiene que mantener con vida al paciente. Es su obligación.
Debemos recordar cómo en el proceso venezolano – gracias a la descomposición casi absoluta de la elite política de los partidos políticos oligárquicos (puntofujistas) -, se pudo aprobar con cierta rapidez una Constitución Bolivariana y una serie de “leyes habilitantes”. Sin embargo, así y todo, para implementar las “misiones”o programas de impacto necesarios para ampliar la base social, el gobierno de Chávez tuvo que inventarse un aparato gubernamental paralelo y provisional.
Pero el problema central, o sea, lo concerniente a qué hacer con el aparato estatal heredado, parece no estar solucionado. Resolver este problema es vital para el futuro de nuestras revoluciones y tiene qué ver con el debate que debemos profundizar sobre la esencia del Poder.
El factor determinante del Poder
Para avanzar con este debate es importante analizar algunas afirmaciones que se han hecho con ocasión del golpe en Honduras y otras situaciones recientes, que tienen que ver con el “factordeterminante” del Poder en un proceso de cambio.
Se afirma – por ejemplo - que el pueblo hondureño ha realizado todos los sacrificios y esfuerzos para derrotar al golpismo oligárquico-imperial, que lo que ha hecho falta es mayor presión internacional. ¿Es esto cierto? ¿Qué experiencias existen en donde la presión internacional haya tumbado gobiernos dictatoriales?
En el golpe de Venezuela (2002) el pueblo se movilizó y estimuló a los militares nacionalistas que reaccionaron a tiempo, y el golpe fue derrotado. En el intento subversivo contrarrevolucionario en Bolivia (2008), la UNASUR intervino, pero el factor determinante para neutralizar el separatismo reaccionario, fue la movilización popular y la posición de firmeza prudente – con visión de Estado –, mantenida por el gobierno de Evo.
Cualquier debilidad o precipitación de parte del gobierno boliviano habría podido desencadenar una confrontación mayor y una ruptura del endeble orden institucional existente. Ese “orden institucional” alcanzó a ser violentado en Venezuela, en donde el Ministro de Defensa se prestó para tratar de legitimar el golpe, sosteniendo – como hicieron recientemente con el presidente Zelaya – que el presidente Chávez había renunciado. El conocimiento de la verdad y, la fuerte y masiva movilización popular restablecieron el gobierno constitucional.
Ello nos permite reafirmar que el factor determinante en todo proceso de transformación social y político es el grado de conciencia y organización de los trabajadores y los pueblos. Allí no debe haber ninguna duda. Los gobiernos nacionalistas sólo son herramientas, pero no son “el poder”.
Hasta hace muy poco tiempo se confundía el Poder con el “aparato de poder”. Por eso se hablaba de “toma del poder”. Se lo veía como una “cosa” que se podía coger. Ahora, hemos ido clarificando: El poder es una relación de fuerzas.
Yo tengo poder si mi contrario es más débil que yo. No significa que tenga el “suficiente” poder. Es una cuestión relativa. Una cosa es la fuerza organizada para hacer oposición, protestas, movilizaciones, peticiones, etc., y otra muy diferente la que se requiere para gobernar, planificar la producción, administrar los recursos, ejercer justicia, y construir nuevas relaciones sociales que superen lo existente.
Por ello, los pueblos originarios, que han logrado mantener o reconstruir sus autoridades propias, que tienen una cosmovisión y cultura ancestral, que cuentan con formas de apropiación y distribución colectivas, pueden ser un importante referente para otros sectores populares. No significa que debamos copiar sus formas organizativas o de gobierno, ya que incluso entre esos pueblos se necesita avanzar también, pero indudablemente esas experiencias se constituyen en ejemplos de gérmenes de poder popular, en demostraciones que los pueblos somos capaces de auto-gobernarnos y que podemos hacerlo mucho mejor que los gobiernos oligárquicos.
Sólo la acumulación de fuerza real, más allá de la electoral, nos permitirá resolver el problema del aparato estatal que represente o concentre la fuerza popular organizada. Pero ello implica ganar tiempo, neutralizar enemigos, ganar aliados, derrotar fuerzas enemigas.
Planteando el problema
Queda por ahora planteado el tema. ¿Como aprovechar la institucionalidad existente sin sucumbir a la esencia burocrática y reaccionaria de ese Estado que hemos heredado? ¿Cómo gobernar con ese aparato, y a la vez, construir fuerza popular, autónoma, propia, independiente del Estado, democrática y participativa, proyectada hacia cambios estructurales en lo político, económico y cultural? En Bolivia, Venezuela, Ecuador, y el resto de países latinoamericanos se está avanzando en la respuesta. En el siguiente artículo aspiramos resaltar y evaluar algunos ejemplos.[4]
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Las “izquierdas tradicionales” de la región, en su gran mayoría, se encuentran a la cola del movimiento. Unos, quejándose de que el movimiento no encuadra con sus esquemas; otros, pidiéndole a los gobiernos más de lo que pueden dar; y otros más, esperando el momento de las derrotas o fracasos, para levantar la voz y decir: ¡Yo se los dije! Incluso, algunos, en sus afanes e impaciencias, se han colocado en momentos coyunturales del lado del enemigo.
Su actitud se explica, principalmente, porque la dirigencia de esos partidos no ha roto con esquemas “clasistas”, “estatistas” y “estrategistas”, que les impiden orientarse y reaccionar acertadamente frente al momento actual. He allí un problema.
[1] Ver: Algunas particularidades de la revolución democrática en América Latina. http://colombia.indymedia.org/news/2009/09/106451.php
[2] Frase de mi amigo Tito Pulsinelli. Selvas blog.
[3] La vía insurreccional generaba una sensación de triunfo definitivo. Lo ocurrido con las revoluciones del siglo XX, dejan ver que era simple ilusión. Las clases sociales reaparecen, las relaciones sociales se reproducen, no sólo a partir de la economía, influyen aspectos políticos y culturales.
[4] Ver documentos de Martha Harnecker sobre el proceso de las comunas en Venezuela. De los consejos comunales a las comunas. Construyendo el socialismo del Siglo XXI; Las comunas, sus problemas y cómo enfrentarlos.Rebelión
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#1.- Necesitamos:
hugo luchetti|22-09-2009 21:07
Necesitamos periodìstas, voceros, pensadores independientes. Necesitamos que intelectuales de prestigio de Amèrica Latina tengan salida por los medios televisivos  para intervenir en la difusiòn de las ideas.
Necesitamos que los capitales del narcotràfico dejen de financiar a los medios televisivos, usando a los protagonistas principales de las pelìculas para hacer  publicidad del consumo de drogas.
Necesitamos que la guerra no sea un artìculo de consumo  y que no sea una actividad legal de los estados.
 
Necesitamos que los billetes, el dinero que usamos, no venga con la fotografìa de los represores que la Historia Oficial, para desinformarnos, llama "pròceres".
El dinero debe tener el rostro de aquellos que fueron y son  los benefactores de la humanidad y de la regiòn:  promotores de cultura,  mèdicos, artistas, escritores, cientìficos, etc.
Necesitamos que las calles de las ciudades no rindan memoria a los fusiladores,
traidores, racistas, asesinos y conquistadores. Para recuperar la memoria y la fe en la justicia lo necesitamos. Hay que poner la dignidad a la vista en todas partes. Hay que sacar de  cartel lo  indigno porque contemplar es participar.
Necesitamos contemplar lo bello, lo justo, lo armonioso, lo grandioso de Amèrica Latina. 
Chau, gracias.   
   
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