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Hegemonía e ideas dominantes
Las ideas presentes en una sociedad no son fruto de un proceso teórico a lo largo de la historia, sino que responden a las condiciones materiales de la propia sociedad. [TAMBÉ EN CATALÀ]
Oriol Alfambra (En lluita / En lucha - La hiedra / L'heura) | Para Kaos en la Red | 5-1-2010 a las 12:58 | 1705 lecturas | 1 comentario
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En función de la configuración del poder económico, de quién controla la riqueza y los medios de producción, y de cuáles son los cambios que en él se producen –lo que Marx y Engels llamaron infraestructura–, se articula un construcción cultural, ideológica y jurídica (por ejemplo, en la sociedad actual el contrato de trabajo que “legitima” la extracción de la plusvalía). Pero a su vez también se articula el propio modelo de estado –la superestructura.

En la monarquía feudal de la Rusia zarista, por ejemplo, había la idea de que el monarca debía regir la sociedad por decisión divina. Esta concepción es distinta a la de las democracias burguesas occidentales actuales y su sistema parlamentario. La razón son las distintas condiciones económicas de cada forma de Estado. En particular el Estado feudal se basaba en su aparato represivo, de modo que era más inmediato focalizar en él cualquier descontento. En una democracia burguesa éste puede ser canalizado por las promesas de la socialdemocracia. Todas estas ideas, leyes e instituciones existen precisamente para justificar y preservar el propio sistema económico y emanan de la clase dominante —la que tiene el poder. A pesar de eso, la superestructura no esta completamente determinada por las condiciones económicas. Si fuera así sería eliminada cualquier idea, organización o manifestación que cuestionara el sistema. Un ejemplo claro de ello son las luchas de la clase trabajadora que cuestionan diractamente el poder económico.

De hecho, las ideas presentes en la consciencia popular o colectiva no son homogéneas a lo largo del tiempo, ni tampoco entre los distintos sectores de la sociedad. Precisamente esta discontinuidad entre unas y otras está marcada por la lucha por la dominación ideológica —por la hegemonía como Gramsci la llamó. Sin embargo la hegemonía de la clase dominante y sus ideas no son fruto de una mera argumentación teórica difundida por los medios de comunicación de masas, sino que está sustentada por las instituciones de la democracia burguesa —o “sociedad civil” en términos gramscianos. Estas instituciones son la raíz material de la dominación ideológica. Personas que ocupan lugares muy concretos de la sociedad que transmiten estas ideas y las aplican. Ejemplos de ello son el sistema educativo, los partidos políticos o la burocracia sindical —ésta última ejerciendo de primera línea de defensa de la explotación en el trabajo, justo en el punto donde se encarna el conflicto de clases.

Hoy día la lucha de los trabajadores por la transformación de su entorno está a un nivel bajo, más que en el capitalismo de la primera mitad del siglo XX. La intensa producción requiere la división de los procesos y esto ha llevado a la atomización de los trabajadores en los distintos sectores de la producción. Estos procesos funcionan de forma homogénea a través de un poder económico e ideológico cada vez más centralizado en el capitalismo avanzado. Éstas condiciones facilitan la hegemonía de la que goza actualmente el sistema y el dominio de las ideas de la burguesía en la consciencia popular.

Pero Gramsci describe una contradicción en la consciencia de la clase trabajadora a través de dos consciencias teóricas. La primera es el “sentido común” que expresa las ideas más reaccionarias —como el racismo o el sexismo— heredadas acríticamente. Pero el hecho de que en muchas ocasiones aflore el conflicto real, por ejemplo en el trabajo, permite a los trabajadores luchar por sus condiciones laborales. Es en este proceso crítico donde aparece la oportunidad de romper con las ideas dominantes y surge la segunda conciencia teórica: el “sentido correcto”. Éste se basa en las ideas progresistas sobre, por ejemplo, la justa repartición de la riqueza y el trabajo, que toman forma a través de la lucha en oposición a las ideas del sistema.

Sin embargo, en ningún momento dice Gramsci que ésta sea una tarea fácil, ni mecánica. Al contrario, afirma que: “toda revolución ha sido precedida de un largo proceso de actividad crítica”. Es decir de lucha ideológica contrahegemónica donde los y las revolucionarias juegan un papel esencial en cada lucha. Una “guerra de posición” larga y dura previa a la lucha por el poder. En este proceso deben formarse intelectuales orgánicos —entendidos como personas capaces de liderar las luchas— que sean parte activa de las luchas y capaces de involucrar al resto de trabajadores para que ganen confianza en su propia fuerza y capacidad de cambio y para que tomen consciencia de sí mismos ejerciendo su poder colectivo, tomando el control de las decisiones que les afectan directamente.

Esta “guerra de posición” consiste en conquistar el terreno ideológico de la hegemonía para que las ideas revolucionarias sean las que lideren el pensamiento y la acción de la clase trabajadora. Precisamente ésta es la tarea de la organización revolucionaria: dar sentido estratégico a las luchas para ganar en la correlación de fuerzas antes de pasar a la “guerra de maniobra” —como Gramsci la llamó— o el ataque frontal contra el poder del Estado.

Por la naturaleza de sus aportaciones sobre la hegemonía y las ideas dominantes, Gramsci fue manipulado por el estalinismo y posteriormente por el reformismo y academicismo. A pesar de esas tergiversaciones debemos tener claro que nunca dejó de insistir, con sus discursos y sus actos, en la necesidad de transformar la sociedad destruyendo el estado capitalista por medio de la lucha consciente de la clase trabajadora.


L’hegemonia i les idees dominants

 

En funció de la configuració del poder econòmic, de qui controla la riquesa i mitjans de producció i de quins són els canvis que en ell es produeixen —el que Marx i Engels anomenaven infraestructura— s’articula una construcció cultural, ideològica i jurídica (per exemple en la societat actual el contracte de treball que “legitima” l’extracció de la plusvàlua). Però a la vegada també s’articula el propi model d’estat —la superestructura.

A la monarquia feudal de la Rússia tsarista, per exemple, hi havia la idea de que el monarca havia de regir la societat per decisió divina. Aquesta concepció és diferent a la de les democràcies burgeses occidentals actuals i el seu sistema parlamentari. La raó són les diferents condicions econòmiques de cada forma d’Estat. En particular, l’Estat feudal es basava en el seu aparell repressiu, de manera que era més immediat focalitzar en ell qualsevol descontentament. En una democràcia burgesa aquest pot ser canalitzat per les promeses de la socialdemocràcia. Totes aquestes idees, lleis i institucions existeixen precisament per justificar i preservar el propi sistema econòmic i emanen de la classe dominant —la que té el poder. Malgrat això, la superestructura no està completament determinada per les condicions econòmiques. Si fos així, seria eliminada qualsevol idea, organització o manifestació que qüestionés el sistema. Un exemple clar d’això són les lluites de la classe treballadora que qüestionen diractamente el poder econòmic.

De fet, les idees presents en la consciència popular o col·lectiva no són homogènies al llarg del temps, ni tampoc entre els diferents sectors de la societat. Precisament aquesta discontinuïtat entre unes i altres està marcada per la lluita per la dominació ideològica —per l’hegemonia com Gramsci la va anomenar. Tanmateix l’hegemonia de la classe dominant i les seves idees no són fruit d’una mera argumentació teòrica difosa pels mitjans de comunicació de masses, sinó que està sustentada per les institucions de la democràcia burgesa —o “societat civil” en termes gramscians. Aquestes institucions són l’arrel material de la dominació ideològica. Persones que ocupen llocs molt concrets de la societat que transmeten aquestes idees i les apliquen. Exemples d’això són el sistema educatiu, els partits polítics o la burocràcia sindical —aquesta última exercint de primera linia de defensa de l’explotació en el lloc de treball, just en el punt on s’encarna el conflicte de classes.

Avui dia la lluita dels treballadors per la transformació del seu entorn està a un nivell baix, més que en el capitalisme de la primera meitat del segle XX. La intensa producció requereix la divisió dels processos i això ha portat a l’atomització dels treballadors als diferents sectors de la producció. Aquests procesos funcionen de forma homogènia a través d’un poder econòmic i ideològic cada vegada mes centralitzat en el capitalisme avançat. Aquestes condicions faciliten l’hegemonia que té actualment el sistema i el domini de les idees de la burgesia en la consciència popular.

Però Gramsci descriu una contradicció en la consciència de la classe treballadora a través de dues consciències teòriques. La primera és el “sentit comú” que expressa les idees més reaccionàries —com el racisme o el sexisme— acríticamente heretades. Però el fet que en moltes ocasions aflori el conflicte real, per exemple en el lloc de treball, permet als treballadors lluitar per les seves condicions laborals. És en aquest procés crític on apareix l’oportunitat de trencar amb les idees dominants i sorgeix la segona consciència teòrica: el “sentit correcte”. Aquest es basa en les idees progressistes sobre, per exemple, la justa repartició de la riquesa i el treball, que prenen forma a través de la lluita en oposició a les idees del sistema.

Tanmateix, en cap moment no diu Gramsci que aquesta sigui una tasca fàcil, ni mecànica. Al contrari, afirma que: “tota revolució ha estat precedida d’un llarg procés d’activitat crítica”. És a dir de lluita ideològica contrahegemónica on els i les revolucionàries juguen un paper essencial en cada lluita. Una “guerra de posició” llarga i dura prèvia a la lluita pel poder. En aquest procés s’han de formar intel·lectuals orgànics —entesos com persones capaces de liderar les lluites— que siguin part activa de les lluites i capaços d’involucrar a la resta de treballadors perquè guanyin confiança en la seva pròpia força i capacitat de canvi i perquè aquests prenguin consciència de si mateixos exercint el seu poder col·lectiu, prenent el control de les decisions que els afecten directament.

Aquesta “guerra de posició” consisteix a conquerir el terreny ideològic de l’hegemonia perquè les idees revolucionàries siguin les que liderin el pensament i l’acció de la classe treballadora. Precisament aquesta és la tasca de l’organització revolucionària: donar sentit estratègic a les lluites per guanyar en la correlació de forces abans de passar a la “guerra de maniobra” —com Gramsci la va anomenar— o l’atac frontal contra el poder de l’Estat.

Per la naturalesa de les seves aportacions sobre l’hegemonia i les idees dominants, Gramsci va ser manipulat per l’estalinisme i posteriorment pel reformisme i academicisme. Malgrat aquestes tergiversacions hem de tenir clar que mai no va deixar d’insistir, amb els seus discursos i els seus actes, en la necessitat de transformar la societat destruint l’Estat capitalista per mitjà de la lluita conscient de la classe treballadora.

http://www.enlucha.org/?q=hiedra
 
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Comentarios (1)

#1

05-01-2010 19:10

Gramsci fue el hombre de Stalin en el PCI en contra de la tendencia internacionalista de Bordiga. No digo que no estuviese mal informado por su lamentable prisión; pero consignas tales como la "guerra de posición" sirvieron para apoyar el "socialismo en un solo páis"

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